18.1.12

La España fraguista

Parece ser que unos doscientos nostálgicos se encontraron en Caneletas para celebrar con cava la muerte de Fraga. Nostálgicos de un pasado que parecía no ser el suyo, de aquel pasado tan pesado donde contra Franco se vivía tan bien y donde, como decía un oyente de Radio Nacional, el pueblo unido salía a la calle para traer la democracia. Con su alegría y sus banderas, estos jóvenes revolucionarios nos recordaban, como si aún hiciera falta, que la memoria histórica es aquella forma particular de memoria donde no se recuerda lo que se puede sino lo que se quiere. Y es por eso que lo que se quiere recordar dice mucho más sobre lo que queremos ser que sobre lo que fue. 
Debe ser precisamente por eso que (casi) toda la clase política española ha decidido convertir la muerte de Fraga en un homenaje a la transición y la democracia. Han decidido recordar Fraga como portador de la democracia y como padre de la Constitución. Porque aunque esta obviedad no guste a los más demócratas entre los demócratas, también la democracia española se implantó de forma no democrática. Y en el caso de España, esta implantación o transición fue posible porque gente como Fraga o Carrillo, gente que no era demócrata, decidió, cada uno por sus motivos, renunciar a la lucha por un régimen que creían mejor para abrazar la causa posible e imperfecta de la democracia. Y en justa correspondencia histórica, los demócratas españoles han aprovechado la muerte de Fraga, como es probable que dentro de poco aprovechen la de Carrillo, para volver a dejar claro que son y quieren seguir siendo demócratas y españoles. 
Hace unos años, Francesc-Marc Álvaro escribió un libro titulado Los asesinos de Franco, denunciando la "enorme impostura" de la transición democrática. A diferencia de la mayoría de los demandantes, Álvaro no denunciaba sólo la impostura de tantos franquistas reconvertidos en demócratas de la noche a la mañana, sino la de todos aquellos antifranquistas que corriendo delante de los grises en lugar de correr tras ellos dejaron que el régimen y el dictador murieran en la cama. Todavía hoy lamentan que la democracia española reservara un lugar para los franquistas. Pero lo hizo precisamente porque España dejó que Franco muriera en la cama. En la democracia española tenía que haber sitio para España.

Artículo publicado en el diari de la FCO