8.3.12

Viva Las Vegas (FCO)

Si sólo fuera por una urgente necesidad de hacer algo, si sólo fuera como mal menor y aparentemente necesario, seguramente no deberíamos defender el famoso proyecto Eurovegas. Porque, como dice el chiste, la necesidad pasa pero ella se queda. Pero lo mínimo que podemos decir es que este proyecto no parece malo. No parece que sea malo para la economía, ni parece que lo sea para la moral pública. Como mínimo, no parece serlo por los motivos que más se oyen estos días. Es la primera vez que un turismo que se prevé rico, educado y más interesado en pasar los días jugando en los casinos lejos de Barcelona que paseando por las Ramblas o visitando la Pedrera nos parece que sería un turismo especialmente molesto o no suficientemente bueno para nosotros. Y siendo la primera vez, no deberíamos precipitarnos en sacar conclusiones. Porque la preocupación por la masificación del centro de la ciudad es legítima y sensata, pero aún tiene que llegar la hora en que alguien explique cuál es ese nuevo modelo de turismo que volvería Barcelona a los barceloneses (los que no viven del turismo, se entiende). Y tampoco parece que tengan razón los defensores de un modelo económico y de país basado en la romántica idea del pequeño comerciante de barrio. Porque, aunque yo tampoco creo que la única política posible sea la búsqueda del enriquecimiento, y aunque creo incluso que un país tiene todo el derecho del mundo a decidir si quiere intentar enriquecerse o prefiere llevar una vida sobria en la honesta pobreza, todavía tengo que encontrar el apologeta del tendero y la persiana que esté dispuesto a vivir con los servicios sociales que un país de tenderos podría mantener. Es evidente que cuatro casinos no nos harán salir de la crisis ni harán más competitiva nuestra economía. Pero también es evidente que, por muy competitiva que sea la economía de un país, la mayoría de sus ciudadanos no se ganan el sueldo con su talento y sus conocimientos sino con su esfuerzo y su sudor. En Syllicon Valley no hay lugar para todos y trabajar de camarero es muy digno y mucho mejor que no poder trabajar.
Pero no sólo de pan vive el hombre y el problema de Las Vegas es un problema moral. Las Vegas es una ciudad donde la gente bebe, juega y pone el ojo en señoras que no son la suya. Y, lo que es aún peor, donde esas señoritas también miran. Estas son actividades que turistas y locales practican prácticamente a todas las grandes ciudades del mundo, y que en todas partes se pueden practicar con cierta moderación. Pero la manera de practicarlas en Las Vegas es un vicio. El tipo de juego que la gente practica en Las Vegas es totalmente contrario a todos estos valores que se supone que son nuestros y que nos han de sacar de la crisis. Los valores del esfuerzo, la constancia y el trabajo bien hecho. Las Vegas representa todo aquello que tanto se critica de lo que llaman el capitalismo financiero y especulativo. En Las Vegas, como dijo Irving Kristol, la gente “se abandona a fantasías de omnisciencia, de omnipotencia, y de conseguirlo todo a cambio de nada”. Solo allí el sueño de convertirse en millonario de la noche al día y sin tener que hacer nada (más que lanzar los dados) está al alcance de todos. Sin distinción de clase, raza o religión. Las Vegas, proseguía Kristol, “invierte la situación normal: allí el vicio es público y solo la virtud es un asunto privado. Esta inversión es tolerable mientras seamos conscientes de hasta qué punto es anormal”. Que este haya sido el sueño de muchos y que los excesos en el riesgo y en el gasto que este sueño proporciona sean los culpables de la actual situación no es culpa de Las Vegas, sino del olvido de su carácter excepcional. Como decía el poeta, solo allí donde hay peligro crece también lo que nos salva. Así pues, no podemos creernos virtuosos solo por haber evitado toparnos con la tentación del vicio. Y precisamente porque nos recuerda la excepcionalidad del vicio y el carácter efímero de los delirios de grandeza Las Vegas es una gran escuela de virtud.

Artículo publicado en el diario de la FCO