23.2.12

No es (sólo) la economía... y no somos estúpidos (FCO)

En el último número del Weekly Standard, William Kristol escribió un artículo con este mismo título: "It 's not (only) the economy ... and we are not stupid". En este artículo, Kristol recomendaba a los candidatos republicanos que no centraran su campaña exclusivamente en la economía. Lo hacía, evidentemente, por una cuestión táctica, pero no sólo por eso. Kristol recordaba que la situación de la economía no depende exclusivamente ni principalmente de lo que hagan los gobiernos y que, por lo tanto, a pesar de lo que haga Obama y pese a lo que piensen los republicanos de sus políticas económicas, la economía podría mejorar antes de las elecciones. Si fuera así, y si toda la campaña republicana estuviera centrada en la economía, los republicanos tendrían muy pocas opciones de ganar la Presidencia. Según Kristol es necesario que los republicanos no traten los votantes como niños pequeños o estúpidos, incapaces de preocuparse por más de un problema al mismo tiempo, y que no olviden otras cuestiones igualmente importantes, como la debilidad en política exterior, la irresponsabilidad fiscal o la tendencia del presidente a jugar a la ingeniería social con planes como el famoso Obamacare, que choca con uno de los principios más sensatos del neoconservadurismo y con el sentido común norteamericano sobre los límites de la acción gubernamental. Así que es necesario que tengan más presentes estas cuestiones y muchas otras. Y hay que hacerlo y es bueno que se haga porque Obama no deja de ser un presidente progresista en un país conservador. 
A diferencia de Obama, una de las principales virtudes de CiU es que seguramente es el partido que más se parece a los catalanes. Por ejemplo, no es ni mucho más ni mucho menos independentista o socialdemócrata que la mayoría. Y si puede sufrir un progresivo distanciamiento ideológico con el electorado, seguramente es porque la mayoría es más socialdemócrata del que los tiempos parecen aconsejar. Será por eso que lo que parece ser una aceptación bastante general sobre la necesidad e incluso sobre la conveniencia de los recortes no pasa de ser una aceptación resignada. Como la de los republicanos, esta actitud es peligrosa y no sólo a nivel táctico. Nada garantiza que en las próximas elecciones el votante catalán esté más contento con la situación económica de lo que lo estaba en las últimas. Y si no lo está y sigue convencido de que los recortes son, en el mejor de los casos, un mal menor, es relativamente sencillo que quiera recuperar la antigua política que nos ha llevado a esta situación y que en el fondo no deja de considerar que es la buena. Cabe suponer que esto sería malo para CiU y, sobretodo, para Cataluña. Y por eso no es tan necesario defender la necesidad de ciertas decisiones como defender su bondad. 
Los gobiernos de CiU y del PP tienen la necesidad y la responsabilidad de poner el sentido común de los ciudadanos a la altura de los tiempos. Y quizá por eso si había que ser crítico con la subida de impuestos del PP no era tanto por una cuestión económica como porque con esta decisión renunciaba a todos aquellos principios evidentemente sencillos y aparentemente sensatos que hasta hacía pocas horas consideraba los mejores. Y porque lo hacía precisamente cuando es urgente mantener viva la discusión sobre lo bueno y lo mejor. Ahora es cuando hay que defender que lo que los estudiantes de ciencias políticas llaman corresponsabilidad es mejor que lo que las abuelas llaman irresponsabilidad. Que esta corresponsabilidad en el gasto no sólo puede ser necesaria sino que puede ser buena si permite tener unos mejores servicios y una mejor ciudadanía. Y también hay que recordar, por ejemplo, que una escuela o una sanidad pública y de calidad no es exactamente lo mismo que una sanidad o una educación gratis para todos, incluso si sólo fuera porque there ain't no such thing as a free lunch. Esta crisis debería servir, como mínimo, para dejar claro que el mejor gobierno no es el que más gasta (ni siquiera el que gasta todo lo que puede) y que es precisamente por eso que el país que salga de la crisis puede ser un país más justo, más libre y mejor de lo que entró. 

Artículo publicado en el diario de la FCO 

2.2.12

Garzón y los pequeños tiranos

La reacción popular a la sentencia de Camps y el juicio de Garzón denota, otra vez, una profunda y preocupante falta de espíritu democrático. Muy preocupante, diría yo, si resultara que no puede haber democracia sin demócratas. Porque todo lo que parece esperar el pueblo de esta democracia, afortunadamente imperfecta, es que el poder le haga caso. Eso es todo lo que esperaba el movimiento reaccionario del 15-M y todo parece indicar que es precisamente esta esperanza compartida la que dio al movimiento su tan celebrada transversalidad. Cada ciudadano está convencido de que la suya es la auténtica voz del pueblo, y que por eso el gobierno le debe hacer caso a él, y sólo a él. Cada ciudadano es un pequeño tirano, firmemente convencido de que los males de la sociedad tienen mucho más que ver con la pequeñez de su poder que con su afán tiránico. 
Y nada es más característico de la tiranía que su desprecio por la ley. Por la ley positiva, se entiende. Por la ley que puede declarar culpable a quien uno tiene por una bellísima persona o inocente a quien considera un grandísimo y elegantísimo corrupto. Como está convencido de que la ley deriva del pueblo y que el pueblo es él, el pequeño tirano no admite que los juicios de la justicia puedan contradecir sus prejuicios más firmes. No hay nada más peligroso que poner en duda los prejuicios de quien está convencido de no tenerlo, y por eso cuando la justicia declara a Camps inocente el pequeño tirano ataca a la justicia porque esta niega la evidencia. Lleva tanto tiempo aplaudiendo el linchamiento público que ya no recuerda qué es un juicio. Y así, cuando condena la resolución no lo hace porque haya encontrado un error que la haga merecedora de recurso, sino porque, simplemente, no contempla la posibilidad, ni la legitimidad, de un juicio que no sea condenatorio. Es precisamente por eso que él, como todas estas asociaciones internacionales en favor de las causas nobles, no consideran ni siquiera legítimo que se juzgue a Garzón. 
Tampoco es extraño que el desprecio que sienten por una ley escrita que podría condenar a alguien como Garzón se exprese como la defensa de una ley que se pretende universal. Lo hacen de la misma manera que se supone que los antiguos tiranos sólo escuchaban la ley divina y los modernos totalitarismos afirmaban obedecer la ley de la naturaleza o de la historia. Pero ni siquiera hay que ser de los que creemos que la injusticia es preferible al desorden para entender que, incluso cuando la apelación a la justicia universal puede ser un buen argumento para cambiar leyes injustas puede no ser un buen argumento para saltárselas. Mucho más importante que para saber si Garzón es o no es culpable, este juicio podría ser importante, auténticamente histórico, si sirviera para ayudar a hacer entender a todos estos presumidos demócratas algo tan elemental del Estado de derecho como que ni el más súper de los jueces está por encima de la ley. 

Artículo publicado en el diario de la FCO