3.2.10

Tear down this wall


Se pueden poner diques al mar y puertas al campo. Eso, que a raíz de la llamada ley Sinde y del enfrentamiento de Google con el Gobierno chino parece que han descubierto horrorizados los más implicados de nuestros activistas informáticos, es precisamente lo que han venido haciendo las sociedades humanas desde el mismo momento de su creación para asegurar su supervivencia. Y eso, que tan fácil es de comprender incluso para los que más profundamente lo lamentan, parece ser mucho más difícil de aceptar en las praderas digitales que en los nevados Pirineos. Porque quienes por ellas pasean suelen mostrarse convencidos de hacerlo en un mundo distinto del que están sentados y dándole a la tecla. Debería bastar un apretón de esfínteres para devolverlos a la realidad, donde uno no puede estar en dos mundos al mismo tiempo. A pesar de eso, son muchos los que, sin ser anarquistas, se niegan a reconocer las fronteras en internet, obviando tanto el hecho de que tampoco aquí está en nuestras manos el poner o quitar fronteras, como el absurdo de que rijan unas leyes distintas dentro y fuera de la red, cuando en realidad de lo que tratan esas leyes es de regular las mismas relaciones entre los mismos humanos. El hombre es un animal político hasta cuando chatea en la red.
No existe nada así como una separación entre el mundo real y el mundo virtual, y creo que esa simple constatación debería servirnos para ahorrarnos muchos escándalos, paradojas y hasta alguna que otra de esas supuestas revoluciones llamadas a cambiar para siempre las relaciones políticas entre hombres y estados. Escándalos tales como que un gobierno democrático se vea cuestionado en su legitimidad de defender en internet aquellos derechos que nadie duda que deban ser protegidos al otro lado de la pantalla. Paradojas como la que comentaba días atrás el columnista del Washington Post Michael Gerson: la de una nación de exhibicionistas exigiendo privacidad sobre fotos e informaciones que ellos mismos hacen públicas. Paradoja que, dicho sea de paso, por ridícula debería bastar para entender los límites de paternalismo que cabe esperar de un Estado liberal. O revoluciones como la de la llamada Democracia 2.0, que lo más que ha aportado ha sido un incremento en el ruido y la propaganda partidista y que lo más que puede aportar es una mayor proximidad entre políticos y votantes. En realidad, nada nuevo bajo el sol.
Pero no se trata sólo de tener claro que puede y debe legislarse sobre el uso de internet. Se trata sobre todo de tener presente que nada en la naturaleza de esta legislación debe diferenciarse de la que ya rige sobre las vidas de los ciudadanos en una sociedad libre. Que a unas y a otras exigimos y debemos seguir exigiendo que se basen en la vieja premisa liberal de proteger a los ciudadanos contra las arbitrariedades del Estado. Y se trata también de empezar a darse cuenta de que las nuevas tecnologías no sirven necesariamente a la causa de la libertad y la democracia. Que la neutralidad de la tecnología no quiere decir que sus usos sean neutrales, pacíficos ni nobles, sino que a todos los fines sirve por igual independientemente de su categoría moral. Por eso internet no debería convertirse en refugio de las garras justicieras del Estado. Porque también en él están en juego la paz, la libertad, la justicia y la civilización. Y porque no hay razón para que rechacemos seguir en internet la guerra que venimos librando desde el inicio de los tiempos en favor de las más nobles de las causas.

Artículo publicado en Factual