10.6.12

Estado y caridad

Comparto buena parte de las críticas a la Maratón especial contra la pobreza de Televisión de Cataluña. Creo que la lucha en favor de cosas como la paz y la justicia o en contra de cosas como la pobreza o la guerra corre un gran riesgo de no servir para mucho más que para tranquilizar conciencias. Pero celebro que, como mínimo de vez en cuando, la tranquilidad de conciencia no salga gratis. Que quien quiera presumir ante el espejo de todo el bien que hace sin necesidad de moverse del sofá tenga que pagar el precio, aunque sea simbólico. Con los que no puedo estar de acuerdo es con quienes critican la Maratón porque condenan la caridad. Con aquellos que incluso la encuentran indigna y creen que los ciudadanos no deberían asumir una tarea que, según ellos, correspondería en exclusiva a los poderes públicos. Me parece que la posición de estos que hablan en nombre de los necesitados es ofensiva por paternalista y por hipócrita. Paternalista, porque se habla en nombre de los necesitados y porque en su nombre se reivindica un orgullo en la pobreza que pocos querrían para si mismos. Y hipócrita, porque esta caridad que rechazan los donantes voluntarios no sólo la aceptan sino que incluso la exigen a los gobiernos al considerar que ésta es su principal obligación, en cualquier momento y circunstancia.
Esta hipocresía es en realidad un exceso de orgullo. Es para no tener que sentirse nunca en deuda, para no tener que dar nunca las gracias, que consideran que dar al que no tiene es justo y obligatorio cuando lo hace el gobierno y humillante y estructuralmente violento cuando lo hacen sus conciudadanos. Quizás la Maratón tiene pocas virtudes, pero entre estas virtudes está la de recordarnos que el dinero con el que compramos la justicia y la paz social siempre sale de algún bolsillo. Y que, por eso mismo, siempre hay alguien a quien debemos un muchas gracias por lo que recibimos. Si rechazan la caridad es porque no quieren estar en deuda con nadie. Y les pasa lo que pasa en aquellas comidas multitudinarias, donde nadie pregunta esto quien lo paga porque todo el mundo prefiere no tener que buscarlo para darle las gracias. Es por no sentirse en deuda, por no saberse en deuda, que se prefiere vivir de las ayudas de un gobierno (que es anónimo porque es de las leyes y de la burocracia) que de la generosidad de unas personas que incluso podrían pedir que nos hiciéramos dignos de lo que recibimos. Pero que no nos sintamos en deuda no quiere decir que no lo estemos. De hecho, estamos en deuda hasta por el suelo que pisamos. Y aunque sea muy molesto y muy poco práctico tener que dar las gracias cada vez que nos cruzamos con alguien que paga más impuestos que nosotros, el caso es que siempre hay alguien que paga y que la única diferencia entre pagar a gobiernos o pagar a maratones es la de hacerlo por obligación o por devoción.
Por señalar esta diferencia fundamental y por defender que una sociedad basada en el donativo voluntario era moralmente superior a una basada en la recaudación impositiva forzosa, Peter Sloterdijk provocó el escándalo de una sociedad convencida, con el viejo Proudhon, de que toda propiedad (ajena) es en primer término un robo y, con los viejos tópicos economicistas, de que todo ciudadano es un 'homo economicus' que sólo busca enriquecerse a costa de los demás. Se consideró que su modelo, que nos acerca peligrosamente al de Estados Unidos (donde el donativo se considera casi un segundo impuesto), rompía con la solidaridad social que presuntamente caracteriza a las sociedades europeas democráticas y que sería el origen y el fundamento de el Estado del bienestar. Me parece que este discurso sólo pretende hacer pasar la necesidad por virtud y que, como dice Julio Camba, la cuestión es que aquí "sigue considerándose al Estado como una entidad cuya misión consiste en subvenir a todas las necesidades de los ciudadanos, a fin de que estos puedan cultivar su individualismo sin tener que entenderse nunca con nadie en una relación de mayor o menor dependencia". En el fondo, lo que no entienden los críticos de la caridad es que lo que se trata es de reivindicar un clima de generosidad civil para la ley sólo tenga que llegar allí donde no llega la amistad entre los hombres. De reforzar esta amistad porque los vínculos entre un ciudadano y sus iguales siempre son más fuertes que los vínculos entre el ciudadano y el aparato burocrático de su Estado. Y la actual situación debería servirnos para recordar la importancia de preservarlos y de preservar la caridad, aunque sólo sea para no dejar a los ciudadanos más necesitados a merced de las debilidades del Estado.