22.6.12

Crítica de la violencia

Cuando todavía se hablaba más del paro que de la banca, se acostumbraba a decir que en realidad había mucha menos gente sin trabajo de la que constaba en las cifras oficiales porque, si no, ya habría estallado ese conflicto social con el que nos amenazaban los sindicatos. Sin embargo, muchos se han extrañado del papel prácticamente anecdótico que ha tenido la violencia en una crisis que todo el mundo considera de una enorme gravedad. En España, esta violencia prácticamente se ha limitado a los estallidos puntuales y rituales en Barcelona, ​​y Europa no ha conocido mucha más que la de la plaza Syntagma de Atenas, hace ya unos cuantos días. Todo parece indicar que la gente que no tiene trabajo tiene a pesar de todo cosas mejores que hacer que quemar contenedores.
La poca presencia y la escasa importancia de la violencia es tan característica de esta crisis como de esta época. Toda violencia es un instrumento, un medio para conseguir un determinado fin. Es por la adecuación a este fin, por su capacidad de acercarlo, que sus posibles autores en juzgan el éxito y la conveniencia. Toda violencia encuentra su razón de ser, o bien en la defensa de la ley y en la lucha por su preservación, o bien en la lucha contra la ley y por su sustitución. Incluso la violencia ciega o nihilista, la violencia literalmente sin sentido, sirve, aunque de forma inconsciente, al establecimiento de un nuevo orden. Pero como lo que es característico de esta crisis es que lo que se quiere conseguir es la preservación de lo que se (creía que se) tenía, la violencia se muestra como un instrumento, como mínimo, inútil. Y es en este punto que la violencia de los mineros muestra su particularidad, porque aunque la violencia no pueda servir para salvar el sistema es tristemente cierto que puede servir para salvar la situación de varios mineros. Por otro lado, quizás es esta misma situación, que hace que toda violencia que amenace con fundar un nuevo orden sea considerada condenable, la que hace que cualquier intento por reformular el desorden reciba el inadecuado calificativo de violento, de violencia sistémica.
Esta situación, en la que toda oposición es en nombre de la conservación, es especialmente inquietante para el progresismo, que considera que su tarea es la de dirigirnos hacia el futuro y que el final de la historia no es más que el final de su historia. El progresismo se siente especialmente desorientado en la ausencia de perspectivas de progreso. Pero, como dijo Walter Benjamin, a veces la tarea del progresista es precisamente la de poner freno a la historia. Quizá porque la historia, lo que se nos presenta como progreso, no es otra cosa que la acomulación de catástrofes, de episodios de violencia que han ido sustituyendo un desorden por otro. El final de la historia puede entenderse, como a menudo se ha hecho, como el final de la necesidad de la violencia para conseguir fines dignos de perseguirse porque la violencia ya no era un mal menor cuando todos los fines dignos de ser perseguidos podían perseguirse dentro de la democracia liberal. La escasa violencia de la situación presente permite suponer que si la violencia no pasa por ser un mal menor es por el triunfo generalizado de la convicción liberal según la cual la violencia no puede servir para combatir ningún daño porque la violencia es simplemente el peor mal, lo peor que nos podemos hacer los unos a los otros.

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