29.6.10

Polémicas sexuales


Hace unos días la Generalitat abrió un expediente a algunas clínicas donde se aplicaban terapias que prometían curar la homosexualidad. La estafa me parece bastante clara. No hay pastilla que cure la homosexualidad y prometerla es engañar al cliente. Por eso dijo acertadamente la consejera Geli que “no hay que confundir alteraciones emocionales en relación con la vivencia de la propia sexualidad. Los elementos emocionales son parte importante de nuestras consultas psiquiátricas, y a veces pasan por una orientación en entornos familiares y laborales”. Creo que estas palabras deberían bastar para tranquilizar a Duran, inquieto por si el homosexual que decide volver al armario no tendría el mismo derecho al apoyo psicológico que el padre de familia que decide salir de él.
Lo que diferencia a los psicológos expedientados de los curanderos es que éstos, al menos, prometen remedios inútiles para enfermedades reales. La OMS determinó el año 1990 que la homosexualidad no debía considerarse una enfermedad. Y ese deber es un deber moral. Eso es lo que diferencia a la homosexualidad de las enfermedades todavía incurables. La homosexualidad nunca tendrá cura. Por eso a las clínicas no se las condena por un error médico o por un engaño, sino por un error moral. Creo que es justo que así sea y que es justo que así se diga.
La misma Consejería de Salud de la Generalitat ha estado últimamente en el centro de otra polémica. Abrieron una web sobre sexualidad joven y un tipo muy disgustado salió en Intereconomía llamando guarra a la señora Geli. Los socialistas han salido a defender el honor de su consejera y de su obra de gobierno diciendo que la web sólo pretendía informar, y aunque lograron que el intereconomista pidiese perdón, lo cierto es que la defensa fue insuficiente. Porque dificilmente puede pretenderse que una web sobre sexualidad sea meramente informativa. De hecho, lo que se pretende es que los jóvenes hagan algo con esa información. Que hagan petting, algo que la Consejería considera muy recomendable antes de iniciarse en la penetración, pero también otras cosas que les parecerán mucho menos divertidas, como usar el preservativo para evitar enfermedades y embarazos no desados. Es evidente que la página tiene una vocación formativa y eso es mucho más problemático de lo que se pretende.
Yo soy demasiado joven para recordar aquellos tiempos en los que podías quedarte ciego de un escalofrío. Y soy todavía demasiado joven para haber olvidado la cantidad de información de que disponíamos sobre el tema, incluso antes de que empezase a interesarnos realmente. No creo que en los últimos años hayan cambiado mucho las cosas. No creo que se haya vivido un resurgir del discurso catolicón en nuestras aulas, ni que la cantidad de información disponible haya disminuido. Y, en cambio, parece que estamos mucho más preocupados que antes por los embarazos no deseados. Creo más bien que la culpa de tantos embarazos no deseados entre jóvenes no la tiene la desinformación sino la irresponsabilidad. Y creo que eso tiene mucho que ver con el miedo de nuestros políticos y nuestros maestros a reconocer que educar tiene mucho más que ver con formar que con informar, con forjar personalidades que con celebrar la espontaneidad de los jóvenes adornándola con condones de sabores. Me parece que lo que está mal en nuestras escuelas y en nuestros jóvenes es que ya no nos preguntamos qué está bien.

Artículo publicado en Filosofías, blog de Factual.es

21.6.10

Reduciendo al absurdo


El gobierno no debería mezclar el tema del burka con ninguna ley que pueda recibir el nombre de ley de libertad religiosa. No debería mezclarlo porque haciéndolo da a entender que va a limitar la libertad religiosa en defensa de algo superior a ella. Y es difícil saber exactamente qué puede ser ese algo en un estado de derecho, democrático y liberal, que no sólo garantiza esa libertad sino que encuentra en esa garantía su propio origen y fundamento. Así, es normal que en dicha ley encuentren una buena excusa para ofenderse los ‘populares’, que se diría que tienen muchos menos reparos en prohibir símbolos de religiones foráneas que de las religiones “de casa”. Y normal es también que se ofendan los musulmanes, que encuentran en el debate buenas razones para creer que la única libertad religiosa que va a verse limitada va a ser la suya. Y aunque pudiese ser sólo una sensación, un gobierno no debe olvidar nunca que en política las sensaciones son importantes.
Lo que debe hacer el gobierno no es prohibir algunas prácticas religiosas sino lo que puede hacerse en nombre de la religión. Tomada como principio, esta afirmación podría ser muy problemática cuando nos encontráramos con religiones que promoviesen prácticas incompatibles con nuestra vida civil pero que fuesen condición sine qua nonpara sus fieles. En cualquier caso, éste no es el problema del burka. El burka es, por así decirlo, accesorio a la religión musulmana, y un accesorio de origen y función propiamente políticas. Por eso me parece que ningún gobierno debería dudar sobre su legitimidad para legislar sobre su uso (aunque pudiera tener muchas dudas sobre si debe prohibirlo o no, que es otra cuestión), ni debería mezclar el asunto del burka con el de la libertad religiosa. Eso es, por así decirlo, lanzar el mensaje equivocado. Con los efectos indeseados e indeseables que este mensaje pueda tener en el trato con el islamismo radical.
A pesar de eso, la forma que está tomando la protesta de los islamistas supuestamente fundamentalistas es una gran muestra de integración. Según éste reportaje de El País, los salafistas querrían romper con Occidente, pero no han encontrado mejor manera de defenderse que servirse de las armas que el enemigo pone a su disposición: el amparo de la ley y el discurso de la libertad. Y viendo algunos de los argumentos que utilizan para defender el derecho de sus mujeres a llevar el burka casi me atrevería a afirmar que nuestros salafistas no son más que liberales reducidos al absurdo. Que actúan y hablan como occidentales, aunque no por ello dejen de ser una amenaza para Occidente. Sus argumentos son una reductio ad absurdum de nuestros propios tópicos ideológicos. Sobre los comunes discursos del supuesto derecho de las mujeres a vestirse como quieran, que se basan en la creencia de que toda apetencia corresponde un derecho (el derecho de comer helado de coco, por ejemplo), y que la libertad individual es el fin último al que tiende toda sociedad que merezca la pena ser defendida. Contra lo que tiende a considerarse, el problema de las reducciones al absurdo no lo tienen los reductores sino los argumentos. Éste es un buen caso para entender a qué debería referirse quien repite incansable que con los asuntos islámicos hay que alejarse de tópicos.

Artículo publicado en Filosofías, blog de Factual.es


19.6.10

El fútbol, teología política


No soy de los que se lamentan de la presencia masiva del fútbol en nuestros periódicos y telediarios. Y mucho menos, de los que lamentan que grandes escritores dediquen sus horas a seguir y comentar la actualidad deportiva. No creo que haya muchas tares tan importantes ni que merezcan nuestra detenida atención. De hecho, soy más bien de los que cree que toda esa información y toda esa literatura son de gran utilidad para entender cuestiones no estrictamente futbolísticas.
Por ejemplo, cuestiones políticas fundamentales, como comentábamos con la excusa del “Visca el Barça i Visca Catalunya”, que tanto nos enseña sobre el Barça y sobre Cataluña. Como dice Leo Strauss, toda sociedad se caracteriza por reverenciar algo. Basta, por tanto, con conocer ese algo para descubrir cuál es la verdadera naturaleza de esa sociedad. Del mismo modo que el fútbol es un evento político de primer orden porque nos enseña algo básico de la política, es también una cuestión teológica de gran importancia, que nos enseña algo fundamental sobre el lugar de la religión en nuestra sociedad.
Digo esto porque se ha llegado a afirmar que el fútbol ha substituido a la religión y que los futbolistas serían, junto con los actores y cantantes pop, algo así como los dioses de un nuevo politeísmo. Por no ir demasiado lejos, Vázquez Montalbán llegó a llamar al fútbol “una religión en busca de Dios”. Sería algo así como sucede con los luchadores de sumo en Japón, y algo con lo que no estarían en absoluto de acuerdo los napolitanos, que hace tiempo que conocieron el arte de Maradona y dejaron de buscar. Pero, excepto para japoneses y napolitanos, esto es sólo un tópico, y especialmente exagerado. Tratándose de un tópico, sin embargo, resulta precisamente mucho más significativo cuanto más exagerado es.
Eso lo vio Nietzsche. Cuando la lectura de la pregaria matutina ha sido substituida por la lectura del periódico matutino, cuando lo mismo y eterno es substituido por lo distinto y efímero, hay que ser algo así como un superhombre para no dejarse llevar y atreverse a desear el eterno retorno de lo mismo. Como no somos superhombres sino lectores de diarios, a la muerte de Dios sólo podía seguirle el rutinario desfile de ídolos ocasionales. Con todo lo de embrutecedor que esta ocasionalidad y esta idolatría pueda tener para nosotros, y con todo lo trágico que eso pueda tener para esos ídolos caducos, que si de jóvenes no suelen estar preparados para la fama, las mujeres y los millones, aún menos parecen estarlo para la modesta vida en el anonimato a la que están llamados.
Todo este juego de reverencia y olvido, de celebración de lo pasajero, de esos títulos que hay que ganar cada año para que no se nos olvide que somos los mejores del mundo, todo esto caracteriza nuestra sociedad. Es por ello no sólo justo sino necesario que tengamos al fútbol siempre presente en nuestras reflexiones.

Artículo publicado en el Magazine de Factual.es

15.6.10

Fútbol y política

Ha ganado Rosell y ya sólo cabe esperar que no nos falle y que, ya desde el primer día, empiece a incumplir las más revolucionarias de sus promesas electorales. No pretendió nunca pasar por un candidato continuista, algo de gran mérito viendo la situación del club, y lo cierto es que muchas son las diferencias entre el presidente saliente y Sandro. Muy pocas, sin embargo, son las que ha convertido en bandera electoral. Quizás la principal sea su total rechazo a mezclar fútbol y política, algo que tampoco ha sido el único en criticar al presidente Laporta. Pero pocos clubes hay en el mundo en que esta falacia se vea tan clara como en el Barça. De hecho, casi parece que no hay nada más político en nuestro país que el fútbol. Y, para entendernos, para nada es casual ni depende de ninguna ninguna iniciativa institucional que el Camp Nou se llene de senyeres y el campo del Español de banderas “constitucionales”.
Después, claro está, viene el trabajo de los políticos “profesionales”. De los diputados y los hombres de partido, dedicados a la aritmética parlamentaria, a la administración y al reparto de presupuestos y cosas varias. Pero éstas no dejan de ser cuestiones secundarias, derivadas del sustento último de toda legalidad y que se expresa en el Camp Nou con el grito de “Visca el Barça i Visca Catalunya”. También allí se ve hasta qué punto es exagerada esa retórica de la lejanía de la nacionalista clase política con el sentimiento popular, supuestamente indiferente respecto a estas cuestiones. Y se entiende hasta que el PSC sólo ha podido llegar a gobernar el país asumiendo que si algo tan popular como el Barça iba envuelto en la bandera, el socialismo no podía ser menos.
Cuando Sostres dice que el Barça es el ejército de Catalunya, por ejemplo, es cierto que dice poco sobre lo que debe ser un ejército, pero sí mucho más que muchos libros de historia sobre lo que es ser catalán. O cuando Arcadi Espada afirma que, al menos ellos, los del Madrid, cuando ganaban lo hacían “sin añadir aceitosas lecciones de pedagogía social”, señala sin duda uno de los más irritantes hechos diferenciales, el de la permanente voluntad pedagógica de los catalanes. También en esto van juntos, porque la tan sobada pedagogía catalana es y siempre ha sido únicamente una manera de negar el conflicto. Y ya que estamos con la pedagogía, mucho más y mucho mejor han hablado de valores un Barça campeón y un anuncio de cerveza que todos esos pedagogos convencidos (seguramente con razón) de ser substituibles por un PocketPC.
Si no hay que mezclar el fútbol con la política es exactamente por la misma razón por la que Kierkegaard se negaba a mezclar la religión con la política; para no rebajarlo. Pero es que en realidad la pretensión de separar la realidad del país de la del club escapa al poder del presidente del Barça. Lo más que puede decidir es si cree que un presidente debe, puede y quiere responder de esta realidad.

Artículo publicado en Filosofías, blog de Factual.es

7.6.10

Desorientación


Una cierta desorientación caracteriza el pensamiento político contemporáneo. Seguramente no sea más que el corolario a eso que hemos dado en llamar el fin de las ideologías y el final de la historia, que evidencia una difusión de las fronteras entre Oriente y Occidente y que simboliza ejemplarmente la caída del muro de Berlín. Casi parece que todo discurso político es hoy el eco de la decadencia de Occidente.
Es habitual pretender salir de esta inquietante situación con una reorientación, con un revolver la mirada hacia Oriente. Y ya no, como se solía en tiempos de guerras frías y mundiales, para hacer de ellos un nosotros. Más bien para huir de lo que tanto nos inquieta de nosotros mismos. En la más burda versión de este proceso, los catalanes podemos presumir de tener las consejerías mejor orientadas según los preceptos Zen. Pero también las lluviosas noches londinenses son tomadas por hare krishnas, nuestras abuelas han dejado la gimnasia y combaten el reuma con sesiones de yoga y meditación y hasta nuestras ensaladas han sido invadidas por hierbajos que ni el más sanguinario torero haría comer a sus víctimas.
En una versión pretendidamente más elegante e intelectual, ha aparecido en los estantes de nuestras librerías un departamento de “filosofía oriental” (sic). Y viendo cómo están capeando la crisis los chinos, parece que no son pocos los que vuelven a pretender que lo mejor del comunismo es un buen substituto para lo peor del capitalismo.
Pero el problema del pensamiento político no es la intermitente aparición del referente oriental, sino la voluntad misma de orientación, de marcarse un objetivo y pasar a la acción. Para decirlo con Marx, de dejar de interpretar el mundo para tratar de transformarlo. Y, para decirlo con Vattimo, el problema del pensamiento político es que ya no crea posible aprender nada sobre la sociedad política y que cuando uno se lanza a leer sobre el asunto la más prudente actitud sea la de tratar de descubrir qué moto nos quiere vender el autor.
La pretensión de este blog no es la de vender ninguna moto. Tampoco la de combatir las proclamas orientalistas de nuestros gurús radiofónicos y nuestras verduleras. Pero eso no quiere decir que este blog no sea pretencioso. Su pretensión es, de hecho, mucho mayor. Como, por así decirlo, aquí no esperamos nada de la soja ni del comunismo, vamos a tratar de convivir con la desorientación política. Vamos a tratar de leer a nuestros clásicos como los maestros que pretendían ser, y a nuestros contemporáneos como los maestros que niegan poder ser. Vamos a tratar de aprender hasta de aquellos que nada creen que se pueda ya enseñar. Y, sobre todo, seguiremos tratando de evitar que las decepciones de la política nos sorprendan demasiado.

Artículo publicado en Factual.es

1.6.10

Condenados abstencionistas

No me hagan mucho caso, per podría ser cierto que CiU, con su abstención, hubiese salvado algo más que el Plan de Ajuste y hasta que la cabeza de Zp. Podría ser cierto que CiU hubiese evitado la tragedia griega de España. Y de ser esto cierto, votar en contra resultaría una mayúscula irresponsabilidad histórica. Entonces sería justo decir que Durán se lavó las manos. Por la gravedad del gesto, claro. Porque aunque el suyo, a diferencia del de Pilatos, fue un abstenerse salvífico, de nada le hubiese servido para ahorrarse el juicio de la historia. Así que yo, como Nebrera pero justo al revés que ella, veo en el gesto mucho más que un anecdótico movimiento de politiquería partidista. Veo en el gesto una auténtica lección política. ¡Qué política! Yo veo en el gesto de Durán una lección existencial. Para decirlo con Sartre, y sin que sirva de precedente; “estamos condenados a ser libres", a elegir y esa condena es tal que hasta cuando optamos por no elegir, cuando preferimos lavarnos las manos, ya hemos tomado una decisión. Sólo por eso se explica que podamos exigir que nuestros político se responsabilizen hasta de sus abstenciones. Por eso Weber consideró que la ética que correspondía a la profesión de político le correspondía era la ética de la responsabilidad, y por eso se equivoca Nebrera cuando afirma que Durán “lleva toda la vida en política sin haber asumido jamás una responsabilidad poco más de un cuarto de hora”.
El caso es mucho más que anecdótico porque Nebrera, como tantos otros, aprovecha el caso para cargar contra la profesionalización de la política, a la que considera “lucrativa” y “acomodada”. Y aunque parece cierto que la política de este país es una profesión "acomodada", no parece que sea en realidad una profesión especialmente “lucrativa”. O, por así decirlo, lo que nos hace pensar que es lucrativa en demasía, no es que los sueldos de los políticos sean demasiado altos, sino el convencimiento de que gran parte de nuestros políticos vivirían peor fuera de la política que dentro de ella. Hasta el punto de que es ya un tópico afirmar que nuestros políticos no están suficientemente preparados y que las personas realmente válidas prefieren dedicarse al mundo de la empresa. De dar por bueno el razonamiento, parece que si en realidad se trata de atraer a los mejor preparados a la política un buen modo de hacerlo sería, precisamente, el de convertir la política en verdaderamente "lucrativa". Y reformar el sistema para que fuesen ellos, y no los medradores, los que llegasen a ocupar los cargos de mayor responsabilidad. Por ejemplo, con listas abiertas, elecciones primarias o similares. Algo que, dicho sea de paso, impediría a su vez que la política fuese una profesión demasiado "acomodada".
Pero en realidad todo esto no soluciona el mayor de los problemas, que no es otro que la dificultad de saber en qué consiste exactamente una buena preparación política y, aún, si esa puede ser enseñada en una universidad, por buena que esta sea. Es decir; la dificultad de saber qué se necesita para ser un buen político del siglo XXI y de saber si ese político nace o se hace. La recurriente apelación al éxito fuera del mundo de la política, por ejemplo, presupone algo que no creo que debamos dar por hecho, ya que las habilidades necesarias para triunfar en el sector privado podrían no ser las mismas que se necesitan o deberían necesitarse para triunfar en el sector públicio O, dicho de otro modo, presupone que no hay nada, realmente nada, que diferencie el interés privado (que se presigue en el mundo de la empresa) del interés público, otrora conocido como bien común (al servicio del cual debería estar la política). Podría ser así, pero creo que actuar como si estos temas hubiesen sido definitivamente resuletos con cuatro tópicos, es hacerle un flaco favor a esta política que pretendemos mejorar. 

Artículo publicado en Factual.es

28.5.10

Ghostwriters


Seguramente, Nietzsche sea el gran desvelador de la conspiración. A sus ojos, hasta la verdad misma es un engaño de los cobardes de la tierra, que, lejos de ser honestos investigadores han procedido siempre como quien “esconde una cosa detrás de un matorral, a continuación la busca en ese mismo sitio y, además, la encuentra”.
Así es como funcionan las teorías de la conspiración y así es como funciona también la última película de Polanski, en la que un joven escritor, encargado de redactar las memorias del recién retirado Prime Minister, descubre un gran complot de la CIA que pone en claro los últimos y polémicos sucesos de la política británica. Todo parece encajar en una reveladora escena en la que un honrado ex ministro pregunta al escritor cómo entiende él que ni una sola decisión del Prime haya ido contra los intereses de Estados Unidos, y en la que el silencio parece confirmar el acuerdo; el mismísimo Prime tiene que ser un agente de la CIA.
Es evidente que ésa no es la única explicación posible, y mucho más fácil hubiese sido creer, como Blair, Aznar y hasta yo mismo en mis momentos bajos, que ninguna política en favor de la libertad puede perjudicar a los Estados Unidos. Pero la solución Polanski tiene respecto de la mía la ventaja de confirmar las sospechas de la forma más sencilla y más acorde con los prejuicios de los investigadores. Que al final la explicación no sea exactamente ésa no dice nada en favor de la verdad, ni de la película, pero dice mucho sobre lo que en realidad buscan estas teorías, que es un relato más coherente que la realidad misma. Por eso el problema de las teorías conspirativas no suele ser que fallen en la explicación, sino que lo expliquen todo demasiado bien. Que expliquen, por ejemplo, que para un presidente sea más fácil ir a la guerra que para el resto de los mortales elegir entre los platos de un menú.
Como las que cuentan los niños, también estas historias son mucho más completas cuanto más falsas son. Así sucede desde los Protocolos de los sabios de Sión hasta el 11-S, pasando por el asesinato del bueno de Kennedy y por la llegada del hombre a la luna. Miles de personas han jugado a desmontar la versión oficial escondiendo un par de judíos y algún agente de la CIA tras el matorral, para descubrirlos poco después entre indignadas acusaciones de engaño histórico. Cierto que, como dice Nietzsche, “no hay mucho de qué vanagloriarse en esa búsqueda y ese descubrimiento”, pero es un hallazgo que de tan clarificador resulta muy tranqulizante.
De allí la función terapéutica de las teorías pseudomarxistas sobre el terrorismo islámico, que nos permiten seguir convencidos de ser grandes hombres en el lado correcto de la historia. O de estas explicaciones sobre la crisis, según la cual todo es culpa de cuatro neoliberales y unos cuantos chorizos de Wall Street y que tienen la enorme ventaja de hacernos creer que acabando con ellos acabaremos con el problema. Y hasta de los cuentos sobre el club Bilderberg, según los cuales unos pocos ‘no electos’ gobernarían el mundo desde la sombra y que vienen a confirmar que mucho más inquietante nos resulta el desgobierno que el gobierno de los malos. Seguramente porque, como bien sabía Marx, nunca nadie había salido vencedor de la lucha contra un fantasma.
Pero todo se vuelve un poco más comprensible cuando, si en verdad hay alguno, no son muchos los que, con la que está cayendo, son capaces de envolverse en su manto y marchar serenos bajo la tormenta.

Artículo publicado en el Magazine de Factual.es

24.5.10

Chávez y la molicie del pueblo


El ex ministro venezolano de Defensa, Raúl Baduel, ha sido condenado a 7 años de cárcelpor malversación y abuso de poder. Baduel había sido amigo de Chávez desde sus días en el ejército, colaboró con él en el fallido golpe de Estado de 1992 y fue crucial en la operación para mantenerlo en el poder en el 2002. Se retiró después de que Hugo Chávez lo apartase del Ministerio de Defensa, y desde ese momento se convirtió en un detractor público del presidente. En la Venezuela de Chávez, a nadie parece sorprenderle ver a los críticos en la cárcel, aunque sean antiguos amigos. Lo extraño, y quizás por eso mucho más significativo, es ver cómo la persecución se centra en los más leales y cercanos al presidente, como fue el caso del banquero Ricardo Fernández, que presumía de una gran relación con los líderes de la revolución hasta el mismísimo día en que sus amiguitos lo metieron entre rejas.
Cuando en los diálogos de La República y el Político, Platón nos presenta la naturaleza de los distintos regímenes políticos y su tendencia hacia la corrupción, muestra cómo al principio del camino que lleva de la democracia a la tiranía, se encuentran la tolerancia característica de la democracia, la despreocupación de los ciudadanos por los asuntos fundamentales del Estado y la tendencia populista a rendir honores a cualquiera que se diga amigo del pueblo. Se encuentra, por así decirlo, una cierta relajación en la consideración de las más elevadas de las virtudes. Un ejemplo histórico de esta decadencia (y que mucho recuerda a la creciente persecución de los amigos de Chávez) es el que nos presenta Jenofonte en la Ciropedia. En ella cuenta cómo, para satisfacer su voluntad expansionista, Ciro necesitaba un ejercito más equipado que el que las leyes y costumbres de Persia, que prohibían a los plebeyos el uso de armas pesadas, ponían a su disposición. Y cuenta también cómo el ímpetu militar de Ciro lo llevó a armar a los plebeyos para la batalla y a prometerles que, si luchaban a su lado, desde aquel mismo momento serían considerados tan dignos de las mayores recompensas como los pares (aquellos que gozaban de los derechos de ciudadanía). Así, como comenta Chistopher Bruell, con el tiempo pareció sucederle a Ciro lo que en nuestros días le sucede a Chávez. Llegó a considerar que “el mayor peligro para su trono pocedería de los amigos mismos a quienes más había recompensado. La significación de esto puede verse en el hecho de que estos amigos eran, en su mayoría, los mismos pares cuya voracidad había dejado Ciro en libertad por su sugerencia de que ya no buscaran la virtud por la virtud misma, sino por sus recompensas”.
Como bien dice el tópico, cada pueblo tiene los políticos que merece, y como muestra la historia, parece que hasta hay pueblos que merecen un tirano. Por eso, y aunque nadie duda de que la llamada de la oposición es urgente y casi siempre sugerente, mucho más apremiante es el tomar conciencia que la más difícil e importante de las decisiones que debe tomar un pueblo es, precisamente, aquella que nunca, de ningún modo, podrá tomar ante una urna.

Artículo publicado en Factual.es

21.5.10

Populismos


Josep Anglada es el líder de Plataforma per Cataluña (PxC) y uno de los pocos políticos a la altura de su crítica. Se le suele tildar de racista y de xenófobo y no parece que sean acusaciones totalmente faltas de fundamento. Pero estas características, en realidad, ponen un techo claro y bastante bajo a su posible ascenso electoral y lo más preocupante del personaje y su proyección futura es el populismo en el que se fundamentan y que es un discurso muy adecuado a tiempos de crisis.
Cierto que Anglada no es el único político populista, pero lo que le convierte en un caso merecedor de especial atención es que, siendo sin duda el más vulgar de los que apuntan al Parlament, es por ello el más peligroso de todos los que últimamente, y favorecidos por el descontento general, se ejercitan en tan indigno arte. Tampoco es el único que se ha sumado al discurso contra “la casta política” y contra el discurso políticamente correcto, pero si parece ser el único de quien ni por casualidad ni por capacidad se puede esperar una mejora en la democratización del sistema. Porque a pesar de la condena que merece el discurso de lo políticamente correcto, que sólo ha servido para vaciar de sentido y contenido el discurso público sobre ciertos temas y para que los prejuicios biempensantes pudieran ocupar el espacio reservado a la discusión política, lo cierto es que en bocas como las de Anglada, la bandera de lo políticamente incorrecto nada ha mejorado la situación, dando carta de normalidad a los más bajos prejuicios de la ciudadanía. Y ésa es la autopista del populismo que sólo lleva al fascismo.
Hay que combatir el populismo. Pero así como, según las leyes de Murphy, a la burocracia sólo se la puede vencer con más burocracia, es un absurdo pretender combatir al populismo con más populismo. Y me parece que eso es precisamente lo que se está haciendo. Por ejemplo, se ha impuesto como lugar común que el éxito de partidos como los de Anglada se debe a que el pueblo está huérfano de discurso sobre la inmigración ya que los partidos tradicionales simplemente no se atreven con el tema (por la dictadura de lo políticamente correcto, ya saben). Se espera, por lo tanto, que un discurso serio sobre la immigración desactive partidos como PxC, pero no logro entender por qué se espera eso y no se espera, al contrario, que también los grandes partidos se vean arrastrados a ese discurso simple, fácil y vergonzoso de criminalizar la immigración y culpabilizarla de todo mal social. La polémica del padrón, que hizo estallar el alcalde de Vic precisamente para contrarrestar el efecto Anglada, parece ser un buen ejemplo de esto. Hasta ese momento, el alcalde podía presumir de tener una política de integración ejemplar. Luchaba con reconocida eficacia contra la discriminación de los recién llegados y contra un problema tan difícil de tratar como es la aparición de guetos. Pero resulta que esa política no era suficiente para la siempre sensata ciudadanía y el alcalde y su equipo vieron que podía serles mucho más útil para contentar a la ciudadanía plantear públicamente una solución que no servía para atajar un problema que no tenían. Es lógico que un alcalde busque el éxito electoral de su grupo y en el caso de Vic hasta diría que es bueno que lo consiga, pero el suyo parece ser un ejemplo ideal para desmentir esa fe en el pueblo en la que se basa el populismo de Anglada tanto como el de sus críticos.
Así, mucho más preocupante que el señor Anglada me parece, por ejemplo, su amiguitoGarcía Albiol, del PP de Badalona, que hace la misma demagogia pero la hace desde un partido de los grandes, de esos de los que más debemos esperar que actúen con responsabilidad ante cuestiones como las que nos ocupan y que, para no perder los votos de cuatro racistas en uno de los pocos lugares de Cataluña donde puede ganar una alcaldía, tolera en su seno lo que debiera condenar por doquier. La peor de las perspectivas que se abren ante nosotros es precisamente ésa, la de que PxC pueda morir de éxito. Mucho más grave que ver a Anglada en el Parlament es que sus xenófobos votantes ya ni siquiera tengan necesidad de él.

Artículo publicado en el Magazine de Factual.es

15.5.10

Bananas

El resultado del referéndum no deja lugar a dudas y hasta el alcalde Hereu parece haber entendido el mensaje. Votó el 12% del censo y el 79% de los ciudadanos que votaron lo hicieron en contra de las propuestas de reforma planteadas por el alcalde, optando por la así llamada Opción C y con el mérito añadido de haber sido capaces de encontrarla entra tanta propaganda tendenciosa. Hereu, aunque siempre tarde, lo ha entendido. Los ciudadanos no han votado una reforma de la Diagonal, han votado en plebiscito sobre la gestión del alcalde, y han votado en contra.
No sé si es lo normal, pero sin duda es lo corriente. El pueblo, cuando no guarda respetuoso silencio, suele opinar lo que le da la gana sobre cuestiones que no se le preguntaban. Y así las cosas, hasta podría resultar que la baja participación acabara siendo la menos mala de las noticias que estos días ha recibido la división local del aparato socialista. Hasta podría darse el caso de que vieran con cierto desasosiego que los barceloneses, ante tanta manipulación, ante tanta mentira, tanta desvergüenza y tanta indignidad, no se hayan movilizado masivamente en contra del presunto alcalde y hayan optado antes por el pasotismo que por el rechazo directo.
Si, en cambio, ésta hubiese sido una consulta ciudadana como la que pretendían, la abstención sería una pésima noticia y pondría al alcalde ante la difícil situación de valorar si un triste 10% puede decidir en nombre de la ciudadanía presente y futura sobre algo tan importante como es la reforma de la Diagonal. Algo que no sólo sería un enorme problema para un alcalde que se ha demostrado incapaz de tomar ninguna decisión relevante, sino para todos aquellos defensores de la democracia participativa que le acompañaban en la aventura. Porque esta romántica apología de la proximidad según la cual es buena y hasta necesaria una mayor implicación de los ciudadanos en las decisiones que más de cerca les afectan y sobre las que, supuestamente, nadie mejor que ellos puede opinar, sólo puede justificarse por un interés real y mayoritario de los ciudadano afectados por la decisión.
Hereu y sus secuaces presentaron este referéndum como un ejemplo de modernización de la democracia y lo más que han podido exhibir ha sido su bananización. De semejante proceso queda para la posteridad esa secuencia que La Vanguardia tuvo el acierto de captar, el momento crucial en el que un político decide que la mentira es más conveniente que la verdad. Por si todo lo demás fuera poco, sólo esto ya sería motivo suficiente para que el alcalde se dignase a dimitir. Aunque, a decir verdad, ni siquiera esa decisión fue capaz de tomarla él solito.

Artículo publicado en Factual.es

13.5.10

¡¿Opción C?!

En lo que parecía ser un artículo de despedida, Félix de Azúa escribía que, con un poco de suerte, los actuales políticos serían substituidos por “esos técnicos que tanta falta hacen y que han sido despreciados por políticos ebrios de ideología”. Apuntaba así al que probablemente sea uno de los mayores problemas de la política moderna, que no es otro que la confusión de las cuestiones políticas y las técnicas. Eso no implica, como suele repetirse aludiendo al fin de las ideologías, que la política haya sido o esté siendo substituida por la técnica.
Más bien significa que es urgente empezar a entender que política no es necesariamente sinónimo de ideología, y que toda decisión justificada con argumentos técnicos, pero de motivaciones y consecuencias evidentemente políticas, se toma sobre una incertidumbre de la que el político es el responsable último y como tal debe ser considerado. Que no vale, por lo tanto, escudarse en los técnicos para evadir las responsabilidades implícitas en el cargo.
La reforma de la Avenida Diagonal de Barcelona que se vota estos días es un claro ejemplo de ello y demuestra, una vez más, que la retórica de la postpolítica y del fomento de la participación ciudadana son la mejor excusa que han encontrado nuestros políticos para dimitir de sus responsabilidades sin necesidad de dimitir de su cargo y su sueldo. Que, por decirlo con Garton Ash, “el posmodernismo se ha convertido en la puta de la política del poder”.
De ahí que, aunque burda, zafia y de dudosa calidad democrática, sea totalmente comprensible la maniobra de esconder la llamada Opción C en toda la propaganda (supuestamente) y hasta en los “colegios electorales”. Porque es la simple existencia de esta opción la que les delata, la que demuestra que bajo la fiesta de la democracia ciudadana y bajo las presentaciones en 3D de la futura avenida se esconde una gran decisión que no están dispuestos a tomar porque implica que, por primera vez en demasiado tiempo, tengan que tomar una decisión a la altura del cargo que ocupan y responder de ella ante la ciudadanía. En vez de delegar en ella la decisión más importante que podrían haber tomado desde que heredaron el trono.
Si el señor alcalde y su equipo, además de pretender salir en la foto ahora que se acercan las elecciones, creen realmente que es necesaria una reforma de la Diagonal, no sólo es su responsabilidad sino su obligación llevarla adelante, explicando qué problemas se supone que quieren solucionar urgentemente, eligiendo entre los distintos proyectos urbanísticos presentados y, aunque sólo sea por una vez y como regalito de despedida, demostrar que son conscientes de la importancia de su cargo y de las obligaciones que le corresponden.

Artículo publicado en Factual.es

3.5.10

¿Para qué intelectuales en tiempos de penuria?


“No tienes el derecho de despreciar el presente”
Baudelaire

Azúa, don Félix, escribía hoy su último artículo en El Periódico de Catalunya. Se marcha, y fiel a sí mismo tanto como a sus lectores, ni siquiera hoy se ha servido de los llamados “motivos personales” para ahorrar en argumentos.
Se va por lo mucho que ha cambiado (a peor) “no sólo el país, sino el aire social que respiramos en común” y porque “en estas circunstancias, la verdad, es inútil tratar de influir en la vida pública”. Semejantes circunstancias son de sobra conocidas, y basta recordar que responden a nombres tan diversos como desafección o crisis económica pero que aquí son, en el fondo, simple reflejo de una crisis política y social de mucha mayor envergadura y de solución mucho más difícil.
Asi que Félix se retira “a los cuarteles de invierno”, y sus motivos se convierten en una auténtica afrenta a todos aquellos que solemos renunciar a unos buenos ratos de Platón, Nietzsche o Strauss para dedicarnos a Rajoy, Montilla u Obama. A todos aquellos que preferimos el pausado ritmo de la academia pero nos plegamos a las urgencias de la política y lo hacemos sin ninguna intención de servirnos de ella, sino con una pretensión de servicio siempre honesta aunque la mayor parte de las veces tal vez exagerada. Porque, dicho claramente, si Azúa está en lo cierto, el trabajo de todo articulista que no ejerza al servicio de algún partido político no tiene hoy en dia, en este país, ninguna razón de ser.
Muchas son las razones que históricamente se han esgrimido en favor del compromiso social del intelectual, y el problema es que la mayoría de ellas seguramente sea falaz. Lo parece, por ejemplo, aquella vieja creencia según la cual no hay simplemente nadie mejor que el intelectual para intervenir en los asuntos públicos, basada, como el kamasutra y los libros de autoayuda, en la estúpida creencia que hasta a andar se aprende mejor con libros. Debería bastar el compromiso que han adquirido en el último siglo algunos de los más elevados intelectuales con los más miserables de los regímenes políticos que ha conocido la humanidad para desmentir semejante tópico.
Y si bien es cierto que al rechazar este lugar común podemos llegar a la desoladora conclusión de que a nada salvo a sí mismo sirve el pensamiento, también lo es que quizás sea precisamente eso lo que justifique hoy el compromiso político del intelectual. Aunque sea por mera supervivencia, debe seguir implicado en evitar que este deterioro político nos traiga un Chávez, que este deterioro de la política nos lleve a la tiranía a la que toda democracia parece llamada a convertirse y que es, simple y llanamente, incompatible con el pensamiento. Aunque sólo sea por eso, aprender cómo hacerlo quizás sea hoy la más urgente de las tareas del llamado intelectual.

Artículo publicado en Factual.es

26.4.10

Samaranch y los ratitos de silencio


La muerte de Samaranch es también patrimonio de la memoria histórica, que mucho más tiene que ver en realidad con el recuerdo des grands hommes, de la patrie reconaissante, que de la localización de cadáveres e indemnizaciones a las víctimas y sus familias.
De allí ese minuto de silencio del sábado en el Camp Nou, en recuerdo del hombre que trajo los juegos del 92′ a Barcelona. Pero no era a ese Samaranch al que silbaba una parte de la afición, sino a un franquista como tantos pero con más éxito que otros. A eseSamaranch fot el camp, porque nadie en su sano juicio y en la ciudad de Barcelona silbaría al artífice de uno de los mayores acontecimientos que se ha dado en esta ciudad. Digo que hay dos Samaranch como podría decir que hay 51, y si me permito hoy ese lujo no es por poner en tela de juicio la unidad del sujeto, sino porque lo propio de la memória histórica son licencias como ésta. Porque Samaranch fue franquista, pero no se le recuerda por ello. Y eso, que le diferencia, claro está, del mismísimo Franco (de quien no se conoce mayor mérito que el franquismo), determina también que el lugar que nuestro espacio público debe reservar a su memoria no es el mismo, ni del mismo tipo, que el que reserva al generalísimo.
Simplemente, se vuelve a poner de manifiesto que la memoria histórica tiene mucho más que ver con la memoria que con la historia, que la memoria histórica, el recuerdo público de los nombres con los que tejemos la historia, tiene mucho más que ver con lo que se recuerda que con a quién se recuerda. De ahí lo cortito de las informaciones que acompañan a los nombres de nuestras calles. Porque para orientarnos por la ciudad no necesitamos más y porque, como dijo Goethe, “ningún héroe es un héroe para su ayudante de cámara”. Y ya sea eso, porque no hay héroes, o porque, como dice el cafetero de Ocata, los ayudantes de cámara tienden a ser miopes, lo cierto es que suele haber más gestas a recordar que humanos a la altura de la historia.
Por eso la decisión sobre el recuerdo de las gestas y sus personajes es una decisión estrictamente y fundamentalmente política, por mucho que también nosotros seamos de esos buenos defensores del riguroso trabajo histórico y de sus complejidades. Nada que ver con el asunto y de allí que, aunque ningún diputado del PP o C’s se haya planteado escribir una biografía del muerto, han sido en cambio la mar de rápidos en proponer que se cambie el nombre al estadio Olímpico Lluís Companys. No les gusta Companys y a la vista de las prisas hasta podría sospecharse que les gusta demasiado Samaranch, pero al menos algo dejan claro con el gesto. Que se recuerda a Companys por ser el presidente de Catalunya ejecutado por el franquismo y que por mucho que se empeñen eso no dice nada ni quiere decir nada sobre si fue o no fue un buen presidente o si fue o no fue una buena persona, pero lo dice todo, en cambio, sobre la capacidad de sacrificio que esperamos de nuestros presidentes. De Samaranch, ese hombre, esa vida, seguramente sea más importante lo que estos días se calla que lo que se dice. Pero eso es la memoria histórica, unos ratitos de silencio y nada más.

Artículo publicado en Factual.es

23.4.10

Desvelando a Najwa


La joven Najwa Malha ha decidido vestir con el hiyab. Y todo parece indicar que ha sido una de esas decisiones que llamamos libres; sin que se haya sentido obligada por amigos ni familiares. Siendo así, la problemática de la decisón se debe en realidad a que choca con una normativa escolar (en absoluto extraordinaria) que prohíbe a los alumnos llevar la cabeza cubierta. Es así porque en España no existe una ley que, a la francesa, prohíba a los alumnos la exhibición de símbolos religiosos en en colegio. Y, ya que estamos, diré que no veo motivo alguno por el que debería existir una ley semejante.
Pero la normativa del centro es clara al respecto.
“En el interior del edificio no se permitirá el uso de gorras ni de ninguna otra prenda que cubra la cabeza.”
El caso que nos ocupa no es demasiado problemático por lo que a libertades civiles se refiere. Y aunque el mismísimo Ministro de Educación haya entrado en consideraciones de jerarquización de libertades, considerando que el derecho a la educación debe prevalecer sobre otros derechos (tales como la libertad de los centros educativos para definir su normativa interna), creo que sólo debería entrarse a discutir en estos términos si la libertad de culto o el derecho a la educación de Najwa estuvieran amenazados. No parece ser ésta la situación, desde el momento en que llevar el pañuelo no es precepto del islam y que, según he descubierto horrorizado, hay colegios cercanos al suyo en los que la acogerían hasta llevando gorra en clase. Pero desde el momento en que sus padres inscribieron a la joven en su actual colegio aceptaron de forma implícita la normativa del centro, y es justo que ahora se les recuerde que a ella debe atenerse su hija.
Porque la joven Najwa está haciéndose mayor, va tomando decisiones sobre su vida que en absoluto son irrelevantes y a través de ellas va definiendo su identidad. Creo que ayudarla en este tránsito es precisamente una de las tareas más importantes que los colegios tienen encomendada en nuestra sociedad. Ella ha tomado una decisión y es libre de reafirmarse en ella o cambiar según le parezca. Hasta es libre de negociar con la dirección del centro en el que estudia un cambio en la normativa que se adapte mejor a sus preferencias. Y hasta puede que, en último término, deba valorar hasta qué punto prefiere llevar el velo a seguir estudiando en su colegio. Es mayorcita para decidirlo, y creo que en este caso no sólo podemos, sino que debemos dejarla decidir tranquila y respetar su decisión.

Artículo publicado en el Magazine de Factual.es

22.4.10


Tengo el célebre libro de Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre, por un gran libro de filosofía política. Y, con el autor, creo que “el entendimiento de la situación actual depende de la comprensión de la lucha por el reconocimiento”, de la comprensión de la pulsión thimótica. Por eso me está gustando descubrir en Sloterdijk a un compañero de viaje, dispuesto a insertarse de lleno en esta imprescindible tarea de comprensión. El filósofo alemán repasa en este libro, Ira y tiempo, cómo se manifiesta esta pulsión en la historia de Occidente, desde las primeras palabras de la Odisea hasta los más recientes atentados terroristas.

19.4.10

Cosas del Estatut

Algo positivo en la penosa situación del TC con respecto al Estatut es que, al menos, podemos aprovechar el rato para discutir algunas cuestiones relevantes sobre la democracia y el constitucionalismo.
Hay que discutir, por ejemplo, sobre algo que ya se apuntaba en el famoso editorial conjunto y que mucho más crudamente expresaba el filósofo Terricabras en el Avui: la convicción de que es antidemocrático que un Tribunal como el Constitucional pueda corregir o rechazar lo que el pueblo decide en las urnas. Convicción basada en último término en la certeza de que el pueblo no se equivoca jamás y que por eso no habría nada que corregir, algo que es mucho más fácil de decir que de creer. En realidad, lo que de liberal tiene una democracia digna de ser defendida es precisamente la capacidad de defender los derechos de los ciudadanos y la propia democracia de las eventuales tiranías de la mayoría. Al señor Terricabras la bondad de esa corrección a la voluntad popular le será muy fácil de entender si se imagina que una mayoría de españolestodos, cansados de tanta conllevancia, se decidiera a suspender el derecho a enseñar o a publicar en catalán. Así que mientras deban defenderse ciertos derechos del ataque de ciertas apetencias tiránicas, y mientras sea la Constitución la que garantize esos derechos, deberá haber algo así como un defensor de la Constitución. Y no es a pesar de eso, sino precisamente gracias a que su trabajo es tan fundamental, que cabría esperar que semejante defensor no respondiese a las mismas mayorías políticas eventuales de las que debe defenderse y que fuese capaz de tomar sus decisiones con la urgencia y la determinación que exigen las situaciones que debería afrontar.
Y hay que discutir también sobre el terrible término de nación, y sobre ese discurso pretendidamente científico e históricamente riguroso, que nunca sabes de dónde puede venir y que el otro día vi defender a Javier Nart en un programa de Canal Català. Nos recordaba que Cataluña no había sido ni siquiera un reino, que el reino era el de Aragón y que mucho más reino que el de Aragón había sido el de Navarra y etc. El argumento es absurdo porque cae en el mismo misticismo histórico que critica a los nacionalistas de enfrente. Pero más allá de esto, el problema está en obviar algo que ya sabía Platón mucho antes que los del TC empezasen a deliberar sobre el Estatut y sin lo que difícilmente se puede entender la realidad política; que el discurso político y el discurso científico son discursos distintos y que no es sólo inútil sino falaz el pretender confundirlos. Y aún algo más que le hubiese ido muy bien saber a Heidegger en sus relaciones con el nazismo y que a nosotros nos hubiese ahorrado muchas discusiones; que lo más relevante en política es lo que se da en la superficie. Y que precisamente en la superficie está el problema de España, que pone de relieve todo el lío del Estatut, y que no tiene ni puede tener una solución estrictamente política. Porque por mucho que se discuta sobre leyes y constituciones, en último término lo que cuenta es la predisposición patriótica y el sentido de Estado. Algo que no depende de resoluciones judiciales ni de pactos políticos, ni siquiera de regímenes federales o Constituciones más o menos plurales sino de la concepción de ser un We, un people. Algo que está en juego, en último término, en el hecho de que fuese la Senyera y no otra la bandera de mis San Jordis en el colegio, la que anunciaba un feliz día de libros, canelones y fantas de naranja.

Artículo publicado en Factual.es

12.4.10

El Rubicón nuclear

Obama visitó Praga el año pasado, donde pronunció un célebre discurso en el que afirmó “claramente y con convicción el compromiso de América de buscar la paz y la seguridad de un mundo sin armas nucleares”. Para lograrlo, en ese mismo discurso se comprometió a firmar un nuevo Pacto de Desarme Nuclear con Rusia.
El pasado jueves, de vuelta en Praga, Obama cumplió su promesa al firmar el nuevo Start (Strategic Arms Reduction Treaty) con el primer ministro ruso Dimitry Medvediev, y no es extraño que algunos vean este tratado como un importante paso en esta dirección. Tampoco es inimaginable que así lo considere el mismo Obama. En realidad, y aunque este mundo es posible, no me parece que avanzar hacia él sea algo necesariamente deseable.
Ya por aquellos días William Kristol recordaba con acierto que fue precisamente para escapar del mundo sin armas nucleares de la Segunda Guerra Mundial que se impulsó la creación de este tipo de armas. Y no sólo esto, sino que, en aparente paradoja, su potencial destructivo ha terminado por ser la mejor garantía de paz entre potencias nucleares, algo que nos dice Hannah Arendt recordando la vieja máxima de Clausewitz; ahora “la paz es la continuación de la guerra por otros medios”.
Éstos me parecen buenos motivos para dudar, al menos, de la bondad intrínseca de un mundo sin armas nucleares. Y por eso, a diferencia de lo que parece pensar el presidente Lula, hay armas nucleares no negociables. Y son también estos motivos y la especial naturaleza de esta paz nuclear los que me llevan a creer, con Obama, que la principal amenaza es que caigan en manos de terroristas, ya que, a diferencia de unos Estados que, quieran o no, deberían asumir las consecuencias de su uso, no cabe esperar de esos terroristas que tengan ningún reparo en usarlas. En la lucha por todos los medios imaginables contra esta posibilidad, la reducción de la cantidad de armas se presenta como un intento razonable de afianzar su control, y conservar las suficientes sigue siendo un modo eficaz de contener la guerra.
A pesar de eso, a pesar de que no me parece ni bueno ni necesario y de que es muy difícil conseguirlo, es sin duda lícito soñar con que podemos liberarnos de las armas nucleares. Lo que jamás podremos conseguir ya, lo que es simplemente irresponsable seguir soñando, es la eliminación del potencial de destrucción que tememos en ellas. La ciencia progresa que es una barbaridad y el progreso no admite vuelta atrás. La técnica se nos ha escapado de las manos y recuperar su poder requiere de algo mucho más profundo que un pacto entre dirigentes políticos. La amenaza de destrucción total que va inevitablemente ligada a la técnica es una amenaza de la que, en palabras de Heidegger, sólo un Dios puede salvarnos. Mientras llega, si es que ha de llegar, deberíamos luchar, al menos, por huir de peligrosas ilusiones, por situar nuestras pretensiones políticas a la altura que les corresponde, y por renunciar, en definitiva, a unos objetivos que sólo están al alcance de este Dios.

Artículo publicado en Factual.es

5.4.10

¡Que no nos toquen los principios!


Hay que rebajar el discurso político. Y no porque se haya desviado de los problemas e intereses reales de la gente, como tanto les gusta decir a nuestros amiguitos de Ciudadanos. Porque como demuestran tanto con su discurso como por sus resultados electorales, a la gente le interesan, y mucho, cuestiones como la identidad nacional o la unidad de la patria, que es lo mismo sin ser igual, y el futuro del castellano y las banderas y las estatuas en las plazas de sus pueblos y ciudades.
Hay que rebajar el discurso político, más bien, porque es completamente estéril el tirarse de los pelos en nombre de los principios más sacrosantos cada vez que hay que discutir sobre la administración de la realidad.
Ejemplos de esta histeria por principio hay muchos. Recientemente, el de Garzón y los que tanto se escandalizan en nombre de la justicia universal, o el de los escáneres corporales en los aeropuertos y los que los ven (o, mejor, los veían, porque ahora hace días que ya no les preocupa mucho el tema) como una amenaza a la libertad so pretexto de la seguridad. O el de la guerra de Google con China y el debate sobre la libertad en la red, que parece haberse convertido en el único lugar donde no es lícito perseguir el crimen, y hasta la farsa esta de Ricky Martin, confesando que es homosexual y tratando de homófobo a su público cuando, en realidad, todo en su “carrera musical” era un mero restregarse con mujeres semidesnudas para alegría de todo el público a excepción, claro está, del público gay. Y en todos estos casos se pierde el sentido del debate, de lo que realmente hay de discutible y hay que discutir en ellos, porque se eleva a toda cuestión la cuestión metafísica en la que nadie está nunca dispuesto a dar su brazo a torcer.
Sobre lo de China y Google hablé aquí hace pocas semanas, pero creo que merece comentarse el último artículo de Peter Singer sobre la cuestión a la luz del tremendismo que hoy nos (pre)ocupa. Porque es de gran interés lo que explica el filósofo justo al inicio del artículo. En Australia, “el Gobierno anunció recientemente que aprobaría leyes para bloquear el acceso a algunos sitios web. El material prohibido incluye pornografía infantil, bestialidad, incesto, imágenes gráficas de violencia de ‘alto impacto’, todo lo que promueva u ofrezca instrucciones sobre delitos o violencia, descripciones detalladas sobre el uso de drogas prohibidas e información didáctica sobre suicidio en sitios web que respaldan el derecho a morir para los enfermos terminales o incurables. Una encuesta de lectores publicada por el Sydney Morning Herald arrojó que el 96% de los participantes se oponía a las medidas propuestas, y que sólo el 2% las respaldaba”. Lo interesante del caso es que las razones que llevan a Singer a elevarse sobre los resultados son las mismas que llevan a tolerar el acceso a la pornografía infantil en internet a todos los australianos de entre ese 96% que nunca jamás se manifestarían ni en público ni en privado ni en los más inquietantes de sus sueños a favor de legalizar el abuso a menores. El problema de este amor a la retórica, al discurso de los principios, discurso estéril y tanto más grandilocuente cuanto más vacío, es en el fondo un problema central de la filosofia política contemporánea. La voluntad de tragedia, de que algo fundamental nos juguemos a cada paso, parte en realidad de la profunda seguridad de que nada fundamental nos jugamos ya en realidad, de la sensación de que, en el fondo, es quizás demasiado cómoda la vida en libertad.

Artículo publicado en Factual.es

29.3.10

Del Papa a Tiger, con Villa Certosa en el recuerdo


Lo dijo el otro día en su carta pastoral el Papa Benedicto XVI; los curas culpables de abusos sexuales contra menores deberán responder “ante Dios omnipotente y ante los tribunales”. Está claro que esa doble responsabilidad, ante Dios y los tribunales, sólo afecta a los curas y otras gentes de fe. Pero que no son sólo ellos los que deben responder ante alguien más que el juez es algo que nos recuerda el reciente escándalo, de muy distinta naturaleza y mucha menor importancia, que ha provocado la salida a la luz pública de la vida sexual de Tiger Woods, ese golfo golfista.
Como suele suceder cuando de la sociedad americana se habla, no tardaron en llegar las acusaciones de doble moral. Injustas acusaciones. Se trata en realidad de conservar todavía un lugar para la moral, de conservar para ella un espacio de juicio y sanción. Ese puritanismo que tan exageradamente se adjudica a la sociedad americana es quizás todavía el más luminoso resquicio de la tensión entre ley y moralidad. Y si el liberalismo es superior no sólo a los totalitarismos que hemos conocido, sino también a los más benévolos que podamos imaginar, no es porque resuelva mejor que ellos esta tensión sino precisamente porque permite que esta tensión, fundamental en la tradición política y cultural de Occidente, se mantenga como tal. Y así se mantiene, como bien dice el tópico, al precio de no legislar contra todo lo que se condena, pero también, como el tópico olvida, por seguir juzgando moralmente sobre lo que no está prohibido.
En el recuerdo queda el caso de Berlusconi y sus fiestas en Villa Certosa, y no por el debate sobre los siempre polémicos límites de la privacidad, sino por el tema que nos ocupa, que es también su tema de fondo. El problema era precisamente que toda esa retórica, toda esa justificación falaz y todas esas apelaciones a la libertad de información y al interés público sólo se volvían necesarias por la cobarde negativa a juzgar moralmente, de forma clara, sincera y rotunda, que el primer ministro, por respeto a su cargo y su estado civil, pudiera celebrar fiestas sexuales. Independientemente de si en ellas se cometían, además, actos ilegales como la prostitución o el consumo de sustancias prohibidas. Sólo si reconocemos no sólo la legitimidad sino la convenciencia del juicio moral podremos seguir permitiéndonos el lujo retórico de tener unos parlamentos vacíos de moral.

Artículo publicado en Factual.es

22.3.10

Pederastia y celibato


El País, y muchos con él, opina que “la carta pastoral del Papa sobre la pederastia en la iglesia llega tarde y se queda corta”. Que se queda corta lo cree, paradójicamente, porque está convencido de que la solución al problema no pasa simplemente por la intervención de la justicia civil, sino que exige intervención de la justicia eclesiástica, de la que esperaría que “aboliera el absurdo celibato sacerdotal”. 
Pero si nos tomamos en serio el problema, la vinculación entre el celibato y el delito no puede quedar en una simple insinuación. Hay que analizar muy seriamente si hay más pederastia entre los curas que entre los civiles. O si también los civiles que, castos por obligación y no por vocación, se ven llamados al mismo delito carnal. En realidad, y según decía Arcadi Espada, parece que “la pederastia se da con la misma intensidad (leve intensidad, valga la precisión) en otros ámbitos sociales”. Pero mientras sólo lo parezca, hay que trabajar con dos hipótesis contrarias.
La primera es clara: que haya una relación entre celibato y pederastia. Y la conclusión, del mismo Espada, es entonces justa: “Si la violencia del celibato engendra la violencia pederasta, la Iglesia afronta una grave elección moral. De la que también podemos pedirle cuentas los infieles. Porque suyas son sus castidades, pero de todos sus víctimas”.
La segunda hipótesis es justo la contraria: que no haya relación entre celibato y pederastia. Por lo tanto, la conveniencia de acabar con el celibato no podría sustentarse, al menos, sobre la pretensión de terminar con la pederastia.
Porque lo que ni siquiera como hipótesis puede contemplarse es que, sin darse relación entre el celibato y la pederastia, se clame contra la segunda para acabar con el primero. Eso es lo que hace El País, y lo que desde sus páginas hacía pocos días atrás el teólogo Hans Küng. Y si debemos preocuparnos de estos argumentos no es porque sean inconsistentes, sino porque con acrítica aceptación amenazan con volver inconsistente a la realidad misma.
Ese discurso es, en realidad, una muestra del paternalismo con el que se trata a las gentes de fe. Ahí tenemos a habermasianos y rawlsianos, discutiendo sobre el encaje idóneo del discurso religioso, recomendando a los creyentes que hagan un esfuerzo de traducción y, ése es su mayor pecado, hasta ofreciéndose a ayudarlos en el difícil proceso. Y lo recomiendan por su bien, aunque no lo crean así, porque mientras nunca estos tolerantes se plantean que la plaza pública democrática deba hacer oídos sordos al discurso religioso, les preocupa muchísimo que la retrógrada iglesia no sepa como tratar con ella. Y en otro foro muy distinto tenemos a las mujeres protegidas musulmanas, protegidas con el burka de miradas y actos impúdicos de sus incorregibles machos.
Y si me preocupa el paternalismo para con la iglesia no es, precisamente, porque tenga ningún interés especial en asegurar el éxito público de su discurso. Es simplemente porque estoy convencido de que tratar a alguien como a un niño es el mejor modo de conseguir que se comporte como un niño.

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15.3.10

(Sólo) las democracias se equivocan


La ONU reaccionó a la última guerra de Gaza como suele: acusando de crímenes de guerra a las dos partes en conflicto pero insistiendo en que Israel es más culpable que Hamás. Es indignante pero normal, y también yo, aunque por motivos distintos a los suyos, espero mucho más de Israel que de Hamás. Me alegra saber que el Presidente israelí, Simón Peres, parece estar de acuerdo conmigo también en esto.
Entrevistado en El País, y respondiendo sobre la cuestión, Peres lo expresaba en estos términos:
“Nosotros investigamos nuestros propios errores, y lo hacemos con consecuencias. Para investigar no necesito a una tercera parte. Pienso que si tuviéramos que permitir la participación de Gaddafi y la de Ahmadineyad, ¿de qué estamos hablando? Porque Naciones Unidas no es un tribunal, es un Parlamento en el que Israel no tiene ni la más mínima posibilidad de obtener una resolución justa. Nunca la ha tenido.”
Israel se basta, y no es el único. En Estados Unidos siguen investigando qué hacer con las más polémicas herencias del presidente George W. Bush: con Guantánamo, con los polémicos interrogatorios y hasta con esa dichosa Patriot Act, la otrora vergonzosa afrenta a la democracia ahora asumida y ampliada por los demócratas. En Inglaterra siguen con la comisión de investigación de Irak, ante la que han comparecido el anterior primer ministro, Tony Blair, y el actual, Gordon Brown, entonces ministro de Hacienda. Quizás para no ser menos, también Francia ha aceptado el juicio de la historia y ha prometido indemnizar a los afectados por sus pruebas nucleares en los años 60.
Para investigarse, las democracias no necesitan a ninguna tercera parte. Nos hemos acostumbrado a oír que la democracia es sólo el menos malo de los sistemas políticos y ya no pensamos en lo que eso implica. Hay que volver a ello para entender el papel que el tópico nos reserva a nosotros, demócratas militantes. Debemos estar preparados para defender causas imperfectas y para hacerlo, no a pesar de sus imperfecciones sino precisamente por ellas. Y eso es especialmente relevante en tiempos de crisis y gürtels, en tiempos donde el más cobarde propone renovar el sistema entero y cualquier político se atreve con la lírica para prometer llevarnos a un sitio nuevo, del que nada nos dicen salvo que es mejor que éste. Hoy, como siempre, es momento de apostar decididamente por causas imperfectas. Porque, como decía Alain Finkielkraut, “la conciencia de la imperfección preservará nuestra fidelidad a la causa de todo fanatismo”.

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8.3.10

Fascismo en la Universidad


Se ha dicho que Rosa Díez fue boicoteada y agredida en la Universidad Autónoma de Barcelona, y que sus agresores fueron nacionalistas. No hay duda de que la de nacionalistas es una definición ajustada, pero a pesar de ello es totalmente insuficiente si lo que pretendemos es entender lo que está sucediendo en nuestras universidades. Si pretendemos entender que el mismo día, los mismos vándalos, le echasen un bote de pintura por la cabeza al nacionalista Cardús, o que el también nacionalista Ibarretxe fuese boicoteado hace poco en la misma universidad. Incluso si lo que queremos entender es lo del dedo de Aznar en Oviedo o lo de Carrillo en Madrid. Con esto nos pasa lo mismo que cuando descubrimos a un etarra gritándole “¡goras!” a La Roja, que lo del nacionalismo se nos queda tan cortito que hasta da risa.
Y tampoco se trata aquí de añadir calificativos para completar el cuadro de lo que tenemos entre manos. Porque son también niños de papá, claro. Y desagradecidos, claro. Porque entre el Estado y sus padres les pagan los estudios y salen rebeldes, contra los padres y el Estado. Como aquella hija de un destacado político catalán que, cuando las protestas contra la Guerra de Irak, salía de casa por la noche, duchadita, cenadita y estudiadita (muy bien estudiadita, por cierto), para irse de acampada a la plaza Francesc Macià, en plena Diagonal de Barcelona, a gritar y cacerolear contra el facha de su padre y el capitalismo opresor. También podemos sumar a la descripción el comunismo o el anarquismo o los dos a la vez, que también son sus causas, o el altermundismo y el ecologismo y muchas causas más, pero lo que de verdad les pone de todos estos ismos y lo que les define es lo que de destructor del orden establecido pueden encontrar en todos ellos.
Por eso algunos han dado en llamarles nihilistas, como llamaron a aquellos jóvenes que quemaban coches en las banlieues parisinas sin motivo aparente. Pero es que ni eso han llegado a ser, y son tan pésimos nihilistas como en su mayoría son pésimos estudiantes, comunistas y nacionalistas. Limitándose a la negación de lo presente, sin proponer nada en positivo para subvertirlo, lo que son en realidad es lo que Nietzsche señalaba como nihilistas incompletos. Son fascistas. Y puesto que ni los más mayores del lugar recordarán una época sin fascistas en nuestras universidades, lo que más debería sorprendernos e indignarnos no es aquí ni la presencia ni los berridos de esta triste minoría, sino la ausencia y el silencio de la mayoría de estudiantes y profesores. Aún más, lo que debería indignarnos es que nuestras universidades, nuestros rectores y decanos hayan hecho suyo el lema de sus enemigos y hayan convertido la universidad en un espacio libre de policía.
Cómo luchar contra estos fascistas, contra estos incompletos, fue la pregunta central del siglo XX y, si debemos hacer caso de Nietzsche, será probablemente la del XXI. Llevamos un siglo intentando responderla y algo deberíamos haber avanzado ya. Que quizás no sólo con ellas debe combatirse el fascismo, pero si al menos con ellas; con las armas y la ley.

Artículo publicado en Factual