1.3.13

La democracia ha muerto

La renuncia del Papa Benedicto XVI parece una buena excusa para recuperar algunas cuestiones de su famoso debate con el filósofo Jürgen Habermas. Un debate sobre "los fundamentos pre-políticos de la democracia", que abordaba una cuestión central en el pensamiento político anterior a la crisis económica, cuando nos preocupaba más promover la democracia que salvarla. Pero un debate que sigue siendo de gran actualidad en la medida en que los argumentos que hacen la democracia digna de ser salvada sean los mismos que la hacen digna de ser promovida. Esta cuestión se ha vuelto profundamente controvertida porque el pensamiento presente no puede escapar de la profunda convicción de que Dios ha muerto. Y si Dios ha muerto, nada es fundamentalmente cierto y nada tiene  fundamento. Tampoco nuestras certezas morales y tampoco nuestra democracia, que se sostienen sobre el abismo. Sobre la nada. La consecuencia de este nihilismo metafísico es el nihilismo moral porque, como bien entendían Nietzsche y Dostoievski, si Dios ha muerto, todo está permitido.
Esta convicción es el punto de partida de la intervención de Habermas, titulada y presentada en forma de pregunta retórica: "Fundamentos pre-políticos del Estado Democrático Constitucional?". Según Habermas, el Estado democrático constitucional no necesita justificarse apelando a fundamentos pre-políticos, y podríamos decir pre-democráticos, porque la democracia y la constitución se justifican por sí solas. Que se hable de la constitución y no sólo de la democracia no es casual ni anecdótico, ya que aquí la constitución juega el papel de garante de los derechos humanos, sin los cuales parece ser que ninguna democracia nos parecería aceptable. Y es por eso que la posibilidad o imposibilidad de fundamentar teóricamente los derechos humanos se encuentra en el fondo de la cuestión sobre los fundamentos de la democracia. Pero cuando Habermas defiende que ni la democracia ni la constitución necesitan de estos fundamentos para justificarse deja abierta la cuestión de ante quien deben justificarse. Es cierto que no parecen necesitarlos para justificarse ante los académicos, como bien dice él mismo, pero esto es básicamente porque lo que piensen los académicos sobre estas cuestiones no es nunca tan relevante como los académicos querrían.
Habermas viene a decir que ni la democracia ni la constitución (ni los derechos humanos) tienen ya ningún fundamento teórico, pero que esto no es problemático porque la misma práctica democrática engendra los demócratas y las virtudes democráticas que la democracia necesita para sobrevivir. Pero Ratzinger y nosotros sabemos que esto, como todo hoy en día, sólo es cierto hasta que deja de serlo. Y sabemos por lo tanto que la democracia y la constitución pueden prescindir de estas justificaciones últimas, fundamentales o pre-políticas, mientras estas justificaciones no se pidan o mientras sólo las pidan los académicos. Normalmente es así, y no se piden porque nosotros ya somos, por defecto, demócratas y constitucionalistas (defensores retóricos de la bondad de los derechos humanos). Pero cuando la situación de crisis presente pone en cuestión, ya no los fundamentos, sino las mismas prácticas democráticas, la cuestión de su justificación vuelve a ser una cuestión urgente. Y ni los cristianos ni los demócratas en crisis pueden ignorarla. Los cristianos, porque saben que tienen que responder, como mínimo, ante Dios. Y los demócratas en crisis, porque saben que deben responder, como mínimo, ante los hombres. Ni ellos ni Habermas sienten la falta de Dios como una falta. Y Ratzinger nos recuerda que esto, que en nuestro tiempo pasa por ser una muestra de grandeza intelectual, es también y a la vez una señal inequívoca de nuestra pobreza. Porque la muerte de Dios nos deja sin una fuerza que estructure la historia universal y el papel que en ella juegan los hombres. La muerte de Dios deja a los hombres sin saber qué hacer al mismo tiempo que los hace conscientes de que no pueden seguir haciendo lo que hacen.