31.12.09

2010, un año sin mucha historia

Como en política ni todo está por hacer ni todo es posible, el 2010 traerá lo que suelen traer los años. El hombre seguirá siendo un animal político y vivirá en una sociedad (cerrada) con tantos enemigos como convicciones. Los estados lucharán para defender sus intereses y ampliar su soberanía. El gobierno mundial seguirá siendo una ilusión perversa y la Onu igualmente indigna de sus ideales. Progresarán los derechos humanos allí dónde progrese la democracia liberal. Nuestra seguridad será nuestra libertad. Continuará la eterna lucha entre civilización y barbarie. La prudencia seguirá siendo la mayor de las virtudes políticas y lo más sensato, tratar de no  sorprenderse demasiado por las  decepciones.

Artículo publicado en Factual

28.12.09

Buscando a Lorca

 "¿Y si la muerte es muerte,
qué será de los poetas
y de las cosas dormidas
que ya nadie las recuerda?"
.
Federico García Lorca, Canción Otoñal

Escribe Nietzsche en la segunda de sus Reflexiones intempestivas que “necesitamos la historia, pero de otra manera que el refinado paseante por el jardín de la ciencia, por más que éste mire con altanero desdén nuestras necesidades y apremios rudos y simples”. Habla aquí de lo que hemos dado en llamar memoria histórica, y es justo que lo digamos en su honor y en el nuestro. Porque en estas palabras se encuentra tanto el motivo como el peligro de la búsqueda de Lorca. La memoria histórica sirve más a la vida que a la historia, a la vida de los pueblos, para ayudarlo a sobrellevar la dificultad de vivir juntos. En eso se diferencia de la memoria, de la que es metafórica extensión y que no parece servir a nada más que a sus propios caprichos. Y la diferencia también de la historia, que vive con la ilusión de servir únicamente a la verdad. Por eso es preocupante que la consejera Álvarez considere llegado el momento de dejar la historia en manos de los historiadores y que considere que para la memoria histórica el de Lorca es un caso más. Porque siempre la historia debe estar en manos de los historiadores y porque no es tarea del político ponerla o quitarla de esas manos. También porque es precisamente para la memoria histórica que Lorca no es un caso más. La memoria histórica ni es memoria ni es historia, es el uso público que se hace del pasado a través del recuerdo a los más dignos de los que nos han dejado ya. En palabras de Adorno y Horkheimer, su tarea no es la de conservar el pasado sino la de cumplir sus esperanzas. Por eso Lorca juega en ella un papel muy distinto al de sus compañeros de fosa. En tantas otras cosas, en esas que tan poco simbolizan como lo que queda de su cuerpo, Lorca es otro muerto más de la Guerra Civil. Un muerto que sería normal que reclamasen los familiares, en búsqueda de un lugar dónde llorarlo. Pero un muerto que es muy comprensible que no reclamen quienes,  forzados intérpretes de unas últimas voluntades jamás escritas, decidan dejar que

su sangre sobre el campo
sea rosado y dulce limo
donde claven sus azadas
los cansados campesinos

Sobre la búsqueda de Lorca y la memoria histórica escribía Francesc de Carreras un interesante artículo en La Vanguardia. Según él, en este debate se enfrentan dos posiciones: “Por un lado, están quienes opinan que el trauma humano y social originado por la Guerra Civil y la posterior dictadura no acabará hasta que se identifiquen todas las víctimas y se establezca la responsabilidad de los culpables. Los poderes públicos deben ser los principales encargados de asumir esta tarea. Por otro lado, están aquellos otros que sostienen que la ley de amnistía de 1977 y el espíritu de la transición reflejado en la Constitución de 1978 ya supusieron la reconciliación entre los españoles, quedando así cerrado el capítulo de la Guerra Civil y la dictadura franquista. La verdad histórica deben establecerla los historiadores y no los poderes públicos”.
Bien pudiera ser que ésta fuese la situación en nuestro país, que estas posturas dividiesen a nuestros políticos y a nuestra opinión pública. Pero ese sería, como tantos de nuestros males, un mal prescindible y falaz. En realidad, los poderes públicos son los principales encargados de asumir la tarea de la reconciliación al mismo tiempo que la verdad histórica deben establecerla los historiadores y no los poderes públicos. Los platónicos tenemos sobre comunistas y socialdemócratas la enorme ventaja de saber que las cosas funcionan cuando cada cual hace lo mejor que puede lo que mejor sabe hacer. Cuando el historiador busca la verdad,  hasta descubriéndola en las fosas cuando sea necesario. Cuando el político apacigua, responde a los que demandan cuando las demandas son de justicia, y cuando es la familia (¡las familias!) quien debe decidir qué hacer con sus muertos, porque si hacerse cargo de ellos es un deber, bien debe ser también un derecho.
Eso nos enseñó a algunos la tragedia de la griega Antígona. Que si la memoria de algunos muertos a todos pertenece y es asunto político, del cuidado de sus cuerpos debe encargarse la familia y nunca Creonte el Estado, porque es asunto privado. Que su memoria no está en su tumba y que deberíamos ahorrarnos así buscar en Lorca lo que sabemos que sus restos no pueden darnos. Esa mal llamada justicia histórica, por ejemplo, o la reconciliación nacional de las dos Españas, o una imposible reparación a unos sobrinos sin tío y a un país sin paz, desolado por la guerra y la dictadura que la siguió. Porque

Las cosas que se van no vuelven nunca,
todo el mundo lo sabe,
y entre el claro gentío de los vientos
es inútil quejarse.

Artículo publicado en Factual

21.12.09

La letra con sangre entra


El Parlamento catalán ha admitido a debate la Iniciativa Legislativa Popular que pretende prohibir los toros y ya empiezo a temer que todo en mi vida sea un mero pasar, sin gravedad, sin Bulli ni Monumental, sin Adrià ni José Tomás, los únicos genios por los que pondría a prueba bolsillo, estómago y hombría sin mayor motivo que el de ponerlos a prueba.
Entre los partidarios de la prohibición se encuentran los que lo hacen en nombre de los derechos de los animales. Frente a ellos es justo decir como lo hacía Girauta el pasado viernes en la Cope  que “no hay en propiedad derechos de los animales, que no están reconocidos por ninguno de los organismos internacionales que se ocupan de los sagrados listados de los derechos y libertades, y que otra cosa es la noble movilización, muy humana, para evitar el sufrimiento gratuito de cualquier criatura”. Pero siendo justo no es aún suficiente, porque no parece descabellado pensar que el día en que los derechos de los animales sean reconocidos por dichos organismos esté al caer. Caprichos del destino, esta misma semana el liberador animal Peter Singer escribía un artículo dónde, considerando que el ritmo al que avanza la robótica hace cercano el día en que los robots puedan sufrir, deberíamos ir pensando en dotarlos, también a ellos, de derechos. Suele justificarse esta expansión de los derechos (que del hombre pasó a la mujer y de la mujer al esclavo o a la inversa, y después a los animales y pronto a los robots) como respuesta a su capacidad de sufrimiento. Pero nunca se argumentó en favor de los derechos de las mujeres por su capacidad de sufrimiento sino por su capaciad de formar parte de la esfera pública, donde lo que se pone en juego es precisamente la humanidad y donde el derecho sirve para explicitar la igualdad. Es un absurdo hablar de derechos de quien no puede formar parte de la comunidad política.
Pero el tema que preocupa a los más de entre los abolicionistas es el de la sensibilidad humanista, el progresar de la civilización. Yo estoy de acuerdo con ellos, pero me parece que la civilización se da justamente en el retirarse, en la suavidad del diálogo entre el arte y la naturaleza que imita el ladearse del buen torero. Como escribe Peter Sloterdijk en susNormas para el parque humano,
eso que los romanos llamaron humanitas sería impensable sin la exigencia de abstenerse de consumir la cultura de masas en los teatros de la brutalidad. Si alguna vez hasta el propio humanista se pierde por error entre la multitud vociferante, ello sólo sirve para constatar que también él es un ser humano y, en consecuencia, puede verse infectado también por el embrutecimiento. Retorna el humanista entonces del teatro a casa, avergonzado por su involuntaria participación en las contagiosas sensaciones, y casi está tentado de reconocer que nada humano le es ajeno.
Lo humanizador no es el estar privado sino el privarse. No es el desconocer sino el abstenerse. Y para eso debe haber de qué.

Artículo publicado en Factual

14.12.09

El derecho de Haidar


Las posibilidades de un refugiado famoso mejoran de la misma manera que un perro con un nombre tiene más probabilidades de sobrevivir que un simple perro callejero que es tan sólo un perro.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo

El activismo político de la señora Haidar ha puesto ante el cosmopolita la más lograda encarnación de su ideal, el auténtico sujeto de derechos humanos. Negándose a aceptar como propia la nacionalidad marroquí, la señora Haidar se encuentra únicamente bajo protección por su fama y por los derechos que ser derivan de su humana condición. Sólo ésta fama y una muy trabajada campaña mediática la han salvado de convertirse en víctima anónima de los caprichos de la geopolítica y la monarquía marroquí, dejando en evidencia lo poco que se tiene cuando sólo se tienen derechos humanos. Porque estos derechos, que tan a menudo son invocados en discursos que pretenden dar por superada la tradicional soberanía de los Estados y demoler las fronteras en el imparable avance hacia el Gobierno Mundial, ni pueden ni han podido nunca actuar como tales protegiendo a quien precisamente por no tener el amparo de gobierno alguno necesitaría del suyo. Como bien dice la filósofa judía Hannah Arendt en el citado libro,
los derechos del hombre, después de todo, habían sido definidos como “inalienables” porque se suponía que eran independientes de todos los gobiernos; pero resultó que, en el momento en que los seres humanos carecían de su propio gobierno y tenían que recurrir a sus mínimos derechos, no quedaba ninguna autoridad para protegerles ni ninguna institución que deseara garantizarlos.
Suele discutirse sobre la posibilidad de que unos derechos tan evidentemente europeos en su orígen puedan ser humanos en su destino, y suele hacerse pensando que el problema es cultural o discursivo. Nada más lejos de la realidad, puesto que el problema es técnico y únicamente técnico. El problema de los derechos humanos y de su defensa es que pretendiéndose derechos de todos los hombres sea inexistente y hasta indeseable el gobierno que alcance a garantizarlos y protegerlos y ante el que todos sean legalmente iguales. Parecían saberlo muy bien los americanos y los franceses cuando ahorraban en distinciones entre los derechos del hombre y los del ciudadano, cómo muy bien sabíanGeorge W. Bush y Napoleón que para extender los derechos humanos había que extender la comunidad política.
Por eso, y muy a pesar del cosmopolitismo al uso, la principal tarea de la política mundial sigue siendo el fortalecimiento de los estados tradicionales. Bien lo  saben nuestros desafortunados cooperantes en Mauritania, ya que es precisamente la debilidad de las instituciones, lo que los llevó hasta allí y lo que allí los retiene. Así que no deberíamos tener mucha prisa en superar el Estado tradicional mientras las mayores amenazas a la paz mundial y a los derechos humanos surjan justamente de los estados ya superados. Estados en los que no se encuentra autoridad alguna ante la cual reivindicar lo que se consideran derechos propios, a la que se pueda responsabilizar de su atropello y a la que, en última instancia, se pueda exigir que vele por su salvaguarda y responda por ellos. No hay mayor amenaza a los derechos humanos que el anonimato, el encontrarse fuera de toda ley no siendo reconocido por institución política alguna. Como bien dice el disidente cubano Oswaldo Payá, toda reivindicación de los derechos humanos es en último término una reivindicación del derecho fundamental a tener derechos. Ya no humanos, sino derechos políticos.


Oswaldo Payá habla con Guillem Carol

Artículo publicado en Factual

7.12.09

Minaretes


Yo creo que el pueblo se equivoca porque hasta cuando acierta en sus decisiones suele hacerlo por motivos equivocados. El reciente voto popular suizo podría ser sólo un ejemplo más de una ley tan antigua como el hombre, pero especialmente significativo por ser el de los hijos de esa Ginebra en la que el bueno de Rousseau veía encarnadas todas las virtudes de la democracia directa. El error del pueblo suizo no es necesariamente el de haber votado por la prohibición de construir nuevos minaretes, sino el de haberlo hecho en muy buena medida por motivos que no deberían poder ser expuestos en la plaza pública de una democracia sin el debido sonrojo de público y orador. Del mismo modo que otros votaron en realidad en defensa de la alianza de civilizaciones o de la segregación de la mujer, que vaya usted a saber lo que piensa el pueblo en sus más íntimos momentos de privado recogimiento ante la urna. Todas ellas cuestiones que ni estaban en juego ni deberían estarlo nunca en una democracia moderna porque, conLarra, esta debería guardarse muy mucho de quitarle a alguien una religión consoladora sin tener algo mejor que ofrecer. No me cabe duda de que ante semejante pretensión sería de la mayor justicia que la ley contradijese al pueblo, pero no ha sido el caso y es preciso que así conste para tranquilidad de los más críticos, porque en nada atenta esta decisión contra la libertad de culto.
La decisión del pueblo entra dentro de lo que debe ser decidido en una sociedad liberal, sobre el cómo, por así decirlo, debe salvaguardar las alturas de la religión y las bajezas de la política y a las unas de las otras. Porque el minarete es accesorio y es precisamente sobre los accesorios de la religión que debe decidir una sociedad liberal, como tampoco el velo, cuando simboliza algo más que la fe de su portadora, es coto vetado a la consideración democrática. Es precisamente en este sentido que se torna problemática la construcción de minaretes. Porque el minarete es un faro, y su función, el ordenamiento de la vida de la comunidad, estrictamente política e impropia de la religión en una democracia secular. Con sus llamadas a la oración, que amenazan con cambiar de forma radical la forma de convivir de las distintas religiones en el discurso público, pero también por su simple presencia arquitectónica.También un minarete mudo es un símbolo de poder político aunque no  siempre tenga que ser esa la intención de sus promotores. Como decía Barbara Kay, “las estructuras que físicamente dominan el paisaje mandan un mensaje a sus observadores -y nadie puede elegir no observarlas- de que la estructura se levanta por ser una fuerza culturalmente dominante en la vida de las personas”. El minarete es un referente político como lo son los edificios emblemáticos de nuestras ciudades, las plazas, los parques y las estatuas, puntos de anclaje del paisaje urbano. El urbanismo es una disciplina política y la presencia del minarete en una sociedad laica es problemática desde el momento en que el orden de la ciudad debe ser la principal de las preocupaciones políticas.
Tengo a estos por buenos argumentos para considerar como problemática la construcción de minaretes, argumentos desde los que una administración pública puede debatir seriamente su conveniencia o no en la ciudad. Pero ni son estos los argumentos empleados, ni son estos los que, en consecuencia, pretende rebatir el ofendido musulmán. Cuando el pueblo habla siempre habla demasiado y cuando habla contra los minaretes por hablar contra la religión lo tiene muy difícil para pasar por laico. Porque actuando así está llevando la religión a un terreno que no le debería ser propio y la política a un lugar que todo gobierno liberal debería tener vetado. Eso es precisamente lo que debe evitarse y para hacerlo es de primera necesidad entender que hay cuestiones que el pueblo no es el más indicado para resolver.

Artículo publicado en Factual

3.12.09

Tristes tigresas

Caballero argentino, defensor de las causas perdidas, Enrique Lynch criticaba nada menos que en El País la última ocurrencia del Ministerio de Igualdad. Hay mucho de cómico en unas mujeres que al sentirse acusadas de histéricas responden al grito de nos atacan, pero es en lo trágico donde el artículo, como la vida misma, se muestra acertado y conveniente.
Acertado porque es ciertamente inimaginable una campaña con este hombretón jugando a la igualdad y declarando que de todas las mujeres que haya en su vida ninguna será más que él. Y no lo es por innecesaria, ni siquiera porque la campaña no cumpliría entonces con su principal cometido, el pretendido equilibrio de extremos. Es inimaginable porque al hasta el momento atractivo macho no le sería necesario siquiera torcer el semblante para convertirse en un canalla indigno de trato con tan noble ministerio.
Pero sobretodo conveniente y por algo fundamental: porque no se puede comprender ninguna liberación sin tener presentes sus costes. Y haberlos haylos, como lamentabaAdorno en sus Reflexiones desde la vida dañada.
“Bajo el liberalismo, y casi hasta nuestros días, los hombres casados de la buena sociedad a los que sus esmeradamente educadas y correctas esposas poco podían ofrecerles solían hallar satisfacción con artistas, bohemias, muchachas dulces y cocottes“. Y sigue diciendo; “Hoy, quien se acogiera al asilo de su anarquía correría el peligro de despertarse un día con la obligación de tener que, si no contratarlas como secretarias, por lo menos recomendarlas a algún magnate del cine o algún chupatintas conocidos suyos”.
Se lamentaba Adorno porque veía con envidiable claridad que el cambio no nos había llevado a ganar una esposa sino a perder una amante. Y que no sólo para los hombres hubo pérdidas, sino que también ellas, desengañadas, empiezan a descubrir que no se puede estar dentro y fuera de casa al mismo tiempo. Que es privilegio de muy pocas el ser abuelas en la cocina, damas en sociedad, currantas en la oficina, madres en casa y bohemias en la cama. Y que, por abreviar, casi ninguna queda ya que sepa guisar.
Son suficientes un par de ejemplos para entender que la libertad tiene un precio y que el de las revoluciones suelen pagarlo los que vienen detrás. Basta ver que nuestras feministas reaccionan cual recatadas editorialistas cuando una de sus liberadas compañeras se publicita con demasiada sonrisa y escasa ropa, o cuando, libertina, se atreve a jugueteara la mujer sumisa. Pero, sobre todo, basta lo que leen las hijas de la revolución, sus Gramma, para ver que el mensaje de liberación se ha convertido para ellas en poco más que unos manuales de sexualidad libre para desinhibirse con inhibiciones.
Si para sus felinas madres el feminismo podía ser sin más sinónimo de liberación, para unas jóvenes que de nada se han visto privadas por mujercitas éste se presenta como la construcción de una feminidad muy determinada. Feminismo obliga. Porque como decía saber Foucault, pero como mejor que él saben los cubanos y las gorditas de la clase, toda revolución está llamada a convertirse en una nueva tiranía.

Artículo publicado en Factual