13.5.12

Fouché. Retrato de un home político, de Stefan Zweig

Valoración: 5/5

No es el ejercicio desinteresado del erudito lo que nos empuja a acercarnos a los grandes hombres del pasado, sino la voluntad de aprender lo que su vida y su ejemplo puede enseñarnos sobre la grandeza, el poder y la naturaleza de los asuntos políticos y la condición humana. Es con este ánimo que leemos el Retrato de un hombre político de Stefan Zweig, su libro sobre Joseph Fouché. La vida de este siniestro personaje es una lección descarnada sobre la realidad de la vida política. Y su capacidad para adaptarse a las más diversas condiciones políticas y sobrevivir en los gobiernos más diferentes, en una época donde sobrevivir políticamente significaba, literalmente, conservar la cabeza, es una muestra tanto de las habilidades del superviviente como de las características comunes de los gobiernos aparentemente más diferentes. El Fouché de Stefan Zweig nos enseña hasta qué punto es cierto que en la información es poder, que la verdad de la política está en las apariencias, que los silencios dicen tanto como las palabras y que, en una vida dedicada a la acción política, la única manera de ser coherente con los propios principios es no tener ninguno.
Joseph Fouché nació el 31 de Mayo de 1759 en Nantes en una familia de marineros y comerciantes. Con una constitución demasiado delicada para dedicarse al oficio familiar, y siendo un excelente estudiante, el joven Fouché fue abriéndose camino como maestro en la escuela de los oratians de la ciudad. De los veinte a los treinta años, Fouché se dedica a enseñar latín, física y matemáticas en la escuela conventual. En estos diez años, Fouché aprende enseñando. Va haciendo suyos los hábitos de seminarista, que tan bien ligan con su condición física y anímica, y formando así el espíritu del futuro diplomático. Aprende "la técnica del saber callar, el arte magistral de la auto-ocultación, la maestría de la observación del alma y la psicología". Y durante este tiempo va dejando ver una de las características más destacadas de su personalidad. Aunque la única manera de progessar dentro de la iglesia era hacer los votos religiosos, Fouché nunca tomó los órdenes mayores. Así pone de manifiesto su aversión a atarse por completo a nada y a nadie. Si no es capaz de atarse a Dios, como se podía esperar que fuera capaz de atarse a ningún hombre?
Cuando en 1778 estalla la tormenta revolucionaria en Francia, el joven Fouché empieza a entrar en contacto con el ambiente intelectual del momento a través del círculo social de los "Rosati". Allí conoce y traba amistad con Maximiliano de Robespierre, que en aquella época todavía está más interesado en escribir "gráciles versículos" que al redactar sentencias de muerte. En cuanto huele los nuevos aires políticos se le despierta el interés por tomar parte en ellos. Consciente de que el tercer estado será el protagonista del futuro, cuelga los hábitos y se casa con la hija de un comerciante, una burguesa fea y rica y la única persona a quien Fouché será fiel. Porque la historia de sus traiciones, que debería convertirse en legendaria, comienza prácticamente en el mismo momento de su entrada en política, cuando es elegido diputado por Nantes a las elecciones a la Convención de 1972. Poco después de esta elección, su amistad con Robespierre se rompe para siempre y sin remedio. Su primera gran decisión como diputado tenía que ser la de elegir dónde sentarse en un anfiteatro que se encontraba claramente dividido. En la parte de abajo se sentaban los moderados, los burgueses, los girondinos. En la parte de arriba, los líderes del proletariado, los radicales, Robespierre, Marat y Danton. Fouché tenía que tomar partido incluso antes de sentarse. Pero, de hecho, Fouché sólo podía elegir un partido, "el único al que ha sido y será fiel hasta la muerte: el más fuerte, el de la mayoría". Y en ese momento los más fuertes y la mayoría eran los girondinos.
El 16 de enero de 1793, Fouché tuvo que tomar otra difícil decisión. El rey Luis XIV estaba vivo y la Convención debía decidir qué hacer de aquel hombre que, aunque privado de su rango, su nombre (se le conocía como Luis Capeto) y su libertad, todavía representaba un peligro para la joven República. Robespierre había logrado que el voto fuera público, que los diputados hubieran de pronunciar su sí o su no ante la Asamblea, el pueblo y la historia. No había esperanza para los indecisos. Además, los radicales movilizaron al pueblo para forzar un voto favorable a la sentencia de muerte. Muchos girondinos cedieron al miedo de una revuelta popular y decidieron cambiar a última hora su voto para pedir la muerte del rey. Cuando fue el turno de Fouché, éste, que hasta hacía escasas 10 horas todavía defendía entre los suyos la clemencia, habiendo contado los votos emitidos y viendo que la victoria estaba cerca de decantarse en favor de los radicales, se limitó a pronunciar dos palabras: "la muerte". Con aquel gesto, Joseph Fouché no sólo traicionaba manifiestamente a sus amigos Concordet y Daunou, sino que se ganó un enemigo que acabaría siendo decisivo en su caída en desgracia, todavía muchos años más tarde: la hija de Luis XVI y María Antonieta y futura duquesa de Angulema, la única de la familia que escapó a la masacre.
Pero el final aún estaba lejos. Tras la votación, Fouché se volvió el más radical entre los radicales. Y cuando la unidad de los radicales comenzaba a tambalearse, él prefirió apartarse de la arena política, retirándose como procónsul en Lyon, hasta que la batalla estuviese decidida. En aquel tiempo, Fouché se ganó el apodo del "Mitrailleur de Lyon", por su ocurrencia de ejecutar a cañonazos a los traidores a la revolución. Mientras los radicales de París pedían sangre, Fouché fue el más sanguinario de sus sirvientes. Cuando los aires que llegaban de París cambiaron, Fouché hizo ejecutar a los ejecutores que hasta hacía aún pocos días trabajaban a sus órdenes y a pleno rendimiento. En otro giro radical en sus afiliaciones políticas, el "Mitrailleur de Lyon" se convirtió de la noche a la mañana en su salvador. Toda su carrera política siguió esta misma dinámica. Sus cambios repentinos de camisa le llevaron a ser Ministro del Interior del Directorio y del Consulado, donde tejió una impresionante red de espionaje demostrando hasta qué punto es cierto que el saber es poder. Fue ministro y enemigo del Emperador, fue pobre como una rata y fue el más rico de Francia. Fue ateo radical después de haber sido profesor con los oratianos y antes de casarse por la iglesia en segundas nupcias tras la muerte de su primera esposa. Fue todo lo que tenía que ser para estar cerca del poder, para ser el poder en la sombra, y lo fué de manera admirable en uno de los periodos más convulsos de la historia universal. Es por ello que la vida de Fouché se ha leído como un ejemplo de éxito en la sucia batalla que se libra cada día por el control del poder político.
Pero la historia de Fouché es también una historia trágica. Es la historia del camino que lleva a los grandes hombres políticos hacia aquel solitario final que espera a todos los que viven lo suficiente como para ser olvidados por todos excepto por los más furiosos de sus enemigos. La historia de Fouché es también la historia de un destino que finalmente pasa cuentas con quien tantas veces lo había burlado. Es la historia del más grande y oscuro traidor de los más poderosos de entre los hombres siendo engañado a plena luz del día por su joven esposa. La del interlocutor y consejero de algunos de los hombres más importantes de la historia universal siendo ignorado por los más insignificantes burguesitos en las fiestas más banales de las más tristes ciudades. Cuando ya no tiene poder pero todavía tiene peligro es rechazado en todas partes y para todos. Y cuando finalmente es lo suficientemente viejo para ser inofensivo se le deja morir cómodo y sólo, prácticamente olvidado por Dios y por la historia hasta que Stefan Zweig lo recuperó en este magnífico retrato del hombre político.

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