19.4.10

Cosas del Estatut

Algo positivo en la penosa situación del TC con respecto al Estatut es que, al menos, podemos aprovechar el rato para discutir algunas cuestiones relevantes sobre la democracia y el constitucionalismo.
Hay que discutir, por ejemplo, sobre algo que ya se apuntaba en el famoso editorial conjunto y que mucho más crudamente expresaba el filósofo Terricabras en el Avui: la convicción de que es antidemocrático que un Tribunal como el Constitucional pueda corregir o rechazar lo que el pueblo decide en las urnas. Convicción basada en último término en la certeza de que el pueblo no se equivoca jamás y que por eso no habría nada que corregir, algo que es mucho más fácil de decir que de creer. En realidad, lo que de liberal tiene una democracia digna de ser defendida es precisamente la capacidad de defender los derechos de los ciudadanos y la propia democracia de las eventuales tiranías de la mayoría. Al señor Terricabras la bondad de esa corrección a la voluntad popular le será muy fácil de entender si se imagina que una mayoría de españolestodos, cansados de tanta conllevancia, se decidiera a suspender el derecho a enseñar o a publicar en catalán. Así que mientras deban defenderse ciertos derechos del ataque de ciertas apetencias tiránicas, y mientras sea la Constitución la que garantize esos derechos, deberá haber algo así como un defensor de la Constitución. Y no es a pesar de eso, sino precisamente gracias a que su trabajo es tan fundamental, que cabría esperar que semejante defensor no respondiese a las mismas mayorías políticas eventuales de las que debe defenderse y que fuese capaz de tomar sus decisiones con la urgencia y la determinación que exigen las situaciones que debería afrontar.
Y hay que discutir también sobre el terrible término de nación, y sobre ese discurso pretendidamente científico e históricamente riguroso, que nunca sabes de dónde puede venir y que el otro día vi defender a Javier Nart en un programa de Canal Català. Nos recordaba que Cataluña no había sido ni siquiera un reino, que el reino era el de Aragón y que mucho más reino que el de Aragón había sido el de Navarra y etc. El argumento es absurdo porque cae en el mismo misticismo histórico que critica a los nacionalistas de enfrente. Pero más allá de esto, el problema está en obviar algo que ya sabía Platón mucho antes que los del TC empezasen a deliberar sobre el Estatut y sin lo que difícilmente se puede entender la realidad política; que el discurso político y el discurso científico son discursos distintos y que no es sólo inútil sino falaz el pretender confundirlos. Y aún algo más que le hubiese ido muy bien saber a Heidegger en sus relaciones con el nazismo y que a nosotros nos hubiese ahorrado muchas discusiones; que lo más relevante en política es lo que se da en la superficie. Y que precisamente en la superficie está el problema de España, que pone de relieve todo el lío del Estatut, y que no tiene ni puede tener una solución estrictamente política. Porque por mucho que se discuta sobre leyes y constituciones, en último término lo que cuenta es la predisposición patriótica y el sentido de Estado. Algo que no depende de resoluciones judiciales ni de pactos políticos, ni siquiera de regímenes federales o Constituciones más o menos plurales sino de la concepción de ser un We, un people. Algo que está en juego, en último término, en el hecho de que fuese la Senyera y no otra la bandera de mis San Jordis en el colegio, la que anunciaba un feliz día de libros, canelones y fantas de naranja.

Artículo publicado en Factual.es