4.5.12

La altura de los tiempos

Las últimas y polémicas declaraciones de altas instancias de la iglesia española sobre la homosexualidad han vuelto a despertar las ansias reformistas de muchos ateos de buena fe que creen que en la iglesia le iría mucho mejor si se modernizara, si se pusiera a la altura de los tiempos. Desconozco el interés que estos autodenominados ateos puedan tener en la salud y el éxito de la iglesia católica, pero no tengo ningún motivo para dudar de que es un interés noble y sincero. Sin embargo, y aunque comparto su aspiración al ateísmo y su simpatía por todos estos católicos homosexuales condenados al fuego eterno, no creo que sus consejos sirvan para ponerla a la altura de los tiempos ni creo que la iglesia deba hacer tal cosa. No creo que la iglesia deba ponerse a la altura de los tiempos porque creo que su pretensión debe ser, debe seguir siendo, la de poner los tiempos a su altura. Y, en todo caso, me parece que debería ser preocupación de los católicos el valorar si su iglesia está a la altura de su fe.
Muchos de estos indignados opinadores pecan de pretenciosos cuando creen estar en disposición de medir la altura de los tiempos. Y aún más cuando se presentan a sí mismos y a sus convicciones como medida de todos los tiempos y a nuestros tiempos como medida de todas las cosas. Es evidente que en esto han de chocar de lleno con el cristianismo. Como dice Gómez Dávila, "todos estos que tratan de librarse el cristianismo de su herencia milenaria para devolverlo a su 'pureza primitiva', declaran 'originales' y 'auténticos' sólo los factores del cristianismo que apruebe la mentalidad vulgar de su tiempo. Desde hace fuera siglos, el 'cristianismo primitivo' se amolda, en cada nueva década, a las opiniones reinantes ". Así, en muy pocos años hemos pasado de considerar a Jesucristo como el primero de los hippies a considerarlo el primero de los indignados. Y lo hemos hecho sin necesidad de ningún tipo de revelación divina. Hemos tenido suficiente con dejar de creer que el origen de todos los males humanos era la represión sexual y comenzar a considerar que la culpa era de los mercados. No sé cuál de las dos versiones es más cercana al "auténtico mensaje cristiano" ni si este cambio interpretativo representa lo que se llama un progreso, y lo cierto es que tampoco me interesa discutirlo aquí. Pero me parece significativo que estos buenos reformistas crean que el futuro de la iglesia pasa por conseguir que sus enemigos declarados puedan sentirse a gusto en su seno. Porque la naturaleza de la iglesia la define tanto el amor de quienes en ella se recogen como el rechazo de los que prefieren quedarse fuera.
A mí me parece muy bien que la iglesia escandalice a según quién, porque entiendo que si dejara de escandalizarlos empezaría a escandalizar a los cristianos. Y me parece muy bien que esos mismos cristianos y esta misma iglesia puedan defender un modelo de familia y de sociedad que consideran los buenos. Me parece, además, que defender abiertamente lo que se cree que está bien incluso cuando ello no está a la altura de los tiempos es de una valentía mucho menos habitual de lo que se pretende. Y por eso me parecen mucho más razonables los cristianos que quieren hablar al mundo con un lenguaje que éste pueda entender que los que se limitan a decirle al mundo lo que está dispuesto a entender. Con los cristianos, la iglesia ya tiene todos los reformadores que necesita. Lo que le faltan son críticos. Lo que falta es gente dispuesta a discutir con la iglesia sobre el bien y el mal, lo que antes los ateos consideraban que era su trabajo. Gente que, más allá de indignarse porque alguien no comparte sus opiniones, esté dispuesta a ponerlas en cuestión y a discutirlas abiertamente. Lo que falta, para entendernos, y como siempre, son verdaderos ateos. Y digo que faltan porqué, independientemente de si serían buenos para la iglesia, creo que serían buenos para la sociedad.

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