22.6.11

Intelectuales en democracia (FCO)

Las polémicas palabras de Arcadi Oliveres no son nada más que lo que los franceses llaman una boutade y que traducido al castellano vendría a ser, más o menos, una auténtica chorrada. Una de tantas entre las que le hemos oído los últimos días. Sin ir más lejos, una como las que le oímos decir este mismo lunes en el Ateneo Barcelonés, donde participaba en lo que debía ser un debate con Vicent Sanchis. Y donde, por lo que me gustaría pensar que era simple cansancio intelectual debido a los últimos excesos, en varias ocasiones rayó la mala educación y la falta de respeto hacia Sanchis, la moderadora del acto y el público. O, al menos, a la parte del público que había ido a escuchar un intercambio de argumentos. La otra parte, la de los más entusiastas de sus seguidores, sí cruzó la línea de la mala educación, comportándose como lo harían en un partido de fútbol, ​​aplaudiendo cada falta de su equipo como si fuera un gol, silbando a la moderadora y llegando a gritar a Vicent Sanchis que se callara porque no les gustaba lo que decía. Todo ello, evidentemente, sin que el sr. Oliveres interviniera más que con una sonrisa irónica para pedir orden y seriedad. No se sabe si porque en su trato con las masas tiene la costumbre de escuchar en silencio sus aplausos y no discutirles nada, o simplemente porque ya le parecía bien que lo que debía ser un debate de ideas se convirtiera en un patético homenaje a su pretendida "superioridad moral", debidamente reconocida por el público en el turno de preguntas. Pero las boutades de Oliveres no tendrían ninguna importancia si no fueran suyas, como no la tienen cada vez que en lugar de Oliveres las pronuncia cualquier pardillo el suelo de una plaza. Pero este es el precio que debe cobrar por ser considerado el intelectual del movimiento que necesitan los medios para cubrir la cuota. Y este es el problema de Oliveres y de sus palabras. No es que sean un error desde el punto de vista legal, es que son un error desde el punto de vista intelectual.
Ser la cuota intelectual conlleva, efectivamente, ciertas obligaciones. La primera y más evidente es la de actuar como tal; como cuota y como intelectual. Esto es mucho más fácil de lo que parece y no requiere necesariamente ninguna laxitud moral. Uno puede decir lo que piensa, pensar lo que dice, y al mismo tiempo lo que se espera que diga. Lo que no podría ser, por ejemplo, es que el intelectual se limitara a decir lo mismo que diría cualquier otro, servir de altavoz de los "indignados". Tampoco es lo que esperan ellos, porque altavoces ya tienen y porque lo que esperan del intelectual es que confirme la bondad de sus prejuicios y que los convierta en un discurso consistente y presentable ante la opinión pública. Ellos diferencian muy bien entre su labor y la del intelectual, y es por eso que anuncian su llegada días antes de que se produzca y suspenden el debate para escuchar atentamente sus palabras. Así, también ellos imponen en el intelectual ciertas obligaciones. Y especialmente ellos deben estar muy en contra de que el intelectual juegue a representarlos. Por eso lo mejor que puede hacer el intelectual que quiere implicarse, e incluso aquel que quiere tener el pueblo contento y el sueldo asegurado, es implicarse en su labor intelectual. Como muy bien ha asegurado saber en muchas ocasiones el sr. Oliveres, el trabajo del intelectual no es la de comandar las masas hacia un futuro mejor. Esta es la labor de los demagogos, que no sólo aseguran saber qué hacer sino que lo que hay que hacer es precisamente lo que el pueblo le apetece hacer. A diferencia del demagogo, el intelectual no dedica su vida a ofrecer soluciones agradables a la sociedad, sino a reflexionar seriamente sobre sus problemas más importantes. No hay nada más ajeno a la labor del intelectual que ofrecer soluciones simples a problemas más complejos. Y sería más propio del demagogo que del intelectual, por ejemplo, hacer ver que para salir de la crisis simplemente hay que "destruir el capitalismo", "encerrar inmediatamente en la cárcel todas las personas vinculadas al mundo financiero", "detener el Parlamento" o "renunciar a los fondos de pensiones". La tarea del intelectual es, por el contrario, evitar que los debates complejos se cierren en falso. Mantener vivo el debate y también, y sobre todo, el debate Parlamentario. Y esta no sólo es la mejor contribución que puede hacer a la democracia. Esta es, simplemente, la vida democrática.