23.9.11

ErC (FCO)

Alfred Bosch ha sido elegido cabeza de lista de ERC para las elecciones al Congreso de los Diputados. Con esta elección, ERC pretende superadas las dudas sobre si es un partido más o menos de izquierdas y más o menos independentista. Tras los últimos años de izquierdista tripartito, Esquerra vuelve a ser un partido "netamente independentista y netamente de izquierdas". Pero viendo el desprecio con que se hablaba últimamente de la experiencia de Ridao y de sus aptitudes políticas, más bien parece que la gran olvidada y el gran problema de ERC sea la R republicana. 
El republicanismo de ERC se ha convertido en una excusa como cualquier otra para acabar los mítines quemando fotos del rey o gritando muerte al borbón para satisfacer las bajas pasiones del sector de los niños Coca y Tardà. El desprecio que siente buena parte de la militancia por el diputado Ridao no es nada personal. Es sólo una muestra del desprecio que siente por la vida parlamentaria. Y, sobre todo, por la vida parlamentaria madrileña. Una actitud totalmente comprensible en un partido que aspira, precisamente, a desaparecer de la vida parlamentaria madrileña, pero que impide a ERC ser partido de gobierno y le condena a entrar en batallas que no vale la pena luchar y que, además, no parece que pueda ganar. 
ERC cree que el experimento del tripartito le ha pasado factura porque apostó por la izquierda y descuidó el eje nacional. Pero este supuesto descuido no es más que la constatación de que, tras dos legislaturas con Esquerra en el gobierno, Cataluña sigue siendo una comunidad autónoma del reino de España. Y esto sólo ha podido sorprender algunos sectores minoritarios de la derecha española y del independentismo, igualmente convencidos de que lo único que podía hacer ERC en el gobierno era declarar la Independencia. Aunque esta parece ser una creencia compartida por la actual Esquerra, esta no era su pretensión cuando entró en el gobierno. ERC aseguraba que su intención era arrastrar al PSC hacia el catalanismo, y difícilmente podemos decir que haya fracasado cuando vemos un PSC que se desangra a manos de PP y C's, pero donde Chacón, Montilla y Rubalcaba defienden la inmersión lingüística y acusan a CiU de "botifler" por pactar con el enemigo español. 
ERC no ha dejado nunca de ser un partido "netamente de izquierdas y netamente independentista". Lo único que ha dejado de ser es un partido de gobierno. Ha asumido el discurso de los independentistas de oposición y se declara convencida de que Cataluña no será digna de su gobierno hasta que se haya demostrado digna de su libertad y que cualquier participación activa en la política española es una traición a la pureza del auténtico independentismo. En ERC parecen convencidos de que lo que les ha corrompido no han sido las malas políticas sino las responsabilidades políticas en sí mismas, y por eso hace días que han renunciado a cualquier responsabilidad y no tienen política de gobierno en Cataluña ni política de ningún tipo en Madrid. Por eso tampoco necesitan discutir ni definir sus "valores republicanos" o las virtudes necesarias para el buen ejercicio político. Saber ser buenos políticos no sólo les parece innecesario, sino que hasta les parece despreciable. 
ERC parece haber aceptado que lo único que se puede esperar del independentismo, como los tontos de la clase, es una actitud firme, constante y positiva. Así, renunciando a las aptitudes en favor de las actitudes, ERC estaría renunciando a la posibilidad de tener un perfil propio ante la Solidaridad de López Tena, que tiene mucho más claro que ellos que el Parlamento de Cataluña es un Parlamento de feria y que por eso no les ganará nunca por sus aptitudes, que bien merecerían un par o tres de votos, sino por sus actitudes, que bien merecerían un par o tres de cachetes. No sé cómo, pero esta renuncia podría acabar siendo positiva para el futuro de ERC. Lo que no creo de ninguna manera es que pueda ser positiva para el independentismo catalán. 


21.9.11


1. ¿Por qué hay algo en vez de nada?
No estoy seguro de que sea así. Me parece muy raro decir que, como hay algo, no hay nada. Supongo que habrá que hacerle caso a Azúa y preguntárselo a Heidegger.
2. ¿Cuál es la idea política más sobrevalorada de la historia?
La de progreso.
3. ¿Y la más infravalorada?
La de naturaleza humana.
4. ¿Cómo cree que será España dentro de 50 años?
Como todo lo demás, igual en lo esencial. Un país de sol y playa, aunque a lo mejor con un poco más de sol y unas pocas playas de menos.
5. ¿Qué libro cambió su forma de pensar y en qué sentido lo hizo?
Me siento obligado a responder que el primero que leí de Leo Strauss, aunque no recuerdo cual fue. Y me gustaría pensar que lo hizo en sentido ascendente.
6. ¿Cuál es su receta para cambiar el mundo?
No tengo ninguna pero no se necesita. Hagas lo que hagas (e incluso cuando intentas no hacer nada) es imposible pasar por este mundo sin cambiarlo. Otra cuestión es cómo dirigir su rumbo, pero esa me parece una pretensión infantil.
7. ¿En qué proyecto, investigación o rama de la ciencia tiene puestas más esperanzas y por qué?
En la ciencia como en la política intento poner mis esperanzas en la solución de los problemas más urgentes, que son los más pequeños. Por eso espero bastante del progreso de las ciencias llamadas médicas y mucho menos, por no decir casi nada, de las que pretenden encontrar respuestas definitivas a las grandes preguntas de la humanidad.
8. ¿Seguirán existiendo la democracia y el libre mercado dentro de 100 años? Si cree que no será así, ¿qué tipo de organización política y/o económica ocupará su lugar?
Siempre han existido diversos regímenes políticos y económicos y no creo que eso vaya a cambiar. Creo que seguirá existiendo la democracia y seguirán existiendo otros regímenes políticos, y creo que lo harán con los mismos nombres con los que ya los conocía Aristóteles en su Política. Dónde habrá democracia, dónde libre mercado y dónde algo distinto es algo que desconozco, pero me cuesta imaginar unos Estados Unidos sin democracia y una Europa en la que no quede rastro de ella.
9. ¿Sigue teniendo la filosofía algún sentido en la era de la ciencia?
El mismo de siempre. Lo único que ha pasado en la supuesta era de la ciencia es que ahora algunos científicos se dedican a lo mismo que algunos licenciados en filosofía. Es cierto que no lo hacen mucho mejor que ellos, pero en su favor hay que decir que tampoco suelen hacerlo mucho peor, porque pensadores a la altura de los grandes problemas siempre ha habido muy pocos y a menudo ninguno.
10. Si tuviera que trabajar como abogado del diablo, ¿a quién o qué escogería como cliente?
Al diablo, pero por suerte para todos no necesita abogado.
11. ¿Cuál es el mayor peligro al que se enfrentará la humanidad durante los próximos años?
Supongo que el mayor peligro es la posibilidad de su completa autodestrucción. Un peligro que hace posible el progreso técnico y del que ni dios podría salvarnos. Pero ese no es ni el más probable ni el más inminente ni el más preocupante de los peligros, sólo el mayor.
12. ¿En qué aspectos concretos ha empeorado la humanidad con respecto a los siglos anteriores, si es que cree que lo ha hecho en alguno?
La humanidad, así en abstracto, ni empeora ni mejora. Y las cosas, en concreto, simplemente cambian. O, como suele decirse, evolucionan. Y por muy importantes que esos cambios sean para nosotros los humanos, a la humanidad seguramente le sean bastante indiferentes.
13. ¿En qué casos el fin justifica los medios, si es que cree que lo hace en alguno?
Siempre. El fin es la única justificación de los medios. Sin fin, los medios ya no es que sean buenos o malos, sino que ni siquiera son medios. Pero eso, evidentemente, no quiere decir que un buen fin haga bueno un mal medio. La bondad de los fines es independiente de la bondad de los medios.
14. ¿Cuál es su criterio para medir la bondad o la maldad de una determinada idea política?
La solidez del argumento con el que se presenta. Aunque procuro no olvidar que una buena política no es lo mismo que una política justificada por buenas ideas.
15. ¿Libertad o igualdad? ¿Por qué?
Fraternidad. Porque me parece la mentira más noble. Nos ayuda a soportar con elegancia y hasta con cierta alegría las diferencias naturales y las imprescindibles restricciones a la libertad que impone toda vida en común.
16. Si pudiera escoger, ¿preferiría vivir en un mundo en el que dios existiera o uno en el que no? ¿Por qué?
Lo único que soy capaz de concebir de Dios es su ausencia, así que no imagino qué diferencia habría entre estos dos mundos.
17. ¿Cuál es su placer culpable?
Los marshmallows de lima y coco del 41°.
18. ¿Es su vida como se la había imaginado a los 20 años?
Casi idéntica. Pero no tiene mucho mérito porque todo lo que esperaba de mi vida es que no cambiase demasiado y tampoco le he dado mucho tiempo ni muchas oportunidades para llevarme la contraria.
19. En el hipotético caso de que usted fuera uno de los bomberos de esta noticia, ¿habría dejado que se quemara la casa? ¿Por qué?
No me imagino de bombero y suelo esquivar con bastante éxito la toma de decisiones comprometidas, pero quizás en este caso habría evitado que se quemase, porque soy un niñato moralista que teme más al dolor de conciencia que a perder el trabajo.
20. ¿A qué pregunta no ha encontrado respuesta aún y cree que no la encontrará jamás?
A la de ¿qué he hecho yo para merecer esto?

17.9.11

Identidad y lengua (FCO)

El debate sobre la inmersión lingüística en la escuela es, evidentemente, un debate identitario. Y no sólo porque, como dicen sus contrarios, la inmersión pretenda mantener y fomentar la identidad cultural catalana a través de la educación en catalán. También lo es porque las motivaciones de los padres que quieren que sus hijos estudien en castellano en la escuela son motivaciones identitarias. Quieren, y así lo dicen, que los hijos estudien en la lengua de sus padres y creen que así tiene que ser. 
Las dificultades para admitir el carácter identitario del debate sobre la lengua y la educación son sólo una muestra de las dificultades que se tienen para admitir el carácter identitario de las sociedades. Que no quiere decir nada más, pero que tampoco quiere decir nada menos, que admitir que las sociedades conforman la identidad del individuo. O que conforman, al menos, su identidad como ciudadano. Nuestra reticencia a reconocer este debate como identitario y afrontarlo como tal deriva de nuestra concepción espontáneamente contractualista de la sociedad. Concebimos la sociedad como una asociación de individuos en la búsqueda común de algunos intereses particulares compartidos. Tendemos a creer, por eso, que el único fundamento justo de la sociedad es la casualidad, que la identidad y los intereses del ciudadano son anteriores a la sociedad y que ésta está a su servicio. Es más, tendemos a creer que cualquier pretensión de la sociedad de formar el carácter de sus ciudadanos es un incumplimiento de los términos del contrato. Un atentado, se dice a veces, contra los derechos fundamentales del hombre y el ciudadano. Pero para firmar un contrato, un contrato que reconozca estos derechos como fundamentales, hay que saber quién debe pactar los términos del contrato y como estos signatarios pueden ponerse de acuerdo. Para ello necesitan, básicamente, una lengua común que les permita comunicarse. Es por eso que nunca, ni en la teoría, el tema lingüístico es secundario a la formación de la sociedad propiamente dicha. Y es por eso que, también en el debate sobre la inmersión lingüística, unos y otros definen su identidad, y la identidad del país que quieren, a través y en relación a la lengua que hablan. 
Otro de los problemas del contractualismo, y que ven con algunos indicios de claridad los que insisten en que "Yo no he votado la Constitución", es que el ciudadano siempre llega cuando el contrato ya se ha firmado. Que el contrato social precede y conforma la identidad del ciudadano y que lo único que éste puede hacer es modificarlo. Es por ello que la única decisión auténticamente fundamental es, por lo tanto y como siempre, la decisión sobre cuáles son los ciudadanos llamados a modificar los contratos que los someten. Que la decisión de fondo sobre la inmersión lingüística es, efectivamente, la decisión de quien debe decidir cuál es el modelo educativo y cuál es la identidad de Cataluña. Y cada vez es más difícil eludir esta cuestión en el debate público. 


7.9.11

Faction & Fiction

El mismo día (7/9/2011), en La Vanguardia



Soberanías (FCO)

La mayoría de las críticas que ha recibido el proceso de reforma constitucional han sido en nombre de la soberanía. Para algunos, el hecho de que ésta sea una reforma presuntamente ordenada por Merkel y el BCE representa un ataque a la soberanía española. Para otros, que el PP y el PSOE hayan pactado y aprobado la reforma sin someterla a referéndum es una usurpación de la soberanía popular. Algunos incluso han afirmado que la democracia debería ser soberana ante los mercados. Y el diputado Ridao, homenajeando el difunto Presidente Barrera, advirtió que esta reforma era un ataque a la soberanía catalana.
Tienen razón los que señalan las instituciones internacionales como una amenaza a la soberanía nacional, e incluso los que advierten que en un estado constitucional la diferencia entre la democracia parlamentaria y la dictadura parlamentaria es una diferencia de primer orden. La constitución pone límites al poder del Parlamento, a lo que el Parlamento puede decidir, y es en este sentido que toda constitución es la constitución del pueblo contra los políticos. Por razones principalmente técnicas, no es el pueblo quien redacta la constitución, pero sí es él quien la ratifica. Es aquí donde recae el que se suele llamar la soberanía popular. Como la soberanía popular presupone la unidad popular ("nosotros, el pueblo" y no "nosotros, los pueblos"), también Ridao tiene razón. La soberanía española es incompatible con la soberanía catalana. Y la polémica sentencia del TSCJ sólo es la prueba más reciente.
Para señalar la falta de soberanía de Cataluña no es necesario recurrir a absurdas y falaces distinciones entre la legalidad y la legitimidad, que en el fondo sólo pretenden evitarnos el tener que cumplir las leyes que no nos gustan haciéndolas pasar por ilegítimas. Basta con constatar que la voluntad de los catalanes no es suficiente para convertir en legal y real el modelo educativo que les parezca ideal. De la misma manera que para señalar la falta de soberanía del pueblo español basta con constatar que, por mucho que quisiera, ya no podría endeudarse esperando que pagara otro. Como decía Gregorio Luri, "la soberanía es de quien la puede pagar al contado" y "soberano es quien decide cómo y cuándo tienes que modificar tu constitución". Carl Schmitt escribió que "soberano es quien decide sobre el estado de excepción". Como hemos visto, hay otras definiciones, pero todas están en la misma. Soberano es, por tanto, quien cambia el derecho sin tener derecho. Y eso quiere decir que la soberanía no se reivindica, ni se reclama, ni se negocia, ni se pacta, ni se exige. La soberanía, simplemente, se ejerce. Y es precisamente el ejercicio de la soberanía lo que define quién es el auténtico soberano.


20.8.11

Entre dos aguas

López Tena ha dicho que "la postura política de SI es clara, ETA es un obstáculo para la libre determinación del pueblo vasco y, por tanto, se debe disolver inmediatamente". En un comunicado, SI dice que sus razones para condenar a ETA son dos: "condenamos el uso o amenaza de la violencia al servicio de objetivos políticos, por inmoral y por ser un obstáculo para la libertad del pueblo. Por las dos razones, pedimos a ETA que abandone definitivamente las armas". Dejando de lado la cuestión principal, que es si un país que vive bajo la amenaza terrorista puede realmente "determinarse libremente" o "autodeterminarse", el problema del comunicado es que estas dos razones no pueden mantenerse a la vez. O se condena a ETA porque la violencia es inmoral, independientemente de si favorece o no la "libre determinación del pueblo vasco"; o se condena a ETA por ser un obstáculo para la "libre determinación del pueblo vasco", independientemente de si hace o no hace uso de la violencia. Que son dos posturas irreconciliables lo demuestra el hecho de que hasta hace bien poco muchos creían que el País Vasco sería independiente gracias a la violencia de ETA. Hay que elegir. La segunda opción es terrible, porque condena por igual a todos los "agentes sociales" (en abertzale) que obstaculizan el histórico camino del pueblo vasco hacia la autodeterminación; sean víctimas o verdugos. La primera opción es noble, pero no permite satisfacer las pasiones de todos aquellos de sus electores entusiasmados con el reciente catalan tour de Bildu, presunto ejemplo de democracia. Este discurso entre dos aguas de parte del independentismo se ha demostrado políticamente rendible, pero no sólo es lógicamente absurdo sino moralmente repugnante.

18.8.11

Como diría alguien a quien aprecio mucho, cuando el progresista plantea un cambio, el conservador pregunta: ¿Es que no estamos suficientemente mal?
El progresista confía más en la historia que en la naturaleza; el conservador teme más a la naturaleza que a la historia. La diferencia me aprece que está hoy más viva que nunca.


9.8.11

El liberalismo sitiado

Ian Buruma no sólo defiende que los liberales, en un sentido transatlántico del término, tienen valores firmes, principios o convicciones, sino que éstos son suficientes para defender las bondades de la democracia liberal frente a la amenaza de sus enemigos. La democracia liberal y el pluralismo no necesitan más defensa que la defensa y el mantenimiento de las leyes que garantizan la libertad y la pluralidad en las democracias liberales y plurales. Pero para garantizar, no sólo la suficiencia, sino la permanencia de estas leyes, se necesita, como mínimo, una mayoría de liberales tolerantes, con estos valores firmes, principios y convicciones. Una mayoría de ciudadanos dispuestos a ser fieles y obedientes a las leyes del país, incluso cuando éstas no son las leyes que ellos hubieran preferido. Una mayoría de ciudadanos que entiendan que "los ciudadanos no necesitan compartir los mismos valores en las sociedades pluralistas, pero deben acatar las mismas leyes". La esperanza que ciudadanos que no comparten los valores que Buruma presenta como propiamente liberales, la tolerancia y la moderación, actúen de forma tolerante y moderada es difícil de justificar. Lo máximo que cabría esperar es que un entorno mayoritariamente tolerante y moderado favoreciera la promoción de la tolerancia y la moderación con más éxito de lo que un entorno de fanáticos favorece la promoción del fanatismo. Pero la misma naturaleza de las virtudes liberales de tolerancia y moderación hacen sospechar que quizás esto sea esperar demasiado.
Como decía Chesterton y recordaba Lippman: "Modern society is intrinsically insecure because it is based on the notion that all men will do the same thing for different reasons (...) To expect that all men for all time will go on thinking different things, and yet doing the same things, is a doubtful speculation. It is not founding society on a communion, or even on a convention, but rather on a coincidence. Four men may meet under the same lamp post; one to paint it pea green as part of a great municipal reform; one to read his breviary in the light of it; one to embrace it with accidental ardour in a fit of alcoholic enthusiasm; and the last merely because the pea green post is a conspicuous point of rendezvous with his young lady. But to expect this to happen night after night is unwise...."

28.7.11

Despertando del sueño nórdico

El terrorista noruego también tenía su librillo. Esta vez no era el Corán, sino una especie de copypaste esquizofrénico, pero más o menos viene a ser lo mismo. Como ocurre después de cada acto terrorista islámico, unos apuntan a culpar al colectivo de los actos de uno de sus miembros más fanáticos, y los demás se dedican a predicar la importancia de enseñar a leer mejor las sagradas escrituras . Yo mismo estuve tentado de escribir una lección magistral sobre el relativismo sano y democrático de Rorty cuando vi que el tal Breivick y yo compartimos un cierto interés por el filósofo americano, pero la mayoría de comentaristas han optado por otra vía pedagógica. Aprovechan para recordar el ascenso de la extrema derecha sueca en las últimas elecciones y afirman que el norte, pacífico y tolerante, está despertando de su agradable ensoñación. Olvidando que las palabras del terrorista no son nunca la causa ni la explicación de sus actos, sino su excusa, estos mismos periodistas han aprovechado para culpar al discurso de extrema derecha de sus hechos. En realidad, los que despiertan de su sueño dogmático son los que hasta ahora no habían entendido que las tan alabadas virtudes nórdicas tenían mucho que ver con esta cohesión que con cara de asco llamamos étnica y cultural, y que es mucho más fácil decirse tolerante cuando no hay que esforzarse para tolerar nada ni nadie que cuando, por ejemplo, se instala un matrimonio napolitano con cuatro hijos pequeños en el piso de arriba.
Culpabilizar al colectivo de los hechos de uno de sus individuos es, evidentemente, un error moral lamentable. Como lamentable y muy peligroso sería que lo hicieran porque no tienen mejores argumentos para criticar a la extrema derecha. Pero, además, es también un lamentable error de comprensión de los hechos. Parece que nos negamos a aceptar el poder de los individuos y, en consecuencia, su responsabilidad. E incluso parece que nos consideramos más capaces de convencer a millones de personas de que el suyo es un discurso equivocado que de combatir las acciones de un único hombre. Exactamente del mismo modo que nos parece más fácil cambiar el sistema que unas políticas determinadas y muy concretas. La misma desconfianza en el poder de los individuos es lo que hace que muchos todavía busquen la mano negra que se esconde detrás de las revueltas árabes o 15M, siempre tan asquerosamente aparejados. Olvidando, absurdamente, que no sólo no hay una inteligencia superior, privilegiada y malvada para movilizar las masas, sino que no existe una mente capaz de dirigirlas con tanta precisión. Rechazamos la espontaneidad del orden o la dirección porque nos cuesta mucho admitir que quizá no hay tal orden y que puede ser que las masas, las de aquí y las de allá, avancen sin saber exactamente hacia dónde. Pero el progreso técnico ha puesto al alcance de los reformistas las herramientas para comunicarse e intentar mejorar el mundo, y también ha puesto al alcance del terrorista las armas para intentar salvar Occidente. Ha hecho posible tanto la primavera árabe como el verano noruego. Y aunque nos cuesta mucho de entender y de aceptar, basta con un chalado armado para provocar una masacre como la de Noruega. Sirva como mínimo para recordarnos, una vez más, que los pequeños chalados son muy poderosos, que el mal existe, y que nada ni nadie nos podrá librar de él.


24.7.11



You know I'm no good

Back to black

20.7.11

Ejemplaridad (FCO)

Lo peor de todo el caso Camps, lo que más daño hace a la democracia, es su defensa. Tan populista, tan indignada, tan 15M. La respuesta de Camps es, siempre ha sido, que cuenta con el apoyo y la confianza del pueblo. Y esta es una respuesta tan cierta como irrelevante, porque en un estado de derecho recibir el apoyo de una mayoría eventual de los ciudadanos no es garantía de legalidad. Ni, por tanto, de legitimidad. En un estado de derecho no imperan los hombres, sino la ley. Y eso, lejos de ser una limitación al autogobierno del pueblo es su máxima expresión. Porque el autogobierno es, en primer término, una autolimitación. Y el buen autogobierno, sea del hombre como de la ciudad, no es aquel que todo lo permite, sino aquel que combate los vicios y la corrupción y fomenta la virtud. Toda la dificultad que tenemos para aceptar esta evidencia surge del hecho de que la democracia se define por ser el régimen de la libertad y que, en consecuencia, tiende a creer que toda limitación de la libertad es negativa y una amenaza a la propia democracia. Esto se expresa, en la actualidad, en el rechazo a la promoción pública de un modelo de vida determinado o de una moral concreta, sobre todo cuando se pretende hacer desde el gobierno. Pero este posicionamiento sobre la moral pública se muestra del todo absurdo cuando no es capaz de afirmar que la vida del ciudadano honrado es más noble que la del ladrón o corrupto.
Este rechazo lo comparte el pueblo tanto como Camps y como la gran mayoría de la clase política. Ni el pueblo espera que el político le sirva de guía moral ni hay casi ningún político tan pretencioso como para considerarse a sí mismo un ejemplo para el pueblo. Incluso nos parecería, tanto a nosotros como al político, que estas pretensiones traicionan su tarea prioritaria, que es la de representar al pueblo. Pero independientemente de la voluntad del pueblo y de la voluntad del político, en una democracia la ejemplaridad va con el cargo. La moral se educa con el ejemplo incluso cuando se hace sin querer. Y aunque los políticos, como se dice, no suelen ser mejores que el pueblo que les ha votado, lo cierto es que tampoco hace falta que lo sean si se entiende que representar al pueblo no debe significar necesariamente representar sus peores defectos. Debemos entender que incluso puede significar representar sus mejores virtudes y que es mucho mejor cuando es así. Es por ello que la defensa populista de Camps es mucho más peligrosa que la corrupción o el latrocinio. Porqué el latrocinio de unos cuantos no hundirá la economía de todo un país y no hay mejor corrupción que la que ya ha salido a la luz. Pero, en cambio, es mucho más fácil combatir esta corrupción que la corrupción del discurso público. Es por eso que hace mucho más bien a la democracia un político corrupto que paga y dimite que un político honrado que la defiende con este tipo de argumentos. Unos argumentos que lejos de ser un elogio del pueblo son la prueba más evidente e insultante que no lo cree capaz de nada mejor. Una nueva prueba de que el amor que el populista declara a la gente tal y como es brota de su odio al hombre recto.

Nota: El artículo ha sido escrito antes de la dimisión de Francisco Camps.


16.7.11

El sueldo de la "casta política" (FCO)

Una de las razones del éxito de crítica y público del movimiento del 15M es que no hacía más que repetir los prejuicios más populistas de muchos y muy diversos ciudadanos. El discurso contrario a las élites, que serían las únicas culpables de la crisis actual y de todos los males de la sociedad, ha hecho habituales expresiones como la de "casta política" y las consecuentes críticas a su sueldo. Este populismo sobrevivirá al 15M y es más peligroso que los gritos de los indignados. Por eso hay que discutirlo y por eso hay que discutir los temas y los términos del diputado López Tena, que en una reciente intervención parlamentaria acusaba a la "casta política" catalana de no querer transparencia ni bajarse el sueldo.
Que se habla de una casta política pero no se habla nunca de una casta futbolística es tan evidente como significativo. Cualquier adulto sabe que para ser como Messi se necesita algo más que una camiseta del Barça con su nombre, unas botas de colores y una pelota de fútbol. Pero, en cambio, el ciudadano democrático vive convencido de que para ser político no se necesita nada que el ciudadano medio no tenga. Esto se debe en gran parte a una mala comprensión de la tarea del político, que se considera que no pasa de la vieja idea de representar al pueblo allí donde el pueblo no tiene el tiempo ni la paciencia de estar presente. Es por ello que la democracia directa pasaba estos días por ser la mejor forma de gobierno, porque nadie representa mejor el pueblo que el mismo pueblo. Y es por eso que muchos ciudadanos están convencidos de que ellos lo harían mejor, porque olvidan no sólo que el arte de gobernar es complicado, sino que también lo es el tecnicismo burocrático que impone la vida parlamentaria. El trabajo del político no es sencilla. Pide una gran dedicación y la ayuda de una dilatada experiencia y eso hace muy necesaria, incluso imprescindible, la existencia de estos políticos profesionales que tanto se critican. Incluso con su talento innato, Messi ha necesitado dedicar toda una vida al fútbol para llegar a ser Messi.
La necesidad de tener buenos políticos es mucho más evidente que la manera de conseguirlos. E incluso es más evidente que la manera de atraer profesionales buenos y honrados hacia la vida política. Es difícil saber cómo hacerlo, pero es muy fácil entender que los sueldos bajos y las críticas duras y constantes son alicientes insuficientes para dedicarse al servicio público. Sobre todo si es que se tiene otra cosa que hacer en la vida. Pagar sueldos mediocres es la mejor manera de asegurarse políticos mediocres. Aunque con algunas excepciones. Como la de aquellos patriotas con un extraordinario sentido del deber. Pero una flor no hace verano y un buen político no hace una buena clase política. O como la de aquellos hombres suficientemente ricos para dedicar su vida al ocio que optaran, por razones incomprensibles y no sé imaginar al servicio de qué intereses, por dedicar su tiempo a la política. Estas son evidencias que Girauta recordaba con estas palabras: "la buena remuneración derriba las barreras de renta en el acceso a la política y dignifica el cargo. La mala, además de resultar injusta y dejar la cosa pública a los ricos, aleja a los gestores más competentes".
Unos sueldos mediocres suelen atraer políticos mediocres. Para tener buenos políticos, tenemos que pagar el sueldo que merecen los buenos políticos. La otra opción es avanzar por la hipotética vía platónica y obligarles al servicio público. Pero a la dificultad de establecer cuáles son los buenos se sumaría el hecho de que, para nosotros, la necesidad de la democracia es mucho más evidente que la necesidad de los buenos gobernantes. Y la democracia, esta democracia, la democracia real, es cara. Mucho más cara que las democracias directas en el suelo de una plaza, que las democracias orgánicas, las populares, las monarquías absolutas y los gobiernos totalitarios. La libertad es cara.


6.7.11

La renovación de la izquierda socialdemócrata (FCO)

La izquierda socialdemócrata europea está en crisis. Ha perdido el poder en la mayoría de países que hace pocos años gobernaba y, además, ha perdido la confianza en su propia razón de ser. La izquierda socialdemócrata, no se cansa de recordarlo, cree que sufre una crisis de modelo, que no tiene proyecto de futuro. Es cierto que considera que la suya es una muerte de éxito. En toda Europa prácticamente no hay ningún partido que ponga en duda la bondad e incluso la necesidad del Estado del bienestar. Pero este éxito ha dejado a la izquierda socialdemócrata desorientada. Ya han hecho lo que habían venido a hacer en el mundo. Y los progresistas creen, y seguramente con razón, que ahora su tarea más importante es defender el Estado del bienestar y todo aquello que, seguramente sin razón, creen que es la herencia que dejan a la humanidad. Los socialdemócratas, nos dicen ellos mismos, se están volviendo conservadores porque desconfían del futuro. Y un progresista no puede perder la confianza en el futuro sin quedar perplejo. Por eso buscan renovar su proyecto de futuro y por eso buscan intelectuales que los salven de esta perplejidad.
Esto es así porque la izquierda socialdemócrata está convencida de que para gobernar, y para gobernar bien, necesita tener una idea clara de qué mundo quiere construir. Y es por eso que busca el apoyo de los intelectuales, de los que espera que definan el nuevo marco global que dé sentido a las políticas concretas. A aquellas políticas que deberá ir aplicando desde cada órgano de gobierno que sea capaz de recuperar. Por pequeño que sea. De hecho, se muestra convencida de que administrar la realidad no es una tarea suficiente, ni suficientemente noble, porque la realidad nunca se cansa de decepcionarnos. Está convencida, en definitiva, que para gobernar, y para gobernar bien, necesita mucho más de lo que necesita la derecha, igualmente socialdemócrata, pero actualmente, y de forma necesariamente pasajera, con mejor situación y mejores perspectivas. Pero creyendo esto no sólo se equivoca sino que se impone unas obligaciones, tanto intelectuales como políticas, que nunca podrá satisfacer y que sólo pueden servir para alargar su particular travesía del desierto. Porque cuando cree que necesita una renovación urgente de su modelo o de su marco ideológico, considera imprescindibles dos tareas que son incompatibles entre sí: una renovación política urgente y una renovación intelectual profunda. Y, además, parece esperar de esta renovación intelectual mucho más de lo que se puede esperar de una revolución ideológica profunda. Puede que ni siquiera la intelectualidad sea ya propiedad exclusiva del progresismo, pero sigue siendo evidente que el progresismo espera mucho más de esta intelectualidad de lo que lo hace el conservadurismo. Es por ello que la izquierda socialdemócrata se muestra constantemente convencida de que unas buenas ideas son condición necesaria e incluso suficiente para una buena política, olvidando la irónica lección de aquella famoso dicho sobre el comunismo, que era una mala idea demasiado bien aplicada. Y es por eso que espera que los intelectuales vengan, otra vez, al rescate de la política. Sin saber, o habiendo olvidado, una lección tan básica como que lo mejor que se puede esperar de los intelectuales es que alarguen y compliquen la toma de decisiones, recordándoles constantemente que no hay soluciones sencillas y definitivas a los problemas complejos y perennes de la sociedad. Por todo ello parece que lo peor que le puede pasar a la izquierda socialdemócrata es creer que las buenas políticas no las hacen los buenos políticos sino los buenos intelectuales. Y no sólo porque tal como van las cosas al final podría resultar que tuviera a su disposición mejores políticos que intelectuales, sino porque en política no hay mejores ideas que las ideas de los buenos políticos. La mejor y más rápida renovación de la izquierda socialdemócrata pasa por encontrar y potenciar aquellos pocos políticos que aún les quedan con poder y con apoyo popular. Porque la primera condición del buen gobernante es que sea capaz de gobernar. Y porque, en política, mejores ideas que las del buen gobernante simplemente no existen.


30.6.11

La derecha progresista en defensa del franquismo (FCO)

En Libertad Digital hace días que dura una interesante polémica sobre la posibilidad de defender el franquismo desde la democracia liberal. La polémica se inició con un artículo de Pío Moa, donde decía que no sólo "el franquismo puede ser defendido desde los valores de la democracia liberal" sino que debe serlo. La defensa del franquismo desde la democracia liberal no pretende simplemente recordar que cualquier defensa del franquismo que se haga desde la actualidad se deberá hacer desde la democracia liberal española (e imperfecta, evidentemente, como deben ser las democracias) y gracias a libertad de expresión que ésta garantiza. Lo que pretende va más allá. Se trata de reivindicar el franquismo precisamente porque este trajo la democracia actual, y de hacerlo esquivando la falaz consideración del "post hoc, ergo propter hoc". Esto es, considerar que simplemente porque una cosa viene después de otra, aquella que es causa de esta otra. Especialmente en un caso como el franquismo, que no parece que considerara como propia la tarea de traernos la democracia.
En este artículo, Moa expone diferentes argumentos en favor de su tesis. La mayoría pretenden rebajar la carga de maldad del franquismo para hacer moralmente más aceptable su defensa, pero el principal argumento es el que dice así: "No puede defenderse el franquismo como un sistema actual. Pero fue, sin duda, una dictadura históricamente necesaria". José Carlos Rodríguez hizo una primera réplica, inteligente y consistente, poniendo sobre la mesa la dificultad de aceptar las 30.000 ejecuciones del franquismo como una necesidad histórica. Aunque el franquismo fuera una necesidad histórica, nos viene a decir, no todo en el franquismo era históricamente necesario. Pero José Carlos Rodríguez se mantiene dentro del horizonte progresista de Moa, centrando el debate en si la sociedad española estaba preparada para la democracia o no. Asumiendo, por tanto, que tarde o temprano tenía que estarlo y que la dictadura es un mal que lo cura el tiempo porque la democracia es el destino de los pueblos.
Esta es una postura cercana al llamado hegelianismo de derechas y a la tesis de Fukuyama sobre el Fin de la historia. Desde esta postura se cree más en la historia que en la moral, porque incluso la moral es históricamente cambiante. Así, si la democracia es el fin que persigue la historia, se considera que bueno es lo que acerque la democracia y malo lo que retrase su llegada. Por eso, desde la democracia liberal nos veríamos obligados a reconocer la bondad y la necesidad histórica de todo lo que hizo posible la democracia. Y no sólo el franquismo en general, sino cada una de las 30.000 ejecuciones en particular. Aunque sólo fuera porque no podemos saber si sin alguna de estas ejecuciones la democracia habría llegado antes de la muerte del dictador. Los caminos de la historia son inescrutables. Pero nos permite, como mínimo, juzgar a los otros regímenes políticos presentes según su proximidad con nuestra democracia. Si la historia es el juez supremo y la historia ha terminado, podemos defender la democracia aceptando todo lo que ha llevado hacia ella. Si, como dicen los que llamamos hegelianos de izquierda, la historia es el juez supremo pero aún no ha terminado, entonces, simplemente, tenemos que defender cualquier cosa que haya pasado y que tenga que pasar. En aquella célebre cita, Pla dijo que nada se parece más a un español de izquierdas que un español de derechas. Se entiende que lo decía por españoles, pero bien podría decirse por progresistas. Si la derecha española quiere ahorrarse una vergonzante defensa del franquismo sin caer en el relativismo más radical, habrá de soslayar este historicismo. Seguramente tenga que hacerlo avanzando por la difícil vía que el historiador Vilches sigue en este debate, argumentando en favor de la bondad incondicional y ahistórica del respeto a los derechos individuales.


22.6.11

Intelectuales en democracia (FCO)

Las polémicas palabras de Arcadi Oliveres no son nada más que lo que los franceses llaman una boutade y que traducido al castellano vendría a ser, más o menos, una auténtica chorrada. Una de tantas entre las que le hemos oído los últimos días. Sin ir más lejos, una como las que le oímos decir este mismo lunes en el Ateneo Barcelonés, donde participaba en lo que debía ser un debate con Vicent Sanchis. Y donde, por lo que me gustaría pensar que era simple cansancio intelectual debido a los últimos excesos, en varias ocasiones rayó la mala educación y la falta de respeto hacia Sanchis, la moderadora del acto y el público. O, al menos, a la parte del público que había ido a escuchar un intercambio de argumentos. La otra parte, la de los más entusiastas de sus seguidores, sí cruzó la línea de la mala educación, comportándose como lo harían en un partido de fútbol, ​​aplaudiendo cada falta de su equipo como si fuera un gol, silbando a la moderadora y llegando a gritar a Vicent Sanchis que se callara porque no les gustaba lo que decía. Todo ello, evidentemente, sin que el sr. Oliveres interviniera más que con una sonrisa irónica para pedir orden y seriedad. No se sabe si porque en su trato con las masas tiene la costumbre de escuchar en silencio sus aplausos y no discutirles nada, o simplemente porque ya le parecía bien que lo que debía ser un debate de ideas se convirtiera en un patético homenaje a su pretendida "superioridad moral", debidamente reconocida por el público en el turno de preguntas. Pero las boutades de Oliveres no tendrían ninguna importancia si no fueran suyas, como no la tienen cada vez que en lugar de Oliveres las pronuncia cualquier pardillo el suelo de una plaza. Pero este es el precio que debe cobrar por ser considerado el intelectual del movimiento que necesitan los medios para cubrir la cuota. Y este es el problema de Oliveres y de sus palabras. No es que sean un error desde el punto de vista legal, es que son un error desde el punto de vista intelectual.
Ser la cuota intelectual conlleva, efectivamente, ciertas obligaciones. La primera y más evidente es la de actuar como tal; como cuota y como intelectual. Esto es mucho más fácil de lo que parece y no requiere necesariamente ninguna laxitud moral. Uno puede decir lo que piensa, pensar lo que dice, y al mismo tiempo lo que se espera que diga. Lo que no podría ser, por ejemplo, es que el intelectual se limitara a decir lo mismo que diría cualquier otro, servir de altavoz de los "indignados". Tampoco es lo que esperan ellos, porque altavoces ya tienen y porque lo que esperan del intelectual es que confirme la bondad de sus prejuicios y que los convierta en un discurso consistente y presentable ante la opinión pública. Ellos diferencian muy bien entre su labor y la del intelectual, y es por eso que anuncian su llegada días antes de que se produzca y suspenden el debate para escuchar atentamente sus palabras. Así, también ellos imponen en el intelectual ciertas obligaciones. Y especialmente ellos deben estar muy en contra de que el intelectual juegue a representarlos. Por eso lo mejor que puede hacer el intelectual que quiere implicarse, e incluso aquel que quiere tener el pueblo contento y el sueldo asegurado, es implicarse en su labor intelectual. Como muy bien ha asegurado saber en muchas ocasiones el sr. Oliveres, el trabajo del intelectual no es la de comandar las masas hacia un futuro mejor. Esta es la labor de los demagogos, que no sólo aseguran saber qué hacer sino que lo que hay que hacer es precisamente lo que el pueblo le apetece hacer. A diferencia del demagogo, el intelectual no dedica su vida a ofrecer soluciones agradables a la sociedad, sino a reflexionar seriamente sobre sus problemas más importantes. No hay nada más ajeno a la labor del intelectual que ofrecer soluciones simples a problemas más complejos. Y sería más propio del demagogo que del intelectual, por ejemplo, hacer ver que para salir de la crisis simplemente hay que "destruir el capitalismo", "encerrar inmediatamente en la cárcel todas las personas vinculadas al mundo financiero", "detener el Parlamento" o "renunciar a los fondos de pensiones". La tarea del intelectual es, por el contrario, evitar que los debates complejos se cierren en falso. Mantener vivo el debate y también, y sobre todo, el debate Parlamentario. Y esta no sólo es la mejor contribución que puede hacer a la democracia. Esta es, simplemente, la vida democrática.


20.6.11

Corruption and vices of the rulers in a democracy

"(...) it is much less frightening to witness the immorality of the great than to witness that immorality which leads to greatness. In democracies, ordinary citizens see a man emerging from their ranks and possessing, after a few years, wealth and power; the sight of this arouses their astonishment and envy; they wonder how their equal of yesterday is today invested with the right to be their ruler. It is inconvenient to attribute his rise to his talents or to his virtues because that would mean the admission to themselves that they are less virtuous or less capable than he was. Therefore, they ascribe, often rightly, the principal reason for his success to some of his vices. Thus, there is at work some odious muddle in our ideas of corruption and power, unworthiness and success, usefulness and dishonor."

Alexis de Tocqueville. Democracy in America

17.6.11

Expliquez-vous!

Después de los incidentes en el Parlamento, también Hessel ha querido dejar claro su rechazo a la violencia. Es el error de todo intelectual disfrazado de revolucionario creer que podrá dirigir a las masas. Y una cosa es que las masas hayan copiado el título de su panfleto y otra cosa es que estén dispuestas a someterse a su autoridad. A Hessel, como a Oliveres o a Navarro o a tantos otros, no hay que responsabilizarlos de la violencia. Porque mucho más peligrosa que la violencia de las minorías radicales es el apoyo ideológico que reciben de estos y otros hombres con mucha más fe que razón. Hessel podrá repetir tantas veces como quiera sus proclamas pacifistas, pero eso no tiene ningún valor porque tampoco en esto le harán caso los violentos. Oliveres, Navarro, Hessel y tantos otros sólo tienen que responder de sus palabras, de sus argumentos. Pero deben hacerlo.
Hessel, por ejemplo. Su argumento básico, el que le lleva a exigir a los jóvenes que se indignen, es que hoy las conquistas sociales están amenazadas por la democracia como ayer lo estaban por el nazismo. Hessel considera que la indignación fue el motor de la resistencia y que, por tanto, hoy es tan necesaria como ayer. Y ya se sabe que cuando el único instrumento que tienes es un martillo todo te parece un clavo. Si aceptamos este absurdo paralelismo histórico y que hoy perseguimos los mismos fines que ayer, una de las cosas importantes que debería explicar es por qué ayer servían los métodos violentos de la resistencia pero hoy, en cambio, son "ineficaces" y , por tanto, condenables. También debería explicar por qué la violencia le parece que es condenable o no lo es según su eficacia. Al respecto encontramos alguna pista en el panfleto. Allí, Hessel se declara hegeliano porque cree que la historia humana es la historia de un progreso "etapa por etapa". Y esta creencia, nos dice, se basa en su "optimismo natural". Es bien sabido que para el auténtico progresista todo se juzga en función de si hace avanzar o retroceder la historia. Incluso los asesinatos de masas. Pero ni siquiera a un progresista le bastará con el "optimismo natural" del sr.Hessel para saber cuando el uso de la violencia sirve al progreso y cuándo no. En el panfleto, Hessel hace una referencia puntual al comentario de Walter Benjamin sobre el Ángelus Novus de Klee. No lo debería rechazar tan rápido y a la ligera. Este comentario podría serle muy útil para entender hasta qué punto el progreso que defiende es imposible sin la violencia que condena.

16.6.11

Cuestión de principios (FCO)

CiU ha acabado haciendo lo que tenía que hacer, que es dejar gobernar la lista más votada en Badalona y Tarragona. Pero no lo ha hecho como debía hacerlo, porque ha estado a punto de no hacerlo. O, como mínimo, porque ha dejado que pareciera que podría no hacerlo e incluso que estaba a punto de no hacerlo. CiU debería haber sido más previsible, porque la previsibilidad es una de las características del representante virtuoso, la que garantiza que el votante pueda votar con confianza por lo que quiere que se haga y no sólo para premiar o castigar lo hecho. Pero en CiU saben, como sabemos todos, que toda regla tiene sus excepciones. Y muchos han creído que García Albiol bien merecía una excepción.
Esta creencia se basa en el hecho de considerar que García Albiol está en el PP pero es del PxC. Esta creencia se basa en las declaraciones de García Albiol sobre la inmigración, que no sólo eran políticamente incorrectas sino que lo eran con orgullo. La disposición de la opinión publicada a aceptar el discurso políticamente incorrecto es cada vez más evidente, pero siempre como mal menor y para afrontar problemas incómodos. Lo que no solemos tolerar es que con la excusa de luchar contra la corrección política se pretenda convertir los debates sobre seguridad e inmigración en debates moralmente cómodos. De ahí salía buena parte del rechazo al candidato García Albiol. Y creo que ahí está la mejor parte del rechazo. Porque el orgullo de la corrección política, ese orgullo que ha ido abandonando desde que ganó las elecciones, es mucho más peligroso que las posibles políticas que pueda llevar adelante como alcalde. Que podemos suponer que estarán fuertemente limitadas por la ley democrática, las competencias municipales e, incluso, por la dinámica propia de los partidos grandes y de grandes aspiraciones. Albiol no merecía ser una excepción. Y no sólo por el principio de respetar la lista más votada, pero también por este principio.
Tantas y tan profundas reflexiones sobre la legalidad y la legitimidad y tanta insistencia en la conveniencia de dejar gobernar la lista más votada no debían servir sólo para criticar los que gobernaban habiendo perdido las elecciones, sino principalmente para saber qué hacer en su situación. Tener principios es muy útil para ahorrarse tener que tomar y justificar decisiones especialmente complicadas. Por ello, aunque sea muy comprensible la tentación e incluso la decisión de cambiar los principios por el poder, no es bueno dudar de los propios principios de forma gratuita porque pase lo que pase es seguro que los vamos a necesitar. Es cierto que CiU ha tomado la decisión correcta, y que puede confiar en la benevolencia y la mala memoria de los electores, como puede confiar en que la oposición no critique demasiado las decisiones que la benefician. Pero hay que lamentar que haya dejado pasar una muy buena oportunidad para demostrar que está, siempre y en todas partes, a la altura de sus principios.


15.6.11

El fondo es la forma

He visto que Rivera, Herrera y Puigcercós coinciden en lo fundamental. Creen que los auténticos indignados son los suyos, los que defienden los cambios políticos que proponen ellos en sus programas electorales, y que los demás no lo son. Están de acuerdo con el fondo, dicen, pero no con las formas. Es un error gravísimo. Porque el fondo de los indignados no es la defensa de los programas electorales ni de Herrera, ni Rivera, ni de Puigcercós, ni de etc. El fondo es el famoso cambio de sistema, la revolución. Y en la revolución como en la democracia, el fondo es la forma. Los más lamentable es que los más indignados de entre los indignados parecen haberlo entendido mucho mejor que los más demócratas de entre los diputados.

12.6.11

Los indignados y la ciencia de la política

Parece que a algunos indignados les parece tan estúpido que se les pida que definan y expongan propuestas y alternativas concretas como lo sería que "un médico aconsejara a un paciente angustiado que se hiciera responsable directo de su propio tratamiento". Tendrían razón si el movimiento se hubiera limitado a exponer el malestar y no se hubiera dedicado a criticar tanto la forma como se toman las decisiones como las decisiones que se toman. Sería muy justo que protestaran si realmente están dispuestos a dejar el cuidado de su angustia en manos de los científicos de la política de la misma manera que están dispuestos a dejar el cuidado de su dolor físico en manos de los científicos de la salud. Y, sobre todo, si están dispuestos a aceptar como respuesta que hay algunos males, como los peores males, que no tienen solución. Pero esto no sólo sería un despropósito para el movimiento (no se puede estar contra los políticos y esperar que estos mismos políticos te solucionen los problemas), sino también para el propio sentido común. Es bien sabido que, aunque haya una ciencia política, la política no es una ciencia.