12.7.12

En defensa de lo dudoso

Uno de los principales problemas que nos encontramos a la hora de afirmar el progreso en cuestiones de moral y justicia es la dificultad, quizás la imposibilidad, de situarnos en un lugar neutro de la historia, quizás en su fin, desde donde poder juzgar la situación de forma imparcial. Cuando hablamos, por ejemplo, de derechos sociales, nos sería muy útil tener una lista completa de todos aquellos derechos que hemos sido llamados a ir reconociendo a medida que progresamos como sociedad. Derechos de las minorías religiosas, de los homosexuales, de las mujeres, de los trabajadores, de las mujeres trabajadoras, etc. Porque si no queremos confundir el progreso social con la simple explicitación de nuestras convicciones particulares en nuestras leyes particulares, deberíamos tener más claro de lo que sería honesto tenerlo cuál es la sociedad justa, la mejor sociedad para todos los hombres y para todos los tiempos. Sólo así podríamos saber si lo que estamos haciendo realmente es avanzar hacia la realización de esta sociedad, si estamos progresando y somos la punta de lanza de la humanidad, o si todo lo que estamos haciendo, que tampoco es poco, es realizar nuestra propia concepción de la sociedad justa. Una concepción que habría ido cambiando y que seguiría cambiando con el tiempo. Cambiando, y no sólo progresando. Por eso es mucho más fácil entender qué pueda significar el progreso en cuestiones científicas o técnicas que en cuestiones éticas o legales. Porque es más fácil imaginar a un ganadero de la tribu de los Himba interesado en curarse el dolor de muelas o en mejorar el control de natalidad de sus vacas que en reconocer algo que se llama derecho, y que desconoce, por un colectivo que se llama homosexual y del que tampoco tiene noticia, a una cosa que se llama matrimonio y que tampoco se parece mucho al que ha visto de más parecido. Porque el progreso no sólo es frágil y reversible, sino que también es dudoso.
Pero la dificultad para reconocer el matrimonio homosexual como un progreso obvio no deriva sólo de la dificultad de reconocer la evidencia del progreso en ningún cambio legislativo, sino de la dificultad de reconocer que el tipo de contrato entre dos personas del mismo sexo que conocemos como 'unión civil' encaja en la definición de matrimonio. Este es un problema diferente al de si estas dos personas pueden o no pueden vivir juntas, pueden o no pueden dormir juntas, adoptar juntas o del de si han de poder o no han de poder firmar este contrato. Porque uno de los principales problemas que tiene la defensa del matrimonio homosexual como un progreso social es que se basa en el argumento de que los homosexuales eran, hasta la aprobación de esta ley, ciudadanos de segunda, privados de un derecho que sí que tenían todos los demás miembros de la sociedad. Este es un argumento falaz, porque, de hecho, lo que en el fondo ha cambiado con esta ley no es el derecho de los homosexuales al matrimonio sino la definición de matrimonio. Los homosexuales podían casarse, como bien saben muchos homosexuales que así lo habían hecho. Lo que no podían hacer, básicamente porque durante mucho tiempo esto no tenía ningún sentido, era casarse con una persona de su mismo sexo. Como han entendido incluso los más homófobos de nuestros demagogos, tampoco los heterosexuales tenían derecho a casarse con sus mascotas. Y no era por ningún tipo de discriminación respecto a los homosexuales ni respecto a las mascotas, sino simplemente por la manera de entender lo que es el matrimonio. Ahora llamamos matrimonio a unos contratos que poco tienen que ver con lo que tradicionalmente se entendía como matrimonio. Pero aunque algunos críticos lo acaben de descubrir, este no es un problema nuevo. Es un problema tan viejo como el matrimonio civil. Y el problema de muchos de estos críticos no es que critiquen los matrimonios homosexuales por pervertir el matrimonio o, aún peor!, por pervertir el lenguaje, sino que no estén dispuestos a condenar igualmente todos los 'matrimonios civiles'. Porque ninguno de ellos es exactamente una promesa d'amor y de fidelidad ante Dios y la iglesia. Ninguno de ellos jura ante el altísimo dedicar una vida conjunta de esfuerzo y sacrificio a crear y mantener el mejor entorno posible para el desarrollo de los hijos. Y eso no quiere decir que falte el compromiso, ni que falte la voluntad, ni que falten la fidelidad, el amor o los hijos. Quiere decir, simplemente, que falta Dios. Y quiere decir, simplemente, que falta la iglesia. Quiere decir, por lo tanto, que lo que ocurre en una iglesia cuando dos personas se casan no sólo no es lo mismo sino que es fundamentalmente diferente a lo que pasa en el ayuntamiento cuando dos personas 'se casan por lo civil'. Y a mí me parece razonable que dos cosas distintas tengan nombres diferentes. Esto no quita que yo sea tan amigo de mis amigos homosexuales que por ellos estoy dispuesto a olvidar a Dios e incluso a la iglesia y a reconocer, una vez más, la prioridad de la convivencia sobre la verdad y a llamar matrimonio homosexual a lo que hacen dos homosexuales cuando dicen que se casan. Pero me parece que tenemos el deber, o como mínimo el derecho, de reconocer que esto es precisamente lo que estamos haciendo cuando defendemos cosas tan dudosas como el derecho al matrimonio homosexual.

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