29.3.10

Del Papa a Tiger, con Villa Certosa en el recuerdo


Lo dijo el otro día en su carta pastoral el Papa Benedicto XVI; los curas culpables de abusos sexuales contra menores deberán responder “ante Dios omnipotente y ante los tribunales”. Está claro que esa doble responsabilidad, ante Dios y los tribunales, sólo afecta a los curas y otras gentes de fe. Pero que no son sólo ellos los que deben responder ante alguien más que el juez es algo que nos recuerda el reciente escándalo, de muy distinta naturaleza y mucha menor importancia, que ha provocado la salida a la luz pública de la vida sexual de Tiger Woods, ese golfo golfista.
Como suele suceder cuando de la sociedad americana se habla, no tardaron en llegar las acusaciones de doble moral. Injustas acusaciones. Se trata en realidad de conservar todavía un lugar para la moral, de conservar para ella un espacio de juicio y sanción. Ese puritanismo que tan exageradamente se adjudica a la sociedad americana es quizás todavía el más luminoso resquicio de la tensión entre ley y moralidad. Y si el liberalismo es superior no sólo a los totalitarismos que hemos conocido, sino también a los más benévolos que podamos imaginar, no es porque resuelva mejor que ellos esta tensión sino precisamente porque permite que esta tensión, fundamental en la tradición política y cultural de Occidente, se mantenga como tal. Y así se mantiene, como bien dice el tópico, al precio de no legislar contra todo lo que se condena, pero también, como el tópico olvida, por seguir juzgando moralmente sobre lo que no está prohibido.
En el recuerdo queda el caso de Berlusconi y sus fiestas en Villa Certosa, y no por el debate sobre los siempre polémicos límites de la privacidad, sino por el tema que nos ocupa, que es también su tema de fondo. El problema era precisamente que toda esa retórica, toda esa justificación falaz y todas esas apelaciones a la libertad de información y al interés público sólo se volvían necesarias por la cobarde negativa a juzgar moralmente, de forma clara, sincera y rotunda, que el primer ministro, por respeto a su cargo y su estado civil, pudiera celebrar fiestas sexuales. Independientemente de si en ellas se cometían, además, actos ilegales como la prostitución o el consumo de sustancias prohibidas. Sólo si reconocemos no sólo la legitimidad sino la convenciencia del juicio moral podremos seguir permitiéndonos el lujo retórico de tener unos parlamentos vacíos de moral.

Artículo publicado en Factual.es

22.3.10

Pederastia y celibato


El País, y muchos con él, opina que “la carta pastoral del Papa sobre la pederastia en la iglesia llega tarde y se queda corta”. Que se queda corta lo cree, paradójicamente, porque está convencido de que la solución al problema no pasa simplemente por la intervención de la justicia civil, sino que exige intervención de la justicia eclesiástica, de la que esperaría que “aboliera el absurdo celibato sacerdotal”. 
Pero si nos tomamos en serio el problema, la vinculación entre el celibato y el delito no puede quedar en una simple insinuación. Hay que analizar muy seriamente si hay más pederastia entre los curas que entre los civiles. O si también los civiles que, castos por obligación y no por vocación, se ven llamados al mismo delito carnal. En realidad, y según decía Arcadi Espada, parece que “la pederastia se da con la misma intensidad (leve intensidad, valga la precisión) en otros ámbitos sociales”. Pero mientras sólo lo parezca, hay que trabajar con dos hipótesis contrarias.
La primera es clara: que haya una relación entre celibato y pederastia. Y la conclusión, del mismo Espada, es entonces justa: “Si la violencia del celibato engendra la violencia pederasta, la Iglesia afronta una grave elección moral. De la que también podemos pedirle cuentas los infieles. Porque suyas son sus castidades, pero de todos sus víctimas”.
La segunda hipótesis es justo la contraria: que no haya relación entre celibato y pederastia. Por lo tanto, la conveniencia de acabar con el celibato no podría sustentarse, al menos, sobre la pretensión de terminar con la pederastia.
Porque lo que ni siquiera como hipótesis puede contemplarse es que, sin darse relación entre el celibato y la pederastia, se clame contra la segunda para acabar con el primero. Eso es lo que hace El País, y lo que desde sus páginas hacía pocos días atrás el teólogo Hans Küng. Y si debemos preocuparnos de estos argumentos no es porque sean inconsistentes, sino porque con acrítica aceptación amenazan con volver inconsistente a la realidad misma.
Ese discurso es, en realidad, una muestra del paternalismo con el que se trata a las gentes de fe. Ahí tenemos a habermasianos y rawlsianos, discutiendo sobre el encaje idóneo del discurso religioso, recomendando a los creyentes que hagan un esfuerzo de traducción y, ése es su mayor pecado, hasta ofreciéndose a ayudarlos en el difícil proceso. Y lo recomiendan por su bien, aunque no lo crean así, porque mientras nunca estos tolerantes se plantean que la plaza pública democrática deba hacer oídos sordos al discurso religioso, les preocupa muchísimo que la retrógrada iglesia no sepa como tratar con ella. Y en otro foro muy distinto tenemos a las mujeres protegidas musulmanas, protegidas con el burka de miradas y actos impúdicos de sus incorregibles machos.
Y si me preocupa el paternalismo para con la iglesia no es, precisamente, porque tenga ningún interés especial en asegurar el éxito público de su discurso. Es simplemente porque estoy convencido de que tratar a alguien como a un niño es el mejor modo de conseguir que se comporte como un niño.

Artículo publicado en Factual

15.3.10

(Sólo) las democracias se equivocan


La ONU reaccionó a la última guerra de Gaza como suele: acusando de crímenes de guerra a las dos partes en conflicto pero insistiendo en que Israel es más culpable que Hamás. Es indignante pero normal, y también yo, aunque por motivos distintos a los suyos, espero mucho más de Israel que de Hamás. Me alegra saber que el Presidente israelí, Simón Peres, parece estar de acuerdo conmigo también en esto.
Entrevistado en El País, y respondiendo sobre la cuestión, Peres lo expresaba en estos términos:
“Nosotros investigamos nuestros propios errores, y lo hacemos con consecuencias. Para investigar no necesito a una tercera parte. Pienso que si tuviéramos que permitir la participación de Gaddafi y la de Ahmadineyad, ¿de qué estamos hablando? Porque Naciones Unidas no es un tribunal, es un Parlamento en el que Israel no tiene ni la más mínima posibilidad de obtener una resolución justa. Nunca la ha tenido.”
Israel se basta, y no es el único. En Estados Unidos siguen investigando qué hacer con las más polémicas herencias del presidente George W. Bush: con Guantánamo, con los polémicos interrogatorios y hasta con esa dichosa Patriot Act, la otrora vergonzosa afrenta a la democracia ahora asumida y ampliada por los demócratas. En Inglaterra siguen con la comisión de investigación de Irak, ante la que han comparecido el anterior primer ministro, Tony Blair, y el actual, Gordon Brown, entonces ministro de Hacienda. Quizás para no ser menos, también Francia ha aceptado el juicio de la historia y ha prometido indemnizar a los afectados por sus pruebas nucleares en los años 60.
Para investigarse, las democracias no necesitan a ninguna tercera parte. Nos hemos acostumbrado a oír que la democracia es sólo el menos malo de los sistemas políticos y ya no pensamos en lo que eso implica. Hay que volver a ello para entender el papel que el tópico nos reserva a nosotros, demócratas militantes. Debemos estar preparados para defender causas imperfectas y para hacerlo, no a pesar de sus imperfecciones sino precisamente por ellas. Y eso es especialmente relevante en tiempos de crisis y gürtels, en tiempos donde el más cobarde propone renovar el sistema entero y cualquier político se atreve con la lírica para prometer llevarnos a un sitio nuevo, del que nada nos dicen salvo que es mejor que éste. Hoy, como siempre, es momento de apostar decididamente por causas imperfectas. Porque, como decía Alain Finkielkraut, “la conciencia de la imperfección preservará nuestra fidelidad a la causa de todo fanatismo”.

Artículo publicado en Factual

8.3.10

Fascismo en la Universidad


Se ha dicho que Rosa Díez fue boicoteada y agredida en la Universidad Autónoma de Barcelona, y que sus agresores fueron nacionalistas. No hay duda de que la de nacionalistas es una definición ajustada, pero a pesar de ello es totalmente insuficiente si lo que pretendemos es entender lo que está sucediendo en nuestras universidades. Si pretendemos entender que el mismo día, los mismos vándalos, le echasen un bote de pintura por la cabeza al nacionalista Cardús, o que el también nacionalista Ibarretxe fuese boicoteado hace poco en la misma universidad. Incluso si lo que queremos entender es lo del dedo de Aznar en Oviedo o lo de Carrillo en Madrid. Con esto nos pasa lo mismo que cuando descubrimos a un etarra gritándole “¡goras!” a La Roja, que lo del nacionalismo se nos queda tan cortito que hasta da risa.
Y tampoco se trata aquí de añadir calificativos para completar el cuadro de lo que tenemos entre manos. Porque son también niños de papá, claro. Y desagradecidos, claro. Porque entre el Estado y sus padres les pagan los estudios y salen rebeldes, contra los padres y el Estado. Como aquella hija de un destacado político catalán que, cuando las protestas contra la Guerra de Irak, salía de casa por la noche, duchadita, cenadita y estudiadita (muy bien estudiadita, por cierto), para irse de acampada a la plaza Francesc Macià, en plena Diagonal de Barcelona, a gritar y cacerolear contra el facha de su padre y el capitalismo opresor. También podemos sumar a la descripción el comunismo o el anarquismo o los dos a la vez, que también son sus causas, o el altermundismo y el ecologismo y muchas causas más, pero lo que de verdad les pone de todos estos ismos y lo que les define es lo que de destructor del orden establecido pueden encontrar en todos ellos.
Por eso algunos han dado en llamarles nihilistas, como llamaron a aquellos jóvenes que quemaban coches en las banlieues parisinas sin motivo aparente. Pero es que ni eso han llegado a ser, y son tan pésimos nihilistas como en su mayoría son pésimos estudiantes, comunistas y nacionalistas. Limitándose a la negación de lo presente, sin proponer nada en positivo para subvertirlo, lo que son en realidad es lo que Nietzsche señalaba como nihilistas incompletos. Son fascistas. Y puesto que ni los más mayores del lugar recordarán una época sin fascistas en nuestras universidades, lo que más debería sorprendernos e indignarnos no es aquí ni la presencia ni los berridos de esta triste minoría, sino la ausencia y el silencio de la mayoría de estudiantes y profesores. Aún más, lo que debería indignarnos es que nuestras universidades, nuestros rectores y decanos hayan hecho suyo el lema de sus enemigos y hayan convertido la universidad en un espacio libre de policía.
Cómo luchar contra estos fascistas, contra estos incompletos, fue la pregunta central del siglo XX y, si debemos hacer caso de Nietzsche, será probablemente la del XXI. Llevamos un siglo intentando responderla y algo deberíamos haber avanzado ya. Que quizás no sólo con ellas debe combatirse el fascismo, pero si al menos con ellas; con las armas y la ley.

Artículo publicado en Factual

1.3.10

Burka y tolerancia


Hay buenas razones para prohibir el burka que muy poco tienen que ver con lo que pueda significar ser francés y mucho con lo que significa ser occidental. Estas razones derivan de entender el espacio público como un espacio de aparición (en términos de Hannah Arendt) y el rostro de quien allí se nos aparece como su primera y más auténtica identidad (en términos de Lévinas, como recordaba Robert Redeker). A la luz de estas consideraciones, el burka no se nos puede presentar como simple ropaje, sino como freno a la aparición de las mujeres que lo llevan, negándoles el derecho (¡y el deber!) de aparecer en la esfera pública de una democracia liberal.
El burka plantea un conflicto con la idea misma de política, y con el papel que en ella ha dado a las mujeres la tradición occidental, y por ello no deberíamos creer que necesitamos el acuerdo de las musulmanas para prohibirlo. En parte porque no deberíamos esperar el acuerdo de las víctimas para legislar sobre los delitos que denunciamos, y en parte porque no siempre una mujer con burka es una víctima de su integrista marido. Aun cuando una mujer prefiera, de forma muy comprensible,desaparecer del espacio público, no hay nada que justifique la concesión de semejante privilegio. En otras palabras: el espacio público es un espacio de aparición por mucho que a veces pueda molestarnos aparecer en él.
La posibilidad de que las mujeres lleven el burka de forma libre y voluntaria, como prueba de su fe o por simple preferencia estética, es precisamente la que convierte en significativala apelación a la tolerancia para oponerse a su posible prohibición. Nadie que merezca la menor atención se muestra, en cambio, partidario de tolerar la tiranía conyugal, por respetuoso que sea con las tradiciones culturales ajenas. Pero el argumento de tolerancia debe tener en cuenta que ésta nunca fue un fin en sí misma, sino que, particularmente en un Estado liberal, que salvaguarda las libertades básicas de sus ciudadanos, la tolerancia debe entenderse como un consejo de prudencia al legislador ante los posibles efectos perjudiciales que podría tener el prohibir lo que se rechaza. A veces, como mal menor, hay que aceptar convivir con lo que creemos positivamente que debemos condenar. Por eso los únicos argumentos potentes contra la prohibición del burka deberían ser capaces de demostrar que, en caso de prohibir el burka, nada podríamos hacer para evitar que empeorase la situación de las mujeres o para frenar una escalada de violencia de la comunidad islámica con visos de guerra civil.
Éste no parece ser el caso. El caso parece ser más bien el de una sociedad que va tomando conciencia de que el liberalismo obliga y que debe aceptar las obligaciones que impone la libertad mientras no esté dispuesta a abrazar un sistema político alternativo.

Artículo publicado en Factual