14.12.09

El derecho de Haidar


Las posibilidades de un refugiado famoso mejoran de la misma manera que un perro con un nombre tiene más probabilidades de sobrevivir que un simple perro callejero que es tan sólo un perro.

Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo

El activismo político de la señora Haidar ha puesto ante el cosmopolita la más lograda encarnación de su ideal, el auténtico sujeto de derechos humanos. Negándose a aceptar como propia la nacionalidad marroquí, la señora Haidar se encuentra únicamente bajo protección por su fama y por los derechos que ser derivan de su humana condición. Sólo ésta fama y una muy trabajada campaña mediática la han salvado de convertirse en víctima anónima de los caprichos de la geopolítica y la monarquía marroquí, dejando en evidencia lo poco que se tiene cuando sólo se tienen derechos humanos. Porque estos derechos, que tan a menudo son invocados en discursos que pretenden dar por superada la tradicional soberanía de los Estados y demoler las fronteras en el imparable avance hacia el Gobierno Mundial, ni pueden ni han podido nunca actuar como tales protegiendo a quien precisamente por no tener el amparo de gobierno alguno necesitaría del suyo. Como bien dice la filósofa judía Hannah Arendt en el citado libro,
los derechos del hombre, después de todo, habían sido definidos como “inalienables” porque se suponía que eran independientes de todos los gobiernos; pero resultó que, en el momento en que los seres humanos carecían de su propio gobierno y tenían que recurrir a sus mínimos derechos, no quedaba ninguna autoridad para protegerles ni ninguna institución que deseara garantizarlos.
Suele discutirse sobre la posibilidad de que unos derechos tan evidentemente europeos en su orígen puedan ser humanos en su destino, y suele hacerse pensando que el problema es cultural o discursivo. Nada más lejos de la realidad, puesto que el problema es técnico y únicamente técnico. El problema de los derechos humanos y de su defensa es que pretendiéndose derechos de todos los hombres sea inexistente y hasta indeseable el gobierno que alcance a garantizarlos y protegerlos y ante el que todos sean legalmente iguales. Parecían saberlo muy bien los americanos y los franceses cuando ahorraban en distinciones entre los derechos del hombre y los del ciudadano, cómo muy bien sabíanGeorge W. Bush y Napoleón que para extender los derechos humanos había que extender la comunidad política.
Por eso, y muy a pesar del cosmopolitismo al uso, la principal tarea de la política mundial sigue siendo el fortalecimiento de los estados tradicionales. Bien lo  saben nuestros desafortunados cooperantes en Mauritania, ya que es precisamente la debilidad de las instituciones, lo que los llevó hasta allí y lo que allí los retiene. Así que no deberíamos tener mucha prisa en superar el Estado tradicional mientras las mayores amenazas a la paz mundial y a los derechos humanos surjan justamente de los estados ya superados. Estados en los que no se encuentra autoridad alguna ante la cual reivindicar lo que se consideran derechos propios, a la que se pueda responsabilizar de su atropello y a la que, en última instancia, se pueda exigir que vele por su salvaguarda y responda por ellos. No hay mayor amenaza a los derechos humanos que el anonimato, el encontrarse fuera de toda ley no siendo reconocido por institución política alguna. Como bien dice el disidente cubano Oswaldo Payá, toda reivindicación de los derechos humanos es en último término una reivindicación del derecho fundamental a tener derechos. Ya no humanos, sino derechos políticos.


Oswaldo Payá habla con Guillem Carol

Artículo publicado en Factual