22.3.12

Coriolano, una lectura (FCO)

Es bien cierto que en el Coriolano de Shakespeare hay lecciones de gran actualidad sobre la democracia. Porque hay grandes lecciones sobre la condición humana, que es una condición política de la que ninguna democracia puede escapar, por muy avanzada que sea. De hecho, son precisamente estas lecciones de perpetua actualidad lo que buscamos en los clásicos, aunque a menudo sólo seamos capaces de encontrar argumentos de autoridad en favor de nuestros prejuicios. Por eso no es extraño que el director Rigola defienda la actualidad de Shakespeare señalando la bondad del 15-M o que los críticos más elogiosos de la obra se centren en reivindicar la madurez del pueblo y a condenar la maldad de unos poderes políticos y económicos dedicados a infantilizarlo y castigarlo gratuitamente. 
Pero lo primero que nos muestra la obra es la ingenuidad de un pueblo que persigue como su principal enemigo el que es su más valiente guerrero: "Matémoslo, y tendremos el trigo al precio que queramos nosotros", grita la muchedumbre. El pueblo asegura ser consciente de todo lo que Cayo Marcio (Coriolano) ha hecho por él, pero considera que sus razones no son lo suficientemente dignas para perdonar a su orgullo. El agradecimiento de los ciudadanos por la paz que Marcio les ha ganado no es suficiente para olvidar el desprecio con que los trata. Porque sólo hay una cosa que los ciudadanos valoren más en sus gobernantes que su buen servicio, y es su elogio. Independientemente de si este elogio es o no es merecido. Y no hay pueblo que soporte el desprecio o la indiferencia. Una de las verdades que nos muestra la obra es que ya nadie se atrevería a hablar al pueblo como lo hace Coriolano. Nadie sería suficiente temerario para enfentarse a solas a una ciudad entera, por muy convencido que estuviera de hacerlo por su bien. Porque ningún hombre público puede ser tan indiferente a la opinión que la ciudad tenga de él. Sea odio, admiración o ambas cosas a la vez. El tipo de orgullo que muestra Coriolano es simplemente incompatible con la democracia de masas, que exige del político una preocupación constante por su imagen pública y el recordatorio constante de que, por malo que sea ser odiado y por inútil que sea el ser temido, lo peor de todo es ser ignorado. Coriolano pagará con el exilio su temeraria falta de cordura cuando el pueblo, bajo la influencia de los demagogos y aduladores, se desdiga en el último minuto de hacerlo senador y, empujado por el odio, el condene a la ostracismo. Coriolano deja claro que la volatilidad de la opinión pública supone una amenaza mortal para Roma y, evidentemente, esta advertencia le lleva a ser acusado, otra vez, de traidor y de enemigo del pueblo. Y no sólo por el tono de sus palabras. 
Este conflicto pone de manifiesto los tres grandes peligros que amenazan la comunidad política: la temeridad de los gobernantes orgullosos, la de los pérfidos demagogos y la volátil ingenuidad del pueblo. Esta es especialmente preocupante porque la fortaleza del sentido común es precisamente lo que protege la convivencia y la estabilidad social de la falsa humildad de los demagogos así como de la tiranía de los mejores. Si la democracia se basa en la capacidad para crear consenso, ésta no conoce peor amenaza que la de un pueblo que no sabe en qué cree. Es por ello que, cuando en el último minuto el pueblo se niega a hacerlo senador, la madre de Coriolano le ruega que vuelva y se disculpe. La madre sabe que la sinceridad y el orgullo se vuelven vicios cuando ponen en riesgo el bien común y por eso pide a su hijo que los deje de lado y se deje gobernar. Porque sabe que el mejor servicio que un político puede hacer a su pueblo en tiempos de crisis es hacerle recuperar la confianza en su propia sabiduría y dignidad.