25.1.12

Tocqueville, hoy

Ayer martes, y con el patrocinio de la FCO, se presentó la traducción al catalán del clásico de Alexis de Tocqueville "La democracia en América". Como siempre que se presenta un clásico, lo primero que hay que hacer es defender la conveniencia, o incluso la necesidad, de su lectura. Lo que nos debería llevar a leer los clásicos no es el ejercicio masoquista del erudito sino el interés genuino por aprender algunas cosas importantes. Pero este afán por aprender sería aún una defensa insuficiente si los clásicos no tuvieran nada que enseñarnos. De hecho, la principal reticencia a considerar seriamente a los pensadores del pasado como maestros es que, precisamente por ser pensadores del pasado, no pueden ser maestros del presente. Este prejuicio reconoce, con toda la razón del mundo, que en los siglos que nos separan de estos pensadores del pasado hemos tenido tiempo para aprender muchas cosas. Hemos tenido tiempo, incluso, de construir sociedades que no sólo no eran las suyas sino que ellos ni siquiera podían imaginar. Pero olvida la posibilidad de que en todos estos años también hayamos tenido tiempo de olvidar algunas cosas. Incluso, algunas cosas que podrían ser importantes. Así, cuando constatamos la eterna actualidad de los clásicos, el hecho de que estos siempre parecen escritos ayer mismo, no hacemos más que constatar la eterna actualidad de los temas que tratan. Sus preocupaciones, sus problemas, también son los nuestros y por eso sus reflexiones pueden servir también a las nuestras. 
Nos hemos cansado de escuchar que vivimos una crisis profunda de la democracia. Esta insistencia no hace cierta la tesis, pero sí que evidencia que el debate sobre los fundamentos de la democracia sigue vivo. Y para encarar serenamente este debate pocos textos nos pueden ser de más ayuda que el de Tocqueville, que analiza, sin las urgencias del presente, las características y los problemas fundamentales de la joven democracia americana. Leyendo a Tocqueville recordamos, por ejemplo, que el surgimiento o la implantación de la democracia necesita unas determinadas condiciones sociales de igualdad. El olvido de esta aparente obviedad está detrás tanto de las excesivas esperanzas de la administración W. Bush respecto a la democratización de Irak y el Afghanistan, como del iluso entusiasmo que tantos occidentales, también de buena fe, exhibieron durante la Primavera árabe, cuando aún era Primavera. De esta misma cuestión se deriva, a la vez, un problema fundamental de las democracias, como la posibilidad de que haya una tensión entre la igualdad y la libertad. Si Tocqueville se preocupa de esta posible tensión, es porque es consciente de que el gobierno popular no tiene por qué ser necesariamente el mejor gobierno, o el gobierno más sensato. La igualdad social no se da ni en la capacidad ni en la preparación intelectual de los ciudadanos. Así, contra lo que decía creer Zapatero cuando subió al gobierno, y como ha demostrado precisamente desde el gobierno estando, es evidente que hay muy pocos ciudadanos en condiciones de gobernar bien. Del recordatorio de esta obviedad, que tanto se ridiculizó cuando CiU la situó el centro de la campaña electoral hablando del "Gobierno de los mejores", depende en gran medida el sentido de la misma democracia, si es que ésta debe ser algo más que el régimen que permite al pueblo elegir entre su tirano y su verdugo. 
En el libro de Tocqueville también encontramos importantes reflexiones sobre la relación entre los diferentes niveles de gobierno, que no siempre tiene que ver con cuestiones administrativas, como en el  actual debate sobre el papel de las diputaciones, sino con cuestiones básicas para la vida en común, como son la formación del carácter y la conciencia colectiva, que se encuentran en el centro del debate sobre el Estado de las autonomías o la integración europea. O sobre la problemática relación entre política y religión, que no siempre debe entenderse como la relación que se establezca entre el gobierno eclesiástico y el gobierno secular, sino entre la moral pública y la ley civil. Las opiniones que tenemos sobre todas estas cuestiones, todo lo que consideramos obvio o lo damos por sabido, en definitiva, todos nuestros prejuicios, no son más que el eco lejano de las palabras de grandes pensadores como Alexis de Tocqueville. Es por ello que volver a sus obras, releer los clásicos del pensamiento, seguramente sea condición sine qua non para poder pensar auténticamente sobre los problemas que constantemente nos preocupan. 

Artículo publicado en el diario de la FCO