24.2.10

Rouco, ese socialdemócrata

Graves reacciones a las palabras de Rouco Varela, que en su alocución semanal se atrevió a poner en cristiano lo que tantos de nuestros opinadores y economistas vienen diciendo desde que empezó la crisis. Que “las causas más decisivas hay que buscarlas en un mal uso de la libertad” y que, precisamente por eso, hay que añadir mayores regulaciones a este mercado donde se confunde la libertad con el libertinaje. Por eso también ha dicho, y tampoco ha sido el primero en hacerlo, que ni las culpas ni las posibles soluciones hay que buscarlas exclusivamente en “causas de orden técnico: de ciencia y praxis económica, sociológica, política y jurídica”, porque éstas no son las únicas culpables de la situación actual y las soluciones técnicas que desde ellas se planteen serán, por lo tanto, insuficientes para salir de la crisis. Que las soluciones son de “naturaleza ético-moral”, y que, por eso, como tantos han dicho ya, la solución pasa por una refundación humanizadora del capitalismo.
Tanto Rouco como nuestros socialdemócratas claman por un nuevo orden de las cosas humanas y ambos ven en la libertad de hombres y mercados la mayor afrenta a sus aspiraciones. Así que las palabras de Rouco sirven, al menos, para entender que el problema que tienen los discursos al uso, pretendidamente económicos, van mucho más allá de la siempre repetida confusión entre la mala regulación y la ausencia de ella, o de la pretensión de encontrar un freno legal y moral al egoísmo del ser humano, que, antes que una patología creada por el sistema capitalista, parece ser en realidad su más sólido fundamento. Los une en verdad la tentación del diseño inteligente, algo que les exige el llamar “orden” tan a la ligera a lo que simplemente es una cruenta y despiadada struggle for life. Pero el simple hecho de respirar es ya, como dijo d’Ors, ganar una batalla: ni la paz ni el orden forman parte de los asuntos humanos y a lo más que pueden aspirar nuestra especie y nuestra economía es a una siempre precaria armonización de egoístas intereses.

Silete theologi in munere alieno.

15.2.10

Garzón y el sueño de los justos


No es tarea del público dictar sentencia sobre el acusado Garzón, por muy público que sea el personaje y por muy público que sea el interés por su causa.
Eso es lo único que parecen haber entendido sus defensores, tanto en el caso de los que firman la mayoría de los artículos que publica estos días El País, como en el del Manifiesto por la Justicia de Garzón o como en ese cobarde ejercicio de funambulismo que suscriben los desorientados Jueces por la Democracia. En todos ellos, el mensaje se limita al ataque ad hominem a los acusadores, a la defensa de las buenas intenciones del juez y a la solidaridad para con los principios metafísicos de la justicia universal, que ven encarnada en la figura de Garzón y que, según creen, es la verdadera acusada. En ninguno de esos textos parecen lamentarse por el juicio a un hombre inocente sino por la acusación de un hombre justo, bueno y de nobles propósitos.
Como cada uno llora por lo que buenamente puede, poco habría que decirles si se quedaran en el lamento. Pero este lamento es una condena a nuestra justicia y lo que en realidad nos están diciendo es que ninguna sociedad que se pretenda justa debería condenar a un hombre bueno.
Olvidan, y no deberían hacerlo, que ser un buen hombre no es lo mismo que ser un buen ciudadano; que en nuestras cárceles viven muchos hombres que actuaron convencidos de hacerlo en nombre de una justicia superior y más pura, que es muy justo y muy necesario que sigan viviendo allí algún tiempo, y que la defensa de la justicia universal puede en algunas ocasiones ser un buen argumento para cambiar las leyes pero no para saltárselas. O, al menos, no para saltárselas impunemente. Olvidan en su defensa que no se juzgan aquí las intenciones del juez sino sus actos, y que éstos no se juzgan según la justicia ideal sino sobre una muy real justicia española que Garzón debe conocer bien.
Cabe suponer que también con la mejor de las intenciones, estos preocupados intelectuales han llegado al absurdo de advertirnos que procesar al juez Garzón "sería el peor golpe desde el 23-F". Mucho más que por saber si Garzón es o no culpable de los cargos que se le imputan, este proceso sería realmente histórico si les sirve a ellos y a tantos otros presumidos demócratas para entender algo fundamental del Estado de derecho: que ni siquiera el más súper de los jueces está por encima de la ley.

Artículo publicado en Factual

9.2.10

La comunidad contra Fátima


Fátima Ghaila es musulmana, vive en Cunit, trabaja de mediadora en el Ayuntamiento de la localidad, y durante años ella y su familia han recibido amenazas y coacciones de todo tipo, desde intentos de agresión física hasta llamadas anónimas avisando de que iban a quemar su casa. Según cuenta, sus hijos tenían que desayunar a escondidas en el lavabo durante el Ramadán porque los otros niños musulmanes les criticaban. El imán llegó al extremo de gritarle: “No durarás en Cunit ni un día más, voy a acabar con vosotros y vuestros hijos”. Finalmente, Fátima decidió denunciar las amenazas y el Fiscal pide ahora “cinco años de cárcel para el imán por delitos de amenazas, coacción y calumnias y penas de entre dos y cuatro años para otros tres imputados, todos miembros de la Asociación Islámica de Cunit”.
Pero el verdadero escándalo estalló al saberse que la alcaldesa de la localidad había intervenido para que Fátima retirase la denuncia y, aunque asegura no recordarlo, parece que llegó a evitar la detención del imán. Todo eso lo hizo, dice, para evitar conflictos “entre musulmanes”. No hay motivo para dudar, en eso, de su palabra.
No cabe la menor duda que su actitud está afectada de modo paradigmático por el llamado buenismo que, lejos de como simple azote de progres, debe entenderse aquí como la ilusión de creer que basta con la bondad de nuestras intenciones para asegurar la bondad de nuestras acciones. O, dicho de otro modo, el no darse cuenta que un trágico abismo puede separar la intención de nuestros actos de sus efectos. Siendo así, nuestra crítica no debería limitarse a la condena total y absoluta al proceder de la alcaldesa y a su vergonzosa covardía moral. Hay tres aspectos de su ideología bienpensante que deberíamos tomar en seria consideración.
El primero es que la alcaldesa entienda que evitar un conflicto social es su prioridad. Porque si bien es cierto que esa es una de las tareas del político, y no precisamente de las menores, el problema es que la alcaldesa llegó tarde a la prevención y que, una vez el conficto había estallado, fue incapaz de entender que ya no estaba en sus manos el evitarlo y que su resolución no es política sino judicial. No se puede pretender evitar el conflicto social manteniendo un punto medio entre el agresor y la víctima a no ser que se esté dispuesto al mismo tiempo a terminar de una vez por todas con cualquier indicio de justicia.
El segundo es que el conflicto que se pretendiese evitar fuese un conflicto “entre musulmanes” y que con ello se pretendiese facilitar la integración de la comunidad en el pueblo. Tras semejante pretensión parece esconderse la más peligrosa versión del multiculturalismo, convencido que los sujetos a integrar en nuestra sociedad no son los individuos que a ella llegan sino las comunidades religiosas o étnicas con las que puedan sentirse identificados. En realidad, debe ser una obviedad hasta para todos aquellos que defienden que la integración es exclusivamente política (administrativa), que los recién llegados se integran en una comunidad fundada en la creencia que sus características étnicas o sus creencias religiosas no deben ser políticamente significativas. Así que cuando los musulmanes de los que hablamos son como el imán de Cunit el Ayuntamiento no sólo no debe evitar el conflicto sino que debe buscarlo. Precisamente de ello depende que los demás musulmanes puedan integrarse.
La tercera es que tras el miedo a la reacción del imám y de la comunidad musulmana se esconde el auténtico paternalismo que tan a menudo de forma gratuita se ha asociado con el proceder de Occidente. El paternalismo actual con el que trata Europa a sus inmigrantes ya poco tiene que ver con el que acompañaba a esos occidentales convencidos de ser poseedores de la verdad que, al menos, estaban dispuestos a jugarse la vida hasta en el más pequeño acto de proselitismo que emprendían lejos del hogar. El paternalismo al que nos referimos se deriva en realidad precisamente del relativismo con el que Europa parece convencida de poderse descargar del sentimiento de culpa por barbaridades pasadas. Después del brutal asesinato de Theo Van Gogh a manos de un extremista islámico, Ian Buruma emprendió un viaje a Ámsterdam para tratar de entender cómo podía ser que el fanatismo religioso hubiese crecido de modo tan alarmante en la tolerante Holanda. Buruma tituló el libro de la investigación "Asesinato en Ámsterdam. La muerte de Theo Van Gogh y los límites de la tolerancia". Deberíamos tomar buena nota de lo que en ese libro cuenta un joven holandés nacido de padres marroquíes. Es precisamente la tolerancia con la que los holandeses trataron a sus padres y la condescendencia que inevitablemente la acompaña lo que provoca el rencor que los jóvenes extremistas sienten por ese país en el que han nacido. La tolerancia y el paternalismo con los que habían tratado siempre a sus trabajadores padres, como si fuesen incapaces de entender los más elementales principios éticos y legales de una sociedad a la que siempre habían querido integrarse.

Article publicat a Factual

3.2.10

Tear down this wall


Se pueden poner diques al mar y puertas al campo. Eso, que a raíz de la llamada ley Sinde y del enfrentamiento de Google con el Gobierno chino parece que han descubierto horrorizados los más implicados de nuestros activistas informáticos, es precisamente lo que han venido haciendo las sociedades humanas desde el mismo momento de su creación para asegurar su supervivencia. Y eso, que tan fácil es de comprender incluso para los que más profundamente lo lamentan, parece ser mucho más difícil de aceptar en las praderas digitales que en los nevados Pirineos. Porque quienes por ellas pasean suelen mostrarse convencidos de hacerlo en un mundo distinto del que están sentados y dándole a la tecla. Debería bastar un apretón de esfínteres para devolverlos a la realidad, donde uno no puede estar en dos mundos al mismo tiempo. A pesar de eso, son muchos los que, sin ser anarquistas, se niegan a reconocer las fronteras en internet, obviando tanto el hecho de que tampoco aquí está en nuestras manos el poner o quitar fronteras, como el absurdo de que rijan unas leyes distintas dentro y fuera de la red, cuando en realidad de lo que tratan esas leyes es de regular las mismas relaciones entre los mismos humanos. El hombre es un animal político hasta cuando chatea en la red.
No existe nada así como una separación entre el mundo real y el mundo virtual, y creo que esa simple constatación debería servirnos para ahorrarnos muchos escándalos, paradojas y hasta alguna que otra de esas supuestas revoluciones llamadas a cambiar para siempre las relaciones políticas entre hombres y estados. Escándalos tales como que un gobierno democrático se vea cuestionado en su legitimidad de defender en internet aquellos derechos que nadie duda que deban ser protegidos al otro lado de la pantalla. Paradojas como la que comentaba días atrás el columnista del Washington Post Michael Gerson: la de una nación de exhibicionistas exigiendo privacidad sobre fotos e informaciones que ellos mismos hacen públicas. Paradoja que, dicho sea de paso, por ridícula debería bastar para entender los límites de paternalismo que cabe esperar de un Estado liberal. O revoluciones como la de la llamada Democracia 2.0, que lo más que ha aportado ha sido un incremento en el ruido y la propaganda partidista y que lo más que puede aportar es una mayor proximidad entre políticos y votantes. En realidad, nada nuevo bajo el sol.
Pero no se trata sólo de tener claro que puede y debe legislarse sobre el uso de internet. Se trata sobre todo de tener presente que nada en la naturaleza de esta legislación debe diferenciarse de la que ya rige sobre las vidas de los ciudadanos en una sociedad libre. Que a unas y a otras exigimos y debemos seguir exigiendo que se basen en la vieja premisa liberal de proteger a los ciudadanos contra las arbitrariedades del Estado. Y se trata también de empezar a darse cuenta de que las nuevas tecnologías no sirven necesariamente a la causa de la libertad y la democracia. Que la neutralidad de la tecnología no quiere decir que sus usos sean neutrales, pacíficos ni nobles, sino que a todos los fines sirve por igual independientemente de su categoría moral. Por eso internet no debería convertirse en refugio de las garras justicieras del Estado. Porque también en él están en juego la paz, la libertad, la justicia y la civilización. Y porque no hay razón para que rechacemos seguir en internet la guerra que venimos librando desde el inicio de los tiempos en favor de las más nobles de las causas.

Artículo publicado en Factual