30.6.11

La derecha progresista en defensa del franquismo (FCO)

En Libertad Digital hace días que dura una interesante polémica sobre la posibilidad de defender el franquismo desde la democracia liberal. La polémica se inició con un artículo de Pío Moa, donde decía que no sólo "el franquismo puede ser defendido desde los valores de la democracia liberal" sino que debe serlo. La defensa del franquismo desde la democracia liberal no pretende simplemente recordar que cualquier defensa del franquismo que se haga desde la actualidad se deberá hacer desde la democracia liberal española (e imperfecta, evidentemente, como deben ser las democracias) y gracias a libertad de expresión que ésta garantiza. Lo que pretende va más allá. Se trata de reivindicar el franquismo precisamente porque este trajo la democracia actual, y de hacerlo esquivando la falaz consideración del "post hoc, ergo propter hoc". Esto es, considerar que simplemente porque una cosa viene después de otra, aquella que es causa de esta otra. Especialmente en un caso como el franquismo, que no parece que considerara como propia la tarea de traernos la democracia.
En este artículo, Moa expone diferentes argumentos en favor de su tesis. La mayoría pretenden rebajar la carga de maldad del franquismo para hacer moralmente más aceptable su defensa, pero el principal argumento es el que dice así: "No puede defenderse el franquismo como un sistema actual. Pero fue, sin duda, una dictadura históricamente necesaria". José Carlos Rodríguez hizo una primera réplica, inteligente y consistente, poniendo sobre la mesa la dificultad de aceptar las 30.000 ejecuciones del franquismo como una necesidad histórica. Aunque el franquismo fuera una necesidad histórica, nos viene a decir, no todo en el franquismo era históricamente necesario. Pero José Carlos Rodríguez se mantiene dentro del horizonte progresista de Moa, centrando el debate en si la sociedad española estaba preparada para la democracia o no. Asumiendo, por tanto, que tarde o temprano tenía que estarlo y que la dictadura es un mal que lo cura el tiempo porque la democracia es el destino de los pueblos.
Esta es una postura cercana al llamado hegelianismo de derechas y a la tesis de Fukuyama sobre el Fin de la historia. Desde esta postura se cree más en la historia que en la moral, porque incluso la moral es históricamente cambiante. Así, si la democracia es el fin que persigue la historia, se considera que bueno es lo que acerque la democracia y malo lo que retrase su llegada. Por eso, desde la democracia liberal nos veríamos obligados a reconocer la bondad y la necesidad histórica de todo lo que hizo posible la democracia. Y no sólo el franquismo en general, sino cada una de las 30.000 ejecuciones en particular. Aunque sólo fuera porque no podemos saber si sin alguna de estas ejecuciones la democracia habría llegado antes de la muerte del dictador. Los caminos de la historia son inescrutables. Pero nos permite, como mínimo, juzgar a los otros regímenes políticos presentes según su proximidad con nuestra democracia. Si la historia es el juez supremo y la historia ha terminado, podemos defender la democracia aceptando todo lo que ha llevado hacia ella. Si, como dicen los que llamamos hegelianos de izquierda, la historia es el juez supremo pero aún no ha terminado, entonces, simplemente, tenemos que defender cualquier cosa que haya pasado y que tenga que pasar. En aquella célebre cita, Pla dijo que nada se parece más a un español de izquierdas que un español de derechas. Se entiende que lo decía por españoles, pero bien podría decirse por progresistas. Si la derecha española quiere ahorrarse una vergonzante defensa del franquismo sin caer en el relativismo más radical, habrá de soslayar este historicismo. Seguramente tenga que hacerlo avanzando por la difícil vía que el historiador Vilches sigue en este debate, argumentando en favor de la bondad incondicional y ahistórica del respeto a los derechos individuales.