2.8.12

El engaño de Ernest Maragall

La decisión de Ernest Maragall de votar por libre y en contra de su partido ha reabierto el viejo debate sobre la libertad de voto de los diputados. Parece que esta es la última versión de la titánica batalla que libran los auténticos demócratas contra la supuesta tiranía de la partitocracia. Y parece ser que Ernest Maragall, al no tener ninguna intención de abandonar el escaño ni el partido, está llamado a convertirse en el próximo mártir de esta noble causa. Jaume Collboni ya le instó a "reflexionar" sobre su papel como diputado del PSC, y el partido lo ha amenazado con una sanción disciplinaria que podría acabar con su expulsión del grupo parlamentario.
Todo este revuelo podría leerse en clave meramente interna, como una nueva lucha por el poder dentro del partido. Una nueva guerra entre ese sector catalanista que se supone que existe dentro del PSC y el sector de los dirigentes más cercanos al PSOE. Quién sabe. Quizás es cierto que también en casa de socialista se acerca la hora de la verdad y que pronto veremos un partido claramente dividido entre soberanistas y centralistas. Si este fuera el caso, yo diría que los partidarios del sector catalanista y los que esperan que tenga un papel destacado en el nuevo "escenario nacional" quizás deberían preocuparse de ver Ernest Maragall tan solo dentro del PSC.
Pero parece que lo que hace tan interesante el caso Maragall no es sólo eso, sino que nos presente la enésima oportunidad de plantear las auténticas reformas de fondo que se supone que se necesitan para mejorar la calidad de nuestra democracia. Es una nueva oportunidad para discutir sobre la reforma de la ley electoral y para dirigir esta discusión hacia las listas abiertas, que, según dicen, es lo que quiere todo el mundo menos quien debería quererlo. Y se nos presenta como una oportunidad de hacerlo porque el caso Maragall ha vuelto a poner de manifiesto que los diputados y la opinión publicada comparten la creencia de fondo que los "representantes del pueblo" se deben antes a su pueblo y a su conciencia que a su partido. Como muy bien saben los cabezas de lista y los líderes del partido, que son los que realmente se juegan el cargo y el sueldo en cada decisión y en cada elección, eso está muy lejos de ser cierto.
Si las democracias donde los diputados responden directamente ante los electores son democracias más o menos sanas y más o menos fuertes que la nuestra es algo que se puede discutir. Pero en nuestra democracia los que responden de sus actos y sus decisiones ante la ciudadanía no son los diputados, sino los partidos. Y en una democracia como la nuestra, los diputados no están en el Parlamento en representación de sus electores y mucho menos de su conciencia. Maragall, como todos los demás diputados, está en el Parlamento en representación de su partido, y es el partido quien responde de sus actos ante la ciudadanía. Saltarse la disciplina de voto en vez de abandonar el escaño y el partido no es sólo presumir de independencia de criterio, sino de engañar a los electores y a los dirigentes a quienes debe el cargo y el sueldo. Es situarse en esa zona oscura del sistema donde el político no debe responder de sus actos ante el pueblo.

Artículo publicado en El Singular Digital

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