26.4.10

Samaranch y los ratitos de silencio


La muerte de Samaranch es también patrimonio de la memoria histórica, que mucho más tiene que ver en realidad con el recuerdo des grands hommes, de la patrie reconaissante, que de la localización de cadáveres e indemnizaciones a las víctimas y sus familias.
De allí ese minuto de silencio del sábado en el Camp Nou, en recuerdo del hombre que trajo los juegos del 92′ a Barcelona. Pero no era a ese Samaranch al que silbaba una parte de la afición, sino a un franquista como tantos pero con más éxito que otros. A eseSamaranch fot el camp, porque nadie en su sano juicio y en la ciudad de Barcelona silbaría al artífice de uno de los mayores acontecimientos que se ha dado en esta ciudad. Digo que hay dos Samaranch como podría decir que hay 51, y si me permito hoy ese lujo no es por poner en tela de juicio la unidad del sujeto, sino porque lo propio de la memória histórica son licencias como ésta. Porque Samaranch fue franquista, pero no se le recuerda por ello. Y eso, que le diferencia, claro está, del mismísimo Franco (de quien no se conoce mayor mérito que el franquismo), determina también que el lugar que nuestro espacio público debe reservar a su memoria no es el mismo, ni del mismo tipo, que el que reserva al generalísimo.
Simplemente, se vuelve a poner de manifiesto que la memoria histórica tiene mucho más que ver con la memoria que con la historia, que la memoria histórica, el recuerdo público de los nombres con los que tejemos la historia, tiene mucho más que ver con lo que se recuerda que con a quién se recuerda. De ahí lo cortito de las informaciones que acompañan a los nombres de nuestras calles. Porque para orientarnos por la ciudad no necesitamos más y porque, como dijo Goethe, “ningún héroe es un héroe para su ayudante de cámara”. Y ya sea eso, porque no hay héroes, o porque, como dice el cafetero de Ocata, los ayudantes de cámara tienden a ser miopes, lo cierto es que suele haber más gestas a recordar que humanos a la altura de la historia.
Por eso la decisión sobre el recuerdo de las gestas y sus personajes es una decisión estrictamente y fundamentalmente política, por mucho que también nosotros seamos de esos buenos defensores del riguroso trabajo histórico y de sus complejidades. Nada que ver con el asunto y de allí que, aunque ningún diputado del PP o C’s se haya planteado escribir una biografía del muerto, han sido en cambio la mar de rápidos en proponer que se cambie el nombre al estadio Olímpico Lluís Companys. No les gusta Companys y a la vista de las prisas hasta podría sospecharse que les gusta demasiado Samaranch, pero al menos algo dejan claro con el gesto. Que se recuerda a Companys por ser el presidente de Catalunya ejecutado por el franquismo y que por mucho que se empeñen eso no dice nada ni quiere decir nada sobre si fue o no fue un buen presidente o si fue o no fue una buena persona, pero lo dice todo, en cambio, sobre la capacidad de sacrificio que esperamos de nuestros presidentes. De Samaranch, ese hombre, esa vida, seguramente sea más importante lo que estos días se calla que lo que se dice. Pero eso es la memoria histórica, unos ratitos de silencio y nada más.

Artículo publicado en Factual.es

23.4.10

Desvelando a Najwa


La joven Najwa Malha ha decidido vestir con el hiyab. Y todo parece indicar que ha sido una de esas decisiones que llamamos libres; sin que se haya sentido obligada por amigos ni familiares. Siendo así, la problemática de la decisón se debe en realidad a que choca con una normativa escolar (en absoluto extraordinaria) que prohíbe a los alumnos llevar la cabeza cubierta. Es así porque en España no existe una ley que, a la francesa, prohíba a los alumnos la exhibición de símbolos religiosos en en colegio. Y, ya que estamos, diré que no veo motivo alguno por el que debería existir una ley semejante.
Pero la normativa del centro es clara al respecto.
“En el interior del edificio no se permitirá el uso de gorras ni de ninguna otra prenda que cubra la cabeza.”
El caso que nos ocupa no es demasiado problemático por lo que a libertades civiles se refiere. Y aunque el mismísimo Ministro de Educación haya entrado en consideraciones de jerarquización de libertades, considerando que el derecho a la educación debe prevalecer sobre otros derechos (tales como la libertad de los centros educativos para definir su normativa interna), creo que sólo debería entrarse a discutir en estos términos si la libertad de culto o el derecho a la educación de Najwa estuvieran amenazados. No parece ser ésta la situación, desde el momento en que llevar el pañuelo no es precepto del islam y que, según he descubierto horrorizado, hay colegios cercanos al suyo en los que la acogerían hasta llevando gorra en clase. Pero desde el momento en que sus padres inscribieron a la joven en su actual colegio aceptaron de forma implícita la normativa del centro, y es justo que ahora se les recuerde que a ella debe atenerse su hija.
Porque la joven Najwa está haciéndose mayor, va tomando decisiones sobre su vida que en absoluto son irrelevantes y a través de ellas va definiendo su identidad. Creo que ayudarla en este tránsito es precisamente una de las tareas más importantes que los colegios tienen encomendada en nuestra sociedad. Ella ha tomado una decisión y es libre de reafirmarse en ella o cambiar según le parezca. Hasta es libre de negociar con la dirección del centro en el que estudia un cambio en la normativa que se adapte mejor a sus preferencias. Y hasta puede que, en último término, deba valorar hasta qué punto prefiere llevar el velo a seguir estudiando en su colegio. Es mayorcita para decidirlo, y creo que en este caso no sólo podemos, sino que debemos dejarla decidir tranquila y respetar su decisión.

Artículo publicado en el Magazine de Factual.es

22.4.10


Tengo el célebre libro de Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre, por un gran libro de filosofía política. Y, con el autor, creo que “el entendimiento de la situación actual depende de la comprensión de la lucha por el reconocimiento”, de la comprensión de la pulsión thimótica. Por eso me está gustando descubrir en Sloterdijk a un compañero de viaje, dispuesto a insertarse de lleno en esta imprescindible tarea de comprensión. El filósofo alemán repasa en este libro, Ira y tiempo, cómo se manifiesta esta pulsión en la historia de Occidente, desde las primeras palabras de la Odisea hasta los más recientes atentados terroristas.

19.4.10

Cosas del Estatut

Algo positivo en la penosa situación del TC con respecto al Estatut es que, al menos, podemos aprovechar el rato para discutir algunas cuestiones relevantes sobre la democracia y el constitucionalismo.
Hay que discutir, por ejemplo, sobre algo que ya se apuntaba en el famoso editorial conjunto y que mucho más crudamente expresaba el filósofo Terricabras en el Avui: la convicción de que es antidemocrático que un Tribunal como el Constitucional pueda corregir o rechazar lo que el pueblo decide en las urnas. Convicción basada en último término en la certeza de que el pueblo no se equivoca jamás y que por eso no habría nada que corregir, algo que es mucho más fácil de decir que de creer. En realidad, lo que de liberal tiene una democracia digna de ser defendida es precisamente la capacidad de defender los derechos de los ciudadanos y la propia democracia de las eventuales tiranías de la mayoría. Al señor Terricabras la bondad de esa corrección a la voluntad popular le será muy fácil de entender si se imagina que una mayoría de españolestodos, cansados de tanta conllevancia, se decidiera a suspender el derecho a enseñar o a publicar en catalán. Así que mientras deban defenderse ciertos derechos del ataque de ciertas apetencias tiránicas, y mientras sea la Constitución la que garantize esos derechos, deberá haber algo así como un defensor de la Constitución. Y no es a pesar de eso, sino precisamente gracias a que su trabajo es tan fundamental, que cabría esperar que semejante defensor no respondiese a las mismas mayorías políticas eventuales de las que debe defenderse y que fuese capaz de tomar sus decisiones con la urgencia y la determinación que exigen las situaciones que debería afrontar.
Y hay que discutir también sobre el terrible término de nación, y sobre ese discurso pretendidamente científico e históricamente riguroso, que nunca sabes de dónde puede venir y que el otro día vi defender a Javier Nart en un programa de Canal Català. Nos recordaba que Cataluña no había sido ni siquiera un reino, que el reino era el de Aragón y que mucho más reino que el de Aragón había sido el de Navarra y etc. El argumento es absurdo porque cae en el mismo misticismo histórico que critica a los nacionalistas de enfrente. Pero más allá de esto, el problema está en obviar algo que ya sabía Platón mucho antes que los del TC empezasen a deliberar sobre el Estatut y sin lo que difícilmente se puede entender la realidad política; que el discurso político y el discurso científico son discursos distintos y que no es sólo inútil sino falaz el pretender confundirlos. Y aún algo más que le hubiese ido muy bien saber a Heidegger en sus relaciones con el nazismo y que a nosotros nos hubiese ahorrado muchas discusiones; que lo más relevante en política es lo que se da en la superficie. Y que precisamente en la superficie está el problema de España, que pone de relieve todo el lío del Estatut, y que no tiene ni puede tener una solución estrictamente política. Porque por mucho que se discuta sobre leyes y constituciones, en último término lo que cuenta es la predisposición patriótica y el sentido de Estado. Algo que no depende de resoluciones judiciales ni de pactos políticos, ni siquiera de regímenes federales o Constituciones más o menos plurales sino de la concepción de ser un We, un people. Algo que está en juego, en último término, en el hecho de que fuese la Senyera y no otra la bandera de mis San Jordis en el colegio, la que anunciaba un feliz día de libros, canelones y fantas de naranja.

Artículo publicado en Factual.es

12.4.10

El Rubicón nuclear

Obama visitó Praga el año pasado, donde pronunció un célebre discurso en el que afirmó “claramente y con convicción el compromiso de América de buscar la paz y la seguridad de un mundo sin armas nucleares”. Para lograrlo, en ese mismo discurso se comprometió a firmar un nuevo Pacto de Desarme Nuclear con Rusia.
El pasado jueves, de vuelta en Praga, Obama cumplió su promesa al firmar el nuevo Start (Strategic Arms Reduction Treaty) con el primer ministro ruso Dimitry Medvediev, y no es extraño que algunos vean este tratado como un importante paso en esta dirección. Tampoco es inimaginable que así lo considere el mismo Obama. En realidad, y aunque este mundo es posible, no me parece que avanzar hacia él sea algo necesariamente deseable.
Ya por aquellos días William Kristol recordaba con acierto que fue precisamente para escapar del mundo sin armas nucleares de la Segunda Guerra Mundial que se impulsó la creación de este tipo de armas. Y no sólo esto, sino que, en aparente paradoja, su potencial destructivo ha terminado por ser la mejor garantía de paz entre potencias nucleares, algo que nos dice Hannah Arendt recordando la vieja máxima de Clausewitz; ahora “la paz es la continuación de la guerra por otros medios”.
Éstos me parecen buenos motivos para dudar, al menos, de la bondad intrínseca de un mundo sin armas nucleares. Y por eso, a diferencia de lo que parece pensar el presidente Lula, hay armas nucleares no negociables. Y son también estos motivos y la especial naturaleza de esta paz nuclear los que me llevan a creer, con Obama, que la principal amenaza es que caigan en manos de terroristas, ya que, a diferencia de unos Estados que, quieran o no, deberían asumir las consecuencias de su uso, no cabe esperar de esos terroristas que tengan ningún reparo en usarlas. En la lucha por todos los medios imaginables contra esta posibilidad, la reducción de la cantidad de armas se presenta como un intento razonable de afianzar su control, y conservar las suficientes sigue siendo un modo eficaz de contener la guerra.
A pesar de eso, a pesar de que no me parece ni bueno ni necesario y de que es muy difícil conseguirlo, es sin duda lícito soñar con que podemos liberarnos de las armas nucleares. Lo que jamás podremos conseguir ya, lo que es simplemente irresponsable seguir soñando, es la eliminación del potencial de destrucción que tememos en ellas. La ciencia progresa que es una barbaridad y el progreso no admite vuelta atrás. La técnica se nos ha escapado de las manos y recuperar su poder requiere de algo mucho más profundo que un pacto entre dirigentes políticos. La amenaza de destrucción total que va inevitablemente ligada a la técnica es una amenaza de la que, en palabras de Heidegger, sólo un Dios puede salvarnos. Mientras llega, si es que ha de llegar, deberíamos luchar, al menos, por huir de peligrosas ilusiones, por situar nuestras pretensiones políticas a la altura que les corresponde, y por renunciar, en definitiva, a unos objetivos que sólo están al alcance de este Dios.

Artículo publicado en Factual.es

5.4.10

¡Que no nos toquen los principios!


Hay que rebajar el discurso político. Y no porque se haya desviado de los problemas e intereses reales de la gente, como tanto les gusta decir a nuestros amiguitos de Ciudadanos. Porque como demuestran tanto con su discurso como por sus resultados electorales, a la gente le interesan, y mucho, cuestiones como la identidad nacional o la unidad de la patria, que es lo mismo sin ser igual, y el futuro del castellano y las banderas y las estatuas en las plazas de sus pueblos y ciudades.
Hay que rebajar el discurso político, más bien, porque es completamente estéril el tirarse de los pelos en nombre de los principios más sacrosantos cada vez que hay que discutir sobre la administración de la realidad.
Ejemplos de esta histeria por principio hay muchos. Recientemente, el de Garzón y los que tanto se escandalizan en nombre de la justicia universal, o el de los escáneres corporales en los aeropuertos y los que los ven (o, mejor, los veían, porque ahora hace días que ya no les preocupa mucho el tema) como una amenaza a la libertad so pretexto de la seguridad. O el de la guerra de Google con China y el debate sobre la libertad en la red, que parece haberse convertido en el único lugar donde no es lícito perseguir el crimen, y hasta la farsa esta de Ricky Martin, confesando que es homosexual y tratando de homófobo a su público cuando, en realidad, todo en su “carrera musical” era un mero restregarse con mujeres semidesnudas para alegría de todo el público a excepción, claro está, del público gay. Y en todos estos casos se pierde el sentido del debate, de lo que realmente hay de discutible y hay que discutir en ellos, porque se eleva a toda cuestión la cuestión metafísica en la que nadie está nunca dispuesto a dar su brazo a torcer.
Sobre lo de China y Google hablé aquí hace pocas semanas, pero creo que merece comentarse el último artículo de Peter Singer sobre la cuestión a la luz del tremendismo que hoy nos (pre)ocupa. Porque es de gran interés lo que explica el filósofo justo al inicio del artículo. En Australia, “el Gobierno anunció recientemente que aprobaría leyes para bloquear el acceso a algunos sitios web. El material prohibido incluye pornografía infantil, bestialidad, incesto, imágenes gráficas de violencia de ‘alto impacto’, todo lo que promueva u ofrezca instrucciones sobre delitos o violencia, descripciones detalladas sobre el uso de drogas prohibidas e información didáctica sobre suicidio en sitios web que respaldan el derecho a morir para los enfermos terminales o incurables. Una encuesta de lectores publicada por el Sydney Morning Herald arrojó que el 96% de los participantes se oponía a las medidas propuestas, y que sólo el 2% las respaldaba”. Lo interesante del caso es que las razones que llevan a Singer a elevarse sobre los resultados son las mismas que llevan a tolerar el acceso a la pornografía infantil en internet a todos los australianos de entre ese 96% que nunca jamás se manifestarían ni en público ni en privado ni en los más inquietantes de sus sueños a favor de legalizar el abuso a menores. El problema de este amor a la retórica, al discurso de los principios, discurso estéril y tanto más grandilocuente cuanto más vacío, es en el fondo un problema central de la filosofia política contemporánea. La voluntad de tragedia, de que algo fundamental nos juguemos a cada paso, parte en realidad de la profunda seguridad de que nada fundamental nos jugamos ya en realidad, de la sensación de que, en el fondo, es quizás demasiado cómoda la vida en libertad.

Artículo publicado en Factual.es