15.8.12

Huelgas de hambre


Parece que los huelguistas de hambre solidarios con el preso etarra ya son más de cien. Son muchos y muy solidarios, no hace falta decirlo. Pero esta huelga de hambre, mucho más que una muestra de solidaridad, es un nuevo chantaje del mundo abertzale al Estado de derecho. Porque incluso cuando el éxito de este chantaje no tuviera más efecto que el cumplimiento estricto de la ley y la liberación de un preso en situación crítica, también aquí la naturaleza de la lucha se basa en aquella perversa lógica, que no es sólo etarra pero que es profundamente antidemocrática, de que la ley sólo es justa cuando nos es beneficiosa. Contra este chantaje, un estado de derecho sólo puede hacer dos cosas: repetir que no se negocia con terroristas y aplicar la ley, sea para dejar que el terrorista muera en familia y libertad, o para dejarlo encerrado hasta que cumpla su condena. Pero no puede olvidar que las huelgas de hambre no son más que otra forma de violencia contra legalidad.
Quizás la dificultad para reconocer esta huelga como una nueva muestra de violencia tiene mucho menos que ver con algún tipo de simpatía por el mundo abertzale que con la absoluta banalización que la izquierda de este país ha hecho de las huelgas de hambre. Aquí un huelguista de hambre es difícil de diferenciar de un solidario a dieta. O de simples berrinches infantiles de ahora no respiro, que si alguna vez empiezan de verdad sólo duran hasta que empieza a intuirse la necesidad que tenemos de respirar o comer. Seguramente la versión más grotesca que hemos visto es la de aquella mujer, Teresa Salas, y sus amigas, que lograron sus 15 minutos de fama con la que quizás fue la primera huelga de hambre por turnos de la historia, en favor del pueblo palestino. El médico les había dicho que las huelgas de hambre perjudican gravemente la salud y sus hijos y familiares estaban un poco preocupados. Así que una de las solidarias no comía durante unos días y cuando el hambre se le hacía insoportable una de sus amigas cogía el relevo y seguía la lucha un rato más y luego otra y otra y vuelta a empezar.
Como así están las cosas no es de extrañar que cuando la izquierda ve una huelga de hambre auténtica se la tome a broma. Esto le pasó al pobre Willy Toledo cuando, a sueldo del régimen castrista, bromeaba con la huelga de hambre del disidente cubano Guillermo Fariñas. Seguro que no es porque sea una mala persona sino porque, quizás por la fuerza de la costumbre, no podía imaginar que Fariñas estuviera dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias y dejarse morir. Porque lo único que da sentido a las huelgas de hambre es la amenaza de dejarse morir, lenta y públicamente, para denunciar las injustas leyes del régimen. Que nuestros huelguistas no pretendan denunciar ninguna ley injusta es sólo un recordatorio de su desprecio por la ley justa, pero ciertamente no hace que su huelga sea menos real. Si llevan años dispuestos a matar para liberar una gente que aún está por ver que quiera ser liberada de una tiranía a todas luces inexistente, quizás podría haber llegado el día en que estuvieran realmente dispuestos a morir por sus ideas.
Ante esta posibilidad, insisto, el Estado debe repetir y mostrar que no negocia con terroristas y responder con las armas que le son propias a la nueva amenaza terrorista. Contra el chantaje y la violencia, el Estado debe responder, ahora como siempre, con la violencia legal para asegurar el cumplimiento de la ley. Que en este caso, y si la cosa se complica y se pone fea, puede llegar a suponer mantener vivo y preso a alguno de los solidarios. Por la fuerza de la ley.

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