15.2.13

Al principio fue el verbo

Hasta la mayoría de sus detractores reconocen al Papa la valentía de haber accedido a debatir con el mundo intelectual. Y lo consideran un acto de valentía porque están convencidos de que con este gesto accedía a presentar su fe ante el tribunal de la razón. Cuando alaban al Papa por este ánimo dialogante piensan principalmente en el famoso debate con Jürgen Habermas, que en realidad tuvo lugar antes de que Joseph Ratzinger fuera nombrado Papa, cuando era Prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe. Pero lo que se hace evidente en este debate es precisamente que en la posmodernidad la razón no puede pasar por ser juez de la fe. Lo sabía Ratzinger, pero el hecho decisivo de nuestro tiempo es que también lo sabe Habermas. Porque la situación presente del pensamiento está profundamente marcada por eso que llamamos la posmodernidad filosófica y que no es más que el eco de la dinamita nietzscheana. Por eso no es de extrañar que, ya como Papa, Benedicto XVI dedicara su tiempo y sus energías a debatir con Nietzsche. Seguramente tiene razón Salvador Sostres cuando dice que el Papa "ha sido capaz de responder al 'Dios ha muerto' de Nietzsche reivindicando la sensualidad del espíritu y la espiritualidad de la carne". Y podemos sospechar, con Gregorio Luri, que lo hizo "abriendo una puerta a los cristianos para pensar la posibilidad de superar la posmodernidad en lugar de negarla".
De hecho, podemos sospechar incluso que si la iglesia está en situación de superar la posmodernidad seguramente es porque la Iglesia nunca fue propiamente moderna, a pesar de ser ilustrada. Para Ratzinger, la ilustración no era algo que les había pasado a los otros y con lo que la Iglesia debía convivir, sino el sentido mismo de la institución eclesiástica. "La religión", nos dice en el famoso diálogo con Habermas, "debe ser continuamente purificada y estructurada por la razón: y ésta era también la visión de los Padres de la Iglesia". Es por eso que en ésta misma discusión el Papa nunca se consideró participante en un diálogo entre fe y razón, sino encarnación misma de este diálogo y de esta tensión. "El racionalismo de la Iglesia radica -como afirmaba Carl Schmitt- en el carácter institucional de la Iglesia y es, esencialmente, jurídico; su gran aportación consiste en haber hecho del sacerdocio un oficio, pero esto, a su vez, de una manera peculiar. El Papa no es un profeta, sino el representante de Cristo. Una configuración así mantiene alejado todo el salvaje fanatismo de un profetismo desenfrenado". Esta naturaleza es lo que permite a la Iglesia seguir ocupando un lugar central en un mundo donde la debilidad de la razón le impide combatir el fanatismo religioso y construir una nueva ética de carácter mundial. Una nueva ética que no sólo dote de fundamento teórico los derechos humanos o la libertad política, sino que sea capaz de movilizar las almas en su respeto y su defensa. Porque, a pesar de ser consciente de que una "renovada conciencia ética no puede ser el producto del debate académico", el Papa nunca ha dejado entender que mantener vivo el debate es el primero de los imperativos éticos de nuestro tiempo. Una conclusión que debería satisfacer incluso a los más posmodernos entre nuestros filósofos y nuestros demócratas.