30.6.12

Sortu, la ley y las formas

El mejor aspecto de la legalización de Sortu, quizás el único bueno, es que confirma que su legalidad es posible. Es cierto que esto está muy lejos de ser una prueba definitiva de la independencia del poder judicial español, pero una situación en que los tribunales y los jueces discrepan, y donde deciden, en nombre de la misma ley, que dentro de la izquierda abertzale puede haber partidos legales e ilegales es una situación plenamente compatible con la separación de poderes que se considera condición sine qua non del Estado democrático. Es una decisión que parece adecuada tanto al espíritu de la ley como su letra, y eso es lo mínimo que podemos exigir a una decisión judicial en un Estado democrático. Y cuando las decisiones que toman los jueces son compatibles con este requisito básico, ni su tarea ni su sentido ni su importancia deben ponerse gratuitamente en duda. No hay que dudar cada vez del sentido y la importancia que tiene para una democracia la existencia de la Constitución y, en lógica correspondencia, de un Tribunal que vele por su protección. Por la protección de los ciudadanos ante la tiranía de la mayoría. Precisamente ante aquellos que pretenden obtener en las urnas el dominio total sobre las leyes y los hombres del que las urnas han de protegernos. Es de esta gente de la que nos protege la Constitución, y es de esta misma gente de la que pretende protegernos la Ley de partidos.
Así que ni esta sentencia pone en duda el sentido de la Constitución y el TC, ni esta ley pone en duda el carácter democrático del Estado Español. Esto no quiere decir que todo Estado democrático deba ilegalizar los partidos que no respetan las normas del juego democrático sino, simplemente, que todo estado democrático debe defenderse de sus enemigos de la mejor manera que pueda y que todos los Estados democráticos se encuentran con dificultades similares al tratar de identificar a sus enemigos. Por eso con los nuevos partidos de la izquierda abertzale nos ocurre algo parecido a lo que ocurre en otros países de Europa con los nuevos partidos de extrema derecha. Se trata, básicamente, de la dificultad de reconocerles cualquier novedad, porque estamos convencidos de que este presunto cambio no es más que un lavado de cara. Que detrás de las nuevas apariencias hay la misma realidad de siempre. Y es precisamente esta dificultad para distinguir al demócrata discrepante del enemigo existencial lo que nos impide encontrar la manera más eficaz de proteger la democracia. Nos negamos, por ejemplo, a reconocer que quien habla como un demócrata, viste como un demócrata y se presenta a las elecciones como un demócrata puede, en realidad, no ser nada más que un demócrata, un demócrata que simplemente no nos gusta. Porque nos negamos a reconocer que en democracia el fondo es la forma. Sería una muy buena noticia que la ley hubiera reconocido esta realidad y hubiera gobernado por encima de los hombres, recordando que su existencia no es una excepción a la democracia sino su mejor garante.

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