6.7.11

La renovación de la izquierda socialdemócrata (FCO)

La izquierda socialdemócrata europea está en crisis. Ha perdido el poder en la mayoría de países que hace pocos años gobernaba y, además, ha perdido la confianza en su propia razón de ser. La izquierda socialdemócrata, no se cansa de recordarlo, cree que sufre una crisis de modelo, que no tiene proyecto de futuro. Es cierto que considera que la suya es una muerte de éxito. En toda Europa prácticamente no hay ningún partido que ponga en duda la bondad e incluso la necesidad del Estado del bienestar. Pero este éxito ha dejado a la izquierda socialdemócrata desorientada. Ya han hecho lo que habían venido a hacer en el mundo. Y los progresistas creen, y seguramente con razón, que ahora su tarea más importante es defender el Estado del bienestar y todo aquello que, seguramente sin razón, creen que es la herencia que dejan a la humanidad. Los socialdemócratas, nos dicen ellos mismos, se están volviendo conservadores porque desconfían del futuro. Y un progresista no puede perder la confianza en el futuro sin quedar perplejo. Por eso buscan renovar su proyecto de futuro y por eso buscan intelectuales que los salven de esta perplejidad.
Esto es así porque la izquierda socialdemócrata está convencida de que para gobernar, y para gobernar bien, necesita tener una idea clara de qué mundo quiere construir. Y es por eso que busca el apoyo de los intelectuales, de los que espera que definan el nuevo marco global que dé sentido a las políticas concretas. A aquellas políticas que deberá ir aplicando desde cada órgano de gobierno que sea capaz de recuperar. Por pequeño que sea. De hecho, se muestra convencida de que administrar la realidad no es una tarea suficiente, ni suficientemente noble, porque la realidad nunca se cansa de decepcionarnos. Está convencida, en definitiva, que para gobernar, y para gobernar bien, necesita mucho más de lo que necesita la derecha, igualmente socialdemócrata, pero actualmente, y de forma necesariamente pasajera, con mejor situación y mejores perspectivas. Pero creyendo esto no sólo se equivoca sino que se impone unas obligaciones, tanto intelectuales como políticas, que nunca podrá satisfacer y que sólo pueden servir para alargar su particular travesía del desierto. Porque cuando cree que necesita una renovación urgente de su modelo o de su marco ideológico, considera imprescindibles dos tareas que son incompatibles entre sí: una renovación política urgente y una renovación intelectual profunda. Y, además, parece esperar de esta renovación intelectual mucho más de lo que se puede esperar de una revolución ideológica profunda. Puede que ni siquiera la intelectualidad sea ya propiedad exclusiva del progresismo, pero sigue siendo evidente que el progresismo espera mucho más de esta intelectualidad de lo que lo hace el conservadurismo. Es por ello que la izquierda socialdemócrata se muestra constantemente convencida de que unas buenas ideas son condición necesaria e incluso suficiente para una buena política, olvidando la irónica lección de aquella famoso dicho sobre el comunismo, que era una mala idea demasiado bien aplicada. Y es por eso que espera que los intelectuales vengan, otra vez, al rescate de la política. Sin saber, o habiendo olvidado, una lección tan básica como que lo mejor que se puede esperar de los intelectuales es que alarguen y compliquen la toma de decisiones, recordándoles constantemente que no hay soluciones sencillas y definitivas a los problemas complejos y perennes de la sociedad. Por todo ello parece que lo peor que le puede pasar a la izquierda socialdemócrata es creer que las buenas políticas no las hacen los buenos políticos sino los buenos intelectuales. Y no sólo porque tal como van las cosas al final podría resultar que tuviera a su disposición mejores políticos que intelectuales, sino porque en política no hay mejores ideas que las ideas de los buenos políticos. La mejor y más rápida renovación de la izquierda socialdemócrata pasa por encontrar y potenciar aquellos pocos políticos que aún les quedan con poder y con apoyo popular. Porque la primera condición del buen gobernante es que sea capaz de gobernar. Y porque, en política, mejores ideas que las del buen gobernante simplemente no existen.