28.9.12

El "derecho a decidir"

No soy capaz de ver ambigüedad en el discurso de Mas. Y la busco porque la valoro, pero todo lo que veo es una claridad que hace unos días me parecía excesiva y que hoy me parece bastante más prudente y sensata. No porque yo haya cambiado de opinión sobre el presidente Mas, sobre su honestidad y sus capacidades, o sobre la situación política actual, sino porque el presidente Mas ha pasado de insistir en la voluntad y la necesidad de construir unas "estructuras de Estado "(como hacía en los momentos y los días posteriores al 11 de septiembre) a insistir en el" derecho a decidir "de los catalanes. Sigo creyendo que lo más razonable que cabía esperar del presidente y de CiU era la convocatoria de elecciones y la promesa de trabajar por la futura celebración de un referéndum de autodeterminación. Y lo creía y lo creo porque me parece que cualquier alternativa era o bien engañosa o bien imprudente. Porque creía y creo que unas elecciones democráticas no deben presentarse como unas elecciones plebiscitarias, encaminadas a una declaración unilateral de Independencia, porque la discusión del buen gobierno me parece prioritaria a la cuestión de la transición nacional. Porque gobernar la realidad es más urgente que cambiarla. Así pues, es razonable y honesto que el gobierno no de ningún paso más hacia la construcción de un nuevo Estado sin el mandato, expreso y explícito, del pueblo de Cataluña. Sin el mandato de las urnas, que es donde habla el pueblo porque es donde el pueblo se hace pueblo.
Por eso también es mucho más razonable que CiU se presente a estas elecciones con la bandera del "derecho a decidir" que con la bandera independentista. Y no porque la independencia no exista, porque existe (en su justa medida, como todo, pero existe). Y no porque el 'derecho a decidir' sí que exista, porque no existe. Tampoco por cuestiones de calculada ambigüedad y no sólo por cuestiones de partidismo (aunque el partidismo siga siendo la mejor forma de patriotismo que conocemos). Es más razonable que CiU se presente con la bandera del derecho a decidir porque CiU se presentará a las elecciones para ganarlas y para gobernar, y bajo la bandera del derecho a decidir se encuentra cómoda mucho más gente, incluso mucha más gente convergente, que bajo la bandera de la independencia. Porque, como muy bien ha dicho Duran, el derecho a decidir no es lo mismo que la independencia. El derecho a decidir, que es el nombre que damos a los catalanes al derecho de autodeterminación de las naciones, puede significar tanto la confirmación de una mayoritaria voluntad de mantener los lazos históricos con el Reino de España como de romper estos lazos y este reino. El derecho a decidir puede implicar, incluso, el derecho de decidir que los catalanes ya tomamos una decisión fundamental como es la aprobación de la Constitución Española y la aceptación de sus reglas de juego. Esto lo podría haber dicho estos días la señora Sánchez Camacho, que se habría ahorrado decir algo tan grave, y con tan mala prensa, como que "los catalanes no queremos autodeterminarnos". Unas palabras que sólo podría firmar un pueblo de esclavos, si es que los esclavos pudieran formar un pueblo, y que si ella y sus votantes pueden decirlas o aplaudir-las, es porque, de hecho, son muy conscientes de que el marco legal vigente no es la justificación explícita de la sumisión de Cataluña sino la forma misma como los catalanes hemos ejercido, hasta el día de hoy, nuestro presunto derecho a la autodeterminación. Y digo presunto porque el derecho a la autodeterminación es un derecho evidentemente ficticio, pero que precisamente por eso nos permite recordar algo de fundamental una vez llegados al momento actual, si es que este es el momento de la verdad: que los pueblos, las naciones, se constituyen autodeterminándose. Que los pueblos se ganan el derecho a la autodeterminación ejerciéndolo. Evidentemente, en el sentido que quieran. Y me parece que este es un final coherente con una legislatura que comenzó con la promesa presidencial de "no poner límite a las aspiraciones nacionales de los catalanes". Ni siquiera el límite de la independencia.

21.9.12

El rey, la independencia y el President Mas

Es el trabajo del rey. No es el único, porque también es su trabajo asistir a inauguraciones, reunirse con otros jefes de Estado, de forma más o menos discreta según el jefe y el Estado, o ir a cazar elefantes, porque cuando uno es rey incluso una cacería de elefantes puede ser una cacería de negocios. Pero es el principal. Hoy como el 23F, el rey es el guardián de la Constitución. Y más bien parece que los que lo critican porque esta vez sí que se ha metido en política no entienden la naturaleza política de su tarea fundamental ni la naturaleza de lo que tenemos entre manos. El rey no debe implicarse en debates parlamentarios, pero esto que tenemos entre manos no es un debate parlamentario, sino su final. Es un acto fundamentalmente político y fundamentalmente violento, en el sentido, en el estricto sentido, de ser la violación, la rotura definitiva y unilateral, del orden constitucional vigente. Es normal que alguien que a este orden le debe el sueldo, el trabajo y en gran medida el sentido de su existencia luche por preservarlo. Y aún más que lo haga quien tiene el deber, legal y moral, de hacerlo.
La independencia es un acto grave y de graves consecuencias. Una gravedad y unas consecuencias que el discurso del rey ni siquiera se atreven a insinuar, pero que se supone que se irán haciendo cada vez más evidentes. Y no está nada claro que todos los que están dispuestos a gritar en favor de la independencia estén, a la hora de la verdad, si es que la hora de la verdad debe llegar, dispuestos a defenderla, en toda su crudeza y en toda su realidad. Por eso el debate sobre los números de la manifestación del 11 de Septiembre no es un debate estéril, sino fundamental. O de hecho, y para ser más precisos, sólo es estéril porque las discrepancias sobre las cifras, incluso las que hay entre los 300.000 y los dos millones, admiten dos lecturas radicalmente diferentes y de consecuencias totalmente contrarias. Como en el chiste de Eugenio, hay quienes piensan que son trillizos y quienes creen que sólo es un niño muy movido. Hay quienes creen que cada día hay más independentistas y que cada día habrá más y los que piensan que son la misma minoría de siempre o una minoría muy parecida a la de siempre pero mucho más convencida, mucho más movida y con mucho más apoyo mediático e institucional.
Quizás Rajoy tiene parte de razón cuando dice que el presidente Mas se ha dejado arrastrar por los acontecimientos. Mas planteó el pacto fiscal como el objetivo principal de la legislatura y ahora el pacto fiscal no parece posible ni suficiente. La realidad tiene estas cosas. A menudo los pueblos son más fuertes que sus dirigentes, los gobernados suelen ser ingobernables y por eso hay ocasiones, extrañas e incómodas, auténticamente extraordinarias, donde dejarse arrastrar por los acontecimientos es la decisión más valiente y responsable que puede tomar el gobernante. Valiente y responsable porque implica asumir como propia la responsabilidad de un proceso que no se controla y responder ante las urnas y ante la historia de los efectos imprevisibles de unos actos que ni siquiera son los suyos. Yo dudo que el nuestro sea uno de esos momentos. Y por eso creo que todo lo que podemos esperar de un partido que quiere gobernar y que por eso no debería estar dispuesto a declararse abiertamente independentista es que delegue la elección en los ciudadanos. Que apueste por el "derecho a decidir" y plantee la futura convocatoria de un referéndum de autodeterminación. Aunque quizás lo que caracteriza a los grandes líderes es su habilidad para oler los movimientos de la realidad, la dirección de los tiempos, y su capacidad de ser los más rápidos corriendo a favor del viento. Por eso, si la realidad se equivoca, la culpa será del President Mas.

17.9.12

14.9.12

La incierta gloria de una tarde de Septiembre

Ante todo, aquí hay que adoptar la precaución de los médicos, de no tomar nunca el pulso sin haberse asegurado que es el del paciente el que toman y no el propio ...

Virgilius Haufniensis

Terribas citó aquella famosa frase de Joan Sales, que dice que los catalanes llevamos 500 años haciendo el imbécil y que no debemos dejar de ser catalanes, sino que debemos dejar de ser imbéciles. Me parece que no traiciono el mensaje si entiendo que las palabras de Terribas venían a decir que para dejar de ser imbéciles los catalanes debemos ser independientes. Ya sé que no lo dijo así, y que tampoco es así como lo dijo Sales, pero me parece que ya nos entendemos. Es lo mismo que vino a decir Requejo, invitado por la Fundación Rafael Campalans, hace unas semanas. Tampoco lo dijo así. Dijo que él antes era idiota, no imbécil, y que ahora se había hecho independentista, no catalán. Pero me parece que lo entendemos así porque así es como quieren que lo entendamos. Y me parece que esto es terriblemente injusto con los imbéciles y con los independentistas. Me parece que todo el mundo sabe que ni la independencia ni el independentismo curan la imbecilidad. Y decir que debemos dejar de ser imbéciles antes de dejar de ser catalanes, o españoles!, no nos facilita mucho las cosas. Porque, a pesar de todo, dejar de ser catalanes o dejar de ser españoles es mucho más fácil que dejar de ser imbéciles.
Más bien parece que dejar de ser imbéciles es tarea para toda una vida y que los resultados son siempre inciertos. Que no sabemos si dejaremos de serlo y que no sabemos qué seremos cuando dejamos de ser imbéciles. Por eso me parece que el independentismo de toda la vida se equivoca cuando presume de haber dejado atrás la imbecilidad. Porque nunca se sabe y porque no lo necesita. Para luchar por la independencia puede creer tranquilamente que ayer, en Barcelona, ​​se manifestaba el pueblo de Cataluña. Y puede contar a todos y cada uno de los manifestantes como independentistas. Incluso a Duran Lleida. Puede creer que el pueblo de Cataluña es independentista y que lo único que hace falta es que el presidente Mas se presente a la reelección con un programa netamente secesionista. Puede no preocuparse por si esto le costaría la presidencia y puede dar por hecho que cualquier derrota del gobierno será una victoria del independentismo. Es por eso que cuando pide al presidente Mas que lidere el proceso de independencia puede olvidar que hay una tensión posible entre liderazgo y democracia, una tensión que puede dejar el líder sin pueblo y al pueblo sin un gobierno funcional. Y puede hacerlo tranquilamente porque, como dijo Joan Sales, "sólo triunfan los imbéciles, los incapaces de proponerse nada imposible." Quizá por ello toda gloria sea siempre incierta.

7.9.12

Abandonad toda esperanza

Es como aquella vieja historia de un condenado a cadena perpetua que pasa años y años intentando escapar. Que hace años que excava, con una paciencia infinita y una cucharita de postre, el túnel que debe conducirlo de la letrina a la libertad. Y llega por fin la gran noche. Y parece que ya se acerca la hora. Y cuando se apagan las luces de la celda el preso abre lentamente la trampa. Y entra el túnel con la cucharita y con toda una vida por delante. Y avanza lenta y silenciosamente por el mismo camino que ha hecho tantas y tantas noches, hasta el final del túnel y hoy todavía un poco más allá. Y finalmente parece que se sale. Y parece que al fondo hay luz. Y finalmente parece que la luz es de una linterna. Y que se oyen voces que llaman al alto y que una mano lo coge por la espalda. Y finalmente entiende que hace años que lo vigilan y que su esperanza era su condena. Y entiende que lo primero que debe hacer quien quiera ser libre es abandonar toda esperanza. Porque en el peor de los casos, la esperanza es la condena. Y, en el mejor de los casos, la esperanza sólo genera frustración.
Cuando se dice que Cataluña es especialista en generar grandes frustraciones colectivas, no parece que se hable lo suficiente de las grandes esperanzas que las generan. Lo hemos vuelto a ver ahora, con esta eterna discusión sobre la manifestación del 11 de Septiembre. Esta discusión, en todos y cada uno de los detalles, en todas y cada una de las actitudes, ha vuelto a poner de manifiesto que de todo y de todos esperamos más de lo que es razonable esperar. Parece que se espera que el pueblo de Cataluña solucione los problemas de su gobierno, que son urgentes e importantes, y que el gobierno de Cataluña solucione las divisiones y las dudas del país, que en muchos casos son tan profundas como razonables. Parece que esperamos que la manifestación, esta sí, esta vez sí, cambie algo, pero todavía no sabemos qué debería cambiar y cómo debería hacerlo. ¿Qué debería ocurrir para que fuera razonable esperar que el gobierno se volviera decididamente independentista o que lo del pacto fiscal tuviera alguna posibilidad de salir adelante?
Si al final todo esto tan mal como parece que tiene que ir, tampoco sería razonable esperar grandes heroicidades de nuestros dirigentes, porque las temeridades de los gobiernos son la condena de su pueblo. Y cuando un gobierno se ve arrastrado a librar batallas que no sabe cómo evitar y que no parece que pueda ganar tampoco debería esperar encontrar un pueblo demasiado predispuesto a los sacrificios. Sobre todo en un momento donde el día a día ya le parece demasiado sacrificio y donde la aspiración a la independencia cada vez tiene un tono menos épico, de conquista de la libertad con sangre, sudor y lágrimas. En un momento en el que de la independencia no esperamos tanto los sacrificios, que serían grandes pero dignos y nobles, como los beneficios, que cada día que pasa nos parecen más grandes, justos y fáciles. Pero quien espera desespera y quien espera mucho de muchos, además, se lo merece. En estos días, en los que parece que del futuro sólo podemos esperar la realización de nuestras más altas esperanzas o la condena a la mayor de las frustraciones, quizás toca recordar que es precisamente liberándonos de esperanzas excesivas como nos ahorramos las grandes frustraciones. Y que esta es la libertad más alta a la que como hombres podemos aspirar.

29.8.12

De denuncias y delaciones

Las reacciones a la mera posibilidad de denunciar irregularidades en los procesos de matriculación en las escuelas, y casos de incivismo los transportes públicos o de amenazas en las redes sociales han sido tan exageradas como suelen serlo las reacciones públicas. Esta exageración, que ha llevado a comparar el escenario con el siempre revenant 1984 de Orwell para alertar sobre un posible retorno de los autoritarismos y de graves problemas de convivencia entre los ciudadanos, no es sino una muestra del poco respeto que ya se tiene a la ley democrática y de la dificultad que tienen algunos para diferenciarla de la ley dictatorial o de la arbitrariedad tiránica.
Pero, como debería ser evidente para todo ciudadano democrático, esta diferencia existe y es fundamental. Y no se manifiesta sólo en el origen de la ley, en el proceso de su aprobación y en la posibilidad de su sustitución, sino también en su intencionalidad. Es aquí donde se muestra la diferencia entre una ley que busca la mejor convivencia posible entre ciudadanos libres e iguales y la ley que tiende a buscar la mayor sumisión posible de los ciudadanos al dictador. Y es esta diferencia la que hace que saltarse la ley pueda ser, en un caso, un acto de autodefensa ante el poder ilegítimo y, por tanto, un acto libre y liberador, y en el otro caso, en el caso democrático, un acto que atenta contra los demás ciudadanos.
Tendemos a olvidar que el problema no es que haya gente que presente denuncias contra sus conciudadanos, sino que haya gente que se salte las leyes. De la misma manera que, como nos ha recordado el absurdo caso de Sánchez Gordillo y sus defensores intelectuales, el principal problema de la justicia no es el de la desobediencia civil. Siempre podemos encontrar excusas, más o menos sofisticadas, para saltarnos la ley. sino el de la obediencia civil. El problema es precisamente el de ser capaces de cumplir las leyes, por respeto a la ley pero, sobre todo, por respeto a nuestros conciudadanos, incluso cuando saltarnosla nos resultaría claramente beneficioso.
Porque aquí no estamos hablando de unos ciudadanos que se denuncian entre ellos de forma compulsiva, sin motivo alguno y por miedo al gobierno, sino de unos ciudadanos que denuncian a los infractores de una ley legítima, con motivos y con pruebas. En el peor de los casos, porque les tienen miedo. Y en el mejor de los casos, porque están hartos de la benevolencia con que en este país se trata a los delincuentes y de esa absurda retórica que disculpa la "picaresca" (que no es más que la corrupción generalizada) y acusa al "chivato" (que no es más que el que pretende que la ley democrática impere sobre la ley del más fuerte).
Estos buenos ciudadanos hace tiempo que han aprendido que quien atenta contra la norma atenta contra ellos y contra la sana convivencia cívica. Hace tiempo que saben que cuando alguien hace trampas para inscribir a los niños en la escuela no perjudica al Estado o el gobernante del otro partido o el maldito político corrupto de turno, sino que perjudica a los otros padres, a todos aquellos padres que haciendo las cosas bien, y precisamente por hacer las cosas bien, no podrán llevar a su hijo a la escuela que quieren.
Hace tiempo que saben que los incívicos de los transportes públicos no molestan a la policía sino los demás pasajeros y algunos incluso saben que las amenazas virtuales son amenazas muy reales. Estos buenos ciudadanos saben que respetar la ley democrática es respetar el resto de ciudadanos. Y, lejos de acercarlos al autoritarismo, esta conciencia es lo que los hace ciudadanos dignos de un Estado de derecho.

22.8.12

Son fascistas y no lo saben

Un grupito de los autoproclamados demócratas reales ha organizado, para el próximo día 25 de septiembre (25S, para los jóvenes) una ocupación del Congreso de los Diputados. Dicen que quieren quedarse allí hasta que se disuelva el Parlamento, dimita el gobierno y se abra un nuevo proceso constituyente. Como era de prever, los promotores del acto se declaran anticapitalistas, antineoliberales, antipatriarcales y antifascistas, entre muchas otras cosas. En el blog Zona Crítica, del futuro "eldiario.es", han entrevistado a estos anónimos representantes de la auténtica voluntad del auténtico pueblo. Y es una entrevista imprescindible para saber de qué hablamos y con quién nos las tenemos. Allí queda claro que, si la idea es como la que tuvieron los revolucionarios catalanes cuando asaltaron el Parlamento, también sus problemas son los mismos. Son problemas morales porque son intelectuales, porque apenas saben lo que dicen y porque lo que dicen está muy lejos de conformar un discurso mínimamente lógico y con sentido. Y el peor de los problemas es también el que era: que son fascistas y no lo saben.
Una de las cosas que quedan claras en esta entrevista es que el anonimato de la convocatoria tiene poco que ver con la renuncia a personificar o liderar un movimiento que, como todos los de su género, se pretende espontáneo y popular. Tiene poco que ver con la voluntad de respetar la auténtica voluntad popular. Tiene más que ver con el hecho de que expone el misterioso portavoz de los convocantes: "Algunos de nosotros ya estamos fichados y perseguidos suficientemente por todo lo que hemos hecho durante este año y pico o antes, y queremos protegernos". Es un discurso que nadie que tenga un poco de respeto por la ley se atrevería a pronunciar y mucho menos a aplaudir. Pero es un discurso que recuerda y deja muy claro que los revolucionarios de hoy en día están mucho más dispuestos a sacrificar al sistema y a todos los que se les ponga por delante (sean políticos, compañeros revolucionarios o cajeras de supermercado) que a sacrificarse por la revolución.
Yo creo, sinceramente, que es porque no saben qué es una revolución y porque si lo supieran seguramente no estarían dispuestos a hacerla. Y que por eso tampoco saben qué es un asalto o una ocupación del Congreso. Es así que los mismos que llaman a ocupar el congreso pretenden dejar muy claro que sólo han "convocado una acción masiva para rodear el Congreso". Que no quieren "entrar por la fuerza con Kalashnikovs ni nada de eso", que no quieren "asaltarlo". Que lo pasa es que necesitan "que no sea una manifestación más" y que es por eso que utilizan "un tipo de lenguaje que (les) ayude a llamar la atención".
Es una tentación recurrente de estos pequeños líderes intelectuales la de pretender poner el lenguaje al servicio de la revolución. Y esto sería simplemente deshonesto o ridículo si no fuera porque al final las cosas quieren decir lo que quieren decir y la gente no está por metáforas. Si no fuera porque cuando ellos llaman irresponsablemente a asaltar el Congreso la gente sólo puede entender que se les llama a asaltar el Congreso. Y no porque sea estúpida sino por todo lo contrario, porque la mayoría no tiene tiempo ni ganas de jugar con las palabras y por eso no se dejan confundir por la poética revolucionaria. Por decirlo así, estos poetas son los únicos que no entienden qué quieren decir cuando dicen que necesitan "que no sea una manifestación como otra" y que por ello hablan de ocupar el Congreso.
Son fascistas y no lo saben. Y son fascistas tanto en el fondo como en las formas. Son fascistas porque pretenden representar la auténtica voluntad del auténtico pueblo y porque para ello se otorgan una legitimidad que nadie les ha reconocido. Son fascistas porque ocupar el Congreso, disolver el Parlamento, hacer dimitir al gobierno y abrir un nuevo proceso constituyente es lo que se conoce con el nombre de Golpe de Estado. Y no saber que lo son no les hace más inocentes ni menos peligrosos. Si ahora vuelve a estar de moda que nos canten la canción del comunismo como una buena idea mal aplicada, quizás les tendremos que contestar que el fascismo era una metáfora estúpida demasiado bien aplicada. Que el fascismo siempre está a una metáfora de distancia. Y que por eso es mejor no forzar demasiado la retórica y debatir como debate el pueblo, que es precisamente lo que se hace en el Congreso.

15.8.12

Huelgas de hambre


Parece que los huelguistas de hambre solidarios con el preso etarra ya son más de cien. Son muchos y muy solidarios, no hace falta decirlo. Pero esta huelga de hambre, mucho más que una muestra de solidaridad, es un nuevo chantaje del mundo abertzale al Estado de derecho. Porque incluso cuando el éxito de este chantaje no tuviera más efecto que el cumplimiento estricto de la ley y la liberación de un preso en situación crítica, también aquí la naturaleza de la lucha se basa en aquella perversa lógica, que no es sólo etarra pero que es profundamente antidemocrática, de que la ley sólo es justa cuando nos es beneficiosa. Contra este chantaje, un estado de derecho sólo puede hacer dos cosas: repetir que no se negocia con terroristas y aplicar la ley, sea para dejar que el terrorista muera en familia y libertad, o para dejarlo encerrado hasta que cumpla su condena. Pero no puede olvidar que las huelgas de hambre no son más que otra forma de violencia contra legalidad.
Quizás la dificultad para reconocer esta huelga como una nueva muestra de violencia tiene mucho menos que ver con algún tipo de simpatía por el mundo abertzale que con la absoluta banalización que la izquierda de este país ha hecho de las huelgas de hambre. Aquí un huelguista de hambre es difícil de diferenciar de un solidario a dieta. O de simples berrinches infantiles de ahora no respiro, que si alguna vez empiezan de verdad sólo duran hasta que empieza a intuirse la necesidad que tenemos de respirar o comer. Seguramente la versión más grotesca que hemos visto es la de aquella mujer, Teresa Salas, y sus amigas, que lograron sus 15 minutos de fama con la que quizás fue la primera huelga de hambre por turnos de la historia, en favor del pueblo palestino. El médico les había dicho que las huelgas de hambre perjudican gravemente la salud y sus hijos y familiares estaban un poco preocupados. Así que una de las solidarias no comía durante unos días y cuando el hambre se le hacía insoportable una de sus amigas cogía el relevo y seguía la lucha un rato más y luego otra y otra y vuelta a empezar.
Como así están las cosas no es de extrañar que cuando la izquierda ve una huelga de hambre auténtica se la tome a broma. Esto le pasó al pobre Willy Toledo cuando, a sueldo del régimen castrista, bromeaba con la huelga de hambre del disidente cubano Guillermo Fariñas. Seguro que no es porque sea una mala persona sino porque, quizás por la fuerza de la costumbre, no podía imaginar que Fariñas estuviera dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias y dejarse morir. Porque lo único que da sentido a las huelgas de hambre es la amenaza de dejarse morir, lenta y públicamente, para denunciar las injustas leyes del régimen. Que nuestros huelguistas no pretendan denunciar ninguna ley injusta es sólo un recordatorio de su desprecio por la ley justa, pero ciertamente no hace que su huelga sea menos real. Si llevan años dispuestos a matar para liberar una gente que aún está por ver que quiera ser liberada de una tiranía a todas luces inexistente, quizás podría haber llegado el día en que estuvieran realmente dispuestos a morir por sus ideas.
Ante esta posibilidad, insisto, el Estado debe repetir y mostrar que no negocia con terroristas y responder con las armas que le son propias a la nueva amenaza terrorista. Contra el chantaje y la violencia, el Estado debe responder, ahora como siempre, con la violencia legal para asegurar el cumplimiento de la ley. Que en este caso, y si la cosa se complica y se pone fea, puede llegar a suponer mantener vivo y preso a alguno de los solidarios. Por la fuerza de la ley.

9.8.12

Poco governo

Dos escenas recientes, protagonizadas por políticos, me parecen especialmente preocupantes por la confusión ideológica que reflejan. La primera la protagonizó el Presidente Rajoy en el Congreso de los diputados, afirmando que a él y a su gobierno les encantaría poder elegir entre hacer un bien y hacer un mal pero que por culpa del anterior gobierno de Zapatero se veían obligados a elegir entre dos males. Bien podría ser que Rajoy no creyera lo que dijo, y que sólo lo dijera para defenderse atacando, para recordar y exagerar la parte de responsabilidad que los socialistas tienen en la situación actual. Pero es posible y preocupante que Rajoy lo dijera porque lo cree así. Que lo dijera porque cree, como parecen creer tantos de nuestros políticos y tantos de nuestros conciudadanos, que hacer justicia es hacer prevalecer el bien sobre el mal. Y que crea, como parece creer tanta gente, que para ello se debe gastar más de lo que ahora podemos gastar. Los gobiernos comparten con su oposición más radical la premisa básica de que unos presupuestos más exiguos no pueden ser unos presupuestos más justos. Y es preocupante que así sea porque no está claro cuándo podremos gastar más que ahora, porque la justicia  es prioritaria al crecimiento y porque así, limitando el debate sobre la justicia al debate sobre la futura sociedad justa, tiende a olvidarse que hacer justicia tiene mucho que ver con intentar ajustarse lo mejor posible a las condiciones presentes.
La segunda escena es la de aquella lamentable discusión que el señor Nadal, del PSC, mantuvo con algunos ciudadanos a las puertas del Parlament. Estos ciudadanos acusaban al Parlament y a los parlamentarios de asesinos y genocidas y lo único que fue capaz de responder el señor Nadal (muy indignado, eso sí), es que los asesinos no eran los parlamentarios, sino el gobierno y sus recortes. También es cierto que el señor Nadal podría haber hecho estas declaraciones cegado por el partidismo, pero yo, que tengo una gran confianza en la buena fe de los hombres en general y de los políticos en particular, creo que el señor Nadal lo dijo de todo corazón. Me parece que también el señor Nadal dice lo que piensa. Y el problema es que el señor Nadal debe haber ido olvidando que la lógica de los acontecimientos es otra. Que lo que pasa, aquí como en todas partes, con este gobierno como con todos los demás, es que la gente tiende a morir y que todo lo que hacen los médicos y los gobiernos es intentar aplazar ese ineludible final. Pero que ni unos ni otros pueden evitarlo, porque ni los hombres ni los gobiernos lo pueden todo.
El triunfo ideológico de la socialdemocracia ha convencido a los políticos de que tienen que hacer un montón de cosas, tantas cosas buenas como puedan, y el crecimiento económico de los últimos tiempos los ha convencido de que pueden hacerlas y que cada día podrán hacer más. Pero esto no pasa de ser una doble mentira. Porque por mucho dinero que los gobiernos sean capaces de recaudar, nunca serán capaces de imponer el bien ni de erradicar el mal. Su labor seguirá siendo, como siempre ha sido, la de elegir el menor de entre los males posibles. Y porque por mucho dinero que los gobiernos inviertan en la sanidad pública (y supuestamente gratuita) nunca podrán evitar que la gente muera. Porque Dios no acepta sobornos y el diablo no existe. Es por esto que debemos ser muy cuidadosos con lo que esperamos y exigimos que hagan los gobiernos, con todo lo que dejamos en sus manos. Porque en lo que les exigimos es en lo mismo en que dependeremos de ellos. Esto es más evidente cada día que pasamos de crisis. Y por eso es cada día más evidente que debemos intentar protegernos de la debilidad del Estado tanto como de su fortaleza. Un político que no tuviese mucho que perder en las próximas elecciones podría convertir esta evidencia en un lema de campaña tan liberal-conservador como "menos impuestos, más responsabilidad".

Artículo publicado en ElSingularDigital

2.8.12

El engaño de Ernest Maragall

La decisión de Ernest Maragall de votar por libre y en contra de su partido ha reabierto el viejo debate sobre la libertad de voto de los diputados. Parece que esta es la última versión de la titánica batalla que libran los auténticos demócratas contra la supuesta tiranía de la partitocracia. Y parece ser que Ernest Maragall, al no tener ninguna intención de abandonar el escaño ni el partido, está llamado a convertirse en el próximo mártir de esta noble causa. Jaume Collboni ya le instó a "reflexionar" sobre su papel como diputado del PSC, y el partido lo ha amenazado con una sanción disciplinaria que podría acabar con su expulsión del grupo parlamentario.
Todo este revuelo podría leerse en clave meramente interna, como una nueva lucha por el poder dentro del partido. Una nueva guerra entre ese sector catalanista que se supone que existe dentro del PSC y el sector de los dirigentes más cercanos al PSOE. Quién sabe. Quizás es cierto que también en casa de socialista se acerca la hora de la verdad y que pronto veremos un partido claramente dividido entre soberanistas y centralistas. Si este fuera el caso, yo diría que los partidarios del sector catalanista y los que esperan que tenga un papel destacado en el nuevo "escenario nacional" quizás deberían preocuparse de ver Ernest Maragall tan solo dentro del PSC.
Pero parece que lo que hace tan interesante el caso Maragall no es sólo eso, sino que nos presente la enésima oportunidad de plantear las auténticas reformas de fondo que se supone que se necesitan para mejorar la calidad de nuestra democracia. Es una nueva oportunidad para discutir sobre la reforma de la ley electoral y para dirigir esta discusión hacia las listas abiertas, que, según dicen, es lo que quiere todo el mundo menos quien debería quererlo. Y se nos presenta como una oportunidad de hacerlo porque el caso Maragall ha vuelto a poner de manifiesto que los diputados y la opinión publicada comparten la creencia de fondo que los "representantes del pueblo" se deben antes a su pueblo y a su conciencia que a su partido. Como muy bien saben los cabezas de lista y los líderes del partido, que son los que realmente se juegan el cargo y el sueldo en cada decisión y en cada elección, eso está muy lejos de ser cierto.
Si las democracias donde los diputados responden directamente ante los electores son democracias más o menos sanas y más o menos fuertes que la nuestra es algo que se puede discutir. Pero en nuestra democracia los que responden de sus actos y sus decisiones ante la ciudadanía no son los diputados, sino los partidos. Y en una democracia como la nuestra, los diputados no están en el Parlamento en representación de sus electores y mucho menos de su conciencia. Maragall, como todos los demás diputados, está en el Parlamento en representación de su partido, y es el partido quien responde de sus actos ante la ciudadanía. Saltarse la disciplina de voto en vez de abandonar el escaño y el partido no es sólo presumir de independencia de criterio, sino de engañar a los electores y a los dirigentes a quienes debe el cargo y el sueldo. Es situarse en esa zona oscura del sistema donde el político no debe responder de sus actos ante el pueblo.

Artículo publicado en El Singular Digital

27.7.12

Un Batman muy neocon

Hace unos días, el locutor estadounidense Rush Limbaugh dijo que los demócratas utilizarían la última película de Batman para atacar al candidato republicano Mitt Romney. Porque el malo de la película se llama Bane y esto suena prácticamente igual que Bain, que es aquella famosa empresa con la que Romney se dedicaba a robar las piruletas de los niños y las pensiones de las abuelas. Parece que la suya ha sido una nueva profecía autocumplida, pero puede estar tranquilo porque, como bien sabe, el de Christopher Nolan es un Batman perfectamente conservador.
Es un Batman que ha entendido mucho mejor que el más listo de cada 15M la utilidad y la nobleza del engaño en el que se supone que se basa todo "el sistema". Ya al ​​final de la anterior película, magnífico, Batman y el comisario entienden perfectamente que Gotham necesita del engaño para ganar el futuro. Necesita creer que también los hombres normales pueden ser héroes. Saben que la corrupción de los mejores es la peor de las corrupciones porque pone en riesgo la confianza en los demás hombres y en las instituciones. Y saben que las instituciones son más importantes que las personas, incluso que los grandes hombres, y que Gotham podía prescindir del Batman porque ya podía bastarse con sus mitos y sus leyes. Pero que no podía prescindir de sus mitos sin poner en peligro sus instituciones y, con ellas, su propia libertad y su propia seguridad. Porque un hombre solo no siempre se basta (aunque sea el Batman). Y porque a veces tampoco la verdad es suficiente.
Es un Batman conservador porque sabe perfectamente que detrás de los gritos de la masa revolucionaria sólo se esconden, como dijo Lacan y recuerda tan oportunamente como siempre Gregorio Luri, unos histéricos en busca de un nuevo amo. Sabe que la libertad es lo primero que acaban sacrificando todos aquellos que se declaran dispuestos a sacrificarlo todo en nombre de la libertad. Y que la llamada a la revolución es siempre el primer grito del tirano y la única constitución del nuevo régimen. Es algo que también había entendido perfectamente Oswaldo Payá, en paz descanse. Es un Batman conservador porque confía más en la policía que en la razón y la bondad de las masas. Y no sólo porque confíe en la vocación de servicio de los policías, sino porque sabe que siempre tiene que haber alguien que se ensucie las manos para que unos pocos puedan pasar por héroes. Incluso Batman necesita de la policía y de alguien que llegado el momento sea capaz de hacerle el trabajo sucio. Y quizá es por eso que ningún héroe es un héroe para su ayudante de cámara, el sacrificado Alfred.
El Batman de Nolan es capaz de ver en la técnica mucho más que lo que nos salva. Porque la técnica es, también y principalmente, el lugar donde crece el peligro. Sin la técnica, Batman no podría ser Batman. Pero sin las amenazas de la técnica tampoco necesitaríamos su protección. Esto es mucho más de lo que parece entender la sociedad española, que, según un estudio de la Fundación del BBVA, se muestra muy reticente a someter los avances científicos al juicio y la guía de la ética. Incluso cuando se muestra seriamente convencida de que la culpa de todo la tienen aquellos ordenadores que hacen esos cálculos tan complicados allí por Wall Street. Y es un Batman conservador porque el héroe es un hombre, blanco, joven, yo diría que bastante guapo, y muy, muy rico. Y no rico por emprendedor o por haber montado con éxito un huerto ecológico o una casita de turismo rural. Rico de buena familia, rico de rentas y de no tener que pegar un palo al agua en toda su vida. Y el problema ya no es que sea rico, es que, si no fuera rico, muy muy rico, no podría ser el héroe. El Batman de Nolan sabe que en la era de la técnica no basta con ser bueno para poder hacer el bien. En nuestra era, para poder hacer el bien hay que tener poder, inteligencia, conocimientos, y mucho, muchísimo dinero.

20.7.12

Doping, ética y deporte

Es tiempo de Tour y tiempo de Tour es tiempo de doping. Como cada año, un ciclista ha tenido que ir a declarar a una comisaría francesa acusado de dopaje. Y, como cada año, esto ha reabierto el viejo debate sobre el doping en el deporte. Es un problema que se plantea por la dificultad (imagino que creciente) de detectar los nuevos fármacos y por la consecuente sospecha que cae sobre cualquier vencedor, que por el simple hecho de serlo se convierte en sospechoso de haber engañado a los controladores. Ante esta situación, algunos critican la "hipocresía del prohibicionismo", que beneficia a los más avispados o los mejor asesorados, y defienden la total desregularización del dopaje. O, como mínimo, una regularización que tuviera como finalidad única el preservar la salud de los deportistas.
Esta es la opinión de Andy Miah y de Julian Savulescu. En una reciente entrevista en La Contra de La Vanguardia, el eticista olímpico Andy Miah presentaba el caso de Lance Armstrong como un caso donde posiblemente la farmacología habría ido más allá de su función terapéutica. De ser así, Armstrong no habría ganado los tour a pesar del cáncer, sino gracias a la medicación que tomaba para superarlo y que le daría una ventaja ilícita sobre sus competidores. En lugar de defender la prohibición de esta mediación, Miah simplemente reclama más transparencia y menos persecución. Una transparencia que sería de gran utilidad, no sólo para saber qué toman realmente los deportistas, sino porque hacerlo público supondría una gran oportunidad de mejora de "nuestra medicina y nuestra calidad de vida". Por su parte, Julian Savulescu, director del Uehiro Centre for Practical Ethics en la Universidad de Oxford, cree que deberían suprimirse los controles y permitir a los atletas tomar lo que quieran mientras hacerlo no perjudique su salud. Haciendo referencia al famoso EPO, Savulescu afirma que el problema no estaría en si un atleta lo ha tomado para tener más glóbulos rojos, sino en la cantidad de glóbulos rojos que tuviera en la sangre, porque un exceso sería perjudicial para su salud .
Es cierto que estas soluciones nos ahorrarían muchos problemas, pero no deberían servirnos para olvidar que el problema del dopaje no afecta sólo a los deportistas y las condiciones de justicia de sus competiciones, sino al conjunto de la sociedad. Porque los dilemas éticos son dilemas políticos. Y porque, si una sociedad define su carácter por lo que admira y reverencia, no hay duda de que la sociedad contemporánea se define en la admiración a sus deportistas. Si los deportistas son los ejemplos a seguir y es previsible que lo sigan siendo, debemos hacer todo lo posible para que sean ejemplos dignos. Debemos hacer lo posible para hacerlos ejemplares. Sólo haciendo dignos de admirar aquellos a los que de hecho ya admiramos podremos hacer que los valores que llenan nuestros discursos sean también los que guían nuestras acciones. Una sociedad que pretende definirse por la meritocracia, por la igualdad y el respeto o por el cuidado de la salud, que sólo en la medida en que es cuidado de si incluye el cuidado del propio cuerpo, debe estar dispuesta a aprovechar el valor educativo del deporte y a pedir a sus referentes que se muestren a la altura de su situación.
Es cierto que una sociedad puede intentar forjarse con otros valores, como por ejemplo los valores de la prudencia y la moderación en el consumo de drogas o incluso en el valor del éxito por encima de todas las cosas. Pero lo que no puede hacer sin caer en la más flagrante de las hipocresías es defender una cosa y promover la contraria. Todos hemos visto como mocosos muy aficionados al fútbol y extraordinariamente bien dotados para el juego acaban siendo adolescentes vagos y viciosos, quizá porque todo el mundo elogiaba su talento y nadie su esfuerzo. Algunos hemos tenido la suerte de ver como niños torpes y rechonchos se convertían en jóvenes fuertes y en deportistas exitosos, quizá porque se vieron obligados a creer más en la constancia de su trabajo que en el favor de su talento natural. Quizás algunos habrán tenido la suerte de aprender alguna lección valiosa de su ejemplo, alguna lección sobre eso que llamamos espíritu de superación y meritocracia, porque el deporte es un entorno privilegiado para transmitir estos valores. Y quizás para poder aprender esta lección necesitamos poder creer en este ejemplo.

12.7.12

En defensa de lo dudoso

Uno de los principales problemas que nos encontramos a la hora de afirmar el progreso en cuestiones de moral y justicia es la dificultad, quizás la imposibilidad, de situarnos en un lugar neutro de la historia, quizás en su fin, desde donde poder juzgar la situación de forma imparcial. Cuando hablamos, por ejemplo, de derechos sociales, nos sería muy útil tener una lista completa de todos aquellos derechos que hemos sido llamados a ir reconociendo a medida que progresamos como sociedad. Derechos de las minorías religiosas, de los homosexuales, de las mujeres, de los trabajadores, de las mujeres trabajadoras, etc. Porque si no queremos confundir el progreso social con la simple explicitación de nuestras convicciones particulares en nuestras leyes particulares, deberíamos tener más claro de lo que sería honesto tenerlo cuál es la sociedad justa, la mejor sociedad para todos los hombres y para todos los tiempos. Sólo así podríamos saber si lo que estamos haciendo realmente es avanzar hacia la realización de esta sociedad, si estamos progresando y somos la punta de lanza de la humanidad, o si todo lo que estamos haciendo, que tampoco es poco, es realizar nuestra propia concepción de la sociedad justa. Una concepción que habría ido cambiando y que seguiría cambiando con el tiempo. Cambiando, y no sólo progresando. Por eso es mucho más fácil entender qué pueda significar el progreso en cuestiones científicas o técnicas que en cuestiones éticas o legales. Porque es más fácil imaginar a un ganadero de la tribu de los Himba interesado en curarse el dolor de muelas o en mejorar el control de natalidad de sus vacas que en reconocer algo que se llama derecho, y que desconoce, por un colectivo que se llama homosexual y del que tampoco tiene noticia, a una cosa que se llama matrimonio y que tampoco se parece mucho al que ha visto de más parecido. Porque el progreso no sólo es frágil y reversible, sino que también es dudoso.
Pero la dificultad para reconocer el matrimonio homosexual como un progreso obvio no deriva sólo de la dificultad de reconocer la evidencia del progreso en ningún cambio legislativo, sino de la dificultad de reconocer que el tipo de contrato entre dos personas del mismo sexo que conocemos como 'unión civil' encaja en la definición de matrimonio. Este es un problema diferente al de si estas dos personas pueden o no pueden vivir juntas, pueden o no pueden dormir juntas, adoptar juntas o del de si han de poder o no han de poder firmar este contrato. Porque uno de los principales problemas que tiene la defensa del matrimonio homosexual como un progreso social es que se basa en el argumento de que los homosexuales eran, hasta la aprobación de esta ley, ciudadanos de segunda, privados de un derecho que sí que tenían todos los demás miembros de la sociedad. Este es un argumento falaz, porque, de hecho, lo que en el fondo ha cambiado con esta ley no es el derecho de los homosexuales al matrimonio sino la definición de matrimonio. Los homosexuales podían casarse, como bien saben muchos homosexuales que así lo habían hecho. Lo que no podían hacer, básicamente porque durante mucho tiempo esto no tenía ningún sentido, era casarse con una persona de su mismo sexo. Como han entendido incluso los más homófobos de nuestros demagogos, tampoco los heterosexuales tenían derecho a casarse con sus mascotas. Y no era por ningún tipo de discriminación respecto a los homosexuales ni respecto a las mascotas, sino simplemente por la manera de entender lo que es el matrimonio. Ahora llamamos matrimonio a unos contratos que poco tienen que ver con lo que tradicionalmente se entendía como matrimonio. Pero aunque algunos críticos lo acaben de descubrir, este no es un problema nuevo. Es un problema tan viejo como el matrimonio civil. Y el problema de muchos de estos críticos no es que critiquen los matrimonios homosexuales por pervertir el matrimonio o, aún peor!, por pervertir el lenguaje, sino que no estén dispuestos a condenar igualmente todos los 'matrimonios civiles'. Porque ninguno de ellos es exactamente una promesa d'amor y de fidelidad ante Dios y la iglesia. Ninguno de ellos jura ante el altísimo dedicar una vida conjunta de esfuerzo y sacrificio a crear y mantener el mejor entorno posible para el desarrollo de los hijos. Y eso no quiere decir que falte el compromiso, ni que falte la voluntad, ni que falten la fidelidad, el amor o los hijos. Quiere decir, simplemente, que falta Dios. Y quiere decir, simplemente, que falta la iglesia. Quiere decir, por lo tanto, que lo que ocurre en una iglesia cuando dos personas se casan no sólo no es lo mismo sino que es fundamentalmente diferente a lo que pasa en el ayuntamiento cuando dos personas 'se casan por lo civil'. Y a mí me parece razonable que dos cosas distintas tengan nombres diferentes. Esto no quita que yo sea tan amigo de mis amigos homosexuales que por ellos estoy dispuesto a olvidar a Dios e incluso a la iglesia y a reconocer, una vez más, la prioridad de la convivencia sobre la verdad y a llamar matrimonio homosexual a lo que hacen dos homosexuales cuando dicen que se casan. Pero me parece que tenemos el deber, o como mínimo el derecho, de reconocer que esto es precisamente lo que estamos haciendo cuando defendemos cosas tan dudosas como el derecho al matrimonio homosexual.

6.7.12

"Julio César"

En tiempos de desorientación, tiempos en que parece que las grandes verdades ya no son tan grandes ni tan verdaderas, volvemos a los clásicos con la voluntad de reencontrar el camino gracias a su antigua sabiduría y su aparente simplicidad. Esto cuesta de entender a aquellos apologetas del "todo está por hacer y todo es posible" que encontramos ahora por todas partes, a todos aquellos que creen que todo problema que es nuevo para ellos es nuevo para la humanidad y que por eso no tiene más solución que la que sean capaces de idear. Pienso en aquellos que ante la crisis económica piden una nueva economía, o que ante la supuesta crisis de la democracia parlamentaria piden una nueva política, como si la política y la economía no la hiciéramos siempre los hombres y como si los hombres no fuéramos siempre los mismos. Son aquellos que suelen hablar en nombre del pueblo pero que más bien parece que lo que querrían, como en el poema de Bertold Brecht, es disolverlo y escoger otro más parecido a la alta concepción que tienen de ellos mismos. Pero aunque la sabiduría antigua sea, como muy bien saben reconocer, manifiestamente insuficiente para resolver los problemas del presente (por no hablar de los problemas siempre presentes), esta sabiduría suele ser el mejor punto de partida para aprender a convivir con ella. Quizás sea por esto, por la necesidad que tenemos que partir de algún lugar y por la inevitable constatación de que este lugar nos viene dado, que al final podremos reivindicar la utilidad de los estudios humanísticos y su importancia en las sociedades modernas. Quizás no para educar a las masas, pero sí para educar a las élites en una discusión que ya es suya sobre unos problemas que ya son los suyos.
Como muy bien nos recordaba hace pocos días Jordi Llovet en El País, el Julio César de Shakespeare es una de esas grandes obras del pasado que debemos leer para intentar iluminar el presente. Para entender, por ejemplo, que uno de los principales problemas de nuestras sociedades es "la frivolidad y el carácter voluble de la masa". Esta volubilidad se muestra en una de las escenas más célebres de la obra de Shakespeare cuando Bruto, después de matar a César, corre a la tribuna para convencer a la masa que César debía morir para que Roma pudiese vivir. Que había que deshacerse de quien Roma quería convertir en rey porque amenazaba con convertirse en tirano. El discurso de Bruto es sincero y bien elaborado y la masa le cree y aplaude agradecida. Pero la comprensión y el agradecimiento duran lo que tarda Marco Antonio en pronunicar su discurso. La masa se muestra voluble, pero no porque no sepa en qué cree, sino porque no sabe cuál es la mejor manera de defenderlo. Los gobernantes, nos lo muestra Shakespeare, creen lo mismo que ella y tienen el mismo problema. Corren el riesgo de cometer los mismos errores de la masa porque comparten sus mismas convicciones y sus mismas incapacidades. Los gobernantes y la masa, Bruto, Marco Antonio y los romanos, creen firmemente en la prioridad del bien común sobre el bien individual. Creen que es justo que un hombre muera por un pueblo, pero nunca que un pueblo muera por un hombre. Que quien con su éxito condena a la sociedad a la perdición tiene que ser castigado. Pero ni para unos ni para los demás es fácil saber quién merece la muerte y quién el más alto reconocimiento. Y en esta lucha por hacer justicia y salvar la libertad y defender el bien común se nos muestra algo que en toda democracia es urgente reivindicar, y es que en política las discusiones sobre el bien común pueden ser tan sinceras como suelen ser apasionadas. Que no todo el mundo que habla en nombre del bien común lo hace para disimular un interés personal. Y que no todo el mundo que quiere defender el interés público quiere hacerlo de la misma manera ni sabe cómo hacerlo de la mejor manera posible. Esto es lo que aprendemos de Bruto, que se niega a matar Marco Antonio para no convertir un sacrificio en una matanza y que para evitar la matanza acaba provocando una guerra. Con peores actos e intenciones menos nobles, Bruto podría haberle hecho un mejor servicio a Roma y hasta podría haber salvado su vida. Pero lo que se hace evidente es que nunca podría haber hecho con Roma lo que le saliera de las narices. Porque él, como nuestros políticos, no sabría como hacerlo. Y porque Roma sabía lo que quería y sabía lo que no quería y podía equivocarse creyendo promesas falsas o excesivas, pero nunca contrarias a su voluntad ni a lo que consideraba que era su interés. Roma sabía que quería vivir en paz y en libertad y sabía por lo tanto que no quería la tiranía. Y por eso incluso fue capaz de entender, aunque sólo mientras Bruto hablaba y hasta que calló, que la tiranía es mala incluso cuando cae en buenas manos. Sirva su ejemplo de precaución para con aquellos que, por nuestro bien y con las mejores de las intenciones, reclaman recuperar un poder que la política nunca ha tenido y del que no presentan unos límites demasiado claros. Como la tiranía de los hombres buenos no es necesariamente mejor que la llamada tiranía de los mercados, sigue siendo mejor "que el diablo infernal mande en Roma que tener que soportar a un tirano".

30.6.12

Sortu, la ley y las formas

El mejor aspecto de la legalización de Sortu, quizás el único bueno, es que confirma que su legalidad es posible. Es cierto que esto está muy lejos de ser una prueba definitiva de la independencia del poder judicial español, pero una situación en que los tribunales y los jueces discrepan, y donde deciden, en nombre de la misma ley, que dentro de la izquierda abertzale puede haber partidos legales e ilegales es una situación plenamente compatible con la separación de poderes que se considera condición sine qua non del Estado democrático. Es una decisión que parece adecuada tanto al espíritu de la ley como su letra, y eso es lo mínimo que podemos exigir a una decisión judicial en un Estado democrático. Y cuando las decisiones que toman los jueces son compatibles con este requisito básico, ni su tarea ni su sentido ni su importancia deben ponerse gratuitamente en duda. No hay que dudar cada vez del sentido y la importancia que tiene para una democracia la existencia de la Constitución y, en lógica correspondencia, de un Tribunal que vele por su protección. Por la protección de los ciudadanos ante la tiranía de la mayoría. Precisamente ante aquellos que pretenden obtener en las urnas el dominio total sobre las leyes y los hombres del que las urnas han de protegernos. Es de esta gente de la que nos protege la Constitución, y es de esta misma gente de la que pretende protegernos la Ley de partidos.
Así que ni esta sentencia pone en duda el sentido de la Constitución y el TC, ni esta ley pone en duda el carácter democrático del Estado Español. Esto no quiere decir que todo Estado democrático deba ilegalizar los partidos que no respetan las normas del juego democrático sino, simplemente, que todo estado democrático debe defenderse de sus enemigos de la mejor manera que pueda y que todos los Estados democráticos se encuentran con dificultades similares al tratar de identificar a sus enemigos. Por eso con los nuevos partidos de la izquierda abertzale nos ocurre algo parecido a lo que ocurre en otros países de Europa con los nuevos partidos de extrema derecha. Se trata, básicamente, de la dificultad de reconocerles cualquier novedad, porque estamos convencidos de que este presunto cambio no es más que un lavado de cara. Que detrás de las nuevas apariencias hay la misma realidad de siempre. Y es precisamente esta dificultad para distinguir al demócrata discrepante del enemigo existencial lo que nos impide encontrar la manera más eficaz de proteger la democracia. Nos negamos, por ejemplo, a reconocer que quien habla como un demócrata, viste como un demócrata y se presenta a las elecciones como un demócrata puede, en realidad, no ser nada más que un demócrata, un demócrata que simplemente no nos gusta. Porque nos negamos a reconocer que en democracia el fondo es la forma. Sería una muy buena noticia que la ley hubiera reconocido esta realidad y hubiera gobernado por encima de los hombres, recordando que su existencia no es una excepción a la democracia sino su mejor garante.

22.6.12

Crítica de la violencia

Cuando todavía se hablaba más del paro que de la banca, se acostumbraba a decir que en realidad había mucha menos gente sin trabajo de la que constaba en las cifras oficiales porque, si no, ya habría estallado ese conflicto social con el que nos amenazaban los sindicatos. Sin embargo, muchos se han extrañado del papel prácticamente anecdótico que ha tenido la violencia en una crisis que todo el mundo considera de una enorme gravedad. En España, esta violencia prácticamente se ha limitado a los estallidos puntuales y rituales en Barcelona, ​​y Europa no ha conocido mucha más que la de la plaza Syntagma de Atenas, hace ya unos cuantos días. Todo parece indicar que la gente que no tiene trabajo tiene a pesar de todo cosas mejores que hacer que quemar contenedores.
La poca presencia y la escasa importancia de la violencia es tan característica de esta crisis como de esta época. Toda violencia es un instrumento, un medio para conseguir un determinado fin. Es por la adecuación a este fin, por su capacidad de acercarlo, que sus posibles autores en juzgan el éxito y la conveniencia. Toda violencia encuentra su razón de ser, o bien en la defensa de la ley y en la lucha por su preservación, o bien en la lucha contra la ley y por su sustitución. Incluso la violencia ciega o nihilista, la violencia literalmente sin sentido, sirve, aunque de forma inconsciente, al establecimiento de un nuevo orden. Pero como lo que es característico de esta crisis es que lo que se quiere conseguir es la preservación de lo que se (creía que se) tenía, la violencia se muestra como un instrumento, como mínimo, inútil. Y es en este punto que la violencia de los mineros muestra su particularidad, porque aunque la violencia no pueda servir para salvar el sistema es tristemente cierto que puede servir para salvar la situación de varios mineros. Por otro lado, quizás es esta misma situación, que hace que toda violencia que amenace con fundar un nuevo orden sea considerada condenable, la que hace que cualquier intento por reformular el desorden reciba el inadecuado calificativo de violento, de violencia sistémica.
Esta situación, en la que toda oposición es en nombre de la conservación, es especialmente inquietante para el progresismo, que considera que su tarea es la de dirigirnos hacia el futuro y que el final de la historia no es más que el final de su historia. El progresismo se siente especialmente desorientado en la ausencia de perspectivas de progreso. Pero, como dijo Walter Benjamin, a veces la tarea del progresista es precisamente la de poner freno a la historia. Quizá porque la historia, lo que se nos presenta como progreso, no es otra cosa que la acomulación de catástrofes, de episodios de violencia que han ido sustituyendo un desorden por otro. El final de la historia puede entenderse, como a menudo se ha hecho, como el final de la necesidad de la violencia para conseguir fines dignos de perseguirse porque la violencia ya no era un mal menor cuando todos los fines dignos de ser perseguidos podían perseguirse dentro de la democracia liberal. La escasa violencia de la situación presente permite suponer que si la violencia no pasa por ser un mal menor es por el triunfo generalizado de la convicción liberal según la cual la violencia no puede servir para combatir ningún daño porque la violencia es simplemente el peor mal, lo peor que nos podemos hacer los unos a los otros.

15.6.12

¿Por qué Grecia?


La posibilidad de que Grecia salga del Euro es, ciertamente, mucho más que un contratiempo económico y político para Europa. Con Grecia, Europa se juega su identidad y el sentido de su proyecto, porque el espíritu de Europa nace y vive en el diálogo entre Atenas y Jerusalén y sólo en este diálogo encuentra su razón de ser. Europa es este diálogo y, como muchos de los que se proclaman sus orgullosos herederos nos recuerdan estos días, este diálogo es imposible sin la voz de Atenas. Sin Atenas, sin lo que Grecia representa, Europa simplemente no podría saber qué es ni qué defiende.
Pero no podemos dar por supuesto que sabemos cuál es la auténtica voz griega. No podemos dar por supuesto que la voz del gobierno griego sea la voz de la Grecia que anuncia los ideales europeos. Ni podemos dar por supuesto que sabemos cuáles son los ideales que la voz auténticamente griega debería anunciar. Y el caso es que lo hacemos. Damos por supuesto que esta es una voz que se alza en favor de Europa, en cualquier forma y situación, siempre que ésta sea una Europa unida políticamente y ahora parece ser que también económicamente. Pero el hecho de que Europa se constituya no tanto por este diálogo sino en este diálogo demuestra, precisamente, que el auténtico sentido de su proyecto siempre está por determinar. Que la Europa donde se encuentran la filosofía y la política, el espíritu humanista y el materialismo económico, es siempre un proyecto en construcción y que seguramente no puede ser nada más que eso.
Como bien dice Mario Vargas Llosa en un artículo reciente sobre esta misma cuestión, de Grecia, de los diálogos platónicos, en realidad, podemos aprender que "conversar es la manera más civilizada de convivir". Y si estamos dispuestos a aprender esto ya convivir así no podemos olvidar que todo diálogo que se pretenda auténtico sólo es posible entre personas que confían las unas en las otras. Que confían en la veracidad de sus palabras. Actualmente, Grecia es el país europeo que está más alejado de este espíritu socrático. Grecia es una caricatura de aquella Grecia que consideramos que es ella misma, del mismo modo que una Europa sin Grecia sería una caricatura de sí misma aunque sólo fuera porque siempre somos una caricatura de nuestras mejores posibilidades. También esta es una lección griega, y también esta es una lección que puede ser bueno aprender. Todo diálogo político es una negociación y toda negociación no es más que una caricatura de los diálogos socráticos en los que queríamos vernos reflejados. La Unión Europea es uno de los ejemplos más evidentes.
Así pues, ¿cuál es el auténtico mensaje que Europa debe considerar suyo? ¿Cuál es el ideal que Europa debe hacer suyo? No hay en los diálogos platónicos ningún indicio de que este ideal regulador de la política europea tenga que ser la integración política y económica de los estados-nación europeos. Y, por lo tanto, tan auténticamente europeo podría resultar ser este mensaje como el de una defensa de una sana convivencia y de un diálogo sincero entre hombres, estados y monedas. Si nos decidimos a reconocer la convivencia en el diálogo como el auténtico legado europeo, como la auténtica identidad de Europa, tendremos que aceptar que la salida de Grecia de la Unión monetaria es tan peligrosa para la viabilidad de este proyecto como su continuidad en el euro. De hecho, tampoco Jerusalén es parte constituyente del proyecto político y económico de Europa y sin él tampoco sería posible el diálogo que le da sentido. Y si este diálogo es lo que tenemos que mantener, la auténtica amenaza para el proyecto europeo, el auténtico peligro que deberíamos evitar, sería en realidad el de darlo por cerrado, dando por ejemplo por supuesto que el camino de la historia tiene una dirección determinada y que todo contratiempo en el camino no es por eso más que una pérdida de tiempo. Quizás resulte que el auténtico diálogo es aporético y que por eso la construcción europea es y debe seguir siendo un proceso interminable.

10.6.12

Estado y caridad

Comparto buena parte de las críticas a la Maratón especial contra la pobreza de Televisión de Cataluña. Creo que la lucha en favor de cosas como la paz y la justicia o en contra de cosas como la pobreza o la guerra corre un gran riesgo de no servir para mucho más que para tranquilizar conciencias. Pero celebro que, como mínimo de vez en cuando, la tranquilidad de conciencia no salga gratis. Que quien quiera presumir ante el espejo de todo el bien que hace sin necesidad de moverse del sofá tenga que pagar el precio, aunque sea simbólico. Con los que no puedo estar de acuerdo es con quienes critican la Maratón porque condenan la caridad. Con aquellos que incluso la encuentran indigna y creen que los ciudadanos no deberían asumir una tarea que, según ellos, correspondería en exclusiva a los poderes públicos. Me parece que la posición de estos que hablan en nombre de los necesitados es ofensiva por paternalista y por hipócrita. Paternalista, porque se habla en nombre de los necesitados y porque en su nombre se reivindica un orgullo en la pobreza que pocos querrían para si mismos. Y hipócrita, porque esta caridad que rechazan los donantes voluntarios no sólo la aceptan sino que incluso la exigen a los gobiernos al considerar que ésta es su principal obligación, en cualquier momento y circunstancia.
Esta hipocresía es en realidad un exceso de orgullo. Es para no tener que sentirse nunca en deuda, para no tener que dar nunca las gracias, que consideran que dar al que no tiene es justo y obligatorio cuando lo hace el gobierno y humillante y estructuralmente violento cuando lo hacen sus conciudadanos. Quizás la Maratón tiene pocas virtudes, pero entre estas virtudes está la de recordarnos que el dinero con el que compramos la justicia y la paz social siempre sale de algún bolsillo. Y que, por eso mismo, siempre hay alguien a quien debemos un muchas gracias por lo que recibimos. Si rechazan la caridad es porque no quieren estar en deuda con nadie. Y les pasa lo que pasa en aquellas comidas multitudinarias, donde nadie pregunta esto quien lo paga porque todo el mundo prefiere no tener que buscarlo para darle las gracias. Es por no sentirse en deuda, por no saberse en deuda, que se prefiere vivir de las ayudas de un gobierno (que es anónimo porque es de las leyes y de la burocracia) que de la generosidad de unas personas que incluso podrían pedir que nos hiciéramos dignos de lo que recibimos. Pero que no nos sintamos en deuda no quiere decir que no lo estemos. De hecho, estamos en deuda hasta por el suelo que pisamos. Y aunque sea muy molesto y muy poco práctico tener que dar las gracias cada vez que nos cruzamos con alguien que paga más impuestos que nosotros, el caso es que siempre hay alguien que paga y que la única diferencia entre pagar a gobiernos o pagar a maratones es la de hacerlo por obligación o por devoción.
Por señalar esta diferencia fundamental y por defender que una sociedad basada en el donativo voluntario era moralmente superior a una basada en la recaudación impositiva forzosa, Peter Sloterdijk provocó el escándalo de una sociedad convencida, con el viejo Proudhon, de que toda propiedad (ajena) es en primer término un robo y, con los viejos tópicos economicistas, de que todo ciudadano es un 'homo economicus' que sólo busca enriquecerse a costa de los demás. Se consideró que su modelo, que nos acerca peligrosamente al de Estados Unidos (donde el donativo se considera casi un segundo impuesto), rompía con la solidaridad social que presuntamente caracteriza a las sociedades europeas democráticas y que sería el origen y el fundamento de el Estado del bienestar. Me parece que este discurso sólo pretende hacer pasar la necesidad por virtud y que, como dice Julio Camba, la cuestión es que aquí "sigue considerándose al Estado como una entidad cuya misión consiste en subvenir a todas las necesidades de los ciudadanos, a fin de que estos puedan cultivar su individualismo sin tener que entenderse nunca con nadie en una relación de mayor o menor dependencia". En el fondo, lo que no entienden los críticos de la caridad es que lo que se trata es de reivindicar un clima de generosidad civil para la ley sólo tenga que llegar allí donde no llega la amistad entre los hombres. De reforzar esta amistad porque los vínculos entre un ciudadano y sus iguales siempre son más fuertes que los vínculos entre el ciudadano y el aparato burocrático de su Estado. Y la actual situación debería servirnos para recordar la importancia de preservarlos y de preservar la caridad, aunque sólo sea para no dejar a los ciudadanos más necesitados a merced de las debilidades del Estado.

3.6.12

En defensa del pesimismo

Hace ya demasiado tiempo que algunos políticos y algunos periodistas bienintencionados dedican muchos esfuerzos a la terapia de masas para ayudarnos a recuperar el optimismo que perdimos cuando empezamos a ser conscientes de que la realidad no estaba a la altura de nuestras esperanzas. Es tan evidente que esta terapia no funciona que quizá deberíamos empezar a preguntarnos si es necesario que funcione o si resulta que el optimismo que nos ha llevado a la actual situación puede no ser el mejor aliado para salir de ella.
Como muestra el hecho de que incluso los que se atreven a calificar esta crisis de sistémica no pueden dejar de considerarla como pasajera, nuestra época parece caracterizarse por un optimismo sistémico. Y de ese optimismo viene esta crisis. Nadie hipoteca su futuro endeudándose para comprar nada que no puede pagar y que no necesita con gran urgencia si no está más convencido de lo que siempre puede estarlo de que mañana será más rico de lo que es hoy. En otras épocas, la escasez y la precariedad se consideraban las condiciones naturales de la vida humana. Y aunque es cierto que nuestra época tiene buenos motivos para celebrar que esta ya no es una situación necesariamente permanente, todavía no ha encontrado ninguno para olvidar que la situación de prosperidad no es nunca definitiva. Queremos curarnos del pesimismo, pero quizás el pesimismo sea la cura.
Un pesimismo tanto público como privado, basado en la comprensión de aquel principio fundamental de la termodinámica según el cual todo tiende a empeorar. Y que por eso la decadencia es todo lo que nos está permitido esperar. Esta conciencia de la permanente decadencia de los asuntos humanos, de la corrupción intrínseca que los amenaza y de la situación siempre precaria y frágil del presente es precisamente lo único que nos puede incitar a su cuidado.
Las sociedades modernas aspiran a la prosperidad como los hombres a la felicidad. Y como esta aspiración no conoce límites, ni unos ni otros parecen saber con mucho precisión a qué aspiran. Por eso nuestros hombres no son nunca lo suficientemente felices y por eso nuestros estados están condenados a endeudarse sin saber muy hasta donde porque buscan una prosperidad social que no conoce límite. Y por eso mismo aquellas palabras de Schopenhauer valen tanto para la política como por la vida: "el mejor medio para no ser muy infeliz es no pretender ser muy feliz". Tanto en los hombres como en los Estados, la modestia es la mejor manera de no dejarse sorprender por la decepción. Deben hacer pocas cosas para poder hacerlas bien. Y las tienen que hacer con la conciencia de que las más grandes cosas  que han hecho las han hecho con la conciencia de que todo es siempre susceptible de empeorar y que no nos está permitido esperar nada más que sangre, sudor y lágrimas.

24.5.12

Margin Call

Pretende ser la historia de todo esto. Del sistema, la codicia, la crisis y la injusticia. Y a pesar de no pueda ser tanto, una sola escena de la misma película basta para entender su éxito. Es una conversación entre dos trabajadores de este presunto Lehman Brothers que van en coche. Uno de ellos insultantemente joven, que acaba de saber que perderá su trabajo y que encima se ve obligado a aguantar el típico discurso moralista sobre el sentido de la vida de un tío que seguirá haciéndose rico en esta empresa que lo echa. Un sentido que, encima, no se encuentra en las putas ni los coches ni el champán, sino precisamente en este trabajo que se acaba, en el servicio que desde una empresa como la que cae se hace a toda aquella gente anónima que sin ella nunca hubiera podido tener todo lo que estaba a punto de perder. "Mira, -le dice el moralista- si eso es lo que quieres hacer con tu vida, y hacerlo bien, necesitas creer que eres necesario. Y lo eres. Si la gente quiere vivir así, con sus grandes coches y estas casas que aún no ha pagado, entonces eres necesario. La única razón de que puedan continuar viviendo como reyes es porque tenemos los dedos sobre el sistema, inclinándolo a favor SUYO. Y si quitamos los dedos... ". Es el típico discurso que sólo hace quien no se lo acaba de creer, para justificar su vida y encontrar un sentido a su trabajo. Y es un discurso que sólo se cree quien ya estaba convencido o quien lo necesita con cierta urgencia. Se le cree el más joven porque está triste por haber perdido el trabajo de sus sueños y se cree un espectador que tampoco está demasiado flamenco y que también ha perdido lo suyo.
Y de ahí el éxito de la película. Porque lo que allí es la excusa de los malos, aquí es el auténtico credo de los buenos. Los elogios que ha recibido el film no son más que el eco del discurso habitual sobre la crisis y que se resume, en el film como en el diario, en el tópico de que la cagan dos y pagamos todos. Imaginando las críticas que han de venir, el joven moralista hace este discursito para recordar al pueblo que tiene una deuda existencial con su banco y que debería estar agradecido por todos estos años regalados. Y yo gritaría encantado con el pueblo que es el banco quien tiene una deuda con él pero eso, aquí y ahora, sería mentir. Los únicos bancos que parecen tener una deuda con su pueblo, una deuda que esperamos que puedan devolver lo antes posible, son los bancos alemanes. Esto es, como mínimo, lo que explicaba el sábado Arcadi Espada comentando Boomerang, el último reportaje de Michael Lewis. Los banqueros alemanes, para enriquecerse, hicieron de todo como todos y en todas partes. Excepto en Alemania. "En su propio país -dice Lewis y cita Espada- estos banqueros aparentemente dementes se comportaron con mesura. El pueblo alemán no les permitía actuar de otra manera ". Este es un magnífico ejemplo para los moralistas. Los bancos, dementes, querían. Y los alemanes, prudentes, no los dejaron. Pero es también una pésima noticia porque cuesta mucho menos cambiar las cúpulas directivas de los bancos que educar a las masas en la prudencia. Sirva, en todo caso, para recordar que nuestro auténtico drama es que los protagonistas de Margin Call no son los únicos culpables. Que las crisis se puede saber cuando estallan pero no cuando empiezan a gestarse. Que aquí todo el mundo la caga y todo el mundo la paga simplemente porque todo tiende a caer y no siempre podemos ni sabemos evitarlo. Que al final de la crisis no nos espera ningún nuevo orden sino un nuevo desorden que se nos irá haciendo habitual. Y que el auténtico problema no es que estemos en malas manos, en manos corruptas o incompetentes, sino que realmente no estamos nunca en manos de nadie. Que estamos, literalmente, dejados de la mano de Dios, porque sólo las manos de un dios podrían servirle al sistema de firme sustento.

20.5.12

"La fuente de degeneración que puede observarse en los regímenes públicos libres consiste en la práctica del endeudamiento y de hipotecar los ingresos públicos, con lo que, con el tiempo, los impuestos pueden llegar a hacerse insoportables, y todos los bienes del Estado pasan a manos del público. Esta práctica es moderna. Los atenienses, aunque estaban gobernados por una república, pagaban cerca del 200 por ciento sobre las sumas de dinero que una emergencia les hacía necesario pedir prestadas, tal como sabemos por Jenofonte. Entre los modernos han sido los holandeses los primeros en introducir la práctica de prestarse grandes sumas a bajo interés, y prácticamente les ha conducido a la ruina. También los príncipes absolutos han contraído deudas. Pero, como un príncipe absoluto puede declararse en bancarrota cuando le plazca, sus deudas nunca oprimirán a su pueblo. En los regímenes populares, el pubelo, y principalmente quienes tienen los más altos cargos, al ser por lo común los acreedores públicos, resulta difícil para el Estado recurrir a este remedio que, por más que a veces sea necesario, es siempre cruel y bárbaro. Esto parece en consecuencia constituir un inconveniente que amenaza a casi todos los gobiernos libres, en especial al nuestro en la actual coyuntura. Y ¿no es éste un poderoso motivo para aumentar nuestra frugalidad con el dinero público, no vaya a ser que por falta de ella nos veamos obligados, por la multiplicidad de impuestos o, lo que es peor, por la impotencia y la incapacidad de defendernos, a maldecir nuestra libertad y a desear tener la misma situación de servidumbre que las naciones que nos rodean?"

David Hume. "De la libertad civil". Ensayos morales, políticos y literarios

18.5.12

La democracia es un medio?

Hace unas semanas, el joven diputado de IU Alberto Garzón provocó un sorprendente revuelo cuando dijo, en su twitter, que "la democracia es un medio y no un fin". Es difícil saber qué es exactamente lo que quería decir con estas palabras, pero todo parece indicar, o al menos así se interpretó, que definiendo la democracia como medio señalaba que ésta no había cumplido su función y debía ser sustituida por un instrumento más adecuado. Pero, como los medios encuentran su sentido en los fines, para saber si la democracia es un medio y si cumple con su finalidad, deberíamos ser capaces de explicitar su fin. A lo largo de la discusión se hizo evidente que la finalidad que se suponía propia de la democracia era de carácter económico; desde el crecimiento, que por aquellas fechas aún era una preocupación de derechas, hasta el reparto de la riqueza, que ya entonces era una noble preocupación de izquierdas. Que tanto esta discusión como esta definición surgieran en plena crisis económica hace pensar que se trata de una definición ad hoc, de la expresión de un cierto desencanto ante el hecho de que nuestras democracias crezcan (las que crecen) a un ritmo más lento que algunas sociedades emergentes, algo menos democráticas y, sobre todo, mucho más lento que la nada democrática China. Así, la definición de la democracia como medio podría no ser más que una respuesta de humildad al viejo entusiasmo con el que Fukuyama definió la democracia como finalidad, como el fin mismo de la historia. La dificultad para saber si esta afirmación es algo más que la expresión de un malestar previsiblemente pasajero se acentúa porque en este debate los defensores de la democracia a menudo han hablado indistintamente de política y de democracia. Pero como estos términos no son sinónimos, bien podría ser cierto al mismo tiempo que la política fuera un fin (como diría Aristóteles) y que la democracia fuera un medio (como dijo Garzón).
Cuando Aristóteles afirmaba que el hombre es un animal político no quería decir, simplemente, que el hombre es un animal social y que de la sociedad dependen las condiciones mínimas de su supervivencia, sino que el hombre es un animal que encuentra en la vida en la polis su más alta realización. En la polis la comunidad humana llega a sus posibilidades más altas y en la vida en la polis y en la práctica de la política está la finalidad de la vida humana. Pero la democracia es sólo uno de los muchos regímenes políticos posibles, una de las muchas formas posibles de la polis. Y si podemos decir, quién sabe si con Fukuyama, que la democracia liberal es la mejor realización de la polis aristotélica (quizás porque abre el acceso a la más elevada vida humana, la vida política, a todos los hombres) es porque la vida democrática es la más alta realización de la naturaleza humana, porque en ella las más altas capacidades humanas (las capacidades racionales del hombre) encuentran el campo más adecuado para su desarrollo. Pero incluso cuando no estemos en condiciones de defender esta concepción teleológica de la naturaleza humana tenemos buenos motivos para defender la democracia, por ejemplo, porque es la manera de continuar la guerra por el poder por otros medios. Porque hace posible que los ciudadanos persigan todos los fines que consideramos dignos de ser perseguidos y porque aquella famosa frase que asegura que la democracia es el peor de los sistemas a excepción de todos los demás no expresa un defecto de la democracia sino su principal virtud y el mejor motivo para preferirla a cualquier alternativa conocida.

13.5.12

Fouché. Retrato de un home político, de Stefan Zweig

Valoración: 5/5

No es el ejercicio desinteresado del erudito lo que nos empuja a acercarnos a los grandes hombres del pasado, sino la voluntad de aprender lo que su vida y su ejemplo puede enseñarnos sobre la grandeza, el poder y la naturaleza de los asuntos políticos y la condición humana. Es con este ánimo que leemos el Retrato de un hombre político de Stefan Zweig, su libro sobre Joseph Fouché. La vida de este siniestro personaje es una lección descarnada sobre la realidad de la vida política. Y su capacidad para adaptarse a las más diversas condiciones políticas y sobrevivir en los gobiernos más diferentes, en una época donde sobrevivir políticamente significaba, literalmente, conservar la cabeza, es una muestra tanto de las habilidades del superviviente como de las características comunes de los gobiernos aparentemente más diferentes. El Fouché de Stefan Zweig nos enseña hasta qué punto es cierto que en la información es poder, que la verdad de la política está en las apariencias, que los silencios dicen tanto como las palabras y que, en una vida dedicada a la acción política, la única manera de ser coherente con los propios principios es no tener ninguno.
Joseph Fouché nació el 31 de Mayo de 1759 en Nantes en una familia de marineros y comerciantes. Con una constitución demasiado delicada para dedicarse al oficio familiar, y siendo un excelente estudiante, el joven Fouché fue abriéndose camino como maestro en la escuela de los oratians de la ciudad. De los veinte a los treinta años, Fouché se dedica a enseñar latín, física y matemáticas en la escuela conventual. En estos diez años, Fouché aprende enseñando. Va haciendo suyos los hábitos de seminarista, que tan bien ligan con su condición física y anímica, y formando así el espíritu del futuro diplomático. Aprende "la técnica del saber callar, el arte magistral de la auto-ocultación, la maestría de la observación del alma y la psicología". Y durante este tiempo va dejando ver una de las características más destacadas de su personalidad. Aunque la única manera de progessar dentro de la iglesia era hacer los votos religiosos, Fouché nunca tomó los órdenes mayores. Así pone de manifiesto su aversión a atarse por completo a nada y a nadie. Si no es capaz de atarse a Dios, como se podía esperar que fuera capaz de atarse a ningún hombre?
Cuando en 1778 estalla la tormenta revolucionaria en Francia, el joven Fouché empieza a entrar en contacto con el ambiente intelectual del momento a través del círculo social de los "Rosati". Allí conoce y traba amistad con Maximiliano de Robespierre, que en aquella época todavía está más interesado en escribir "gráciles versículos" que al redactar sentencias de muerte. En cuanto huele los nuevos aires políticos se le despierta el interés por tomar parte en ellos. Consciente de que el tercer estado será el protagonista del futuro, cuelga los hábitos y se casa con la hija de un comerciante, una burguesa fea y rica y la única persona a quien Fouché será fiel. Porque la historia de sus traiciones, que debería convertirse en legendaria, comienza prácticamente en el mismo momento de su entrada en política, cuando es elegido diputado por Nantes a las elecciones a la Convención de 1972. Poco después de esta elección, su amistad con Robespierre se rompe para siempre y sin remedio. Su primera gran decisión como diputado tenía que ser la de elegir dónde sentarse en un anfiteatro que se encontraba claramente dividido. En la parte de abajo se sentaban los moderados, los burgueses, los girondinos. En la parte de arriba, los líderes del proletariado, los radicales, Robespierre, Marat y Danton. Fouché tenía que tomar partido incluso antes de sentarse. Pero, de hecho, Fouché sólo podía elegir un partido, "el único al que ha sido y será fiel hasta la muerte: el más fuerte, el de la mayoría". Y en ese momento los más fuertes y la mayoría eran los girondinos.
El 16 de enero de 1793, Fouché tuvo que tomar otra difícil decisión. El rey Luis XIV estaba vivo y la Convención debía decidir qué hacer de aquel hombre que, aunque privado de su rango, su nombre (se le conocía como Luis Capeto) y su libertad, todavía representaba un peligro para la joven República. Robespierre había logrado que el voto fuera público, que los diputados hubieran de pronunciar su sí o su no ante la Asamblea, el pueblo y la historia. No había esperanza para los indecisos. Además, los radicales movilizaron al pueblo para forzar un voto favorable a la sentencia de muerte. Muchos girondinos cedieron al miedo de una revuelta popular y decidieron cambiar a última hora su voto para pedir la muerte del rey. Cuando fue el turno de Fouché, éste, que hasta hacía escasas 10 horas todavía defendía entre los suyos la clemencia, habiendo contado los votos emitidos y viendo que la victoria estaba cerca de decantarse en favor de los radicales, se limitó a pronunciar dos palabras: "la muerte". Con aquel gesto, Joseph Fouché no sólo traicionaba manifiestamente a sus amigos Concordet y Daunou, sino que se ganó un enemigo que acabaría siendo decisivo en su caída en desgracia, todavía muchos años más tarde: la hija de Luis XVI y María Antonieta y futura duquesa de Angulema, la única de la familia que escapó a la masacre.
Pero el final aún estaba lejos. Tras la votación, Fouché se volvió el más radical entre los radicales. Y cuando la unidad de los radicales comenzaba a tambalearse, él prefirió apartarse de la arena política, retirándose como procónsul en Lyon, hasta que la batalla estuviese decidida. En aquel tiempo, Fouché se ganó el apodo del "Mitrailleur de Lyon", por su ocurrencia de ejecutar a cañonazos a los traidores a la revolución. Mientras los radicales de París pedían sangre, Fouché fue el más sanguinario de sus sirvientes. Cuando los aires que llegaban de París cambiaron, Fouché hizo ejecutar a los ejecutores que hasta hacía aún pocos días trabajaban a sus órdenes y a pleno rendimiento. En otro giro radical en sus afiliaciones políticas, el "Mitrailleur de Lyon" se convirtió de la noche a la mañana en su salvador. Toda su carrera política siguió esta misma dinámica. Sus cambios repentinos de camisa le llevaron a ser Ministro del Interior del Directorio y del Consulado, donde tejió una impresionante red de espionaje demostrando hasta qué punto es cierto que el saber es poder. Fue ministro y enemigo del Emperador, fue pobre como una rata y fue el más rico de Francia. Fue ateo radical después de haber sido profesor con los oratianos y antes de casarse por la iglesia en segundas nupcias tras la muerte de su primera esposa. Fue todo lo que tenía que ser para estar cerca del poder, para ser el poder en la sombra, y lo fué de manera admirable en uno de los periodos más convulsos de la historia universal. Es por ello que la vida de Fouché se ha leído como un ejemplo de éxito en la sucia batalla que se libra cada día por el control del poder político.
Pero la historia de Fouché es también una historia trágica. Es la historia del camino que lleva a los grandes hombres políticos hacia aquel solitario final que espera a todos los que viven lo suficiente como para ser olvidados por todos excepto por los más furiosos de sus enemigos. La historia de Fouché es también la historia de un destino que finalmente pasa cuentas con quien tantas veces lo había burlado. Es la historia del más grande y oscuro traidor de los más poderosos de entre los hombres siendo engañado a plena luz del día por su joven esposa. La del interlocutor y consejero de algunos de los hombres más importantes de la historia universal siendo ignorado por los más insignificantes burguesitos en las fiestas más banales de las más tristes ciudades. Cuando ya no tiene poder pero todavía tiene peligro es rechazado en todas partes y para todos. Y cuando finalmente es lo suficientemente viejo para ser inofensivo se le deja morir cómodo y sólo, prácticamente olvidado por Dios y por la historia hasta que Stefan Zweig lo recuperó en este magnífico retrato del hombre político.

11.5.12

Pereat mundus

En un artículo en su blog del diario Ara, el neonarodista Guillem Laporta declaraba su preferencia por François Hollande en las pasadas elecciones francesas, porque, "esta retahíla de propuestas destinadas a multiplicar el gasto, poner trabas a la contratación y aumentar los impuestos es la perfecta bomba de relojería que estábamos esperando los que creemos en el desmantelamiento de la Unión Europea". Laporta destaca algunas propuestas absurdas o descaradamente electoralistas (como la de garantizar el gimnasio a toda la población o pagar el aislamiento térmico de un millón de viviendas) y otras indudablemente bienintencionadas pero previsiblemente contraproducentes (como la de crear una tasa para las transacciones financieras o aumentar las cotizaciones sociales a las empresas que crean puestos de trabajo poco remunerados). Contraproducentes, decimos, si lo que se trata es de estimular el crecimiento. Una preocupación que, ahora que sirve para atacar las "políticas de derechas", parece que vuelve a ser legítima y que incluso justifica seguir gastando más de lo que se tiene. Esta reivindicación de las políticas de crecimiento contra las políticas de austeridad es una de esas curiosas lecciones que últimamente la realidad nos ofrece a quienes todo lo que sabemos de economía es, precisamente, lo mucho que nos falta para poder hacer lo que queremos y la poca idea que tenemos de cómo conseguirlo.
Pero, como muy bien recordaba Josep Ramoneda, estas son las propuestas de alguien que (finalmente!) prioriza la justicia sobre la economía. De alguien que lo habría prometido durante la campaña electoral y que la noche de la victoria aún no lo habría olvidado. Quizá convencido, como tantos otros de nosotros, que si somos capaces de olvidarnos de la economía y hacer las cosas que sabemos que está bien hacer, la economía también se olvidará de nosotros. Estas promesas, esta victoria y este entusiasmo de los justos me ha hecho recordar una de las más claras reivindicaciones de aquel movimiento que sólo tiene un año y ya no sabemos si aún está vivo o ya ha muerto. Pedían, exigían!, que los políticos tuvieran que cumplir, por ley, sus promesas electorales. En aquel momento me pareció que era una propuesta muy contraproducente para un movimiento caracterizado, precisamente, por ser lo suficientemente realista como para pedir lo imposible. Me parecía que, ante la amenaza de sanciones, un político sensato abandonaría las promesas irrealizables y se limitaría a la conocida, antiutópica y parece que indignante tarea de administrar la situación lo mejor posible. Además, no me parecía que esta propuesta fuera precisamente en la línea de reforzar la confianza entre los ciudadanos y sus representantes. Ahora me parece que lo peor, el más peligroso de todo, es simplemente la posibilidad de que los políticos cumplan sus promesas electorales. Me parece que los que no somos lo suficientemente optimistas para creer que cuanto peor vaya todo mejor, ni estamos dispuestos a consolarnos afirmando que como mínimo la intención era buena, porque creemos que lo mejor a menudo es enemigo de lo bueno, a la realidad deberíamos darle siempre, y como mínimo, la posibilidad de estropearnos una buena idea. Quizás esta sea, en el fondo, la única manera que tengan los políticos de hacernos justicia.

4.5.12

La altura de los tiempos

Las últimas y polémicas declaraciones de altas instancias de la iglesia española sobre la homosexualidad han vuelto a despertar las ansias reformistas de muchos ateos de buena fe que creen que en la iglesia le iría mucho mejor si se modernizara, si se pusiera a la altura de los tiempos. Desconozco el interés que estos autodenominados ateos puedan tener en la salud y el éxito de la iglesia católica, pero no tengo ningún motivo para dudar de que es un interés noble y sincero. Sin embargo, y aunque comparto su aspiración al ateísmo y su simpatía por todos estos católicos homosexuales condenados al fuego eterno, no creo que sus consejos sirvan para ponerla a la altura de los tiempos ni creo que la iglesia deba hacer tal cosa. No creo que la iglesia deba ponerse a la altura de los tiempos porque creo que su pretensión debe ser, debe seguir siendo, la de poner los tiempos a su altura. Y, en todo caso, me parece que debería ser preocupación de los católicos el valorar si su iglesia está a la altura de su fe.
Muchos de estos indignados opinadores pecan de pretenciosos cuando creen estar en disposición de medir la altura de los tiempos. Y aún más cuando se presentan a sí mismos y a sus convicciones como medida de todos los tiempos y a nuestros tiempos como medida de todas las cosas. Es evidente que en esto han de chocar de lleno con el cristianismo. Como dice Gómez Dávila, "todos estos que tratan de librarse el cristianismo de su herencia milenaria para devolverlo a su 'pureza primitiva', declaran 'originales' y 'auténticos' sólo los factores del cristianismo que apruebe la mentalidad vulgar de su tiempo. Desde hace fuera siglos, el 'cristianismo primitivo' se amolda, en cada nueva década, a las opiniones reinantes ". Así, en muy pocos años hemos pasado de considerar a Jesucristo como el primero de los hippies a considerarlo el primero de los indignados. Y lo hemos hecho sin necesidad de ningún tipo de revelación divina. Hemos tenido suficiente con dejar de creer que el origen de todos los males humanos era la represión sexual y comenzar a considerar que la culpa era de los mercados. No sé cuál de las dos versiones es más cercana al "auténtico mensaje cristiano" ni si este cambio interpretativo representa lo que se llama un progreso, y lo cierto es que tampoco me interesa discutirlo aquí. Pero me parece significativo que estos buenos reformistas crean que el futuro de la iglesia pasa por conseguir que sus enemigos declarados puedan sentirse a gusto en su seno. Porque la naturaleza de la iglesia la define tanto el amor de quienes en ella se recogen como el rechazo de los que prefieren quedarse fuera.
A mí me parece muy bien que la iglesia escandalice a según quién, porque entiendo que si dejara de escandalizarlos empezaría a escandalizar a los cristianos. Y me parece muy bien que esos mismos cristianos y esta misma iglesia puedan defender un modelo de familia y de sociedad que consideran los buenos. Me parece, además, que defender abiertamente lo que se cree que está bien incluso cuando ello no está a la altura de los tiempos es de una valentía mucho menos habitual de lo que se pretende. Y por eso me parecen mucho más razonables los cristianos que quieren hablar al mundo con un lenguaje que éste pueda entender que los que se limitan a decirle al mundo lo que está dispuesto a entender. Con los cristianos, la iglesia ya tiene todos los reformadores que necesita. Lo que le faltan son críticos. Lo que falta es gente dispuesta a discutir con la iglesia sobre el bien y el mal, lo que antes los ateos consideraban que era su trabajo. Gente que, más allá de indignarse porque alguien no comparte sus opiniones, esté dispuesta a ponerlas en cuestión y a discutirlas abiertamente. Lo que falta, para entendernos, y como siempre, son verdaderos ateos. Y digo que faltan porqué, independientemente de si serían buenos para la iglesia, creo que serían buenos para la sociedad.