13.4.12

Los culpables intelectuales (FCO)

Pasan los días y sigue la búsqueda de los auténticos culpables de la violencia, de sus autores intelectuales. Toda esta investigación no parece ser más que una manera como otra de intentar olvidar la verdad, básica y fundamental de la sociedad humana, que el hombre puede ser un lobo para el hombre. Que de vez en cuando al hombre le gusta quemar cosas. Destruir. Saltarse la ley. Sobre todo, sentirse por encima de la ley. Que le encanta tener suficiente con poner cara de mala leche para ser sumisamente obedecido y con un par o tres de amigos para colapsar una ciudad. Le gusta robar cuando nadie mira o cuando todo el mundo lo hace. Le gusta la violencia y cualquier excusa puede parecerle suficiente para exculparse en su uso. Por eso los argumentos de los violentos no son argumentos, sino excusas. Por eso no hay autores intelectuales y por eso a la violencia no se la vence con la fuerza de la razón sino con la fuerza de la ley. Los violentos, como todo el mundo, son los únicos responsables de sus actos. Y nada los exculpa. Tampoco, evidentemente, esta supuesta violencia estructural. Es esta dolorosa evidencia que a menudo nos negamos a recordar: cada uno es responsable de sus actos. 
Esto no quiere decir que no tengamos que pedir explicaciones por sus discursos a los sindicatos o a los de esta izquierda que presume de ser tan y tan inteligente. Por toda esa retórica de ser "un poco antisistema" o por negarse a condenar ninguna violencia que no sea la violencia metafísica de los mercados y el sistema. Todo lo contrario. Es precisamente por eso que a ellos podemos y debemos pedirles explicaciones por lo que dicen o dejan de decir, de la misma manera que los demás les tenemos que pedir responsabilidades por lo que hacen sin ninguna necesidad de escuchar sus excusas. El problema de todos estos presuntos autores intelectuales no es un problema de autoría, sino que es un problema intelectual. E intelectual es también su culpa. Porque, simplemente, no parece que sepan lo que dicen. No parece que tengan demasiado claro de qué hablan cuando hablan de la justicia social o del conflicto social, o cuando hablan del sistema, los mercados, de su violencia o los derechos de los trabajadores. Por eso los líderes sindicales tampoco parecen tener muy claro qué quieren decir cuando se dirigen al gobierno para "informarle" que si no los acepta como interlocutores habrá más conflicto social. De hecho, ni siquiera parecen entender que aceptar a alguien como interlocutor no es aceptar que tenga razón. Y por todas estas cosas tenemos que pedir explicaciones. 
Lo más grave es que tampoco parece que entiendan mucho qué lugar ocupan en el espacio que se supone que delimitan el sistema y sus contrarios. Es el problema que tan patéticamente evidenciaron los diputados Camats y Boada el día del asalto al Parlamento. Cuando después de haber huido corriendo de unos asaltantes que querían linchar, y una vez dentro del Parlamento, una vez protegidos por las fuerzas del orden y por la cortés normalidad de la vida democrática, se declaraban, otra vez, amigos del 15-M, y antisistema aunque sólo la puntita. Su problema no es que sean unos cínicos, porque para ser cínicos hay que saber mantener una distancia adecuada con la corrección política y no es cínico quien quiere sino quien puede. Y tampoco es que sean hipócritas, porque no tienen un doble discurso ni un discurso que contradigan con su praxis vital, sino que todo parece indicar que viven con la misma incoherencia con lo que piensan. Pero también es cierto que eso nos pasa a casi todos. El auténtico problema es que de ideas tan poco claras no deberían salir planteamientos tan dogmáticos.