26.4.12

Cómo se reconoce a un intelectual progresista (FCO)

Vista la alegría de los socialdemócratas europeos con los resultados de la primera vuelta de las elecciones francesas, cualquiera diría que la solución a aquella profundísima crisis de ideas, de proyecto, de valores y de liderazgo puede ser tan sencilla como recuperar el poder. O aún más fácil, puede bastar con empezar a ver y a creer que recuperar el poder es posible y que lo es sin necesidad alguna de nuevas ideas y nuevos valores y proyectos. Quizás hasta con Hollande sería suficiente. Las exageraciones de los socialdemócratas se hacen aún más evidentes cuando se ve que en los Estados europeos la socialdemocracia no es una opción de gobierno entre otras, sino que es el modelo mismo de Estado. Y que incluso cuando no tiene dinero tampoco tiene ninguna alternativa. Todas las crisis fueran como ésta.
Pero, como ocurre siempre que la realidad les da la razón, parece que los que presumen de ser intelectuales progresistas están muy preocupados y no se cansan de escribir artículos y más artículos sobre la crisis de la socialdemocracia y los peligros y los malvados que la amenazan. Y parece que a cada artículo no hacen más que reafirmar su doble crisis, como intelectuales y como socialdemócratas. El último ejemplo nos lo ofrecía Manuel Cruz en el artículo Cómo se reconoce a un filósofo de derechas, publicado en el diario El País. Básicamente viene a decir dos cosas. La primera, que las palabras progresistas pierden todo su sentido cuando las pronuncia alguien que él considere sospechoso de ser de derechas. La segunda, que hace las funciones de conclusión del artículo, que la mejor manera de saber si alguien es de derechas es que "jamás tiene presente en sus escritos a la creciente multitud de los que padecen en sus propias carnes el sufrimiento, el dolor o la explotación generados por una estructura social y económica injusta". Lo que no contempla Manuel Cruz (y, como bien dice él mismo, "una ausencia tan clamorosa no puede ser olvido ni descuido: es una opción firme y decidida") es la posibilidad de que la diferencia entre él y estos filósofos de derechas no sea que él es muy buena persona y los demás más bien no, sino, simplemente, que tengan opiniones diferentes sobre cómo responder a este sufrimiento y un interés más bien desigual en el exhibicionismo moral.
Podría ser exactamente así como se reconoce a un intelectual progresista. Su primera preocupación es la de dejar claro que es un intelectual y que es progresista. Por eso se puede pasar el artículo hablando de Wittgenstein y los usos del lenguaje para acabar llegando a la conclusión, novedosa y radical, que los filósofos de derechas son mala gente y, aunque mucho peor, que son unos hipócritas porque no lo reconocen de forma explícita en sus artículos. A diferencia, y eso también sirve para identificarlos, de lo que hacen los buenos, que están más preocupados en dejar claro que ellos sí sufren mucho por la gente que sufre que encontrar alguna manera de hacer que sufran aunque sea un poquito menos. La exhibición pública de su indignación moral sigue siendo la mejor estrategia que ha encontrado al hombre para revestirse de dignidad y para rehuir el debate. También por eso se reconoce a los intelectuales progresistas. Son aquellos que se preocupan más de lo que piensan los demás y por tanto, de lo que ellos no pueden pensar, que de limitarse a pensar por sí mismos. Mucho más preocupados en desenmascarar a los supuestos filósofos de derechas que puedan colarse en diarios y editoriales de izquierdas que en pensar como filósofos. Contra lo que dicen estos intelectuales progresistas, y pese a lo mucho que lamentaría contradecir a Wittgenstein, yo diría que los intelectuales, sean cuales sean sus opiniones políticas, deben creer que el valor de lo que se dice no depende de quien lo diga. O, con más precisión, lo que yo creo es que sólo con estos intelectuales vale la pena "jugarse los cuartos". 

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