17.9.11

Identidad y lengua (FCO)

El debate sobre la inmersión lingüística en la escuela es, evidentemente, un debate identitario. Y no sólo porque, como dicen sus contrarios, la inmersión pretenda mantener y fomentar la identidad cultural catalana a través de la educación en catalán. También lo es porque las motivaciones de los padres que quieren que sus hijos estudien en castellano en la escuela son motivaciones identitarias. Quieren, y así lo dicen, que los hijos estudien en la lengua de sus padres y creen que así tiene que ser. 
Las dificultades para admitir el carácter identitario del debate sobre la lengua y la educación son sólo una muestra de las dificultades que se tienen para admitir el carácter identitario de las sociedades. Que no quiere decir nada más, pero que tampoco quiere decir nada menos, que admitir que las sociedades conforman la identidad del individuo. O que conforman, al menos, su identidad como ciudadano. Nuestra reticencia a reconocer este debate como identitario y afrontarlo como tal deriva de nuestra concepción espontáneamente contractualista de la sociedad. Concebimos la sociedad como una asociación de individuos en la búsqueda común de algunos intereses particulares compartidos. Tendemos a creer, por eso, que el único fundamento justo de la sociedad es la casualidad, que la identidad y los intereses del ciudadano son anteriores a la sociedad y que ésta está a su servicio. Es más, tendemos a creer que cualquier pretensión de la sociedad de formar el carácter de sus ciudadanos es un incumplimiento de los términos del contrato. Un atentado, se dice a veces, contra los derechos fundamentales del hombre y el ciudadano. Pero para firmar un contrato, un contrato que reconozca estos derechos como fundamentales, hay que saber quién debe pactar los términos del contrato y como estos signatarios pueden ponerse de acuerdo. Para ello necesitan, básicamente, una lengua común que les permita comunicarse. Es por eso que nunca, ni en la teoría, el tema lingüístico es secundario a la formación de la sociedad propiamente dicha. Y es por eso que, también en el debate sobre la inmersión lingüística, unos y otros definen su identidad, y la identidad del país que quieren, a través y en relación a la lengua que hablan. 
Otro de los problemas del contractualismo, y que ven con algunos indicios de claridad los que insisten en que "Yo no he votado la Constitución", es que el ciudadano siempre llega cuando el contrato ya se ha firmado. Que el contrato social precede y conforma la identidad del ciudadano y que lo único que éste puede hacer es modificarlo. Es por ello que la única decisión auténticamente fundamental es, por lo tanto y como siempre, la decisión sobre cuáles son los ciudadanos llamados a modificar los contratos que los someten. Que la decisión de fondo sobre la inmersión lingüística es, efectivamente, la decisión de quien debe decidir cuál es el modelo educativo y cuál es la identidad de Cataluña. Y cada vez es más difícil eludir esta cuestión en el debate público.