28.1.10

Suerte, maestro

"Este es el último ejemplar de Factual que llevará mi firma. Las razones se resumen en dos: el recorte que pretende aplicar la empresa al presupuesto de funcionamiento y sus discrepancias con el modelo y la orientación del periódico. Todo aquel que invierte su dinero en un negocio tiene derecho a ejercer su control sobre él. Del mismo modo también lo tengo yo a proteger el sentido de un modelo periodístico ...sigue"

25.1.10

El gran olvidado


“Sólo sepultados el Roto nos dibuja”, dijo rA
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Allí estaba el Roto, sumándose al tópico de convertir Haití en el gran olvidado, olvidando a su turno que Haití era, ya antes de la tragedia, el país del mundo con más ONG per cápita. Allí, exigiendo a los demás, a ese nosotros que llamamos Occidente, una memoria que no consta que él hubiese tenido nunca. Parece una injusticia pedirle a Occidente que se acuerde de todo y que todo lo tenga presente en todo momento. Parece injusto que se le pida a Occidente que responda de todos los males que acechan a la humanidad y hasta que evite las catástrofes antes de que ocurran. Pero es que ese es el pedirse de Occidente, ese deber de memoria es lo que se exige Occidente a si mismo desde sus orígenes, desde Tucídides y Heródoto. Y en eso precisamente se encuentra la grandeza de Occidente, que lo que convierte en “la cultura integral, en la única cultura abierta a todas las demás culturas“. También en Haití ha sido Occidente quién más se ha acordado y más se ha implicado cuanto más Occidente era. Se comentaba el otro día en el Café de Ocata.
Un informe de la ONU (…) informa que los gobiernos de la UE han aportado 119.895.596 dólares, o sea 0,27 dólares por habitante para la ayuda inmediata a Haití, mientras que Estados Unidos han aportado 163.905.019 dólares, o sea 0,54 dólares per cápita, sin incluir los gastos del despliegue militar.
“Arabia Saudí, una de las naciones más ricas del mundo, una carta de condolencia”.
Ese deber de memoria que tanto nos exigimos es, en realidad, un deber de acción. Esa es la tarea que nos legó la modernidad al secularizar la promesa cristiana: la de construir el paraíso aquí abajo. Tarea que hará suya Marx en sus Tesis sobre Feuerbach con la célebre afirmación de que “los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Pero ese reto es mucho más problemático de lo que ingenuamente siguen pretendiendo sus seguidores. Y no sólo porque el afán de transformación haya tenido nefastas consecuencias para el afán de comprensión. Ni siquiera el que, como dijo Nietzsche, “todo aquél que ha construido alguna vez un cielo nuevo ha encontrado el poder para ello solamente en su propio infierno”. La realidad al que nos dirige ese imperativo es el de creer que se puede. El de creer, en definitiva, que está en manos del hombre la posibilidad de erradicar el mal sobre la tierra. Y esa, y no otra, es la mayor de las prepotencias de un Occidente que, en todo lo demás, arrastra un sentimiento de culpa exagerado y mucho más peligroso para él y el resto del mundo de lo que se permite imaginar.
Por eso tantos pretenden hoy explicar el terrorismo islámico como si de la revuelta de los hambrientos se tratase. Porque eso nos dejaría todavía la posibilidad de hacer ese algo que estamos convencidos que debemos hacer porque podemos hacerlo. Por eso mandamos estos días sms con la palabra “ayuda”, por eso exigimos que se condone la deuda externa a Haití y a todos los demás grandes olvidados que ahora intuimos que deben existir y por eso hasta pedimos que los Príncipes den la herencia del millonario menorquín a las víctimas. Eso, aunque sea evidente que con la ayuda de los Príncipes y con nuestros sms no se soluciona nada, entre otras cosas porque en estos momentos el problema de Haití no parece ser la falta de fondos. Y eso por muchos economistas que nos digan que de nada sirve condonar una deuda que todo el mundo sabe que nunca se va a pagar.
Ahora hasta parece indigno pretender enseñar algo y los más posmodernos de entre los filósofos, como Vattimo, llegan al extremo de exigir que se les diga desde el comienzo de todo libro en qué quiere el autor que se transformen las cosas. Pero antes, cuando esos historiadores de los que hablábamos pretendían todavía poder enseñar algo fundamental a las generaciones venideras, sus compatriotas pretendían aprender algo sobre la naturaleza de las cosas hasta cuando iban al teatro. Allí aprendieron, por ejemplo, que no hay solución buena al drama de Edipo por mucho que nos esforcemos en hacer el bien.Se si potesse prevedere tutto il male che può nascere dal bene che crediamo di fare!, se lamentaba un padre en busca de autor. Aprendían de la historia, antes de pretenderse capaces de cambiarla, que el mal existe y que está aquí para quedarse.

Artículo publicado en Factual 

18.1.10

Ciudadanos de segunda


Si hay algo más triste que ser un mero ciudadano del mundo es no ser ni eso. Lo saben bien los inmigrantes de Vic y parecían saberlo muy bien todos esos posmodernos que, asumiendo la demoledora crítica de Nietzsche y Heidegger al humanismo, fueron incapaces de rechazar su mayor logro; los derechos humanos. Prefirieron unos derechos humanos sin fundamento que una filosofía política sin derechos humanos, algo que no siempre ha sido positivo para la filosofía política y que dudo que siempre haya sido bueno para la política. Rechazando cualquier rastro del paternalismo que tanto se le supone a Occidente, el anti-humanismo posmoderno convirtió las palabras del viajero Montaigne en su razón de ser: dicen que saben bien de qué huyen pero ignoran lo que buscan. Ellos sabrán de que huyen, pero está claro que lo que han encontrado y lo que nos han legado son unos derechos humanos que mucho más que con el derecho tienen que ver con el humanitarismo.
De allí que el debate público sobre el caso de Vic se encuentre mucho mejor centrado en el sentimentalismo, que en la legalidad o no de la medida. No quiero decir con esto que sea irrelevante que la medida sonda se ajuste o no a la ley, o que el respeto a la ley sea una cuestión secundaria. Lo que digo más bien es que, sea cual sea la ley, y sirva para lo que sirva el padrón, ahora o en el futuro, lo fundamental del caso es que el derecho a la salud o a la educación no dependan de que el doctor o director de turno tengan la sangre más o menos fría. Porque al menos esos dos son derechos que pueden justificarse todavía como un huir de la ignorancia y la enfermedad “cual pitagórico de las habas”. Y porque, por imperativo del kilómetro sentimental, parece que el problema de garantizarlos es de los ayuntamientos.
Eso es algo que, para bien o para mal, los ayuntamientos parecen entender. Y es algo que también deberían entender muchos de aquellos críticos del caso que se llevaban las manos  la cabeza ante la posibilidad de que los inmigrantes ilegales fuesen denunciados. Porque aunque esa sea ya es una cuestión que escapa a los poderes de un ayuntamiento, que ni denuncia ni debe hacerlo, el perseguir la ilegalidad es una cuestión de política de inmigración. Ya que no todo el problema de esa política se limita a la atención a los derechos humanos del inmigrante, es fundamental que, en consecuente respeto de lajerarquía institucional, no se dé a los ayuntamientos la sensación de que está en sus manos mantener los porcentajes de immigrantes en cifras tan insignificantes como las que al alcalde de Vic le parece que son un 2%.
La política de inmigración de un país tiene mucho más que ver con cuestiones dederechos ciudadanos que de derechos humanos. Que se empadrone a los ciudadanos del mundo es algo que hay que esperar, pero no debe olvidarse que ellos son en realidad esos “ciudadanos de segunda” que andábamos buscando en los lugares más inverosímiles. Nuestras igualitarias sociedades se basan en la lucha contra su existencia, y sobre esa lucha debe basarse también nuestra política de inmigración. Renunciar a esta responsabilidad en nombre de los derechos humanos es de un cinismo que no nos podemos permitir, porque la simple existencia de personas en esa situación de desigualdad jurídica y social es un desafío a nuestros principios éticos y legales.

Artículo publicado en Factual

11.1.10

Escaneando nuestras libertades

En respuesta a los fallos de seguridad que permitieron a un terrorista subir cargado de explosivos a un avión con destino a Detroit, se discute estos días la conveniencia de incorporar escáneres corporales en los aeropuertos. Ante semejante perspectiva han levantado sus voces los defensores de la libertad, dispuestos a asumir los costes que su libertad tenga para nuestra seguridad. Yo estoy de acuerdo con nuestro editoralista: la defensa a ultranza de la privacidad es en días así un capricho. Y hasta estaría dispuesto a primar la seguridad sobre la privacidad, sobre todo mientras no sea obligatorio viajar en avión y uno pueda quedarse tranquilamente vestidito en su casa sin que ningún indeseado venga a espiarle las partes nobles. Y lo estaría porque soy de esos que, como decía el director Espada, suelen “elegir la vida cuando se trata de la propia y la libertad cuando es la de los otros”.
Pero es que ni siquiera hay que elegir. Podemos tranquilamente seguir creyendo que algo muy nuestro tenemos que esconder o tapar, porque el debate sobre ese capricho que es la intimidad, ha encontrado ya una respuesta que demuestra que el problema no era de grandes y metafísicos principios sino meramente técnico. La confusión entre los problemas técnicos y los problemas de principio se dió también no hace mucho con las fotos de Berlusconi y del pequeño de Topolanek, cuando los que ahora se tiran de los pelos ante la posibilidad de salir desnudos un segundito, en una pantallita de aeropuerto, ante los ojos cansados de un funcionario de aduanas, defendían entonces que la privacidad de uno empieza donde termina el zoom del otro. En aquel entonces se equivocaron al creer que la cuestión era técnica y hoy se equivocan al creer que es de principio. Porque para satisfacción de nosotros los tímidos, existen ya dos soluciones a nuestro problema con los escáneres. Una es la anunciada por la señora Guusje Ter Horst, ministra de Interior holandesa. Dado que lo que nos preocupa es que alguien nos vea desnudos, la alternativa es que sea un programa informático y no un humano quien nos escanee. La segunda solución es que lo que vea el controlador sea la silueta de un muñequito como el del dibujo:
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Pero más allá de la anecdótica defensa de la privacidad de nuestras verguenzas, el debate entre libertad y seguridad merece una consideración alternativa. Porque solemos debatir pensando en 1984 o Vendetta y creyendo que lo que nos diferencia de esos escenarios (que siempre se anuncian mas cercanos de lo que parecen) es la cantidad de libertades de las que gozamos. La diferencia es, en realidad, puramente cualitativa. Para entenderlo basta imaginar un buen tirano, una versión simpática del rey-filósofo platónico, que reconociese a los homosexuales el derecho al matrimonio y a todos los viciosos el derecho a consumir marihuana. Por mucho que ese noble hombre concediese a sus súbditos mayor cantidad de caprichos de los que podemos gozar nosotros, tristes ciudadanos de un Estado de Derecho, seguiría sin ser esa sociedad el legado de Occidenteque dicen defender nuestros liberales. Eso es algo que deberían tener muy en cuenta los que se creen los más dignos defensores de la libertad, antes de que empiecen ellos también a reivindicar el valor de la heroica muerte, porque no es en la cantidad de cosas que podemos hacer donde esa libertad política se pone en juego, sino en la manera no arbitraria de decidir qué cosas podemos o no podemos hacer. Precisamente por eso nuestra seguridad es hoy nuestra libertad.

Artículo publicado en Factual

4.1.10

Los de la Sociedad Abierta y sus amiguitos

Hubo un tiempo en el que invocar la Sociedad Abierta era la mejor manera de declararse enemigo del totalitarismo. Hoy, cuando en el senado checo se plantea la ilegalización del Partido Comunista, los defensores de la sociedad abierta se han convertido en sus mejores aliados.
De haber sido algo más que propaganda anti totalitaria, eso no sería suficiente para rechazar la sociedad abierta, que podría servir todavía para defender el derecho de los antiguos enemigos del partido comunista a presentarse a las elecciones de una democracia con la que parece que siguen queriendo acabar. Pero el libro de Popper nunca fue más que pretenciosa propaganda ideológica. No podía ser nada parecido a la filosofia política un libro donde leer entre líneas a Platón se presenta como la más sencilla de las tareas o donde se olvida la fragilidad que hay en la unión del interés público y el privado que parecía darse en la Atenas de Pericles, como si esa coincidencia no fuese excepcional si no, en realidad, algo propio de todo gobierno democrático por el simple hecho de ser democrático. El discurso del inmoderado estadista Pericles debe ser mucho más problemático para cualquier liberal de cuanto lo fue para Popper y sus groupies. La Sociedad Abierta era propaganda política, y de nada sirve apelar a ella cuando ya ni siquiera sirve al fin propagandístico que le es propio. Así se puede decir sin más complejos que toda sociedad es una sociedad cerrada, que,
Per paradoxal que això pugui semblar a primera vista, el fet és que tota unió vol dir una exclusió. Dos que es casen, no són solament dos que s’uneixen; sinó: un home que es separa, una mica més, de tots els demés homes, i una dona que es separa, una mica més, de totes les demés dones. (…) Una agrupació socialista internacional no pot sòlidament existir si no s’abroga la facultat de dir “¡Aquest no és socialista!” Un Esperanto té, no solament el dret sinó el dever de dir d’un altre Esperanto: “¡Això no és una llengua internacional!”
Eugeni d’Ors, Glosari
Que, por lo tanto, lo que distingue las sociedades democráticas de las totalitarias es una diferencia de régimen y todo regimen tiene la necesidad de defenderse actuando como si fuese el último regimen, porque en esa apariencia reside su fortaleza. También en la democracia. Al liberal le parece que eso se trata de una obvia incongruencia, puesto que “la campaña anticomunista afirma que está actuando en defensa de la democracia y al mismo tiempo tratan de prohibir un partido que sigue recibiendo fuertes votos en las elecciones”. Pero es un grave error creer que la defensa de la democracia es innecesaria o que en algo se diferencia a evitar su autodestrucción. Como es un error creer que el carácter democrático de unas ideas depende del apoyo popular que reciban. La democracia debe asegurarse que después de cada elección vendrá otra elección, y debe hacerlo hasta en el trágico supuesto de que no sea esa la voluntad de la mayoría ganadora. Por eso las democracias reales son democracias liberales, que dejan fuera del alcance de las eventuales mayorías la reforma de cuestiones fundamentales como la naturaleza del regimen político de la nación o los derechos ciudadanos básicos.
Al periodista se le presenta como una “obvia incongruencia” lo que a Popper se la presentaba como la paradoja de la tolerancia. Pero la tolerancia solo podía ser paradójica a la luz de la falaz sociedad abierta. De hecho, que la tolerancia se presente como paradójica es buena medida de lo que de falaz hay en la sociedad abierta. Porque lo que en ella se presentaba como un imperativo de acción nunca fue, en realidad, más que un consejo de prudencia para el legislador en trato con lo que rechaza. Y sólo como tal sigue teniendo sentido hablar de tolerancia en una sociedad igualitaria y sometida al imperio de la ley.
Si la democracia debe protegerse de sus enemigos, de aquellos que llegarían al poder en las últimas elecciones libres, en manos de la tolerancia queda el considerar la mejor de las defensas, el decidir si lo rechazable es más débil dentro o fuera de la ley y el parlamento.  Es sólo dentro de ese cálculo y no en ninguna consideración sobre su naturaleza democrática donde es relevante que el Partido Comunista sea la tercera fuerza en el Parlamento Checo. Aunque sea obligación de toda democracia evitar que el Partido Comunista o similares lleguen al poder, pero es cuestión de prudencia saber si la mejor manera de evitarlo es la ilegalización o la conllevancia, esperando que sea el pueblo quien haga con ellos lo que no han hecho las leyes o que, al menos, los mantenga como inútil minoría.

Artículo publicado en Factual