17.1.13

Odiseas nacionales

En el primero de sus dos artículos titulados "Entre Escila y Caribdis", Antoni Puigverd explicaba tres desagradables anécdotas personales, relacionadas con su tarea de opinador, que de alguna manera sirven para ilustrar la situación política actual. La primera es que ha sido denunciado por una institución vinculada al PP, la segunda y la tercera es que en dos tertulias distintas se dijo que su discurso de "apocalíptico" y a él se le acusó de "deslegitimar el proceso" (en referencia al proceso que ya se imaginan). Puigverd asegura que, como ejemplifican estos ejemplos, "hemos empezado a avanzar por un terreno pantanoso: dominado, en el lado español, por la amenaza y el abuso de poder, y en el lado catalán, por la exigencia de unanimidad, por la imposibilidad de discrepar". Creo que tiene buena parte de razón y que su artículo apunta algunas cuestiones, algunos peligros, que hay que tener presentes. Creo, de hecho, que en la democracia hay una tendencia natural hacia el totalitarismo y que nuestra democracia no es una excepción a esta regla.
De entrada, hay que decir que uno de los peligros más importantes que amenazan todo Estado de derecho es el uso de las instituciones y de la justicia en favor de los intereses de un determinado grupo de poder. Que éste sea el caso que denuncia Puigverd no está claro, porque eso, como siempre, dependería mucho más de la sentencia que de la acusación. Pero es un peligro que hay que tener muy presente, porque no podemos evitar que en una democracia haya gente interesada en usar el poder de la ley para acallar a sus críticos, pero debemos evitar que se salgan con la suya y denunciarlo cuando lo hagan. Por eso me parece más interesante discutir algunas de las cuestiones que apunta Puigverd cuando habla de "la parte catalana" y la creciente "exigencia de unanimidad" y "la imposibilidad de discrepar". Huelga decir que ambas anécdotas apuntan hacia un mismo peligro, que es la instauración de un discurso público único, que no impera tanto persiguiendo al discrepante como silenciándolo, apartándolo de aquellos foros que conforman la opinión pública.
Que alguien pueda calificar de apocalíptico un discurso como el de Antoni Puigverd es sólo una muestra de hasta qué punto impera aquel discurso del miedo que tanto se criticaba cuando se suponía que quienes lo practicaban eran el PP y C's. Es sólo una muestra de la tendencia, natural pero peligrosa, de sustituir la razón pública para la exhibición pública de los sentimientos. En estas condiciones el auténtico debate racional desaparece y las razones del otro pueden, simplemente, ser ignoradas o condenadas por ir contra lo que sentimos o queremos. La acusación de "deslegitimar el proceso", la mera convicción de que un periodista pueda legitimar o deslegitimar la realidad política, tiene mucho que ver con esta tendencia a rehuir el debate para refugiarnos en nuestros propios deseos o sentimientos. En Cataluña estamos tan acostumbrados a reconocer que no podemos cambiar las leyes que no nos gustan por otras que consideramos perfectamente justas que hemos acabado asociando la legitimidad a lo que quisiéramos que fuera y no puede ser. Cualquier persona que nos recuerde qué es lo que no puede ser legal estará, efectivamente, deslegitimando nuestras pretensiones.
Esto afecta profundamente la labor del periodismo y hace que muchos de nuestros opinadores dediquen mucho más tiempo a intentar dirigir la acción política que a intentar entender la realidad política. Ayer mismo, ¡por twitter!, Jaume Barberà, presentador del programa Singulars, pretendía convencer a la diputada Martínez Sempere de las bondades de la independencia y del error en el que se encuentra situado todo el Partido Socialista. El ejemplo de un periodista de la televisión pública aleccionando por twitter a una diputada del Parlamento es sólo la más ridícula muestra de lo que ocurre habitualmente. Nuestros periodistas quieren hacer de políticos, pero por alguna extraña razón parece que siguen prefiriendo el aplauso del espectador a la responsabilidad del gobernante. Tampoco habría que recordar que estas son dos tareas muy diferentes pero igualmente importantes y que por eso necesitamos gente dedicada, realmente dedicada, a intentar entender qué pasa y no tanta gente dedicada a decirnos qué les parece que debería pasar. Y la necesitamos con cierta urgencia, aunque sólo sea porque buena parte de los errores políticos derivan de una mala comprensión de la realidad.