1.3.10

Burka y tolerancia


Hay buenas razones para prohibir el burka que muy poco tienen que ver con lo que pueda significar ser francés y mucho con lo que significa ser occidental. Estas razones derivan de entender el espacio público como un espacio de aparición (en términos de Hannah Arendt) y el rostro de quien allí se nos aparece como su primera y más auténtica identidad (en términos de Lévinas, como recordaba Robert Redeker). A la luz de estas consideraciones, el burka no se nos puede presentar como simple ropaje, sino como freno a la aparición de las mujeres que lo llevan, negándoles el derecho (¡y el deber!) de aparecer en la esfera pública de una democracia liberal.
El burka plantea un conflicto con la idea misma de política, y con el papel que en ella ha dado a las mujeres la tradición occidental, y por ello no deberíamos creer que necesitamos el acuerdo de las musulmanas para prohibirlo. En parte porque no deberíamos esperar el acuerdo de las víctimas para legislar sobre los delitos que denunciamos, y en parte porque no siempre una mujer con burka es una víctima de su integrista marido. Aun cuando una mujer prefiera, de forma muy comprensible,desaparecer del espacio público, no hay nada que justifique la concesión de semejante privilegio. En otras palabras: el espacio público es un espacio de aparición por mucho que a veces pueda molestarnos aparecer en él.
La posibilidad de que las mujeres lleven el burka de forma libre y voluntaria, como prueba de su fe o por simple preferencia estética, es precisamente la que convierte en significativala apelación a la tolerancia para oponerse a su posible prohibición. Nadie que merezca la menor atención se muestra, en cambio, partidario de tolerar la tiranía conyugal, por respetuoso que sea con las tradiciones culturales ajenas. Pero el argumento de tolerancia debe tener en cuenta que ésta nunca fue un fin en sí misma, sino que, particularmente en un Estado liberal, que salvaguarda las libertades básicas de sus ciudadanos, la tolerancia debe entenderse como un consejo de prudencia al legislador ante los posibles efectos perjudiciales que podría tener el prohibir lo que se rechaza. A veces, como mal menor, hay que aceptar convivir con lo que creemos positivamente que debemos condenar. Por eso los únicos argumentos potentes contra la prohibición del burka deberían ser capaces de demostrar que, en caso de prohibir el burka, nada podríamos hacer para evitar que empeorase la situación de las mujeres o para frenar una escalada de violencia de la comunidad islámica con visos de guerra civil.
Éste no parece ser el caso. El caso parece ser más bien el de una sociedad que va tomando conciencia de que el liberalismo obliga y que debe aceptar las obligaciones que impone la libertad mientras no esté dispuesta a abrazar un sistema político alternativo.

Artículo publicado en Factual