5.4.10

¡Que no nos toquen los principios!


Hay que rebajar el discurso político. Y no porque se haya desviado de los problemas e intereses reales de la gente, como tanto les gusta decir a nuestros amiguitos de Ciudadanos. Porque como demuestran tanto con su discurso como por sus resultados electorales, a la gente le interesan, y mucho, cuestiones como la identidad nacional o la unidad de la patria, que es lo mismo sin ser igual, y el futuro del castellano y las banderas y las estatuas en las plazas de sus pueblos y ciudades.
Hay que rebajar el discurso político, más bien, porque es completamente estéril el tirarse de los pelos en nombre de los principios más sacrosantos cada vez que hay que discutir sobre la administración de la realidad.
Ejemplos de esta histeria por principio hay muchos. Recientemente, el de Garzón y los que tanto se escandalizan en nombre de la justicia universal, o el de los escáneres corporales en los aeropuertos y los que los ven (o, mejor, los veían, porque ahora hace días que ya no les preocupa mucho el tema) como una amenaza a la libertad so pretexto de la seguridad. O el de la guerra de Google con China y el debate sobre la libertad en la red, que parece haberse convertido en el único lugar donde no es lícito perseguir el crimen, y hasta la farsa esta de Ricky Martin, confesando que es homosexual y tratando de homófobo a su público cuando, en realidad, todo en su “carrera musical” era un mero restregarse con mujeres semidesnudas para alegría de todo el público a excepción, claro está, del público gay. Y en todos estos casos se pierde el sentido del debate, de lo que realmente hay de discutible y hay que discutir en ellos, porque se eleva a toda cuestión la cuestión metafísica en la que nadie está nunca dispuesto a dar su brazo a torcer.
Sobre lo de China y Google hablé aquí hace pocas semanas, pero creo que merece comentarse el último artículo de Peter Singer sobre la cuestión a la luz del tremendismo que hoy nos (pre)ocupa. Porque es de gran interés lo que explica el filósofo justo al inicio del artículo. En Australia, “el Gobierno anunció recientemente que aprobaría leyes para bloquear el acceso a algunos sitios web. El material prohibido incluye pornografía infantil, bestialidad, incesto, imágenes gráficas de violencia de ‘alto impacto’, todo lo que promueva u ofrezca instrucciones sobre delitos o violencia, descripciones detalladas sobre el uso de drogas prohibidas e información didáctica sobre suicidio en sitios web que respaldan el derecho a morir para los enfermos terminales o incurables. Una encuesta de lectores publicada por el Sydney Morning Herald arrojó que el 96% de los participantes se oponía a las medidas propuestas, y que sólo el 2% las respaldaba”. Lo interesante del caso es que las razones que llevan a Singer a elevarse sobre los resultados son las mismas que llevan a tolerar el acceso a la pornografía infantil en internet a todos los australianos de entre ese 96% que nunca jamás se manifestarían ni en público ni en privado ni en los más inquietantes de sus sueños a favor de legalizar el abuso a menores. El problema de este amor a la retórica, al discurso de los principios, discurso estéril y tanto más grandilocuente cuanto más vacío, es en el fondo un problema central de la filosofia política contemporánea. La voluntad de tragedia, de que algo fundamental nos juguemos a cada paso, parte en realidad de la profunda seguridad de que nada fundamental nos jugamos ya en realidad, de la sensación de que, en el fondo, es quizás demasiado cómoda la vida en libertad.

Artículo publicado en Factual.es