28.9.12

El "derecho a decidir"

No soy capaz de ver ambigüedad en el discurso de Mas. Y la busco porque la valoro, pero todo lo que veo es una claridad que hace unos días me parecía excesiva y que hoy me parece bastante más prudente y sensata. No porque yo haya cambiado de opinión sobre el presidente Mas, sobre su honestidad y sus capacidades, o sobre la situación política actual, sino porque el presidente Mas ha pasado de insistir en la voluntad y la necesidad de construir unas "estructuras de Estado "(como hacía en los momentos y los días posteriores al 11 de septiembre) a insistir en el" derecho a decidir "de los catalanes. Sigo creyendo que lo más razonable que cabía esperar del presidente y de CiU era la convocatoria de elecciones y la promesa de trabajar por la futura celebración de un referéndum de autodeterminación. Y lo creía y lo creo porque me parece que cualquier alternativa era o bien engañosa o bien imprudente. Porque creía y creo que unas elecciones democráticas no deben presentarse como unas elecciones plebiscitarias, encaminadas a una declaración unilateral de Independencia, porque la discusión del buen gobierno me parece prioritaria a la cuestión de la transición nacional. Porque gobernar la realidad es más urgente que cambiarla. Así pues, es razonable y honesto que el gobierno no de ningún paso más hacia la construcción de un nuevo Estado sin el mandato, expreso y explícito, del pueblo de Cataluña. Sin el mandato de las urnas, que es donde habla el pueblo porque es donde el pueblo se hace pueblo.
Por eso también es mucho más razonable que CiU se presente a estas elecciones con la bandera del "derecho a decidir" que con la bandera independentista. Y no porque la independencia no exista, porque existe (en su justa medida, como todo, pero existe). Y no porque el 'derecho a decidir' sí que exista, porque no existe. Tampoco por cuestiones de calculada ambigüedad y no sólo por cuestiones de partidismo (aunque el partidismo siga siendo la mejor forma de patriotismo que conocemos). Es más razonable que CiU se presente con la bandera del derecho a decidir porque CiU se presentará a las elecciones para ganarlas y para gobernar, y bajo la bandera del derecho a decidir se encuentra cómoda mucho más gente, incluso mucha más gente convergente, que bajo la bandera de la independencia. Porque, como muy bien ha dicho Duran, el derecho a decidir no es lo mismo que la independencia. El derecho a decidir, que es el nombre que damos a los catalanes al derecho de autodeterminación de las naciones, puede significar tanto la confirmación de una mayoritaria voluntad de mantener los lazos históricos con el Reino de España como de romper estos lazos y este reino. El derecho a decidir puede implicar, incluso, el derecho de decidir que los catalanes ya tomamos una decisión fundamental como es la aprobación de la Constitución Española y la aceptación de sus reglas de juego. Esto lo podría haber dicho estos días la señora Sánchez Camacho, que se habría ahorrado decir algo tan grave, y con tan mala prensa, como que "los catalanes no queremos autodeterminarnos". Unas palabras que sólo podría firmar un pueblo de esclavos, si es que los esclavos pudieran formar un pueblo, y que si ella y sus votantes pueden decirlas o aplaudir-las, es porque, de hecho, son muy conscientes de que el marco legal vigente no es la justificación explícita de la sumisión de Cataluña sino la forma misma como los catalanes hemos ejercido, hasta el día de hoy, nuestro presunto derecho a la autodeterminación. Y digo presunto porque el derecho a la autodeterminación es un derecho evidentemente ficticio, pero que precisamente por eso nos permite recordar algo de fundamental una vez llegados al momento actual, si es que este es el momento de la verdad: que los pueblos, las naciones, se constituyen autodeterminándose. Que los pueblos se ganan el derecho a la autodeterminación ejerciéndolo. Evidentemente, en el sentido que quieran. Y me parece que este es un final coherente con una legislatura que comenzó con la promesa presidencial de "no poner límite a las aspiraciones nacionales de los catalanes". Ni siquiera el límite de la independencia.

21.9.12

El rey, la independencia y el President Mas

Es el trabajo del rey. No es el único, porque también es su trabajo asistir a inauguraciones, reunirse con otros jefes de Estado, de forma más o menos discreta según el jefe y el Estado, o ir a cazar elefantes, porque cuando uno es rey incluso una cacería de elefantes puede ser una cacería de negocios. Pero es el principal. Hoy como el 23F, el rey es el guardián de la Constitución. Y más bien parece que los que lo critican porque esta vez sí que se ha metido en política no entienden la naturaleza política de su tarea fundamental ni la naturaleza de lo que tenemos entre manos. El rey no debe implicarse en debates parlamentarios, pero esto que tenemos entre manos no es un debate parlamentario, sino su final. Es un acto fundamentalmente político y fundamentalmente violento, en el sentido, en el estricto sentido, de ser la violación, la rotura definitiva y unilateral, del orden constitucional vigente. Es normal que alguien que a este orden le debe el sueldo, el trabajo y en gran medida el sentido de su existencia luche por preservarlo. Y aún más que lo haga quien tiene el deber, legal y moral, de hacerlo.
La independencia es un acto grave y de graves consecuencias. Una gravedad y unas consecuencias que el discurso del rey ni siquiera se atreven a insinuar, pero que se supone que se irán haciendo cada vez más evidentes. Y no está nada claro que todos los que están dispuestos a gritar en favor de la independencia estén, a la hora de la verdad, si es que la hora de la verdad debe llegar, dispuestos a defenderla, en toda su crudeza y en toda su realidad. Por eso el debate sobre los números de la manifestación del 11 de Septiembre no es un debate estéril, sino fundamental. O de hecho, y para ser más precisos, sólo es estéril porque las discrepancias sobre las cifras, incluso las que hay entre los 300.000 y los dos millones, admiten dos lecturas radicalmente diferentes y de consecuencias totalmente contrarias. Como en el chiste de Eugenio, hay quienes piensan que son trillizos y quienes creen que sólo es un niño muy movido. Hay quienes creen que cada día hay más independentistas y que cada día habrá más y los que piensan que son la misma minoría de siempre o una minoría muy parecida a la de siempre pero mucho más convencida, mucho más movida y con mucho más apoyo mediático e institucional.
Quizás Rajoy tiene parte de razón cuando dice que el presidente Mas se ha dejado arrastrar por los acontecimientos. Mas planteó el pacto fiscal como el objetivo principal de la legislatura y ahora el pacto fiscal no parece posible ni suficiente. La realidad tiene estas cosas. A menudo los pueblos son más fuertes que sus dirigentes, los gobernados suelen ser ingobernables y por eso hay ocasiones, extrañas e incómodas, auténticamente extraordinarias, donde dejarse arrastrar por los acontecimientos es la decisión más valiente y responsable que puede tomar el gobernante. Valiente y responsable porque implica asumir como propia la responsabilidad de un proceso que no se controla y responder ante las urnas y ante la historia de los efectos imprevisibles de unos actos que ni siquiera son los suyos. Yo dudo que el nuestro sea uno de esos momentos. Y por eso creo que todo lo que podemos esperar de un partido que quiere gobernar y que por eso no debería estar dispuesto a declararse abiertamente independentista es que delegue la elección en los ciudadanos. Que apueste por el "derecho a decidir" y plantee la futura convocatoria de un referéndum de autodeterminación. Aunque quizás lo que caracteriza a los grandes líderes es su habilidad para oler los movimientos de la realidad, la dirección de los tiempos, y su capacidad de ser los más rápidos corriendo a favor del viento. Por eso, si la realidad se equivoca, la culpa será del President Mas.

17.9.12

14.9.12

La incierta gloria de una tarde de Septiembre

Ante todo, aquí hay que adoptar la precaución de los médicos, de no tomar nunca el pulso sin haberse asegurado que es el del paciente el que toman y no el propio ...

Virgilius Haufniensis

Terribas citó aquella famosa frase de Joan Sales, que dice que los catalanes llevamos 500 años haciendo el imbécil y que no debemos dejar de ser catalanes, sino que debemos dejar de ser imbéciles. Me parece que no traiciono el mensaje si entiendo que las palabras de Terribas venían a decir que para dejar de ser imbéciles los catalanes debemos ser independientes. Ya sé que no lo dijo así, y que tampoco es así como lo dijo Sales, pero me parece que ya nos entendemos. Es lo mismo que vino a decir Requejo, invitado por la Fundación Rafael Campalans, hace unas semanas. Tampoco lo dijo así. Dijo que él antes era idiota, no imbécil, y que ahora se había hecho independentista, no catalán. Pero me parece que lo entendemos así porque así es como quieren que lo entendamos. Y me parece que esto es terriblemente injusto con los imbéciles y con los independentistas. Me parece que todo el mundo sabe que ni la independencia ni el independentismo curan la imbecilidad. Y decir que debemos dejar de ser imbéciles antes de dejar de ser catalanes, o españoles!, no nos facilita mucho las cosas. Porque, a pesar de todo, dejar de ser catalanes o dejar de ser españoles es mucho más fácil que dejar de ser imbéciles.
Más bien parece que dejar de ser imbéciles es tarea para toda una vida y que los resultados son siempre inciertos. Que no sabemos si dejaremos de serlo y que no sabemos qué seremos cuando dejamos de ser imbéciles. Por eso me parece que el independentismo de toda la vida se equivoca cuando presume de haber dejado atrás la imbecilidad. Porque nunca se sabe y porque no lo necesita. Para luchar por la independencia puede creer tranquilamente que ayer, en Barcelona, ​​se manifestaba el pueblo de Cataluña. Y puede contar a todos y cada uno de los manifestantes como independentistas. Incluso a Duran Lleida. Puede creer que el pueblo de Cataluña es independentista y que lo único que hace falta es que el presidente Mas se presente a la reelección con un programa netamente secesionista. Puede no preocuparse por si esto le costaría la presidencia y puede dar por hecho que cualquier derrota del gobierno será una victoria del independentismo. Es por eso que cuando pide al presidente Mas que lidere el proceso de independencia puede olvidar que hay una tensión posible entre liderazgo y democracia, una tensión que puede dejar el líder sin pueblo y al pueblo sin un gobierno funcional. Y puede hacerlo tranquilamente porque, como dijo Joan Sales, "sólo triunfan los imbéciles, los incapaces de proponerse nada imposible." Quizá por ello toda gloria sea siempre incierta.

7.9.12

Abandonad toda esperanza

Es como aquella vieja historia de un condenado a cadena perpetua que pasa años y años intentando escapar. Que hace años que excava, con una paciencia infinita y una cucharita de postre, el túnel que debe conducirlo de la letrina a la libertad. Y llega por fin la gran noche. Y parece que ya se acerca la hora. Y cuando se apagan las luces de la celda el preso abre lentamente la trampa. Y entra el túnel con la cucharita y con toda una vida por delante. Y avanza lenta y silenciosamente por el mismo camino que ha hecho tantas y tantas noches, hasta el final del túnel y hoy todavía un poco más allá. Y finalmente parece que se sale. Y parece que al fondo hay luz. Y finalmente parece que la luz es de una linterna. Y que se oyen voces que llaman al alto y que una mano lo coge por la espalda. Y finalmente entiende que hace años que lo vigilan y que su esperanza era su condena. Y entiende que lo primero que debe hacer quien quiera ser libre es abandonar toda esperanza. Porque en el peor de los casos, la esperanza es la condena. Y, en el mejor de los casos, la esperanza sólo genera frustración.
Cuando se dice que Cataluña es especialista en generar grandes frustraciones colectivas, no parece que se hable lo suficiente de las grandes esperanzas que las generan. Lo hemos vuelto a ver ahora, con esta eterna discusión sobre la manifestación del 11 de Septiembre. Esta discusión, en todos y cada uno de los detalles, en todas y cada una de las actitudes, ha vuelto a poner de manifiesto que de todo y de todos esperamos más de lo que es razonable esperar. Parece que se espera que el pueblo de Cataluña solucione los problemas de su gobierno, que son urgentes e importantes, y que el gobierno de Cataluña solucione las divisiones y las dudas del país, que en muchos casos son tan profundas como razonables. Parece que esperamos que la manifestación, esta sí, esta vez sí, cambie algo, pero todavía no sabemos qué debería cambiar y cómo debería hacerlo. ¿Qué debería ocurrir para que fuera razonable esperar que el gobierno se volviera decididamente independentista o que lo del pacto fiscal tuviera alguna posibilidad de salir adelante?
Si al final todo esto tan mal como parece que tiene que ir, tampoco sería razonable esperar grandes heroicidades de nuestros dirigentes, porque las temeridades de los gobiernos son la condena de su pueblo. Y cuando un gobierno se ve arrastrado a librar batallas que no sabe cómo evitar y que no parece que pueda ganar tampoco debería esperar encontrar un pueblo demasiado predispuesto a los sacrificios. Sobre todo en un momento donde el día a día ya le parece demasiado sacrificio y donde la aspiración a la independencia cada vez tiene un tono menos épico, de conquista de la libertad con sangre, sudor y lágrimas. En un momento en el que de la independencia no esperamos tanto los sacrificios, que serían grandes pero dignos y nobles, como los beneficios, que cada día que pasa nos parecen más grandes, justos y fáciles. Pero quien espera desespera y quien espera mucho de muchos, además, se lo merece. En estos días, en los que parece que del futuro sólo podemos esperar la realización de nuestras más altas esperanzas o la condena a la mayor de las frustraciones, quizás toca recordar que es precisamente liberándonos de esperanzas excesivas como nos ahorramos las grandes frustraciones. Y que esta es la libertad más alta a la que como hombres podemos aspirar.