12.9.13

15.7.13

La persecución de Moby Dick

Concluye Juliana su artículo sobre Moby Dick con esta cita de Sloterdijk: 
La obsesión por Moby Dick simboliza el lado luciferino de la navegación euroamericana, el lado nocturno del proyecto de la Modernidad colonial. La blanca ballena nos dice que el infierno es lo exterior (En el mundo interior del capital, Siruela). 
Y con esta obligada conclusión de actualidad:

"Hay algo de Moby Dick en el actual momento de España. La atracción por el abismo"

Al leerlo recordé las reflexiones de Carl Schmitt en Tierra y mar. Este fragmento en particular:
Herman Melville, que sirvió varios años como marinero a bordo de un ballenero, describe en su Moby Dick cómo existía allí una relación, que podíamos llamar personal, y una íntima conexión, al par amistosa y hostil, entre el cazador y su presa. El hombre, en su lucha con otro ser viviente del océano, veíase impelido más y más hacia la profundidad elemental del existir marino. 
Estos balleneros surcaban de norte a sur y del Atlántico al Pacífico la esfera terrestre. Siempre en pos de las misteriosas rutas de la ballena, descubrieron islas y continentes. En el libro de Melville, uno de aquellos navegantes, al conocer el libro del capitán Cook, el descubridor de Australia, dice: "Este Cook escribe libros sobre cosas que un ballenero no escribiría en su cuaderno de bitácora". ¿Quién ha abierto el océano a los hombres?, pregunta Michelet. ¿Quién ha descubierto sus regiones y sus rutas? En una palabra: ¿quién ha descubierto el globo terrestre? ¡La ballena y el ballenero! Y todo esto independientemente de Colón y de los famosos buscadores de oro que sólo encontraron, con gran algarabía, lo que ya habían encontrado los pescadores del norte, de la Bretaña y del País Vasco. Eso dice Michelet, y añade: "Tales balleneros son la más alta expresión del valor humano. Sin la pesca de la ballena los pescadores no se hubiesen alejado nunca de la costa. La ballena les ha atraído hacia el océano y emancipado del litoral. Gracias a ella se han descubierto las corrientes marinas y el paso del Norte. La ballena nos ha guiado".
La conclusión de actualidad bien podría ser otra:

Lo que nos mueve y nos define quizás no es tanto la atracción por el abismo como el ser perseguidores de la bestia, de lo que nos espanta u horroriza. Bien pudiera ser que en esta persecución nos viésemos arrastrados hacia el abismo, porque es propio de nuestra condición el que, incluso en esas raras veces en que tenemos claro lo que perseguimos, no sabemos nunca lo que nos vamos a encontrar. 

Como solía decirse, España y nos somos así. 

5.7.13

¿La solución final?

Me sorprendió la insistente impasibilidad con la que el portavoz Homs hacía uso de la expresión "solución final". Era al presentar el llamado Pacto Nacional y la empleaba para señalar que, a pesar del acuerdo, subsisten entre los firmantes algunas discrepancias de fondo respeto, precisamente, de la "solución final". El uso de esta antigua expresión me sorprendió por malsonante y porque pensaba que la volvería a oír, convenientemente reducida ad Hitlerum, como una prueba más de la deriva totalitaria en la que se supone que estamos inmersos los catalanes. Pero el problema de esta expresión no es el ridículo uso que de ella pudiera haberse hecho desde alguna oscura trinchera ideológica, sino el supuesto implícito de que existe realmente una solución final a los problemas políticos, aunque podamos discrepar de que sea. Y, sobre todo, de que existe alguna solución final a los problemas políticos fundamentales, que son precisamente los problemas identitarios. Esta convicción, muy extendida también fuera de Cataluña pero no por ello menos equivocada, ya no es sólo un error teórico sino que se ha convertido en un problema político de primer orden. Porque, aunque los integrantes del Pacto Nacional puedan tener ciertos desacuerdos sobre cuál debe ser esa "solución final", el caso es que la ciudadanía se encuentra más unida, o más claramente dividida, alrededor de la idea de que esta solución es y sólo puede ser la independencia.
En estas discrepancias sobre el final del llamado proceso nacional nos encontramos en una situación doblemente extraña: parece que hay más partidos federalistas que votantes federalistas y parece que las diferencias terminológicas entre los partidos soberanistas responden en el imaginario del votante a un único concepto, que es de la independencia de toda la vida. No quiero decir que estas diferencias partidistas sean estúpidas ni inútiles. Quiero decir simplemente que a la hora de la verdad las alternativas son siempre pocas y radicales y que esto pone a la política catalana, y no sólo al gobierno, en una situación que sólo se hace soportable desde la convicción, evidentemente equivocada, que en el fondo no tenemos nada que perder. Para entendernos: creemos que los más grandes y urgentes de nuestros problemas tienen solución y que esta solución, esta única solución, es la independencia o pasa necesariamente por la independencia. Pero mientras presentamos la independencia como solución somos incapaces de solucionar el problema de la independencia. No sabemos cuándo ni cómo ni si seremos independientes y cada vez estamos menos dispuestos a pactar con una realidad que sabemos, con toda la razón, que es sucia, pero que creemos, muy firmemente pero con mucha menos razón, que es fácilmente mejorable. Y eso hace que estemos especialmente expuestos a sacrificar lo bueno en nombre del mejor, como demuestra el caso del famoso pacto fiscal o la mejora del sistema de financiación.
Sabemos que el cambio es posible porque lo ha sido y que incluso podría ser una mejora. De hecho, son muchos los que creen que todo este proceso soberanista no es más que un intento de asegurar un nuevo y mejor pacto fiscal. Pero nos vamos convenciendo de que ya no es suficiente, de que ya ninguna mejora puede ser suficiente. Es muy normal que esta aspiración maximalista desgaste y desoriente al partido del gobierno, que a la fuerza debe tratar de salvar los mínimos pactando en la realidad. Pero es preocupante que esta aspiración maximalista esté convirtiendo en la única aspiración del catalanismo, porque el futuro no está nunca a la altura de nuestras aspiraciones y porque nos estamos volviendo particularmente incapaces de aceptar menos de lo que creemos posible. Y porqué así parecemos dirigirnos, con paso firme y decidido, seguros de avanzar hacia el mejor y alejarnos de lo peor, hacia una segura frustración futura. Sea cual sea la victoria, sea cual sea la derrota.

27.6.13

La banalidad de los hombres

No pudiendo ser una película sobre la banalidad del mal, Hannah Arendt es una película sobre la banalidad de la crítica. De una cierta crítica, que no es la mejor pero es la más habitual, y que confunde los hechos con las opiniones y el exhibicionismo moral con la virtud. Y que no es la crítica de ninguna tesis como la banalidad del mal, sino de la insensibilidad de afirmar que la colaboración activa de algunos líderes de la comunidad judía facilitó el trabajo de exterminio de las autoridades nacionalsocialistas. El escándalo ante las cuestiones de hecho es siempre un escándalo ridículo, y el gran mérito de Arendt, un mérito que en realidad es un lujo que muy pocos se pueden permitir, es el de haberse negado a rebajarse a una discusión sentimentaloide sobre los hechos. Una decisión que, como evidencia la película, se parece peligrosamente a la de negarse a la discusión pública. Incluso en aquellos Estados Unidos que a Arendt le habían parecido el paraíso, porque el paraíso no es un lugar sin problemas éticos, sino el lugar donde los problemas éticos se muestran con una claridad excepcional, en toda su radicalidad. Y con esta excepcional claridad nos muestra como también a las sociedades más liberales hay verdades incómodas y consideradas dignas de censura moral y como el sentimentalismo público tiende a sustituir el debate público, escondiendo la discusión de las ideas tras la exhibición de las ofensas. Esto mismo ocurre en la película, donde la crítica se muestra mucho más violenta cuanto más alejada está del núcleo de la cuestión, de su "único error verdadero", como dice la película, parafraseando una carta de Arendt a Scholem en la que afirma: "ahora opino que el mal no es nunca 'radical', que sólo es extremo, y que carece de toda profundidad y de cualquier dimensión demoníaca. Puede crecer desmesuradamente y reducir todo el mundo a escombros precisamente porque se extiende como un hongo sobre la superficie. Es un 'desafío al pensamiento', como dije, porque el pensamiento trata de alcanzar una cierta profundidad, ir a las raíces, y en el mismo momento en que se ocupa del mal se siente decepcionado porque no encuentra nada. Esto es la 'banalidad'. Sólo el bien tiene profundidad y puede ser radical".
Arendt se explica ante Scholem, pero no ante los críticos ni ante el público, porque para ellos la cuestión del colaboracionismo judío es más problemática que la cuestión de la banalidad del mal. Y lo también para nosotros. De hecho, la banalidad del mal se ha convertido en un lugar común, que suena exactamente igual que lo que venía a decir Vargas Llosa de que todos somos un Eichmann en potencia. "Lo terrible de Eichmann es que no era un hombre excepcional, sino uno común y corriente. Lo que significa que todo hombre común y corriente, en ciertas circunstancias (una dictadura hitleriana, por ejemplo), puede convertirse en un Eichmann". Pero cuando Arendt considera que el daño que ha hecho Eichmann puede considerarse banal no afirma necesariamente que todos los hombres normales y corrientes seamos, en determinadas circunstancias, capaces de lo peor. Quizás lo único que dice es que sólo en determinadas circunstancias aparecen hombres tan normales y corrientes y capaces de lo peor como Eichmann. Porque en realidad la normalidad de Eichmann es extraordinaria, ya que sólo es común y corriente en un sistema extraordinario. "Sólo la pura y simple irreflexión -que de ninguna manera podemos equiparar a la estupidez- fue lo que predispuso a convertirse en el más grande criminal de su tiempo. Y si bien esto merece ser calificado como 'banalidad', e incluso puede parecer cómico, y ni siquiera con la mejor voluntad es posible atribuir a Eichmann una diabólica profundidad, también es cierto que tampoco podemos decir que sea algo normal o común". No es nada normal o común porque lo que nos parece normal y común en el hombre es el pensar. Mejor o peor, pero pensar. Y desobedecer órdenes. Y es precisamente de esta normalidad de donde surge la eterna dificultad del vivir juntos. Así que esta irreflexión y esta sumisión absoluta a las órdenes de Hitler es extraordinaria, y lo es porque nace en un sistema extraordinario. Un sistema ideológico que, según Arendt, cambia "la libertad inherente en la capacidad de pensar por la camisa de fuerza de la lógica, con la que el hombre puede obligarse a sí mismo de forma casi tan violenta como si fuera forzado por algún poder exterior". El nazismo tampoco fue capaz de crear el hombre nuevo, pero el tipo de ciudadano que convirtió en común y corriente nos recuerda que, por banal que pueda ser, el mal nunca será tan banal como los hombres.

Coda: "A usted le gusta mi libro 'Eichmann en Jerusalén' y dice que lo que allí afirmé es que hay un Eichmann en cada uno de nosotros. ¡Oh, no! ¡No hay ninguno ni en usted ni en mí! Esto no significa que no haya un buen número de Eichmanns. Pero tienen una apariencia bastante distinta. He odiado siempre esta idea de 'Eichmann en cada uno de nosotros'. Sencillamente no es verdad. Y es tan poco verdadera como su opuesta, que Eichmann no está en nadie. En mi opinión, esto es mucho más abstracto que la mayoría de las abstracciones que con frecuencia me permito -si lo que entendemos por abstracto es no pensar a través de la experiencia". Arendt sobre Arendt

13.6.13

El héroe libertario

Como es habitual en estos casos, también de Snowden se ha dicho que sólo quería abrir un debate. Pero es falso, porque lo que quería era cerrarlo. Y pretendía hacerlo, como es costumbre, en favor de sus convicciones y en contra de la ley. Éste es el único motivo de que haya quien califica sus actos de valientes e incluso heroicos, porque en una democracia como la americana abrir un debate no tiene nada de excepcional. Lo que es excepcional, allí como aquí como en todas partes, es ganarlo.
Como decía David Brooks, este presunto héroe, "a pesar de ser reflexivo, moralmente implicado y profundamente comprometido con sus creencias, parece ser el producto de una de las tendencias más desafortunadas de nuestro tiempo: la atomización de la sociedad, el debilitamiento de los vínculos sociales, el incremento del número de jóvenes que viven entre los 20 y los 30 años una existencia tecnológica en el difuso mundo que hay entre las instituciones de la niñez y los compromisos familiares de los adultos". El individualismo de jóvenes como Snowden les impide ver que el Gran Hermano no es el único peligro que nos amenaza. "Otra amenaza, sigue diciendo Brooks, es la creciente ola de desconfianza, la propagación del cinismo corrosivo, el desgaste del tejido social y el aumento del número de personas con una perspectiva tan individualista que no pueden entender cómo trabajar con los demás para cuidar del bien común". Para que la sociedad funcione es necesario el respeto a las instituciones y la deferencia a los procedimientos legales. Parece que idealistas como Snowden, que actúan contra las instituciones y los procedimientos legales para defender la sociedad, son como aquellos que cuando hablan contra la familia no saben lo que hacen porque no saben lo que deshacen.
La actitud presuntamente heroica de Snowden y los elogios libertarios que recibe contrastan con la distinción de Kierkegaard entre dos prototipos de referentes morales: "el héroe trágico" y el "caballero de la fe". El primero es aquel que se atreve a arriesgar su vida en defensa de la comunidad. Se atreve a cumplir órdenes y gracias a su valentía en el cumplimiento del deber merece el reconocimiento del público y los dioses. El caballero de la fe, en cambio, es aquel que obedece a Dios por encima de los hombres porque sabe que la ley de los hombres puede ser una ley injusta y que para ganar la salvación eterna es capaz de soportar la condena de sus conciudadanos. Lo que tienen en común es lo mismo que los diferencia de Snowden, Assange y de sus admiradores libertarios; saben que quien aspira a grandes cosas debe estar dispuesto a hacer grandes sacrificios. Cosmopolitas tecnológicos como Snowden, Assange y los que han de venir no renuncian a nada porque nada los liga. No renuncian a los dioses ni a los hombres porque por encima de ellos siguen a su conciencia y a ésta siempre la tendrán, vayan donde vayan. Quieren seguir a su conciencia y a nada más que su conciencia y quieren al mismo tiempo los aplausos y el reconocimiento. Este contraste se vio muy claro cuando las noticias de TV3 aseguraban que Snowden, refugiado en un hotel de lujo de Hong Kong, había dado la cara. En realidad, Snowden no ha dado nada, sólo ha robado. Ha robado documentos de su gobierno y ha robado, roba y robará, tiempo de nuestros informativos. Y ni siquiera ha dado la cara, sólo la ha enseñado.
Snowden lo ha hecho porque porque entiende muy bien esta distinción, tan confusa y al mismo tiempo tan propia de la era Facebook, entre darse y mostrarse. En la era facebook es cada vez más evidente que cuanto más nos mostramos más difícil nos es darnos. Y Snowden sabe muy bien que cuanto más se muestre más difícil será que lo entreguen. Nuestros Snowden se presentan como idealistas porque se encuentran mucho más acá de las distinciones clásicas entre el héroe griego y el fiel cristiano. Y por eso es tan importante ver como idealistas como él y Assange ponen su suerte en manos del más brutal de los realismos, que es siempre el de la realpolitik internacional. Snowden podrá encontrar, como Assange, una potencia que lo proteja, pero no encontrará ninguna potencia dispuesta a proteger su causa. Puede encontrar refugio en Rusia, pero no puede esperar robar al gobierno ruso y salir indemne. Estos idealistas libertarios han tenido que abrazar lo condenaban, renunciando al idealismo y la libertad en favor de la realpolitik y la seguridad, y recordándonos así que nuestro revolucionario sólo es aquel que llama "idealistas" los actos que castiga todo código penal.

6.6.13

Abidal, el Barça y la retórica de los valores

Los culés estamos en una situación privilegiada para intentar entender el funcionamiento y los límites del discurso de los valores. Desde que hemos descubierto que somos un club con valores hemos recibido un par de lecciones de gran valor. La primera y fundamental vino de la marca Nike, que colgó un enorme cartel en la plaza de Cataluña de Barcelona para recordarnos que tener valores significa tener un buen par de pimientos, que por raro que suene vendría a ser tener cojones y tenerlos en catalán. Es una lección de gran valor pedagógico, porque devuelve la unicidad a la cuestión de los valores y nos remite sentido original del valor, que no es otro que el de la virtud. Cualquier valor que no signifique virtud significa valor de cambio, como bien nos habían advertido aquellos cínicos de Oscar Wilde que confundían valor y precio. Y que por eso tenían que confundir necesariamente el valor y los valores, la virtud y la retórica moralista. Si los cínicos son los únicos que siempre están a la altura de los tiempos, su supuesta confusión debería servirnos de aviso; puede ser que el valor que damos a las cosas no sea nada más que el precio que estamos dispuestos a pagar por ellas. Y si esto es cierto no parece que tenga demasiado sentido afirmar que esta crisis económica es en el fondo una crisis de valores, porque la lógica de los valores y de su crisis es en sí misma una lógica esencialmente económica. Más bien parecería cierto lo contrario; que esta es una crisis de valores precisamente porque es una crisis económica.
También el Barça, en el caso Abidal, nos ha enseñado que la lógica economicista marca el curso que debe tomar todo discurso sobre los valores. Hemos podido ver que la retórica de los valores no es suficiente ni para decidir qué hacer con Abidal ni para juzgar lo que se ha hecho con Abidal. No nos ayuda a saber cómo corresponder ante el ejemplo, la personificación, de todos aquellos valores que alabamos constantemente. Y con ello demuestra que el discurso de los valores nos compromete mucho más con su alabanza que con su práctica. La actitud del Barça con Abidal nos recuerda que sólo podemos juzgar a alguien por la virtud, por el valor, y no por los valores. Por lo que hace y no por lo que asegura admirar. Y por eso podemos decir que, según lo que cuenta el mismo club y que bien podría ser cierto, ha ayudado mucho al jugador y le ha tratado con respeto y le ha ayudado en todo lo que ha necesitado. Pero debemos decir que la directiva ha mentido. Que mintió al jugador y mintió a la afición. Y aunque el uno y los otros seamos demasiado buenos para recordarlo en la despedida de quién es, como se suele decir, magnífico jugador y mejor persona, lo cierto es que la directiva mintió cuando aseguró que el jugador renovaría cuando jugara su primer partido. Y yo no sé cómo será el hombre de valores, pero el hombre virtuoso es un hombre de palabra, aunque sólo sea para poder ser creíble cuando deba mentir. Llegados a este punto, y no pudiendo ser virtuosos, los directivos del Barça podían todavía y como mínimo intentar ser buenos, salvar su buen nombre salvando el discurso de los valores, y pagar una parte de la enorme deuda que buena su imagen de gente de valores tiene con Abi. Y todo ello por el módico precio de un año de ficha.