2.2.12

Garzón y los pequeños tiranos

La reacción popular a la sentencia de Camps y el juicio de Garzón denota, otra vez, una profunda y preocupante falta de espíritu democrático. Muy preocupante, diría yo, si resultara que no puede haber democracia sin demócratas. Porque todo lo que parece esperar el pueblo de esta democracia, afortunadamente imperfecta, es que el poder le haga caso. Eso es todo lo que esperaba el movimiento reaccionario del 15-M y todo parece indicar que es precisamente esta esperanza compartida la que dio al movimiento su tan celebrada transversalidad. Cada ciudadano está convencido de que la suya es la auténtica voz del pueblo, y que por eso el gobierno le debe hacer caso a él, y sólo a él. Cada ciudadano es un pequeño tirano, firmemente convencido de que los males de la sociedad tienen mucho más que ver con la pequeñez de su poder que con su afán tiránico. 
Y nada es más característico de la tiranía que su desprecio por la ley. Por la ley positiva, se entiende. Por la ley que puede declarar culpable a quien uno tiene por una bellísima persona o inocente a quien considera un grandísimo y elegantísimo corrupto. Como está convencido de que la ley deriva del pueblo y que el pueblo es él, el pequeño tirano no admite que los juicios de la justicia puedan contradecir sus prejuicios más firmes. No hay nada más peligroso que poner en duda los prejuicios de quien está convencido de no tenerlo, y por eso cuando la justicia declara a Camps inocente el pequeño tirano ataca a la justicia porque esta niega la evidencia. Lleva tanto tiempo aplaudiendo el linchamiento público que ya no recuerda qué es un juicio. Y así, cuando condena la resolución no lo hace porque haya encontrado un error que la haga merecedora de recurso, sino porque, simplemente, no contempla la posibilidad, ni la legitimidad, de un juicio que no sea condenatorio. Es precisamente por eso que él, como todas estas asociaciones internacionales en favor de las causas nobles, no consideran ni siquiera legítimo que se juzgue a Garzón. 
Tampoco es extraño que el desprecio que sienten por una ley escrita que podría condenar a alguien como Garzón se exprese como la defensa de una ley que se pretende universal. Lo hacen de la misma manera que se supone que los antiguos tiranos sólo escuchaban la ley divina y los modernos totalitarismos afirmaban obedecer la ley de la naturaleza o de la historia. Pero ni siquiera hay que ser de los que creemos que la injusticia es preferible al desorden para entender que, incluso cuando la apelación a la justicia universal puede ser un buen argumento para cambiar leyes injustas puede no ser un buen argumento para saltárselas. Mucho más importante que para saber si Garzón es o no es culpable, este juicio podría ser importante, auténticamente histórico, si sirviera para ayudar a hacer entender a todos estos presumidos demócratas algo tan elemental del Estado de derecho como que ni el más súper de los jueces está por encima de la ley. 

Artículo publicado en el diario de la FCO