11.5.12

Pereat mundus

En un artículo en su blog del diario Ara, el neonarodista Guillem Laporta declaraba su preferencia por François Hollande en las pasadas elecciones francesas, porque, "esta retahíla de propuestas destinadas a multiplicar el gasto, poner trabas a la contratación y aumentar los impuestos es la perfecta bomba de relojería que estábamos esperando los que creemos en el desmantelamiento de la Unión Europea". Laporta destaca algunas propuestas absurdas o descaradamente electoralistas (como la de garantizar el gimnasio a toda la población o pagar el aislamiento térmico de un millón de viviendas) y otras indudablemente bienintencionadas pero previsiblemente contraproducentes (como la de crear una tasa para las transacciones financieras o aumentar las cotizaciones sociales a las empresas que crean puestos de trabajo poco remunerados). Contraproducentes, decimos, si lo que se trata es de estimular el crecimiento. Una preocupación que, ahora que sirve para atacar las "políticas de derechas", parece que vuelve a ser legítima y que incluso justifica seguir gastando más de lo que se tiene. Esta reivindicación de las políticas de crecimiento contra las políticas de austeridad es una de esas curiosas lecciones que últimamente la realidad nos ofrece a quienes todo lo que sabemos de economía es, precisamente, lo mucho que nos falta para poder hacer lo que queremos y la poca idea que tenemos de cómo conseguirlo.
Pero, como muy bien recordaba Josep Ramoneda, estas son las propuestas de alguien que (finalmente!) prioriza la justicia sobre la economía. De alguien que lo habría prometido durante la campaña electoral y que la noche de la victoria aún no lo habría olvidado. Quizá convencido, como tantos otros de nosotros, que si somos capaces de olvidarnos de la economía y hacer las cosas que sabemos que está bien hacer, la economía también se olvidará de nosotros. Estas promesas, esta victoria y este entusiasmo de los justos me ha hecho recordar una de las más claras reivindicaciones de aquel movimiento que sólo tiene un año y ya no sabemos si aún está vivo o ya ha muerto. Pedían, exigían!, que los políticos tuvieran que cumplir, por ley, sus promesas electorales. En aquel momento me pareció que era una propuesta muy contraproducente para un movimiento caracterizado, precisamente, por ser lo suficientemente realista como para pedir lo imposible. Me parecía que, ante la amenaza de sanciones, un político sensato abandonaría las promesas irrealizables y se limitaría a la conocida, antiutópica y parece que indignante tarea de administrar la situación lo mejor posible. Además, no me parecía que esta propuesta fuera precisamente en la línea de reforzar la confianza entre los ciudadanos y sus representantes. Ahora me parece que lo peor, el más peligroso de todo, es simplemente la posibilidad de que los políticos cumplan sus promesas electorales. Me parece que los que no somos lo suficientemente optimistas para creer que cuanto peor vaya todo mejor, ni estamos dispuestos a consolarnos afirmando que como mínimo la intención era buena, porque creemos que lo mejor a menudo es enemigo de lo bueno, a la realidad deberíamos darle siempre, y como mínimo, la posibilidad de estropearnos una buena idea. Quizás esta sea, en el fondo, la única manera que tengan los políticos de hacernos justicia.

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