28.7.11

Despertando del sueño nórdico

El terrorista noruego también tenía su librillo. Esta vez no era el Corán, sino una especie de copypaste esquizofrénico, pero más o menos viene a ser lo mismo. Como ocurre después de cada acto terrorista islámico, unos apuntan a culpar al colectivo de los actos de uno de sus miembros más fanáticos, y los demás se dedican a predicar la importancia de enseñar a leer mejor las sagradas escrituras . Yo mismo estuve tentado de escribir una lección magistral sobre el relativismo sano y democrático de Rorty cuando vi que el tal Breivick y yo compartimos un cierto interés por el filósofo americano, pero la mayoría de comentaristas han optado por otra vía pedagógica. Aprovechan para recordar el ascenso de la extrema derecha sueca en las últimas elecciones y afirman que el norte, pacífico y tolerante, está despertando de su agradable ensoñación. Olvidando que las palabras del terrorista no son nunca la causa ni la explicación de sus actos, sino su excusa, estos mismos periodistas han aprovechado para culpar al discurso de extrema derecha de sus hechos. En realidad, los que despiertan de su sueño dogmático son los que hasta ahora no habían entendido que las tan alabadas virtudes nórdicas tenían mucho que ver con esta cohesión que con cara de asco llamamos étnica y cultural, y que es mucho más fácil decirse tolerante cuando no hay que esforzarse para tolerar nada ni nadie que cuando, por ejemplo, se instala un matrimonio napolitano con cuatro hijos pequeños en el piso de arriba.
Culpabilizar al colectivo de los hechos de uno de sus individuos es, evidentemente, un error moral lamentable. Como lamentable y muy peligroso sería que lo hicieran porque no tienen mejores argumentos para criticar a la extrema derecha. Pero, además, es también un lamentable error de comprensión de los hechos. Parece que nos negamos a aceptar el poder de los individuos y, en consecuencia, su responsabilidad. E incluso parece que nos consideramos más capaces de convencer a millones de personas de que el suyo es un discurso equivocado que de combatir las acciones de un único hombre. Exactamente del mismo modo que nos parece más fácil cambiar el sistema que unas políticas determinadas y muy concretas. La misma desconfianza en el poder de los individuos es lo que hace que muchos todavía busquen la mano negra que se esconde detrás de las revueltas árabes o 15M, siempre tan asquerosamente aparejados. Olvidando, absurdamente, que no sólo no hay una inteligencia superior, privilegiada y malvada para movilizar las masas, sino que no existe una mente capaz de dirigirlas con tanta precisión. Rechazamos la espontaneidad del orden o la dirección porque nos cuesta mucho admitir que quizá no hay tal orden y que puede ser que las masas, las de aquí y las de allá, avancen sin saber exactamente hacia dónde. Pero el progreso técnico ha puesto al alcance de los reformistas las herramientas para comunicarse e intentar mejorar el mundo, y también ha puesto al alcance del terrorista las armas para intentar salvar Occidente. Ha hecho posible tanto la primavera árabe como el verano noruego. Y aunque nos cuesta mucho de entender y de aceptar, basta con un chalado armado para provocar una masacre como la de Noruega. Sirva como mínimo para recordarnos, una vez más, que los pequeños chalados son muy poderosos, que el mal existe, y que nada ni nadie nos podrá librar de él.


24.7.11



You know I'm no good

Back to black

20.7.11

Ejemplaridad (FCO)

Lo peor de todo el caso Camps, lo que más daño hace a la democracia, es su defensa. Tan populista, tan indignada, tan 15M. La respuesta de Camps es, siempre ha sido, que cuenta con el apoyo y la confianza del pueblo. Y esta es una respuesta tan cierta como irrelevante, porque en un estado de derecho recibir el apoyo de una mayoría eventual de los ciudadanos no es garantía de legalidad. Ni, por tanto, de legitimidad. En un estado de derecho no imperan los hombres, sino la ley. Y eso, lejos de ser una limitación al autogobierno del pueblo es su máxima expresión. Porque el autogobierno es, en primer término, una autolimitación. Y el buen autogobierno, sea del hombre como de la ciudad, no es aquel que todo lo permite, sino aquel que combate los vicios y la corrupción y fomenta la virtud. Toda la dificultad que tenemos para aceptar esta evidencia surge del hecho de que la democracia se define por ser el régimen de la libertad y que, en consecuencia, tiende a creer que toda limitación de la libertad es negativa y una amenaza a la propia democracia. Esto se expresa, en la actualidad, en el rechazo a la promoción pública de un modelo de vida determinado o de una moral concreta, sobre todo cuando se pretende hacer desde el gobierno. Pero este posicionamiento sobre la moral pública se muestra del todo absurdo cuando no es capaz de afirmar que la vida del ciudadano honrado es más noble que la del ladrón o corrupto.
Este rechazo lo comparte el pueblo tanto como Camps y como la gran mayoría de la clase política. Ni el pueblo espera que el político le sirva de guía moral ni hay casi ningún político tan pretencioso como para considerarse a sí mismo un ejemplo para el pueblo. Incluso nos parecería, tanto a nosotros como al político, que estas pretensiones traicionan su tarea prioritaria, que es la de representar al pueblo. Pero independientemente de la voluntad del pueblo y de la voluntad del político, en una democracia la ejemplaridad va con el cargo. La moral se educa con el ejemplo incluso cuando se hace sin querer. Y aunque los políticos, como se dice, no suelen ser mejores que el pueblo que les ha votado, lo cierto es que tampoco hace falta que lo sean si se entiende que representar al pueblo no debe significar necesariamente representar sus peores defectos. Debemos entender que incluso puede significar representar sus mejores virtudes y que es mucho mejor cuando es así. Es por ello que la defensa populista de Camps es mucho más peligrosa que la corrupción o el latrocinio. Porqué el latrocinio de unos cuantos no hundirá la economía de todo un país y no hay mejor corrupción que la que ya ha salido a la luz. Pero, en cambio, es mucho más fácil combatir esta corrupción que la corrupción del discurso público. Es por eso que hace mucho más bien a la democracia un político corrupto que paga y dimite que un político honrado que la defiende con este tipo de argumentos. Unos argumentos que lejos de ser un elogio del pueblo son la prueba más evidente e insultante que no lo cree capaz de nada mejor. Una nueva prueba de que el amor que el populista declara a la gente tal y como es brota de su odio al hombre recto.

Nota: El artículo ha sido escrito antes de la dimisión de Francisco Camps.


16.7.11

El sueldo de la "casta política" (FCO)

Una de las razones del éxito de crítica y público del movimiento del 15M es que no hacía más que repetir los prejuicios más populistas de muchos y muy diversos ciudadanos. El discurso contrario a las élites, que serían las únicas culpables de la crisis actual y de todos los males de la sociedad, ha hecho habituales expresiones como la de "casta política" y las consecuentes críticas a su sueldo. Este populismo sobrevivirá al 15M y es más peligroso que los gritos de los indignados. Por eso hay que discutirlo y por eso hay que discutir los temas y los términos del diputado López Tena, que en una reciente intervención parlamentaria acusaba a la "casta política" catalana de no querer transparencia ni bajarse el sueldo.
Que se habla de una casta política pero no se habla nunca de una casta futbolística es tan evidente como significativo. Cualquier adulto sabe que para ser como Messi se necesita algo más que una camiseta del Barça con su nombre, unas botas de colores y una pelota de fútbol. Pero, en cambio, el ciudadano democrático vive convencido de que para ser político no se necesita nada que el ciudadano medio no tenga. Esto se debe en gran parte a una mala comprensión de la tarea del político, que se considera que no pasa de la vieja idea de representar al pueblo allí donde el pueblo no tiene el tiempo ni la paciencia de estar presente. Es por ello que la democracia directa pasaba estos días por ser la mejor forma de gobierno, porque nadie representa mejor el pueblo que el mismo pueblo. Y es por eso que muchos ciudadanos están convencidos de que ellos lo harían mejor, porque olvidan no sólo que el arte de gobernar es complicado, sino que también lo es el tecnicismo burocrático que impone la vida parlamentaria. El trabajo del político no es sencilla. Pide una gran dedicación y la ayuda de una dilatada experiencia y eso hace muy necesaria, incluso imprescindible, la existencia de estos políticos profesionales que tanto se critican. Incluso con su talento innato, Messi ha necesitado dedicar toda una vida al fútbol para llegar a ser Messi.
La necesidad de tener buenos políticos es mucho más evidente que la manera de conseguirlos. E incluso es más evidente que la manera de atraer profesionales buenos y honrados hacia la vida política. Es difícil saber cómo hacerlo, pero es muy fácil entender que los sueldos bajos y las críticas duras y constantes son alicientes insuficientes para dedicarse al servicio público. Sobre todo si es que se tiene otra cosa que hacer en la vida. Pagar sueldos mediocres es la mejor manera de asegurarse políticos mediocres. Aunque con algunas excepciones. Como la de aquellos patriotas con un extraordinario sentido del deber. Pero una flor no hace verano y un buen político no hace una buena clase política. O como la de aquellos hombres suficientemente ricos para dedicar su vida al ocio que optaran, por razones incomprensibles y no sé imaginar al servicio de qué intereses, por dedicar su tiempo a la política. Estas son evidencias que Girauta recordaba con estas palabras: "la buena remuneración derriba las barreras de renta en el acceso a la política y dignifica el cargo. La mala, además de resultar injusta y dejar la cosa pública a los ricos, aleja a los gestores más competentes".
Unos sueldos mediocres suelen atraer políticos mediocres. Para tener buenos políticos, tenemos que pagar el sueldo que merecen los buenos políticos. La otra opción es avanzar por la hipotética vía platónica y obligarles al servicio público. Pero a la dificultad de establecer cuáles son los buenos se sumaría el hecho de que, para nosotros, la necesidad de la democracia es mucho más evidente que la necesidad de los buenos gobernantes. Y la democracia, esta democracia, la democracia real, es cara. Mucho más cara que las democracias directas en el suelo de una plaza, que las democracias orgánicas, las populares, las monarquías absolutas y los gobiernos totalitarios. La libertad es cara.


6.7.11

La renovación de la izquierda socialdemócrata (FCO)

La izquierda socialdemócrata europea está en crisis. Ha perdido el poder en la mayoría de países que hace pocos años gobernaba y, además, ha perdido la confianza en su propia razón de ser. La izquierda socialdemócrata, no se cansa de recordarlo, cree que sufre una crisis de modelo, que no tiene proyecto de futuro. Es cierto que considera que la suya es una muerte de éxito. En toda Europa prácticamente no hay ningún partido que ponga en duda la bondad e incluso la necesidad del Estado del bienestar. Pero este éxito ha dejado a la izquierda socialdemócrata desorientada. Ya han hecho lo que habían venido a hacer en el mundo. Y los progresistas creen, y seguramente con razón, que ahora su tarea más importante es defender el Estado del bienestar y todo aquello que, seguramente sin razón, creen que es la herencia que dejan a la humanidad. Los socialdemócratas, nos dicen ellos mismos, se están volviendo conservadores porque desconfían del futuro. Y un progresista no puede perder la confianza en el futuro sin quedar perplejo. Por eso buscan renovar su proyecto de futuro y por eso buscan intelectuales que los salven de esta perplejidad.
Esto es así porque la izquierda socialdemócrata está convencida de que para gobernar, y para gobernar bien, necesita tener una idea clara de qué mundo quiere construir. Y es por eso que busca el apoyo de los intelectuales, de los que espera que definan el nuevo marco global que dé sentido a las políticas concretas. A aquellas políticas que deberá ir aplicando desde cada órgano de gobierno que sea capaz de recuperar. Por pequeño que sea. De hecho, se muestra convencida de que administrar la realidad no es una tarea suficiente, ni suficientemente noble, porque la realidad nunca se cansa de decepcionarnos. Está convencida, en definitiva, que para gobernar, y para gobernar bien, necesita mucho más de lo que necesita la derecha, igualmente socialdemócrata, pero actualmente, y de forma necesariamente pasajera, con mejor situación y mejores perspectivas. Pero creyendo esto no sólo se equivoca sino que se impone unas obligaciones, tanto intelectuales como políticas, que nunca podrá satisfacer y que sólo pueden servir para alargar su particular travesía del desierto. Porque cuando cree que necesita una renovación urgente de su modelo o de su marco ideológico, considera imprescindibles dos tareas que son incompatibles entre sí: una renovación política urgente y una renovación intelectual profunda. Y, además, parece esperar de esta renovación intelectual mucho más de lo que se puede esperar de una revolución ideológica profunda. Puede que ni siquiera la intelectualidad sea ya propiedad exclusiva del progresismo, pero sigue siendo evidente que el progresismo espera mucho más de esta intelectualidad de lo que lo hace el conservadurismo. Es por ello que la izquierda socialdemócrata se muestra constantemente convencida de que unas buenas ideas son condición necesaria e incluso suficiente para una buena política, olvidando la irónica lección de aquella famoso dicho sobre el comunismo, que era una mala idea demasiado bien aplicada. Y es por eso que espera que los intelectuales vengan, otra vez, al rescate de la política. Sin saber, o habiendo olvidado, una lección tan básica como que lo mejor que se puede esperar de los intelectuales es que alarguen y compliquen la toma de decisiones, recordándoles constantemente que no hay soluciones sencillas y definitivas a los problemas complejos y perennes de la sociedad. Por todo ello parece que lo peor que le puede pasar a la izquierda socialdemócrata es creer que las buenas políticas no las hacen los buenos políticos sino los buenos intelectuales. Y no sólo porque tal como van las cosas al final podría resultar que tuviera a su disposición mejores políticos que intelectuales, sino porque en política no hay mejores ideas que las ideas de los buenos políticos. La mejor y más rápida renovación de la izquierda socialdemócrata pasa por encontrar y potenciar aquellos pocos políticos que aún les quedan con poder y con apoyo popular. Porque la primera condición del buen gobernante es que sea capaz de gobernar. Y porque, en política, mejores ideas que las del buen gobernante simplemente no existen.