12.9.13

15.7.13

La persecución de Moby Dick

Concluye Juliana su artículo sobre Moby Dick con esta cita de Sloterdijk: 
La obsesión por Moby Dick simboliza el lado luciferino de la navegación euroamericana, el lado nocturno del proyecto de la Modernidad colonial. La blanca ballena nos dice que el infierno es lo exterior (En el mundo interior del capital, Siruela). 
Y con esta obligada conclusión de actualidad:

"Hay algo de Moby Dick en el actual momento de España. La atracción por el abismo"

Al leerlo recordé las reflexiones de Carl Schmitt en Tierra y mar. Este fragmento en particular:
Herman Melville, que sirvió varios años como marinero a bordo de un ballenero, describe en su Moby Dick cómo existía allí una relación, que podíamos llamar personal, y una íntima conexión, al par amistosa y hostil, entre el cazador y su presa. El hombre, en su lucha con otro ser viviente del océano, veíase impelido más y más hacia la profundidad elemental del existir marino. 
Estos balleneros surcaban de norte a sur y del Atlántico al Pacífico la esfera terrestre. Siempre en pos de las misteriosas rutas de la ballena, descubrieron islas y continentes. En el libro de Melville, uno de aquellos navegantes, al conocer el libro del capitán Cook, el descubridor de Australia, dice: "Este Cook escribe libros sobre cosas que un ballenero no escribiría en su cuaderno de bitácora". ¿Quién ha abierto el océano a los hombres?, pregunta Michelet. ¿Quién ha descubierto sus regiones y sus rutas? En una palabra: ¿quién ha descubierto el globo terrestre? ¡La ballena y el ballenero! Y todo esto independientemente de Colón y de los famosos buscadores de oro que sólo encontraron, con gran algarabía, lo que ya habían encontrado los pescadores del norte, de la Bretaña y del País Vasco. Eso dice Michelet, y añade: "Tales balleneros son la más alta expresión del valor humano. Sin la pesca de la ballena los pescadores no se hubiesen alejado nunca de la costa. La ballena les ha atraído hacia el océano y emancipado del litoral. Gracias a ella se han descubierto las corrientes marinas y el paso del Norte. La ballena nos ha guiado".
La conclusión de actualidad bien podría ser otra:

Lo que nos mueve y nos define quizás no es tanto la atracción por el abismo como el ser perseguidores de la bestia, de lo que nos espanta u horroriza. Bien pudiera ser que en esta persecución nos viésemos arrastrados hacia el abismo, porque es propio de nuestra condición el que, incluso en esas raras veces en que tenemos claro lo que perseguimos, no sabemos nunca lo que nos vamos a encontrar. 

Como solía decirse, España y nos somos así. 

5.7.13

¿La solución final?

Me sorprendió la insistente impasibilidad con la que el portavoz Homs hacía uso de la expresión "solución final". Era al presentar el llamado Pacto Nacional y la empleaba para señalar que, a pesar del acuerdo, subsisten entre los firmantes algunas discrepancias de fondo respeto, precisamente, de la "solución final". El uso de esta antigua expresión me sorprendió por malsonante y porque pensaba que la volvería a oír, convenientemente reducida ad Hitlerum, como una prueba más de la deriva totalitaria en la que se supone que estamos inmersos los catalanes. Pero el problema de esta expresión no es el ridículo uso que de ella pudiera haberse hecho desde alguna oscura trinchera ideológica, sino el supuesto implícito de que existe realmente una solución final a los problemas políticos, aunque podamos discrepar de que sea. Y, sobre todo, de que existe alguna solución final a los problemas políticos fundamentales, que son precisamente los problemas identitarios. Esta convicción, muy extendida también fuera de Cataluña pero no por ello menos equivocada, ya no es sólo un error teórico sino que se ha convertido en un problema político de primer orden. Porque, aunque los integrantes del Pacto Nacional puedan tener ciertos desacuerdos sobre cuál debe ser esa "solución final", el caso es que la ciudadanía se encuentra más unida, o más claramente dividida, alrededor de la idea de que esta solución es y sólo puede ser la independencia.
En estas discrepancias sobre el final del llamado proceso nacional nos encontramos en una situación doblemente extraña: parece que hay más partidos federalistas que votantes federalistas y parece que las diferencias terminológicas entre los partidos soberanistas responden en el imaginario del votante a un único concepto, que es de la independencia de toda la vida. No quiero decir que estas diferencias partidistas sean estúpidas ni inútiles. Quiero decir simplemente que a la hora de la verdad las alternativas son siempre pocas y radicales y que esto pone a la política catalana, y no sólo al gobierno, en una situación que sólo se hace soportable desde la convicción, evidentemente equivocada, que en el fondo no tenemos nada que perder. Para entendernos: creemos que los más grandes y urgentes de nuestros problemas tienen solución y que esta solución, esta única solución, es la independencia o pasa necesariamente por la independencia. Pero mientras presentamos la independencia como solución somos incapaces de solucionar el problema de la independencia. No sabemos cuándo ni cómo ni si seremos independientes y cada vez estamos menos dispuestos a pactar con una realidad que sabemos, con toda la razón, que es sucia, pero que creemos, muy firmemente pero con mucha menos razón, que es fácilmente mejorable. Y eso hace que estemos especialmente expuestos a sacrificar lo bueno en nombre del mejor, como demuestra el caso del famoso pacto fiscal o la mejora del sistema de financiación.
Sabemos que el cambio es posible porque lo ha sido y que incluso podría ser una mejora. De hecho, son muchos los que creen que todo este proceso soberanista no es más que un intento de asegurar un nuevo y mejor pacto fiscal. Pero nos vamos convenciendo de que ya no es suficiente, de que ya ninguna mejora puede ser suficiente. Es muy normal que esta aspiración maximalista desgaste y desoriente al partido del gobierno, que a la fuerza debe tratar de salvar los mínimos pactando en la realidad. Pero es preocupante que esta aspiración maximalista esté convirtiendo en la única aspiración del catalanismo, porque el futuro no está nunca a la altura de nuestras aspiraciones y porque nos estamos volviendo particularmente incapaces de aceptar menos de lo que creemos posible. Y porqué así parecemos dirigirnos, con paso firme y decidido, seguros de avanzar hacia el mejor y alejarnos de lo peor, hacia una segura frustración futura. Sea cual sea la victoria, sea cual sea la derrota.

27.6.13

La banalidad de los hombres

No pudiendo ser una película sobre la banalidad del mal, Hannah Arendt es una película sobre la banalidad de la crítica. De una cierta crítica, que no es la mejor pero es la más habitual, y que confunde los hechos con las opiniones y el exhibicionismo moral con la virtud. Y que no es la crítica de ninguna tesis como la banalidad del mal, sino de la insensibilidad de afirmar que la colaboración activa de algunos líderes de la comunidad judía facilitó el trabajo de exterminio de las autoridades nacionalsocialistas. El escándalo ante las cuestiones de hecho es siempre un escándalo ridículo, y el gran mérito de Arendt, un mérito que en realidad es un lujo que muy pocos se pueden permitir, es el de haberse negado a rebajarse a una discusión sentimentaloide sobre los hechos. Una decisión que, como evidencia la película, se parece peligrosamente a la de negarse a la discusión pública. Incluso en aquellos Estados Unidos que a Arendt le habían parecido el paraíso, porque el paraíso no es un lugar sin problemas éticos, sino el lugar donde los problemas éticos se muestran con una claridad excepcional, en toda su radicalidad. Y con esta excepcional claridad nos muestra como también a las sociedades más liberales hay verdades incómodas y consideradas dignas de censura moral y como el sentimentalismo público tiende a sustituir el debate público, escondiendo la discusión de las ideas tras la exhibición de las ofensas. Esto mismo ocurre en la película, donde la crítica se muestra mucho más violenta cuanto más alejada está del núcleo de la cuestión, de su "único error verdadero", como dice la película, parafraseando una carta de Arendt a Scholem en la que afirma: "ahora opino que el mal no es nunca 'radical', que sólo es extremo, y que carece de toda profundidad y de cualquier dimensión demoníaca. Puede crecer desmesuradamente y reducir todo el mundo a escombros precisamente porque se extiende como un hongo sobre la superficie. Es un 'desafío al pensamiento', como dije, porque el pensamiento trata de alcanzar una cierta profundidad, ir a las raíces, y en el mismo momento en que se ocupa del mal se siente decepcionado porque no encuentra nada. Esto es la 'banalidad'. Sólo el bien tiene profundidad y puede ser radical".
Arendt se explica ante Scholem, pero no ante los críticos ni ante el público, porque para ellos la cuestión del colaboracionismo judío es más problemática que la cuestión de la banalidad del mal. Y lo también para nosotros. De hecho, la banalidad del mal se ha convertido en un lugar común, que suena exactamente igual que lo que venía a decir Vargas Llosa de que todos somos un Eichmann en potencia. "Lo terrible de Eichmann es que no era un hombre excepcional, sino uno común y corriente. Lo que significa que todo hombre común y corriente, en ciertas circunstancias (una dictadura hitleriana, por ejemplo), puede convertirse en un Eichmann". Pero cuando Arendt considera que el daño que ha hecho Eichmann puede considerarse banal no afirma necesariamente que todos los hombres normales y corrientes seamos, en determinadas circunstancias, capaces de lo peor. Quizás lo único que dice es que sólo en determinadas circunstancias aparecen hombres tan normales y corrientes y capaces de lo peor como Eichmann. Porque en realidad la normalidad de Eichmann es extraordinaria, ya que sólo es común y corriente en un sistema extraordinario. "Sólo la pura y simple irreflexión -que de ninguna manera podemos equiparar a la estupidez- fue lo que predispuso a convertirse en el más grande criminal de su tiempo. Y si bien esto merece ser calificado como 'banalidad', e incluso puede parecer cómico, y ni siquiera con la mejor voluntad es posible atribuir a Eichmann una diabólica profundidad, también es cierto que tampoco podemos decir que sea algo normal o común". No es nada normal o común porque lo que nos parece normal y común en el hombre es el pensar. Mejor o peor, pero pensar. Y desobedecer órdenes. Y es precisamente de esta normalidad de donde surge la eterna dificultad del vivir juntos. Así que esta irreflexión y esta sumisión absoluta a las órdenes de Hitler es extraordinaria, y lo es porque nace en un sistema extraordinario. Un sistema ideológico que, según Arendt, cambia "la libertad inherente en la capacidad de pensar por la camisa de fuerza de la lógica, con la que el hombre puede obligarse a sí mismo de forma casi tan violenta como si fuera forzado por algún poder exterior". El nazismo tampoco fue capaz de crear el hombre nuevo, pero el tipo de ciudadano que convirtió en común y corriente nos recuerda que, por banal que pueda ser, el mal nunca será tan banal como los hombres.

Coda: "A usted le gusta mi libro 'Eichmann en Jerusalén' y dice que lo que allí afirmé es que hay un Eichmann en cada uno de nosotros. ¡Oh, no! ¡No hay ninguno ni en usted ni en mí! Esto no significa que no haya un buen número de Eichmanns. Pero tienen una apariencia bastante distinta. He odiado siempre esta idea de 'Eichmann en cada uno de nosotros'. Sencillamente no es verdad. Y es tan poco verdadera como su opuesta, que Eichmann no está en nadie. En mi opinión, esto es mucho más abstracto que la mayoría de las abstracciones que con frecuencia me permito -si lo que entendemos por abstracto es no pensar a través de la experiencia". Arendt sobre Arendt

13.6.13

El héroe libertario

Como es habitual en estos casos, también de Snowden se ha dicho que sólo quería abrir un debate. Pero es falso, porque lo que quería era cerrarlo. Y pretendía hacerlo, como es costumbre, en favor de sus convicciones y en contra de la ley. Éste es el único motivo de que haya quien califica sus actos de valientes e incluso heroicos, porque en una democracia como la americana abrir un debate no tiene nada de excepcional. Lo que es excepcional, allí como aquí como en todas partes, es ganarlo.
Como decía David Brooks, este presunto héroe, "a pesar de ser reflexivo, moralmente implicado y profundamente comprometido con sus creencias, parece ser el producto de una de las tendencias más desafortunadas de nuestro tiempo: la atomización de la sociedad, el debilitamiento de los vínculos sociales, el incremento del número de jóvenes que viven entre los 20 y los 30 años una existencia tecnológica en el difuso mundo que hay entre las instituciones de la niñez y los compromisos familiares de los adultos". El individualismo de jóvenes como Snowden les impide ver que el Gran Hermano no es el único peligro que nos amenaza. "Otra amenaza, sigue diciendo Brooks, es la creciente ola de desconfianza, la propagación del cinismo corrosivo, el desgaste del tejido social y el aumento del número de personas con una perspectiva tan individualista que no pueden entender cómo trabajar con los demás para cuidar del bien común". Para que la sociedad funcione es necesario el respeto a las instituciones y la deferencia a los procedimientos legales. Parece que idealistas como Snowden, que actúan contra las instituciones y los procedimientos legales para defender la sociedad, son como aquellos que cuando hablan contra la familia no saben lo que hacen porque no saben lo que deshacen.
La actitud presuntamente heroica de Snowden y los elogios libertarios que recibe contrastan con la distinción de Kierkegaard entre dos prototipos de referentes morales: "el héroe trágico" y el "caballero de la fe". El primero es aquel que se atreve a arriesgar su vida en defensa de la comunidad. Se atreve a cumplir órdenes y gracias a su valentía en el cumplimiento del deber merece el reconocimiento del público y los dioses. El caballero de la fe, en cambio, es aquel que obedece a Dios por encima de los hombres porque sabe que la ley de los hombres puede ser una ley injusta y que para ganar la salvación eterna es capaz de soportar la condena de sus conciudadanos. Lo que tienen en común es lo mismo que los diferencia de Snowden, Assange y de sus admiradores libertarios; saben que quien aspira a grandes cosas debe estar dispuesto a hacer grandes sacrificios. Cosmopolitas tecnológicos como Snowden, Assange y los que han de venir no renuncian a nada porque nada los liga. No renuncian a los dioses ni a los hombres porque por encima de ellos siguen a su conciencia y a ésta siempre la tendrán, vayan donde vayan. Quieren seguir a su conciencia y a nada más que su conciencia y quieren al mismo tiempo los aplausos y el reconocimiento. Este contraste se vio muy claro cuando las noticias de TV3 aseguraban que Snowden, refugiado en un hotel de lujo de Hong Kong, había dado la cara. En realidad, Snowden no ha dado nada, sólo ha robado. Ha robado documentos de su gobierno y ha robado, roba y robará, tiempo de nuestros informativos. Y ni siquiera ha dado la cara, sólo la ha enseñado.
Snowden lo ha hecho porque porque entiende muy bien esta distinción, tan confusa y al mismo tiempo tan propia de la era Facebook, entre darse y mostrarse. En la era facebook es cada vez más evidente que cuanto más nos mostramos más difícil nos es darnos. Y Snowden sabe muy bien que cuanto más se muestre más difícil será que lo entreguen. Nuestros Snowden se presentan como idealistas porque se encuentran mucho más acá de las distinciones clásicas entre el héroe griego y el fiel cristiano. Y por eso es tan importante ver como idealistas como él y Assange ponen su suerte en manos del más brutal de los realismos, que es siempre el de la realpolitik internacional. Snowden podrá encontrar, como Assange, una potencia que lo proteja, pero no encontrará ninguna potencia dispuesta a proteger su causa. Puede encontrar refugio en Rusia, pero no puede esperar robar al gobierno ruso y salir indemne. Estos idealistas libertarios han tenido que abrazar lo condenaban, renunciando al idealismo y la libertad en favor de la realpolitik y la seguridad, y recordándonos así que nuestro revolucionario sólo es aquel que llama "idealistas" los actos que castiga todo código penal.

6.6.13

Abidal, el Barça y la retórica de los valores

Los culés estamos en una situación privilegiada para intentar entender el funcionamiento y los límites del discurso de los valores. Desde que hemos descubierto que somos un club con valores hemos recibido un par de lecciones de gran valor. La primera y fundamental vino de la marca Nike, que colgó un enorme cartel en la plaza de Cataluña de Barcelona para recordarnos que tener valores significa tener un buen par de pimientos, que por raro que suene vendría a ser tener cojones y tenerlos en catalán. Es una lección de gran valor pedagógico, porque devuelve la unicidad a la cuestión de los valores y nos remite sentido original del valor, que no es otro que el de la virtud. Cualquier valor que no signifique virtud significa valor de cambio, como bien nos habían advertido aquellos cínicos de Oscar Wilde que confundían valor y precio. Y que por eso tenían que confundir necesariamente el valor y los valores, la virtud y la retórica moralista. Si los cínicos son los únicos que siempre están a la altura de los tiempos, su supuesta confusión debería servirnos de aviso; puede ser que el valor que damos a las cosas no sea nada más que el precio que estamos dispuestos a pagar por ellas. Y si esto es cierto no parece que tenga demasiado sentido afirmar que esta crisis económica es en el fondo una crisis de valores, porque la lógica de los valores y de su crisis es en sí misma una lógica esencialmente económica. Más bien parecería cierto lo contrario; que esta es una crisis de valores precisamente porque es una crisis económica.
También el Barça, en el caso Abidal, nos ha enseñado que la lógica economicista marca el curso que debe tomar todo discurso sobre los valores. Hemos podido ver que la retórica de los valores no es suficiente ni para decidir qué hacer con Abidal ni para juzgar lo que se ha hecho con Abidal. No nos ayuda a saber cómo corresponder ante el ejemplo, la personificación, de todos aquellos valores que alabamos constantemente. Y con ello demuestra que el discurso de los valores nos compromete mucho más con su alabanza que con su práctica. La actitud del Barça con Abidal nos recuerda que sólo podemos juzgar a alguien por la virtud, por el valor, y no por los valores. Por lo que hace y no por lo que asegura admirar. Y por eso podemos decir que, según lo que cuenta el mismo club y que bien podría ser cierto, ha ayudado mucho al jugador y le ha tratado con respeto y le ha ayudado en todo lo que ha necesitado. Pero debemos decir que la directiva ha mentido. Que mintió al jugador y mintió a la afición. Y aunque el uno y los otros seamos demasiado buenos para recordarlo en la despedida de quién es, como se suele decir, magnífico jugador y mejor persona, lo cierto es que la directiva mintió cuando aseguró que el jugador renovaría cuando jugara su primer partido. Y yo no sé cómo será el hombre de valores, pero el hombre virtuoso es un hombre de palabra, aunque sólo sea para poder ser creíble cuando deba mentir. Llegados a este punto, y no pudiendo ser virtuosos, los directivos del Barça podían todavía y como mínimo intentar ser buenos, salvar su buen nombre salvando el discurso de los valores, y pagar una parte de la enorme deuda que buena su imagen de gente de valores tiene con Abi. Y todo ello por el módico precio de un año de ficha.

22.4.13

Los demonios de Heidegger

Los demonios de Heideggerde Ángel Xolocotzi y Luis Tamayo.

Como advierte F.Volpi en su magnífico prólogo, “nada es más triste que la inteligencia cuando la vida se burla de ella”. Y sucede que para burlarse de los grandes hombres, su inteligencia y sus elevadas aspiraciones, la vida ama servirse de las mundanales tentaciones de las mujeres y la política. En ambas hizo tropezar a Heidegger, para mayor regocijo de todos aquellos que, como la célebre muchacha tracia, no pudiendo mirar tan arriba nos contentamos con caer de más abajo.

Religión y comunicación

Religión y comunicación, de Lluís Duch.

La pluralidad de nuestras sociedades equivale, desde el punto de vista de la religión, a una creciente “universalización de la herejía”. Esto, junto con la renovada importancia que las religiones tienen en la vida pública de nuestras sociedades seculares, dificulta al tiempo que hace urgente el diálogo interreligioso. Aproximándose a los fenómenos religiosos como praxis comunicativas, Lluís Duch hace una importante contribución a la fundamental tarea ética de nuestro tiempo, que no es otra que fomentar la continuación del diálogo. 

19.4.13

Submisiones lingüísticas

Las críticas a la inmersión suelen presentarse como una defensa de los derechos de los alumnos. En concreto, del derecho al alumno a recibir una educación en su lengua materna; que es un derecho que se supone que tiene el alumno desde el momento en que su lengua es oficial y que por eso no tienen los niños que quieran recibir una educación pública en lenguas como el inglés, el francés, el alemán o el tagalo. Es al considerar que este es un derecho de los ciudadanos catalanes y que es un derecho perseguido por las autoridades que a éstas se las califica de antidemocráticas o, directamente, de fascistas. Los insultos no se justifican, pero el argumento se pretende cierto y profundamente democrático porque prioriza los derechos de los individuos por encima de las sentencias que los atacan y por encima de unos supuestos derechos colectivos que, como tales, serían inexistentes. Pero el resumen de la sentencia, según el cual cuando un alumno pida que la clase se haga en castellano todos los alumnos recibirán la clase en castellano, pone de manifiesto que los derechos de un alumno no sólo entran en conflicto con la situación vigente sino con los otros alumnos y los que pretenden que también son sus derechos. La sentencia pone de manifiesto que no se pueden defender estos derechos individuales sin cambiar las prácticas colectivas. Y, por lo tanto, sin replantear de verdad cuáles son los derechos de todos los ciudadanos, y no sólo los derechos de los hijos de padres que quieren educarlos en castellano. Y asimismo pone de manifiesto que la apelación a los derechos individuales está vacía y la retórica liberal es falaz mientras no se reconozca cuáles son los derechos que, efectivamente, y en el ordenamiento jurídico vigente, tienen los ciudadanos. Para entendernos, si no se reconoce que no hay, a priori y fuera del juego de las mayorías democráticas, ningún motivo que haga que el derecho a recibir una educación en castellano sea prioritario sobre el derecho a recibir una educación en catalán. Entre otras cosas, claro, porque las lenguas no tienen derechos, porque no hay derechos colectivos y porque tampoco hay derechos individuales fuera del colectivo que decide cuáles son y en qué medida son dignos de ser defendidos.
Esta nueva sentencia también sirve para dejar claro que la defensa habitual de la inmersión, basada en su eficacia, bien podría ser cierta y ser al mismo tiempo del todo irrelevante, porque es precisamente esta eficacia la que preocupa a muchos padres. A los padres que quieren escolarizar a sus hijos en castellano no les preocupa que crezcan sin aprender su lengua materna. Lo que les preocupa no es que crezcan ajenos a la lengua de casa sino que crezcan ajenos a la lengua de la escuela y, por extensión, a la lengua de la sociedad. Y por eso el problema no es que los niños castellanohablantes no puedan aprender a pronunciar la ese sorda ni que les cueste tanto aprender que tengan que dejar de lado las matemáticas y el inglés y por ello reciban una educación peor que la del resto. El problema es fundamentalmente identitario y por eso es fundamentalmente un problema de soberanía. La cuestión es hasta qué punto la vida pública se parece a la vida privada, hasta qué punto el colegio y la sociedad  se parecen al hogar y de quien puede decidir hasta qué punto deben parecerse. Y este no es, evidentemente, un problema exclusivo del modelo educativo. Este es un problema fundamental porque incluso los más liberales de entre los demócratas debemos estar dispuestos a aceptar y defender que algunas cuestiones se decidan por mayoría. Incluso cuestiones tan importantes como el sistema educativo. Y debemos estar dispuestos a admitir, por lo tanto, que todos estos debates políticos son, en el fondo, problemas de soberanía. Que lo prioritario no es tanto lo que se decide ni si lo que se decide es bueno sino, simplemente, quien tiene el poder de decidirlo. Y a admitir que, a la larga, quien termina teniendo el poder para decidir estas cuestiones es quien más importantes las considera.

18.4.13

Oh, Maggie

A menudo leo necrológicas pensando que por nada del mundo querría para mí los elogios que se dedican a los demás. Me pasaba estos días con las de Sampedro, alabado por indignado, comprometido, humanista y buena persona. Alabado, en resumen, por cosas que tengo por defectos o por obviedades. Porque yo, a diferencia de la mayoría de los que se declaran progresistas, lo de ser buena persona lo supongo. Y vivo como un auténtico drama, no sólo personal, sino político y intelectual, la evidente insuficiencia de esta bondad. Yo creo que casi todo el mundo que hace el mal lo hace pretendiendo el bien y que por eso se dice aquello tan cierto de que "el infierno está lleno de buenas intenciones". O que, como dijo Margaret Thatcher, "nadie recordaría al buen samaritano si sólo hubiera tenido buenas intenciones". Además, humanista no es tanto el elogio que se pretende como la descripción que los periódicos hacen de cualquier vida dedicada a leer y escribir, independientemente de la calidad de lo que se lee o se escribe. Y el compromiso de la indignado me parece, evidentemente, un defecto. Uno de los defectos más propios de la desorientación moral de nuestra época, tópicamente posmoderna, que por miedo a la imposición ética prefiere elogiar la intensidad del compromiso antes que discutir su objeto. No es extraño, por lo tanto, que merezca más elogios quien más convencido e indignado se compromete en la defensa del lugar común.
Estos elogios me parecen más perversos todavía por su proximidad con los que estos días se dedican a Margaret Thatcher. Unos elogios que todo gran hombre de la política debería aspirar a merecer porque definen el modelo que todo político debería aspirar a ser. En ninguna parte es más evidente este contraste que en la oposición del abuelo gruñón, al que ahora llaman indignado, y aquella Thatcher de Espada, "asqueada de los sentimientos en la política"; de aquella Thatcher de película que, como un personaje de Sorkin, podía responder al médico con un speech aristotélico sobre la prioridad del pensamiento sobre el sentimiento y en defensa de la importancia de formarse un carácter virtuoso. "¿Que cómo me siento? Ahora todo es sentimiento: nosotros sentimos, el grupo siente... ¿Por qué no me pregunta cómo pienso? El pensamiento, las ideas, eso es lo importante. Vigila tus pensamientos, porque se convertirán en palabras. Vigila tus palabras, porque se convertirán en actos. Vigila tus actos, porque se convertirán en hábitos. Vigila tus hábitos porque se convertirán en tu carácter. Vigila tu carácter, porque se convertirá en tu destino. Y yo, doctor, pienso que estoy bien". Es este mismo asco ante el sentimentalismo que la llevaba a responder a Cebrián que esta pregunta de cómo se siente una mujer entre hombres es "una pregunta muy masculina", sabedora de que lo importante en este mundo y en este cargo no es lo que eres ni lo que sientes sino lo que haces. Y por eso podía asegurar que detestaba el feminismo al tiempo que se permitía la ironía de afirmar que "si quieres que se diga algo, llama a un hombre, si quieres que se haga algo, llama a una mujer".
En su elogio fúnebre a Margaret Thatcher, William Kristol escribía que tanto ella como Ronald Reagan y Juan Pablo II, "los tres que salvaron Occidente", "sabían lo que creían pero también sabían que tenían que justificar sus creencias y que sólo es posible adaptarse prudentemente a las circunstancias si no se cede en los principios ". Y recordaba las palabras que Whittaker Chambers había escrito al final de su última carta a Bill Buckley: "Cada época encuentra su propio lenguaje para expresar un sentido eterno". Del mismo modo, continúa diciendo Kristol, "cada época debe encontrar sus propios líderes para un tarea eterna -la defensa y renovación de la civilización. La muerte de Margaret Thatcher es un sano recordatorio a los estudiosos de la política de la dificultad, de la gravedad, y también de la nobleza de esta tarea". Esta tarea pasaba y sigue pasando por un posicionamiento claro y firme en favor de la democracia. Pero esta defensa no puede ser tal y no puede ser digna si nos engañemos sobre las virtudes del consenso. Thatcher era consciente de los "peligros del consenso, que puede ser un intento de satisfacer a gente sin ningún posicionamiento claro sobre nada", y sabía que aquí mismo deriva el mandato de responsabilidad del gobernante. Sabía que a veces hay luchar solo aunque se luche por unos principios que son de todos y así lo hizo y así lo dijo en la Guerra de las Falkland, donde los ingleses lucharon por la justicia internacional pero "también lucharon solos".
Que Thatcher sea recordada por lo que dijo tanto o más que por lo que hizo me parece también una gran noticia y otro de sus éxitos. Ella misma consideró que su tarea política era también y principalmente una tarea moral y así lo dejó claro tras ganar las elecciones generales del 79: "Allí donde hay discordia, debemos llevar armonía. Donde hay error, debemos llevar la verdad. Donde hay duda, tenemos que llevar fe. Y donde no la hay, tenemos que llevar esperanza ". Esta revolución moral es y parece que fue más importante que su revolución económica, sobre todo si es cierto que, como dice R. Senserrich, Thatcher fue más radical en su discurso que en su política. Como así debe ser. Porque, como dijo ella misma y no se cansan de recordarnos, ¡con razón!, los indignados de esta crisis llamada de valores, "la economía es el método, el objetivo es cambiar los corazones y las almas".

1.3.13

La democracia ha muerto

La renuncia del Papa Benedicto XVI parece una buena excusa para recuperar algunas cuestiones de su famoso debate con el filósofo Jürgen Habermas. Un debate sobre "los fundamentos pre-políticos de la democracia", que abordaba una cuestión central en el pensamiento político anterior a la crisis económica, cuando nos preocupaba más promover la democracia que salvarla. Pero un debate que sigue siendo de gran actualidad en la medida en que los argumentos que hacen la democracia digna de ser salvada sean los mismos que la hacen digna de ser promovida. Esta cuestión se ha vuelto profundamente controvertida porque el pensamiento presente no puede escapar de la profunda convicción de que Dios ha muerto. Y si Dios ha muerto, nada es fundamentalmente cierto y nada tiene  fundamento. Tampoco nuestras certezas morales y tampoco nuestra democracia, que se sostienen sobre el abismo. Sobre la nada. La consecuencia de este nihilismo metafísico es el nihilismo moral porque, como bien entendían Nietzsche y Dostoievski, si Dios ha muerto, todo está permitido.
Esta convicción es el punto de partida de la intervención de Habermas, titulada y presentada en forma de pregunta retórica: "Fundamentos pre-políticos del Estado Democrático Constitucional?". Según Habermas, el Estado democrático constitucional no necesita justificarse apelando a fundamentos pre-políticos, y podríamos decir pre-democráticos, porque la democracia y la constitución se justifican por sí solas. Que se hable de la constitución y no sólo de la democracia no es casual ni anecdótico, ya que aquí la constitución juega el papel de garante de los derechos humanos, sin los cuales parece ser que ninguna democracia nos parecería aceptable. Y es por eso que la posibilidad o imposibilidad de fundamentar teóricamente los derechos humanos se encuentra en el fondo de la cuestión sobre los fundamentos de la democracia. Pero cuando Habermas defiende que ni la democracia ni la constitución necesitan de estos fundamentos para justificarse deja abierta la cuestión de ante quien deben justificarse. Es cierto que no parecen necesitarlos para justificarse ante los académicos, como bien dice él mismo, pero esto es básicamente porque lo que piensen los académicos sobre estas cuestiones no es nunca tan relevante como los académicos querrían.
Habermas viene a decir que ni la democracia ni la constitución (ni los derechos humanos) tienen ya ningún fundamento teórico, pero que esto no es problemático porque la misma práctica democrática engendra los demócratas y las virtudes democráticas que la democracia necesita para sobrevivir. Pero Ratzinger y nosotros sabemos que esto, como todo hoy en día, sólo es cierto hasta que deja de serlo. Y sabemos por lo tanto que la democracia y la constitución pueden prescindir de estas justificaciones últimas, fundamentales o pre-políticas, mientras estas justificaciones no se pidan o mientras sólo las pidan los académicos. Normalmente es así, y no se piden porque nosotros ya somos, por defecto, demócratas y constitucionalistas (defensores retóricos de la bondad de los derechos humanos). Pero cuando la situación de crisis presente pone en cuestión, ya no los fundamentos, sino las mismas prácticas democráticas, la cuestión de su justificación vuelve a ser una cuestión urgente. Y ni los cristianos ni los demócratas en crisis pueden ignorarla. Los cristianos, porque saben que tienen que responder, como mínimo, ante Dios. Y los demócratas en crisis, porque saben que deben responder, como mínimo, ante los hombres. Ni ellos ni Habermas sienten la falta de Dios como una falta. Y Ratzinger nos recuerda que esto, que en nuestro tiempo pasa por ser una muestra de grandeza intelectual, es también y a la vez una señal inequívoca de nuestra pobreza. Porque la muerte de Dios nos deja sin una fuerza que estructure la historia universal y el papel que en ella juegan los hombres. La muerte de Dios deja a los hombres sin saber qué hacer al mismo tiempo que los hace conscientes de que no pueden seguir haciendo lo que hacen.

22.2.13

Los papeles de los outsiders

La decisión de Eva Piquer de abandonar la política, de renunciar a su escaño en el Parlamento de Cataluña, es una decisión honesta, valiente y, sobre todo, educativa. Porque nos recuerda, en un momento en el que tanto alabamos estos valores porque tanto los echamos de menos, que la valentía y el honestad no son virtudes suficientes para dedicarse a la política. Su sobrevaloración es una buena muestra de nuestra situación, de la comprensión habitual del funcionamiento de la política y una buena explicación de por qué valoramos en exceso las virtudes de los llamados outsiders. Sobrevaloramos a los outsiders porque tendemos a creer que lo que falta a la política, que lo que hace falta en política, son cosas tales como una mayor proximidad con la ciudadanía y una mayor integridad moral.
Pero estas convicciones las carga el diablo. Así tienta a los hombres de buena voluntad con la llamada de la política, prometiéndoles las virtudes y el poder que necesitan y que no tienen para hacer todo el bien que quieren hacer y no pueden. Y así avergüenza a quienes teniendo el poder no son capaces de hacer el bien, convenciéndonos de que, si no lo hacen no es porque no saben o no pueden, sino simplemente porque no quieren. Esto explica, por ejemplo, el éxito de crítica y público que tuvo el primer discurso en el Parlamento de las CUP. Y esto explica su firme voluntad de mantener las formas, el tono y las costumbres de los outsiders. Explica este tono de Ada Colau que tanto se alaba, obviando que es el mismo tono paternalista y perdonavidas de quien no sólo se cree mucho más listo sino mucho más bueno que quienes tiene delante. De aquel que se permite el lujo de perdonarnos el zapatazo que todos mereceríamos porque es tan buena gente que prefiere ilustrarnos. Y de aquella vestimenta, su particular uniforme, que tanta gracia hace a quienes han olvidado que su ropa es la muestra más clara y evidente del respeto que les merecen los parlamentarios, el Parlamento y, en democrática correspondencia, del respeto que les merecemos nosotros mismos.
Estas son las convicciones con las que muchos entran en la política, con las que algunos se marchan, y con las que muchos más entrarían y se quedarían. Y estas son las convicciones que nos hacen olvidar todo lo que de profesional hay en la política, todo lo que de formalismo y tediosa burocracia hay en esta profesión y todo lo de que noble hay en el respeto a la formalidad y en la servitud burocrática. Que nos hacen olvidar que este es el auténtico sacrificio que hacen los políticos hacen por nosotros. El auténtico servicio público, que les hace merecedores de nuestro respeto y reconocimiento. Porque el político debe renunciar a las altas concepciones del bien para dedicarse a las bajas tareas administrativas, pero la excelencia en estas tareas es la única posibilidad que tiene de hacer un poco del bien que pretende. Si con Maquiavelo aprendimos que aquel que está en política para hacer el bien debe estar dispuesto a hacer el mal, con ejemplos como estos podemos recordar que, en una democracia parlamentaria como la nuestra, quien quiere hacer el bien debe estar dispuesto incluso a hacer un par o tres (centenares) de trámites burocráticos. 

15.2.13

Al principio fue el verbo

Hasta la mayoría de sus detractores reconocen al Papa la valentía de haber accedido a debatir con el mundo intelectual. Y lo consideran un acto de valentía porque están convencidos de que con este gesto accedía a presentar su fe ante el tribunal de la razón. Cuando alaban al Papa por este ánimo dialogante piensan principalmente en el famoso debate con Jürgen Habermas, que en realidad tuvo lugar antes de que Joseph Ratzinger fuera nombrado Papa, cuando era Prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe. Pero lo que se hace evidente en este debate es precisamente que en la posmodernidad la razón no puede pasar por ser juez de la fe. Lo sabía Ratzinger, pero el hecho decisivo de nuestro tiempo es que también lo sabe Habermas. Porque la situación presente del pensamiento está profundamente marcada por eso que llamamos la posmodernidad filosófica y que no es más que el eco de la dinamita nietzscheana. Por eso no es de extrañar que, ya como Papa, Benedicto XVI dedicara su tiempo y sus energías a debatir con Nietzsche. Seguramente tiene razón Salvador Sostres cuando dice que el Papa "ha sido capaz de responder al 'Dios ha muerto' de Nietzsche reivindicando la sensualidad del espíritu y la espiritualidad de la carne". Y podemos sospechar, con Gregorio Luri, que lo hizo "abriendo una puerta a los cristianos para pensar la posibilidad de superar la posmodernidad en lugar de negarla".
De hecho, podemos sospechar incluso que si la iglesia está en situación de superar la posmodernidad seguramente es porque la Iglesia nunca fue propiamente moderna, a pesar de ser ilustrada. Para Ratzinger, la ilustración no era algo que les había pasado a los otros y con lo que la Iglesia debía convivir, sino el sentido mismo de la institución eclesiástica. "La religión", nos dice en el famoso diálogo con Habermas, "debe ser continuamente purificada y estructurada por la razón: y ésta era también la visión de los Padres de la Iglesia". Es por eso que en ésta misma discusión el Papa nunca se consideró participante en un diálogo entre fe y razón, sino encarnación misma de este diálogo y de esta tensión. "El racionalismo de la Iglesia radica -como afirmaba Carl Schmitt- en el carácter institucional de la Iglesia y es, esencialmente, jurídico; su gran aportación consiste en haber hecho del sacerdocio un oficio, pero esto, a su vez, de una manera peculiar. El Papa no es un profeta, sino el representante de Cristo. Una configuración así mantiene alejado todo el salvaje fanatismo de un profetismo desenfrenado". Esta naturaleza es lo que permite a la Iglesia seguir ocupando un lugar central en un mundo donde la debilidad de la razón le impide combatir el fanatismo religioso y construir una nueva ética de carácter mundial. Una nueva ética que no sólo dote de fundamento teórico los derechos humanos o la libertad política, sino que sea capaz de movilizar las almas en su respeto y su defensa. Porque, a pesar de ser consciente de que una "renovada conciencia ética no puede ser el producto del debate académico", el Papa nunca ha dejado entender que mantener vivo el debate es el primero de los imperativos éticos de nuestro tiempo. Una conclusión que debería satisfacer incluso a los más posmodernos entre nuestros filósofos y nuestros demócratas.

8.2.13

Bienaventurados los que se quedan

Es sabido que la mujer del César no sólo debe ser honesta, sino que debe también parecerlo. Pero en cuestiones de mujeres y políticos creo que tendríamos suficiente con que lo parecieran. Y la única cuestión que debería preocuparnos es a ojos de quien deberían hacerlo. Pasa por ser uno de los grandes progresos de Occidente que los políticos tengan que dar explicaciones al pueblo antes de dárselas a Dios o a la conciencia. Pero esto sólo sería un progreso si fuera posible. Y no lo es porque allí donde hay conciencia, la conciencia es primera y última. Donde hay conciencia no hay nada que se excuse en la apariencia y ni a la mujer del César ni al César mismo los salvaría de nada parecer honestos sin serlo. Porque ni a Dios ni a la conciencia ni a Santa Claus podemos esconderles nada. Así que allí donde el pueblo pasa por ser primero es que a la conciencia no se le espera. Cuando el gato no está, los ratones bailan. Y al César y a su esposa les bastará parecer honestos para ganarse el favor del pueblo. Y también para perderlo.
En esta situación, quizá la presunción de inocencia sea el último recuerdo de la existencia de esta vieja y fundamental diferencia. Es el aviso de que no queremos condenar a nadie inocente por mucho que algunos se esfuercen en hacerlo pasar por culpable. La presunción de inocencia no es sólo lo que protege, aunque de forma muy precaria, al político de las posibles calumnias malintencionadas, de la posibilidad de que un rumor interesado acabe para siempre con su carrera y su imagen. La presunción de inocencia es también y precisamente por eso lo que mantiene esta carrera y esta imagen en nuestras manos. Es lo que mantiene vigente el mandato democrático, del juicio público, contra el poder mediático, contra la tiranía de la rumorología publicada. O así podría ser si la corrupción nos preocupara tanto como aseguramos y si los periódicos de los otros tuvieran, además, un poder real de influir en el juicio que tenemos los que consideramos nuestros. Así podría ser si no soliésemos preferir, siempre y por defecto, nuestros presuntos a sus inocentes.
No hay ninguna reforma institucional capaz de acabar con este sectarismo. Y es incluso posible que la única manera de hacernos tan críticos con los nuestros como lo somos con los otros sea la desaparición de los nuestros. Mientras ésta no llegue, y mientras toda nuestra indignación y toda nuestra voluntad de cambio profundo no sea siquiera capaz de hacernos cambiar el voto, bienaventurados sean los presuntos que se quedan, porque ellos son el recuerdo de nuestra miseria moral y de su posibilidad de enmienda. Bienaventurados sean porque nos dan la oportunidad ser mejores que ellos. Bienaventurados sean porque nos recuerdan que la culpa no es de los otros sino nuestra y bienaventurados sean porque nos permiten mostrarnos tan puros como nos creemos y dejar de votarlos. Bienaventurados sean porque ellos nos ofrecen una oportunidad única de poner a prueba nuestra autoproclamada superioridad moral. Porque nos dan la oportunidad de ejercitarnos en la auténtica decisión moral, en el cinismo o en la prudencia, y bienaventurados sean porque nos ofrecen también la oportunidad de votarlos. De votar presuntos y asumir que el mal existe, que ha venido para quedarse y que nuestra superioridad moral no depende de cómo lo apartamos de nuestra mirada sino de cómo lo afrontamos. Bienaventurados sean los presuntos que se quedan, porque ellos son nuestra puerta de entrada al reino de los cielos.

3.2.13

1.2.13

Bueno para los socialistas y bueno para Cataluña

Después de leer el artículo "El dret a decidir" que el socialista Àngel Ros escribió en el diario Avui encuentro que es muy normal que lo llamen convergente y que es muy bueno que los socialistas votaran contra la declaración soberanista en el Parlamento de Cataluña. Bueno para los socialistas y bueno para Catalunya. Para los socialistas, porque todo parece indicar que tienen mucho más que ganar en el papel de PSOE que en el de CiU. Y porque, aunque se hayan declarado dispuestos a defender una consulta legal, ni quieren votar que No en un referéndum independentista ni parece que tengan demasiado interés en votar otra cosa en alguna otra consulta. Aunque se hayan declarado dispuestos a defender una consulta mientras sea legal (se supone que sobre el "derecho a decidir", pero sin discutir demasiado qué querrá decir esto), lo cierto es que lo más parecido que los socialistas tienen un proyecto nacional es una reforma constitucional en sentido federalista (y sin tener demasiado claro qué querrá decir esto). Y es evidente que el PSC es el partido que está mejor situado para emprender esta reforma y que la mejor manera de hacerlo, la más sencilla y efectiva, es convenciendo al PSOE antes de tratar de convencer a los catalanes. Me parece que el tiempo y los acontecimientos juegan a su favor. 
Seguramente, que el PSC haya votado que no a la declaración soberanista también es bueno para Catalunya. Puede ser bueno para Cataluña porque el PSC no podía formar parte de un proceso que no es el suyo sin intentar hacerlo fracasar o sin intentar hacerlo suyo, que viene a ser lo mismo. El PSC no se podía limitar a subirse al carro de un proceso que sólo tiene sentido en la medida que se dirige hacia la celebración de una consulta por la independencia. Y cualquier fuerza que hubiera tenido para condicionarlo o desviarlo de este objetivo, el objetivo de plantear al pueblo de Cataluña la pregunta, simple, limpia y clara, de si quiere convertirse en un Estado independiente, nos acercaría aún más al peor de los escenarios posibles; el de tener todos los inconvenientes de la unidad y casi ninguno de sus beneficios. El escenario de más juntos y peor rebueltos que tanto se parece al que describen nuestros periódicos y espero que un poco menos al que viven nuestros gobernantes. Porque convertir esta consulta en alguna consulta que no sea, simplemente y única, una consulta sobre la independencia de Cataluña es querer que el pueblo de Cataluña decida sobre cosas que no puede decidir. Y precisamente una de las grandezas del ejercicio de la soberanía es que nos fuerza a dejar de vivir como si el mundo estuviera obligado a satisfacer nuestros deseos y nuestras esperanzas. Y a entender que ni el mundo en general, ni el Estado español o la Unión Europea en particular, tienen ninguna necesidad ni ninguna obligación de preocuparse de defender nuestros intereses mientras no coincidan con los suyos y que nuestra elección tiene mucho ver con el hecho de decidir si esos intereses son convergentes o si somos lo suficientemente fuertes para defenderlos solos. Porque cuando digo que es bueno para Catalunya que el PSC no se sume al proceso independentista para no condicionarlo o pervertirse no quiero decir que este proceso sea necesariamente bueno para Cataluña. La bondad de este proceso depende de su éxito en el intento de proporcionar una vida más rica y llena a los catalanes presentes y futuros, y este éxito sólo lo podremos valorar con el tiempo. Sólo quiero decir que seguir hundiéndonos en las miserias de la situación actual es mucho peor que el fracaso de este proceso y de toda una generación política.

24.1.13

Lincoln y Django

"Todo documento de civilización es un documento de barbarie". Lo dijo Walter Benjamin y lo sabían muy bien los norteamericanos. Conscientes de que símbolos universales de la democracia y la libertad como el Capitolio y la Casa Blanca fueron construidos por esclavos, han tenido el acierto de no olvidarlo o, como mínimo, de recordarlo de vez en cuando. Así lo hace a menudo la industria cinematográfica de Hollywood, su particular ministerio de la memoria histórica, y así lo ha vuelto a hacer este año con las películas sobre la esclavitud, Djando desencadenado, de Quentin Tarantino, y Lincoln, de Steven Spielberg. Esta nos enseña la grandeza de la lucha por la justicia y la libertad y aquella la miseria y el horror que la justifica. Y las dos lo hacen recordándonos todo el mal que hay que hacer para hacer el bien y evidenciando que sólo en un mundo tan bestia como el de Tarantino, en un mundo que a veces es también el nuestro, una larga y cruenta guerra civil, que es la peor de las guerras, puede llegar a pasar por un mal menor.
Porque la guerra civil americana, la guerra contra la esclavitud, era contra la esclavitud pero nunca dejó de ser una guerra. Una guerra que seguramente se luchaba por una causa noble, y quizás incluso por la más noble de las causas, pero una guerra que, como todas, sólo es noble para quien la mira desde la distancia. El mismo Lincoln de Spielberg se muestra más cercano a los héroes que a sus actos y no es hasta después de la victoria que se decide a visitar el campo de batalla. Hasta entonces Lincoln había visto el horror de la esclavitud, y la había visto en Washington mismo, desde la misma ventana de su despacho de congresista en el Capitolio, desde donde veía "una especie de establo de negros, donde montones de negros eran vendidos y a menudo encerrados a la espera de ser transportados hacia los mercados del sur, como si fuesen caballos". Había visto lo mismo que Django, el horror de la esclavitud, pero no todavía el horror de la liberación. Seguramente la mejor manera de defender la guerra es sacándola de los barrizales de Petersburg y llevándola a los despachos de Washington.
Hay pocos ejemplos tan claros como el Lincoln de Spielberg de aquella hermosa frase de Clausewitz según la cual la política es la continuación de la guerra por otros medios. Y la evidencia de que precisamente por eso las virtudes necesarias para ganar una guerra no son las mismas que se necesitan para ganar una votación y que la excepcionalidad de hombres como Lincoln se debe precisamente a su capacidad para hacer las dos cosas a la vez. En las dos películas, hay dos escenas que evidencian esta diferencia. En Lincoln se ve en el discurso del congresista Stevens antes de la votación, que rebaja su tono habitual y reniega de sus propias palabras para no espantar a los dudosos. En Django, el justiciero nos recuerda hasta qué punto lo bueno es enemigo de lo mejor cuando prefiere morir y poner en riesgo toda la empresa antes que certificar con un apretón de manos la rebaja de sus aspiraciones. Tanto la una como la otra nos recuerdan que en el momento del consenso, cuando se trata de asegurar la victoria, el peor de los enemigos no es la firmeza del contrario ni la tibieza de los indecisos, sino el orgullo y la intransigencia de nuestros propios hombres justos.

17.1.13

Odiseas nacionales

En el primero de sus dos artículos titulados "Entre Escila y Caribdis", Antoni Puigverd explicaba tres desagradables anécdotas personales, relacionadas con su tarea de opinador, que de alguna manera sirven para ilustrar la situación política actual. La primera es que ha sido denunciado por una institución vinculada al PP, la segunda y la tercera es que en dos tertulias distintas se dijo que su discurso de "apocalíptico" y a él se le acusó de "deslegitimar el proceso" (en referencia al proceso que ya se imaginan). Puigverd asegura que, como ejemplifican estos ejemplos, "hemos empezado a avanzar por un terreno pantanoso: dominado, en el lado español, por la amenaza y el abuso de poder, y en el lado catalán, por la exigencia de unanimidad, por la imposibilidad de discrepar". Creo que tiene buena parte de razón y que su artículo apunta algunas cuestiones, algunos peligros, que hay que tener presentes. Creo, de hecho, que en la democracia hay una tendencia natural hacia el totalitarismo y que nuestra democracia no es una excepción a esta regla.
De entrada, hay que decir que uno de los peligros más importantes que amenazan todo Estado de derecho es el uso de las instituciones y de la justicia en favor de los intereses de un determinado grupo de poder. Que éste sea el caso que denuncia Puigverd no está claro, porque eso, como siempre, dependería mucho más de la sentencia que de la acusación. Pero es un peligro que hay que tener muy presente, porque no podemos evitar que en una democracia haya gente interesada en usar el poder de la ley para acallar a sus críticos, pero debemos evitar que se salgan con la suya y denunciarlo cuando lo hagan. Por eso me parece más interesante discutir algunas de las cuestiones que apunta Puigverd cuando habla de "la parte catalana" y la creciente "exigencia de unanimidad" y "la imposibilidad de discrepar". Huelga decir que ambas anécdotas apuntan hacia un mismo peligro, que es la instauración de un discurso público único, que no impera tanto persiguiendo al discrepante como silenciándolo, apartándolo de aquellos foros que conforman la opinión pública.
Que alguien pueda calificar de apocalíptico un discurso como el de Antoni Puigverd es sólo una muestra de hasta qué punto impera aquel discurso del miedo que tanto se criticaba cuando se suponía que quienes lo practicaban eran el PP y C's. Es sólo una muestra de la tendencia, natural pero peligrosa, de sustituir la razón pública para la exhibición pública de los sentimientos. En estas condiciones el auténtico debate racional desaparece y las razones del otro pueden, simplemente, ser ignoradas o condenadas por ir contra lo que sentimos o queremos. La acusación de "deslegitimar el proceso", la mera convicción de que un periodista pueda legitimar o deslegitimar la realidad política, tiene mucho que ver con esta tendencia a rehuir el debate para refugiarnos en nuestros propios deseos o sentimientos. En Cataluña estamos tan acostumbrados a reconocer que no podemos cambiar las leyes que no nos gustan por otras que consideramos perfectamente justas que hemos acabado asociando la legitimidad a lo que quisiéramos que fuera y no puede ser. Cualquier persona que nos recuerde qué es lo que no puede ser legal estará, efectivamente, deslegitimando nuestras pretensiones.
Esto afecta profundamente la labor del periodismo y hace que muchos de nuestros opinadores dediquen mucho más tiempo a intentar dirigir la acción política que a intentar entender la realidad política. Ayer mismo, ¡por twitter!, Jaume Barberà, presentador del programa Singulars, pretendía convencer a la diputada Martínez Sempere de las bondades de la independencia y del error en el que se encuentra situado todo el Partido Socialista. El ejemplo de un periodista de la televisión pública aleccionando por twitter a una diputada del Parlamento es sólo la más ridícula muestra de lo que ocurre habitualmente. Nuestros periodistas quieren hacer de políticos, pero por alguna extraña razón parece que siguen prefiriendo el aplauso del espectador a la responsabilidad del gobernante. Tampoco habría que recordar que estas son dos tareas muy diferentes pero igualmente importantes y que por eso necesitamos gente dedicada, realmente dedicada, a intentar entender qué pasa y no tanta gente dedicada a decirnos qué les parece que debería pasar. Y la necesitamos con cierta urgencia, aunque sólo sea porque buena parte de los errores políticos derivan de una mala comprensión de la realidad.