19.4.12

La escopeta real (FCO)

Lo más curioso del caso es que hasta el momento de sus disculpas de reyecito, la historia podría haber sido otra. Su cacería podría haber sido de negocios y el suyo un accidente laboral. Entonces el rey merecería nuestro respeto y nuestra indemnización y este sería todo el coste que la expedición tendría para los súbditos, teniendo en cuenta que los elefantes y las balas corrían a cuenta de los anfitriones.
Quizás esto no hubiera evitado el debate, pero los términos y las conclusiones serían todos otros y el rey podría salir más monarca que nunca. Quizás su agenda se hubiera hecho pública porque un rey nunca descansa y esta publicidad sería entonces su mejor defensa. Incluso para los románticos y los periodistas, que tendrían más motivos que nunca para imaginarlo escapándose de palacio a las hurtadillas, atravesando la noche madrileña como el caballero oscuro de las películas.
En esta historia, toda otra, la soberana realidad sería tan transparente que incluso podríamos saber por qué se disculparía y por qué abdicaría si lo hiciera. Habríamos aprendido que cazar elefantes es una de las duras faenas de los reyes y que aficiones privadas como la defensa de animales en peligro son incompatibles con sus responsabilidades públicas. Que todo el problema, toda su culpa, es no haber estado a la altura de estas obligaciones. Por romperse la cadera y por dedicar su tiempo, que es el nuestro, a causas que en absoluto nos son benéficas. Por eso debería haber abdicado. Porque después de tantos años ya no está para estas cacerías. O quizá porque este es el trágico destino de los auténticos servidores del pueblo, que por el bien común han de hacer cosas (como matar elefantes o cena con dictadores africanos) que el tal común no siempre tiene ganas o estómago para entender. Con este sacrificio, que sólo pueden hacer los grandes hombres, porque sólo ellos son capaces de soportar los injustos juicios de la historia, el rey podría hacer su segundo y último gran servicio a la corona y en España.
Debe de ser una ironía de la monarquía parlamentaria que un rey irresponsable se haya visto obligado a responder ante las cámaras como la triste vecina de un maltratador. Y una ironía del destino que justamente en este momento haya decidido, en un ejercicio de transparencia sin precedentes, decir la verdad. Como si la verdad fuera suficiente. Como si la gente, la institución, la nación, el sistema!, no necesitaran algo más que la verdad. Justo en estos momentos se presenta como el más lastimoso de sus ladrones, cuando todo lo que necesitaban era al más humilde de sus servidores.