22.2.13

Los papeles de los outsiders

La decisión de Eva Piquer de abandonar la política, de renunciar a su escaño en el Parlamento de Cataluña, es una decisión honesta, valiente y, sobre todo, educativa. Porque nos recuerda, en un momento en el que tanto alabamos estos valores porque tanto los echamos de menos, que la valentía y el honestad no son virtudes suficientes para dedicarse a la política. Su sobrevaloración es una buena muestra de nuestra situación, de la comprensión habitual del funcionamiento de la política y una buena explicación de por qué valoramos en exceso las virtudes de los llamados outsiders. Sobrevaloramos a los outsiders porque tendemos a creer que lo que falta a la política, que lo que hace falta en política, son cosas tales como una mayor proximidad con la ciudadanía y una mayor integridad moral.
Pero estas convicciones las carga el diablo. Así tienta a los hombres de buena voluntad con la llamada de la política, prometiéndoles las virtudes y el poder que necesitan y que no tienen para hacer todo el bien que quieren hacer y no pueden. Y así avergüenza a quienes teniendo el poder no son capaces de hacer el bien, convenciéndonos de que, si no lo hacen no es porque no saben o no pueden, sino simplemente porque no quieren. Esto explica, por ejemplo, el éxito de crítica y público que tuvo el primer discurso en el Parlamento de las CUP. Y esto explica su firme voluntad de mantener las formas, el tono y las costumbres de los outsiders. Explica este tono de Ada Colau que tanto se alaba, obviando que es el mismo tono paternalista y perdonavidas de quien no sólo se cree mucho más listo sino mucho más bueno que quienes tiene delante. De aquel que se permite el lujo de perdonarnos el zapatazo que todos mereceríamos porque es tan buena gente que prefiere ilustrarnos. Y de aquella vestimenta, su particular uniforme, que tanta gracia hace a quienes han olvidado que su ropa es la muestra más clara y evidente del respeto que les merecen los parlamentarios, el Parlamento y, en democrática correspondencia, del respeto que les merecemos nosotros mismos.
Estas son las convicciones con las que muchos entran en la política, con las que algunos se marchan, y con las que muchos más entrarían y se quedarían. Y estas son las convicciones que nos hacen olvidar todo lo que de profesional hay en la política, todo lo que de formalismo y tediosa burocracia hay en esta profesión y todo lo de que noble hay en el respeto a la formalidad y en la servitud burocrática. Que nos hacen olvidar que este es el auténtico sacrificio que hacen los políticos hacen por nosotros. El auténtico servicio público, que les hace merecedores de nuestro respeto y reconocimiento. Porque el político debe renunciar a las altas concepciones del bien para dedicarse a las bajas tareas administrativas, pero la excelencia en estas tareas es la única posibilidad que tiene de hacer un poco del bien que pretende. Si con Maquiavelo aprendimos que aquel que está en política para hacer el bien debe estar dispuesto a hacer el mal, con ejemplos como estos podemos recordar que, en una democracia parlamentaria como la nuestra, quien quiere hacer el bien debe estar dispuesto incluso a hacer un par o tres (centenares) de trámites burocráticos. 

15.2.13

Al principio fue el verbo

Hasta la mayoría de sus detractores reconocen al Papa la valentía de haber accedido a debatir con el mundo intelectual. Y lo consideran un acto de valentía porque están convencidos de que con este gesto accedía a presentar su fe ante el tribunal de la razón. Cuando alaban al Papa por este ánimo dialogante piensan principalmente en el famoso debate con Jürgen Habermas, que en realidad tuvo lugar antes de que Joseph Ratzinger fuera nombrado Papa, cuando era Prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe. Pero lo que se hace evidente en este debate es precisamente que en la posmodernidad la razón no puede pasar por ser juez de la fe. Lo sabía Ratzinger, pero el hecho decisivo de nuestro tiempo es que también lo sabe Habermas. Porque la situación presente del pensamiento está profundamente marcada por eso que llamamos la posmodernidad filosófica y que no es más que el eco de la dinamita nietzscheana. Por eso no es de extrañar que, ya como Papa, Benedicto XVI dedicara su tiempo y sus energías a debatir con Nietzsche. Seguramente tiene razón Salvador Sostres cuando dice que el Papa "ha sido capaz de responder al 'Dios ha muerto' de Nietzsche reivindicando la sensualidad del espíritu y la espiritualidad de la carne". Y podemos sospechar, con Gregorio Luri, que lo hizo "abriendo una puerta a los cristianos para pensar la posibilidad de superar la posmodernidad en lugar de negarla".
De hecho, podemos sospechar incluso que si la iglesia está en situación de superar la posmodernidad seguramente es porque la Iglesia nunca fue propiamente moderna, a pesar de ser ilustrada. Para Ratzinger, la ilustración no era algo que les había pasado a los otros y con lo que la Iglesia debía convivir, sino el sentido mismo de la institución eclesiástica. "La religión", nos dice en el famoso diálogo con Habermas, "debe ser continuamente purificada y estructurada por la razón: y ésta era también la visión de los Padres de la Iglesia". Es por eso que en ésta misma discusión el Papa nunca se consideró participante en un diálogo entre fe y razón, sino encarnación misma de este diálogo y de esta tensión. "El racionalismo de la Iglesia radica -como afirmaba Carl Schmitt- en el carácter institucional de la Iglesia y es, esencialmente, jurídico; su gran aportación consiste en haber hecho del sacerdocio un oficio, pero esto, a su vez, de una manera peculiar. El Papa no es un profeta, sino el representante de Cristo. Una configuración así mantiene alejado todo el salvaje fanatismo de un profetismo desenfrenado". Esta naturaleza es lo que permite a la Iglesia seguir ocupando un lugar central en un mundo donde la debilidad de la razón le impide combatir el fanatismo religioso y construir una nueva ética de carácter mundial. Una nueva ética que no sólo dote de fundamento teórico los derechos humanos o la libertad política, sino que sea capaz de movilizar las almas en su respeto y su defensa. Porque, a pesar de ser consciente de que una "renovada conciencia ética no puede ser el producto del debate académico", el Papa nunca ha dejado entender que mantener vivo el debate es el primero de los imperativos éticos de nuestro tiempo. Una conclusión que debería satisfacer incluso a los más posmodernos entre nuestros filósofos y nuestros demócratas.

8.2.13

Bienaventurados los que se quedan

Es sabido que la mujer del César no sólo debe ser honesta, sino que debe también parecerlo. Pero en cuestiones de mujeres y políticos creo que tendríamos suficiente con que lo parecieran. Y la única cuestión que debería preocuparnos es a ojos de quien deberían hacerlo. Pasa por ser uno de los grandes progresos de Occidente que los políticos tengan que dar explicaciones al pueblo antes de dárselas a Dios o a la conciencia. Pero esto sólo sería un progreso si fuera posible. Y no lo es porque allí donde hay conciencia, la conciencia es primera y última. Donde hay conciencia no hay nada que se excuse en la apariencia y ni a la mujer del César ni al César mismo los salvaría de nada parecer honestos sin serlo. Porque ni a Dios ni a la conciencia ni a Santa Claus podemos esconderles nada. Así que allí donde el pueblo pasa por ser primero es que a la conciencia no se le espera. Cuando el gato no está, los ratones bailan. Y al César y a su esposa les bastará parecer honestos para ganarse el favor del pueblo. Y también para perderlo.
En esta situación, quizá la presunción de inocencia sea el último recuerdo de la existencia de esta vieja y fundamental diferencia. Es el aviso de que no queremos condenar a nadie inocente por mucho que algunos se esfuercen en hacerlo pasar por culpable. La presunción de inocencia no es sólo lo que protege, aunque de forma muy precaria, al político de las posibles calumnias malintencionadas, de la posibilidad de que un rumor interesado acabe para siempre con su carrera y su imagen. La presunción de inocencia es también y precisamente por eso lo que mantiene esta carrera y esta imagen en nuestras manos. Es lo que mantiene vigente el mandato democrático, del juicio público, contra el poder mediático, contra la tiranía de la rumorología publicada. O así podría ser si la corrupción nos preocupara tanto como aseguramos y si los periódicos de los otros tuvieran, además, un poder real de influir en el juicio que tenemos los que consideramos nuestros. Así podría ser si no soliésemos preferir, siempre y por defecto, nuestros presuntos a sus inocentes.
No hay ninguna reforma institucional capaz de acabar con este sectarismo. Y es incluso posible que la única manera de hacernos tan críticos con los nuestros como lo somos con los otros sea la desaparición de los nuestros. Mientras ésta no llegue, y mientras toda nuestra indignación y toda nuestra voluntad de cambio profundo no sea siquiera capaz de hacernos cambiar el voto, bienaventurados sean los presuntos que se quedan, porque ellos son el recuerdo de nuestra miseria moral y de su posibilidad de enmienda. Bienaventurados sean porque nos dan la oportunidad ser mejores que ellos. Bienaventurados sean porque nos recuerdan que la culpa no es de los otros sino nuestra y bienaventurados sean porque nos permiten mostrarnos tan puros como nos creemos y dejar de votarlos. Bienaventurados sean porque ellos nos ofrecen una oportunidad única de poner a prueba nuestra autoproclamada superioridad moral. Porque nos dan la oportunidad de ejercitarnos en la auténtica decisión moral, en el cinismo o en la prudencia, y bienaventurados sean porque nos ofrecen también la oportunidad de votarlos. De votar presuntos y asumir que el mal existe, que ha venido para quedarse y que nuestra superioridad moral no depende de cómo lo apartamos de nuestra mirada sino de cómo lo afrontamos. Bienaventurados sean los presuntos que se quedan, porque ellos son nuestra puerta de entrada al reino de los cielos.

3.2.13

1.2.13

Bueno para los socialistas y bueno para Cataluña

Después de leer el artículo "El dret a decidir" que el socialista Àngel Ros escribió en el diario Avui encuentro que es muy normal que lo llamen convergente y que es muy bueno que los socialistas votaran contra la declaración soberanista en el Parlamento de Cataluña. Bueno para los socialistas y bueno para Catalunya. Para los socialistas, porque todo parece indicar que tienen mucho más que ganar en el papel de PSOE que en el de CiU. Y porque, aunque se hayan declarado dispuestos a defender una consulta legal, ni quieren votar que No en un referéndum independentista ni parece que tengan demasiado interés en votar otra cosa en alguna otra consulta. Aunque se hayan declarado dispuestos a defender una consulta mientras sea legal (se supone que sobre el "derecho a decidir", pero sin discutir demasiado qué querrá decir esto), lo cierto es que lo más parecido que los socialistas tienen un proyecto nacional es una reforma constitucional en sentido federalista (y sin tener demasiado claro qué querrá decir esto). Y es evidente que el PSC es el partido que está mejor situado para emprender esta reforma y que la mejor manera de hacerlo, la más sencilla y efectiva, es convenciendo al PSOE antes de tratar de convencer a los catalanes. Me parece que el tiempo y los acontecimientos juegan a su favor. 
Seguramente, que el PSC haya votado que no a la declaración soberanista también es bueno para Catalunya. Puede ser bueno para Cataluña porque el PSC no podía formar parte de un proceso que no es el suyo sin intentar hacerlo fracasar o sin intentar hacerlo suyo, que viene a ser lo mismo. El PSC no se podía limitar a subirse al carro de un proceso que sólo tiene sentido en la medida que se dirige hacia la celebración de una consulta por la independencia. Y cualquier fuerza que hubiera tenido para condicionarlo o desviarlo de este objetivo, el objetivo de plantear al pueblo de Cataluña la pregunta, simple, limpia y clara, de si quiere convertirse en un Estado independiente, nos acercaría aún más al peor de los escenarios posibles; el de tener todos los inconvenientes de la unidad y casi ninguno de sus beneficios. El escenario de más juntos y peor rebueltos que tanto se parece al que describen nuestros periódicos y espero que un poco menos al que viven nuestros gobernantes. Porque convertir esta consulta en alguna consulta que no sea, simplemente y única, una consulta sobre la independencia de Cataluña es querer que el pueblo de Cataluña decida sobre cosas que no puede decidir. Y precisamente una de las grandezas del ejercicio de la soberanía es que nos fuerza a dejar de vivir como si el mundo estuviera obligado a satisfacer nuestros deseos y nuestras esperanzas. Y a entender que ni el mundo en general, ni el Estado español o la Unión Europea en particular, tienen ninguna necesidad ni ninguna obligación de preocuparse de defender nuestros intereses mientras no coincidan con los suyos y que nuestra elección tiene mucho ver con el hecho de decidir si esos intereses son convergentes o si somos lo suficientemente fuertes para defenderlos solos. Porque cuando digo que es bueno para Catalunya que el PSC no se sume al proceso independentista para no condicionarlo o pervertirse no quiero decir que este proceso sea necesariamente bueno para Cataluña. La bondad de este proceso depende de su éxito en el intento de proporcionar una vida más rica y llena a los catalanes presentes y futuros, y este éxito sólo lo podremos valorar con el tiempo. Sólo quiero decir que seguir hundiéndonos en las miserias de la situación actual es mucho peor que el fracaso de este proceso y de toda una generación política.