24.5.12

Margin Call

Pretende ser la historia de todo esto. Del sistema, la codicia, la crisis y la injusticia. Y a pesar de no pueda ser tanto, una sola escena de la misma película basta para entender su éxito. Es una conversación entre dos trabajadores de este presunto Lehman Brothers que van en coche. Uno de ellos insultantemente joven, que acaba de saber que perderá su trabajo y que encima se ve obligado a aguantar el típico discurso moralista sobre el sentido de la vida de un tío que seguirá haciéndose rico en esta empresa que lo echa. Un sentido que, encima, no se encuentra en las putas ni los coches ni el champán, sino precisamente en este trabajo que se acaba, en el servicio que desde una empresa como la que cae se hace a toda aquella gente anónima que sin ella nunca hubiera podido tener todo lo que estaba a punto de perder. "Mira, -le dice el moralista- si eso es lo que quieres hacer con tu vida, y hacerlo bien, necesitas creer que eres necesario. Y lo eres. Si la gente quiere vivir así, con sus grandes coches y estas casas que aún no ha pagado, entonces eres necesario. La única razón de que puedan continuar viviendo como reyes es porque tenemos los dedos sobre el sistema, inclinándolo a favor SUYO. Y si quitamos los dedos... ". Es el típico discurso que sólo hace quien no se lo acaba de creer, para justificar su vida y encontrar un sentido a su trabajo. Y es un discurso que sólo se cree quien ya estaba convencido o quien lo necesita con cierta urgencia. Se le cree el más joven porque está triste por haber perdido el trabajo de sus sueños y se cree un espectador que tampoco está demasiado flamenco y que también ha perdido lo suyo.
Y de ahí el éxito de la película. Porque lo que allí es la excusa de los malos, aquí es el auténtico credo de los buenos. Los elogios que ha recibido el film no son más que el eco del discurso habitual sobre la crisis y que se resume, en el film como en el diario, en el tópico de que la cagan dos y pagamos todos. Imaginando las críticas que han de venir, el joven moralista hace este discursito para recordar al pueblo que tiene una deuda existencial con su banco y que debería estar agradecido por todos estos años regalados. Y yo gritaría encantado con el pueblo que es el banco quien tiene una deuda con él pero eso, aquí y ahora, sería mentir. Los únicos bancos que parecen tener una deuda con su pueblo, una deuda que esperamos que puedan devolver lo antes posible, son los bancos alemanes. Esto es, como mínimo, lo que explicaba el sábado Arcadi Espada comentando Boomerang, el último reportaje de Michael Lewis. Los banqueros alemanes, para enriquecerse, hicieron de todo como todos y en todas partes. Excepto en Alemania. "En su propio país -dice Lewis y cita Espada- estos banqueros aparentemente dementes se comportaron con mesura. El pueblo alemán no les permitía actuar de otra manera ". Este es un magnífico ejemplo para los moralistas. Los bancos, dementes, querían. Y los alemanes, prudentes, no los dejaron. Pero es también una pésima noticia porque cuesta mucho menos cambiar las cúpulas directivas de los bancos que educar a las masas en la prudencia. Sirva, en todo caso, para recordar que nuestro auténtico drama es que los protagonistas de Margin Call no son los únicos culpables. Que las crisis se puede saber cuando estallan pero no cuando empiezan a gestarse. Que aquí todo el mundo la caga y todo el mundo la paga simplemente porque todo tiende a caer y no siempre podemos ni sabemos evitarlo. Que al final de la crisis no nos espera ningún nuevo orden sino un nuevo desorden que se nos irá haciendo habitual. Y que el auténtico problema no es que estemos en malas manos, en manos corruptas o incompetentes, sino que realmente no estamos nunca en manos de nadie. Que estamos, literalmente, dejados de la mano de Dios, porque sólo las manos de un dios podrían servirle al sistema de firme sustento.

20.5.12

"La fuente de degeneración que puede observarse en los regímenes públicos libres consiste en la práctica del endeudamiento y de hipotecar los ingresos públicos, con lo que, con el tiempo, los impuestos pueden llegar a hacerse insoportables, y todos los bienes del Estado pasan a manos del público. Esta práctica es moderna. Los atenienses, aunque estaban gobernados por una república, pagaban cerca del 200 por ciento sobre las sumas de dinero que una emergencia les hacía necesario pedir prestadas, tal como sabemos por Jenofonte. Entre los modernos han sido los holandeses los primeros en introducir la práctica de prestarse grandes sumas a bajo interés, y prácticamente les ha conducido a la ruina. También los príncipes absolutos han contraído deudas. Pero, como un príncipe absoluto puede declararse en bancarrota cuando le plazca, sus deudas nunca oprimirán a su pueblo. En los regímenes populares, el pubelo, y principalmente quienes tienen los más altos cargos, al ser por lo común los acreedores públicos, resulta difícil para el Estado recurrir a este remedio que, por más que a veces sea necesario, es siempre cruel y bárbaro. Esto parece en consecuencia constituir un inconveniente que amenaza a casi todos los gobiernos libres, en especial al nuestro en la actual coyuntura. Y ¿no es éste un poderoso motivo para aumentar nuestra frugalidad con el dinero público, no vaya a ser que por falta de ella nos veamos obligados, por la multiplicidad de impuestos o, lo que es peor, por la impotencia y la incapacidad de defendernos, a maldecir nuestra libertad y a desear tener la misma situación de servidumbre que las naciones que nos rodean?"

David Hume. "De la libertad civil". Ensayos morales, políticos y literarios

18.5.12

La democracia es un medio?

Hace unas semanas, el joven diputado de IU Alberto Garzón provocó un sorprendente revuelo cuando dijo, en su twitter, que "la democracia es un medio y no un fin". Es difícil saber qué es exactamente lo que quería decir con estas palabras, pero todo parece indicar, o al menos así se interpretó, que definiendo la democracia como medio señalaba que ésta no había cumplido su función y debía ser sustituida por un instrumento más adecuado. Pero, como los medios encuentran su sentido en los fines, para saber si la democracia es un medio y si cumple con su finalidad, deberíamos ser capaces de explicitar su fin. A lo largo de la discusión se hizo evidente que la finalidad que se suponía propia de la democracia era de carácter económico; desde el crecimiento, que por aquellas fechas aún era una preocupación de derechas, hasta el reparto de la riqueza, que ya entonces era una noble preocupación de izquierdas. Que tanto esta discusión como esta definición surgieran en plena crisis económica hace pensar que se trata de una definición ad hoc, de la expresión de un cierto desencanto ante el hecho de que nuestras democracias crezcan (las que crecen) a un ritmo más lento que algunas sociedades emergentes, algo menos democráticas y, sobre todo, mucho más lento que la nada democrática China. Así, la definición de la democracia como medio podría no ser más que una respuesta de humildad al viejo entusiasmo con el que Fukuyama definió la democracia como finalidad, como el fin mismo de la historia. La dificultad para saber si esta afirmación es algo más que la expresión de un malestar previsiblemente pasajero se acentúa porque en este debate los defensores de la democracia a menudo han hablado indistintamente de política y de democracia. Pero como estos términos no son sinónimos, bien podría ser cierto al mismo tiempo que la política fuera un fin (como diría Aristóteles) y que la democracia fuera un medio (como dijo Garzón).
Cuando Aristóteles afirmaba que el hombre es un animal político no quería decir, simplemente, que el hombre es un animal social y que de la sociedad dependen las condiciones mínimas de su supervivencia, sino que el hombre es un animal que encuentra en la vida en la polis su más alta realización. En la polis la comunidad humana llega a sus posibilidades más altas y en la vida en la polis y en la práctica de la política está la finalidad de la vida humana. Pero la democracia es sólo uno de los muchos regímenes políticos posibles, una de las muchas formas posibles de la polis. Y si podemos decir, quién sabe si con Fukuyama, que la democracia liberal es la mejor realización de la polis aristotélica (quizás porque abre el acceso a la más elevada vida humana, la vida política, a todos los hombres) es porque la vida democrática es la más alta realización de la naturaleza humana, porque en ella las más altas capacidades humanas (las capacidades racionales del hombre) encuentran el campo más adecuado para su desarrollo. Pero incluso cuando no estemos en condiciones de defender esta concepción teleológica de la naturaleza humana tenemos buenos motivos para defender la democracia, por ejemplo, porque es la manera de continuar la guerra por el poder por otros medios. Porque hace posible que los ciudadanos persigan todos los fines que consideramos dignos de ser perseguidos y porque aquella famosa frase que asegura que la democracia es el peor de los sistemas a excepción de todos los demás no expresa un defecto de la democracia sino su principal virtud y el mejor motivo para preferirla a cualquier alternativa conocida.

13.5.12

Fouché. Retrato de un home político, de Stefan Zweig

Valoración: 5/5

No es el ejercicio desinteresado del erudito lo que nos empuja a acercarnos a los grandes hombres del pasado, sino la voluntad de aprender lo que su vida y su ejemplo puede enseñarnos sobre la grandeza, el poder y la naturaleza de los asuntos políticos y la condición humana. Es con este ánimo que leemos el Retrato de un hombre político de Stefan Zweig, su libro sobre Joseph Fouché. La vida de este siniestro personaje es una lección descarnada sobre la realidad de la vida política. Y su capacidad para adaptarse a las más diversas condiciones políticas y sobrevivir en los gobiernos más diferentes, en una época donde sobrevivir políticamente significaba, literalmente, conservar la cabeza, es una muestra tanto de las habilidades del superviviente como de las características comunes de los gobiernos aparentemente más diferentes. El Fouché de Stefan Zweig nos enseña hasta qué punto es cierto que en la información es poder, que la verdad de la política está en las apariencias, que los silencios dicen tanto como las palabras y que, en una vida dedicada a la acción política, la única manera de ser coherente con los propios principios es no tener ninguno.
Joseph Fouché nació el 31 de Mayo de 1759 en Nantes en una familia de marineros y comerciantes. Con una constitución demasiado delicada para dedicarse al oficio familiar, y siendo un excelente estudiante, el joven Fouché fue abriéndose camino como maestro en la escuela de los oratians de la ciudad. De los veinte a los treinta años, Fouché se dedica a enseñar latín, física y matemáticas en la escuela conventual. En estos diez años, Fouché aprende enseñando. Va haciendo suyos los hábitos de seminarista, que tan bien ligan con su condición física y anímica, y formando así el espíritu del futuro diplomático. Aprende "la técnica del saber callar, el arte magistral de la auto-ocultación, la maestría de la observación del alma y la psicología". Y durante este tiempo va dejando ver una de las características más destacadas de su personalidad. Aunque la única manera de progessar dentro de la iglesia era hacer los votos religiosos, Fouché nunca tomó los órdenes mayores. Así pone de manifiesto su aversión a atarse por completo a nada y a nadie. Si no es capaz de atarse a Dios, como se podía esperar que fuera capaz de atarse a ningún hombre?
Cuando en 1778 estalla la tormenta revolucionaria en Francia, el joven Fouché empieza a entrar en contacto con el ambiente intelectual del momento a través del círculo social de los "Rosati". Allí conoce y traba amistad con Maximiliano de Robespierre, que en aquella época todavía está más interesado en escribir "gráciles versículos" que al redactar sentencias de muerte. En cuanto huele los nuevos aires políticos se le despierta el interés por tomar parte en ellos. Consciente de que el tercer estado será el protagonista del futuro, cuelga los hábitos y se casa con la hija de un comerciante, una burguesa fea y rica y la única persona a quien Fouché será fiel. Porque la historia de sus traiciones, que debería convertirse en legendaria, comienza prácticamente en el mismo momento de su entrada en política, cuando es elegido diputado por Nantes a las elecciones a la Convención de 1972. Poco después de esta elección, su amistad con Robespierre se rompe para siempre y sin remedio. Su primera gran decisión como diputado tenía que ser la de elegir dónde sentarse en un anfiteatro que se encontraba claramente dividido. En la parte de abajo se sentaban los moderados, los burgueses, los girondinos. En la parte de arriba, los líderes del proletariado, los radicales, Robespierre, Marat y Danton. Fouché tenía que tomar partido incluso antes de sentarse. Pero, de hecho, Fouché sólo podía elegir un partido, "el único al que ha sido y será fiel hasta la muerte: el más fuerte, el de la mayoría". Y en ese momento los más fuertes y la mayoría eran los girondinos.
El 16 de enero de 1793, Fouché tuvo que tomar otra difícil decisión. El rey Luis XIV estaba vivo y la Convención debía decidir qué hacer de aquel hombre que, aunque privado de su rango, su nombre (se le conocía como Luis Capeto) y su libertad, todavía representaba un peligro para la joven República. Robespierre había logrado que el voto fuera público, que los diputados hubieran de pronunciar su sí o su no ante la Asamblea, el pueblo y la historia. No había esperanza para los indecisos. Además, los radicales movilizaron al pueblo para forzar un voto favorable a la sentencia de muerte. Muchos girondinos cedieron al miedo de una revuelta popular y decidieron cambiar a última hora su voto para pedir la muerte del rey. Cuando fue el turno de Fouché, éste, que hasta hacía escasas 10 horas todavía defendía entre los suyos la clemencia, habiendo contado los votos emitidos y viendo que la victoria estaba cerca de decantarse en favor de los radicales, se limitó a pronunciar dos palabras: "la muerte". Con aquel gesto, Joseph Fouché no sólo traicionaba manifiestamente a sus amigos Concordet y Daunou, sino que se ganó un enemigo que acabaría siendo decisivo en su caída en desgracia, todavía muchos años más tarde: la hija de Luis XVI y María Antonieta y futura duquesa de Angulema, la única de la familia que escapó a la masacre.
Pero el final aún estaba lejos. Tras la votación, Fouché se volvió el más radical entre los radicales. Y cuando la unidad de los radicales comenzaba a tambalearse, él prefirió apartarse de la arena política, retirándose como procónsul en Lyon, hasta que la batalla estuviese decidida. En aquel tiempo, Fouché se ganó el apodo del "Mitrailleur de Lyon", por su ocurrencia de ejecutar a cañonazos a los traidores a la revolución. Mientras los radicales de París pedían sangre, Fouché fue el más sanguinario de sus sirvientes. Cuando los aires que llegaban de París cambiaron, Fouché hizo ejecutar a los ejecutores que hasta hacía aún pocos días trabajaban a sus órdenes y a pleno rendimiento. En otro giro radical en sus afiliaciones políticas, el "Mitrailleur de Lyon" se convirtió de la noche a la mañana en su salvador. Toda su carrera política siguió esta misma dinámica. Sus cambios repentinos de camisa le llevaron a ser Ministro del Interior del Directorio y del Consulado, donde tejió una impresionante red de espionaje demostrando hasta qué punto es cierto que el saber es poder. Fue ministro y enemigo del Emperador, fue pobre como una rata y fue el más rico de Francia. Fue ateo radical después de haber sido profesor con los oratianos y antes de casarse por la iglesia en segundas nupcias tras la muerte de su primera esposa. Fue todo lo que tenía que ser para estar cerca del poder, para ser el poder en la sombra, y lo fué de manera admirable en uno de los periodos más convulsos de la historia universal. Es por ello que la vida de Fouché se ha leído como un ejemplo de éxito en la sucia batalla que se libra cada día por el control del poder político.
Pero la historia de Fouché es también una historia trágica. Es la historia del camino que lleva a los grandes hombres políticos hacia aquel solitario final que espera a todos los que viven lo suficiente como para ser olvidados por todos excepto por los más furiosos de sus enemigos. La historia de Fouché es también la historia de un destino que finalmente pasa cuentas con quien tantas veces lo había burlado. Es la historia del más grande y oscuro traidor de los más poderosos de entre los hombres siendo engañado a plena luz del día por su joven esposa. La del interlocutor y consejero de algunos de los hombres más importantes de la historia universal siendo ignorado por los más insignificantes burguesitos en las fiestas más banales de las más tristes ciudades. Cuando ya no tiene poder pero todavía tiene peligro es rechazado en todas partes y para todos. Y cuando finalmente es lo suficientemente viejo para ser inofensivo se le deja morir cómodo y sólo, prácticamente olvidado por Dios y por la historia hasta que Stefan Zweig lo recuperó en este magnífico retrato del hombre político.

11.5.12

Pereat mundus

En un artículo en su blog del diario Ara, el neonarodista Guillem Laporta declaraba su preferencia por François Hollande en las pasadas elecciones francesas, porque, "esta retahíla de propuestas destinadas a multiplicar el gasto, poner trabas a la contratación y aumentar los impuestos es la perfecta bomba de relojería que estábamos esperando los que creemos en el desmantelamiento de la Unión Europea". Laporta destaca algunas propuestas absurdas o descaradamente electoralistas (como la de garantizar el gimnasio a toda la población o pagar el aislamiento térmico de un millón de viviendas) y otras indudablemente bienintencionadas pero previsiblemente contraproducentes (como la de crear una tasa para las transacciones financieras o aumentar las cotizaciones sociales a las empresas que crean puestos de trabajo poco remunerados). Contraproducentes, decimos, si lo que se trata es de estimular el crecimiento. Una preocupación que, ahora que sirve para atacar las "políticas de derechas", parece que vuelve a ser legítima y que incluso justifica seguir gastando más de lo que se tiene. Esta reivindicación de las políticas de crecimiento contra las políticas de austeridad es una de esas curiosas lecciones que últimamente la realidad nos ofrece a quienes todo lo que sabemos de economía es, precisamente, lo mucho que nos falta para poder hacer lo que queremos y la poca idea que tenemos de cómo conseguirlo.
Pero, como muy bien recordaba Josep Ramoneda, estas son las propuestas de alguien que (finalmente!) prioriza la justicia sobre la economía. De alguien que lo habría prometido durante la campaña electoral y que la noche de la victoria aún no lo habría olvidado. Quizá convencido, como tantos otros de nosotros, que si somos capaces de olvidarnos de la economía y hacer las cosas que sabemos que está bien hacer, la economía también se olvidará de nosotros. Estas promesas, esta victoria y este entusiasmo de los justos me ha hecho recordar una de las más claras reivindicaciones de aquel movimiento que sólo tiene un año y ya no sabemos si aún está vivo o ya ha muerto. Pedían, exigían!, que los políticos tuvieran que cumplir, por ley, sus promesas electorales. En aquel momento me pareció que era una propuesta muy contraproducente para un movimiento caracterizado, precisamente, por ser lo suficientemente realista como para pedir lo imposible. Me parecía que, ante la amenaza de sanciones, un político sensato abandonaría las promesas irrealizables y se limitaría a la conocida, antiutópica y parece que indignante tarea de administrar la situación lo mejor posible. Además, no me parecía que esta propuesta fuera precisamente en la línea de reforzar la confianza entre los ciudadanos y sus representantes. Ahora me parece que lo peor, el más peligroso de todo, es simplemente la posibilidad de que los políticos cumplan sus promesas electorales. Me parece que los que no somos lo suficientemente optimistas para creer que cuanto peor vaya todo mejor, ni estamos dispuestos a consolarnos afirmando que como mínimo la intención era buena, porque creemos que lo mejor a menudo es enemigo de lo bueno, a la realidad deberíamos darle siempre, y como mínimo, la posibilidad de estropearnos una buena idea. Quizás esta sea, en el fondo, la única manera que tengan los políticos de hacernos justicia.

4.5.12

La altura de los tiempos

Las últimas y polémicas declaraciones de altas instancias de la iglesia española sobre la homosexualidad han vuelto a despertar las ansias reformistas de muchos ateos de buena fe que creen que en la iglesia le iría mucho mejor si se modernizara, si se pusiera a la altura de los tiempos. Desconozco el interés que estos autodenominados ateos puedan tener en la salud y el éxito de la iglesia católica, pero no tengo ningún motivo para dudar de que es un interés noble y sincero. Sin embargo, y aunque comparto su aspiración al ateísmo y su simpatía por todos estos católicos homosexuales condenados al fuego eterno, no creo que sus consejos sirvan para ponerla a la altura de los tiempos ni creo que la iglesia deba hacer tal cosa. No creo que la iglesia deba ponerse a la altura de los tiempos porque creo que su pretensión debe ser, debe seguir siendo, la de poner los tiempos a su altura. Y, en todo caso, me parece que debería ser preocupación de los católicos el valorar si su iglesia está a la altura de su fe.
Muchos de estos indignados opinadores pecan de pretenciosos cuando creen estar en disposición de medir la altura de los tiempos. Y aún más cuando se presentan a sí mismos y a sus convicciones como medida de todos los tiempos y a nuestros tiempos como medida de todas las cosas. Es evidente que en esto han de chocar de lleno con el cristianismo. Como dice Gómez Dávila, "todos estos que tratan de librarse el cristianismo de su herencia milenaria para devolverlo a su 'pureza primitiva', declaran 'originales' y 'auténticos' sólo los factores del cristianismo que apruebe la mentalidad vulgar de su tiempo. Desde hace fuera siglos, el 'cristianismo primitivo' se amolda, en cada nueva década, a las opiniones reinantes ". Así, en muy pocos años hemos pasado de considerar a Jesucristo como el primero de los hippies a considerarlo el primero de los indignados. Y lo hemos hecho sin necesidad de ningún tipo de revelación divina. Hemos tenido suficiente con dejar de creer que el origen de todos los males humanos era la represión sexual y comenzar a considerar que la culpa era de los mercados. No sé cuál de las dos versiones es más cercana al "auténtico mensaje cristiano" ni si este cambio interpretativo representa lo que se llama un progreso, y lo cierto es que tampoco me interesa discutirlo aquí. Pero me parece significativo que estos buenos reformistas crean que el futuro de la iglesia pasa por conseguir que sus enemigos declarados puedan sentirse a gusto en su seno. Porque la naturaleza de la iglesia la define tanto el amor de quienes en ella se recogen como el rechazo de los que prefieren quedarse fuera.
A mí me parece muy bien que la iglesia escandalice a según quién, porque entiendo que si dejara de escandalizarlos empezaría a escandalizar a los cristianos. Y me parece muy bien que esos mismos cristianos y esta misma iglesia puedan defender un modelo de familia y de sociedad que consideran los buenos. Me parece, además, que defender abiertamente lo que se cree que está bien incluso cuando ello no está a la altura de los tiempos es de una valentía mucho menos habitual de lo que se pretende. Y por eso me parecen mucho más razonables los cristianos que quieren hablar al mundo con un lenguaje que éste pueda entender que los que se limitan a decirle al mundo lo que está dispuesto a entender. Con los cristianos, la iglesia ya tiene todos los reformadores que necesita. Lo que le faltan son críticos. Lo que falta es gente dispuesta a discutir con la iglesia sobre el bien y el mal, lo que antes los ateos consideraban que era su trabajo. Gente que, más allá de indignarse porque alguien no comparte sus opiniones, esté dispuesta a ponerlas en cuestión y a discutirlas abiertamente. Lo que falta, para entendernos, y como siempre, son verdaderos ateos. Y digo que faltan porqué, independientemente de si serían buenos para la iglesia, creo que serían buenos para la sociedad.