20.7.11

Ejemplaridad (FCO)

Lo peor de todo el caso Camps, lo que más daño hace a la democracia, es su defensa. Tan populista, tan indignada, tan 15M. La respuesta de Camps es, siempre ha sido, que cuenta con el apoyo y la confianza del pueblo. Y esta es una respuesta tan cierta como irrelevante, porque en un estado de derecho recibir el apoyo de una mayoría eventual de los ciudadanos no es garantía de legalidad. Ni, por tanto, de legitimidad. En un estado de derecho no imperan los hombres, sino la ley. Y eso, lejos de ser una limitación al autogobierno del pueblo es su máxima expresión. Porque el autogobierno es, en primer término, una autolimitación. Y el buen autogobierno, sea del hombre como de la ciudad, no es aquel que todo lo permite, sino aquel que combate los vicios y la corrupción y fomenta la virtud. Toda la dificultad que tenemos para aceptar esta evidencia surge del hecho de que la democracia se define por ser el régimen de la libertad y que, en consecuencia, tiende a creer que toda limitación de la libertad es negativa y una amenaza a la propia democracia. Esto se expresa, en la actualidad, en el rechazo a la promoción pública de un modelo de vida determinado o de una moral concreta, sobre todo cuando se pretende hacer desde el gobierno. Pero este posicionamiento sobre la moral pública se muestra del todo absurdo cuando no es capaz de afirmar que la vida del ciudadano honrado es más noble que la del ladrón o corrupto.
Este rechazo lo comparte el pueblo tanto como Camps y como la gran mayoría de la clase política. Ni el pueblo espera que el político le sirva de guía moral ni hay casi ningún político tan pretencioso como para considerarse a sí mismo un ejemplo para el pueblo. Incluso nos parecería, tanto a nosotros como al político, que estas pretensiones traicionan su tarea prioritaria, que es la de representar al pueblo. Pero independientemente de la voluntad del pueblo y de la voluntad del político, en una democracia la ejemplaridad va con el cargo. La moral se educa con el ejemplo incluso cuando se hace sin querer. Y aunque los políticos, como se dice, no suelen ser mejores que el pueblo que les ha votado, lo cierto es que tampoco hace falta que lo sean si se entiende que representar al pueblo no debe significar necesariamente representar sus peores defectos. Debemos entender que incluso puede significar representar sus mejores virtudes y que es mucho mejor cuando es así. Es por ello que la defensa populista de Camps es mucho más peligrosa que la corrupción o el latrocinio. Porqué el latrocinio de unos cuantos no hundirá la economía de todo un país y no hay mejor corrupción que la que ya ha salido a la luz. Pero, en cambio, es mucho más fácil combatir esta corrupción que la corrupción del discurso público. Es por eso que hace mucho más bien a la democracia un político corrupto que paga y dimite que un político honrado que la defiende con este tipo de argumentos. Unos argumentos que lejos de ser un elogio del pueblo son la prueba más evidente e insultante que no lo cree capaz de nada mejor. Una nueva prueba de que el amor que el populista declara a la gente tal y como es brota de su odio al hombre recto.

Nota: El artículo ha sido escrito antes de la dimisión de Francisco Camps.