22.4.13

Los demonios de Heidegger

Los demonios de Heideggerde Ángel Xolocotzi y Luis Tamayo.

Como advierte F.Volpi en su magnífico prólogo, “nada es más triste que la inteligencia cuando la vida se burla de ella”. Y sucede que para burlarse de los grandes hombres, su inteligencia y sus elevadas aspiraciones, la vida ama servirse de las mundanales tentaciones de las mujeres y la política. En ambas hizo tropezar a Heidegger, para mayor regocijo de todos aquellos que, como la célebre muchacha tracia, no pudiendo mirar tan arriba nos contentamos con caer de más abajo.

Religión y comunicación

Religión y comunicación, de Lluís Duch.

La pluralidad de nuestras sociedades equivale, desde el punto de vista de la religión, a una creciente “universalización de la herejía”. Esto, junto con la renovada importancia que las religiones tienen en la vida pública de nuestras sociedades seculares, dificulta al tiempo que hace urgente el diálogo interreligioso. Aproximándose a los fenómenos religiosos como praxis comunicativas, Lluís Duch hace una importante contribución a la fundamental tarea ética de nuestro tiempo, que no es otra que fomentar la continuación del diálogo. 

19.4.13

Submisiones lingüísticas

Las críticas a la inmersión suelen presentarse como una defensa de los derechos de los alumnos. En concreto, del derecho al alumno a recibir una educación en su lengua materna; que es un derecho que se supone que tiene el alumno desde el momento en que su lengua es oficial y que por eso no tienen los niños que quieran recibir una educación pública en lenguas como el inglés, el francés, el alemán o el tagalo. Es al considerar que este es un derecho de los ciudadanos catalanes y que es un derecho perseguido por las autoridades que a éstas se las califica de antidemocráticas o, directamente, de fascistas. Los insultos no se justifican, pero el argumento se pretende cierto y profundamente democrático porque prioriza los derechos de los individuos por encima de las sentencias que los atacan y por encima de unos supuestos derechos colectivos que, como tales, serían inexistentes. Pero el resumen de la sentencia, según el cual cuando un alumno pida que la clase se haga en castellano todos los alumnos recibirán la clase en castellano, pone de manifiesto que los derechos de un alumno no sólo entran en conflicto con la situación vigente sino con los otros alumnos y los que pretenden que también son sus derechos. La sentencia pone de manifiesto que no se pueden defender estos derechos individuales sin cambiar las prácticas colectivas. Y, por lo tanto, sin replantear de verdad cuáles son los derechos de todos los ciudadanos, y no sólo los derechos de los hijos de padres que quieren educarlos en castellano. Y asimismo pone de manifiesto que la apelación a los derechos individuales está vacía y la retórica liberal es falaz mientras no se reconozca cuáles son los derechos que, efectivamente, y en el ordenamiento jurídico vigente, tienen los ciudadanos. Para entendernos, si no se reconoce que no hay, a priori y fuera del juego de las mayorías democráticas, ningún motivo que haga que el derecho a recibir una educación en castellano sea prioritario sobre el derecho a recibir una educación en catalán. Entre otras cosas, claro, porque las lenguas no tienen derechos, porque no hay derechos colectivos y porque tampoco hay derechos individuales fuera del colectivo que decide cuáles son y en qué medida son dignos de ser defendidos.
Esta nueva sentencia también sirve para dejar claro que la defensa habitual de la inmersión, basada en su eficacia, bien podría ser cierta y ser al mismo tiempo del todo irrelevante, porque es precisamente esta eficacia la que preocupa a muchos padres. A los padres que quieren escolarizar a sus hijos en castellano no les preocupa que crezcan sin aprender su lengua materna. Lo que les preocupa no es que crezcan ajenos a la lengua de casa sino que crezcan ajenos a la lengua de la escuela y, por extensión, a la lengua de la sociedad. Y por eso el problema no es que los niños castellanohablantes no puedan aprender a pronunciar la ese sorda ni que les cueste tanto aprender que tengan que dejar de lado las matemáticas y el inglés y por ello reciban una educación peor que la del resto. El problema es fundamentalmente identitario y por eso es fundamentalmente un problema de soberanía. La cuestión es hasta qué punto la vida pública se parece a la vida privada, hasta qué punto el colegio y la sociedad  se parecen al hogar y de quien puede decidir hasta qué punto deben parecerse. Y este no es, evidentemente, un problema exclusivo del modelo educativo. Este es un problema fundamental porque incluso los más liberales de entre los demócratas debemos estar dispuestos a aceptar y defender que algunas cuestiones se decidan por mayoría. Incluso cuestiones tan importantes como el sistema educativo. Y debemos estar dispuestos a admitir, por lo tanto, que todos estos debates políticos son, en el fondo, problemas de soberanía. Que lo prioritario no es tanto lo que se decide ni si lo que se decide es bueno sino, simplemente, quien tiene el poder de decidirlo. Y a admitir que, a la larga, quien termina teniendo el poder para decidir estas cuestiones es quien más importantes las considera.

18.4.13

Oh, Maggie

A menudo leo necrológicas pensando que por nada del mundo querría para mí los elogios que se dedican a los demás. Me pasaba estos días con las de Sampedro, alabado por indignado, comprometido, humanista y buena persona. Alabado, en resumen, por cosas que tengo por defectos o por obviedades. Porque yo, a diferencia de la mayoría de los que se declaran progresistas, lo de ser buena persona lo supongo. Y vivo como un auténtico drama, no sólo personal, sino político y intelectual, la evidente insuficiencia de esta bondad. Yo creo que casi todo el mundo que hace el mal lo hace pretendiendo el bien y que por eso se dice aquello tan cierto de que "el infierno está lleno de buenas intenciones". O que, como dijo Margaret Thatcher, "nadie recordaría al buen samaritano si sólo hubiera tenido buenas intenciones". Además, humanista no es tanto el elogio que se pretende como la descripción que los periódicos hacen de cualquier vida dedicada a leer y escribir, independientemente de la calidad de lo que se lee o se escribe. Y el compromiso de la indignado me parece, evidentemente, un defecto. Uno de los defectos más propios de la desorientación moral de nuestra época, tópicamente posmoderna, que por miedo a la imposición ética prefiere elogiar la intensidad del compromiso antes que discutir su objeto. No es extraño, por lo tanto, que merezca más elogios quien más convencido e indignado se compromete en la defensa del lugar común.
Estos elogios me parecen más perversos todavía por su proximidad con los que estos días se dedican a Margaret Thatcher. Unos elogios que todo gran hombre de la política debería aspirar a merecer porque definen el modelo que todo político debería aspirar a ser. En ninguna parte es más evidente este contraste que en la oposición del abuelo gruñón, al que ahora llaman indignado, y aquella Thatcher de Espada, "asqueada de los sentimientos en la política"; de aquella Thatcher de película que, como un personaje de Sorkin, podía responder al médico con un speech aristotélico sobre la prioridad del pensamiento sobre el sentimiento y en defensa de la importancia de formarse un carácter virtuoso. "¿Que cómo me siento? Ahora todo es sentimiento: nosotros sentimos, el grupo siente... ¿Por qué no me pregunta cómo pienso? El pensamiento, las ideas, eso es lo importante. Vigila tus pensamientos, porque se convertirán en palabras. Vigila tus palabras, porque se convertirán en actos. Vigila tus actos, porque se convertirán en hábitos. Vigila tus hábitos porque se convertirán en tu carácter. Vigila tu carácter, porque se convertirá en tu destino. Y yo, doctor, pienso que estoy bien". Es este mismo asco ante el sentimentalismo que la llevaba a responder a Cebrián que esta pregunta de cómo se siente una mujer entre hombres es "una pregunta muy masculina", sabedora de que lo importante en este mundo y en este cargo no es lo que eres ni lo que sientes sino lo que haces. Y por eso podía asegurar que detestaba el feminismo al tiempo que se permitía la ironía de afirmar que "si quieres que se diga algo, llama a un hombre, si quieres que se haga algo, llama a una mujer".
En su elogio fúnebre a Margaret Thatcher, William Kristol escribía que tanto ella como Ronald Reagan y Juan Pablo II, "los tres que salvaron Occidente", "sabían lo que creían pero también sabían que tenían que justificar sus creencias y que sólo es posible adaptarse prudentemente a las circunstancias si no se cede en los principios ". Y recordaba las palabras que Whittaker Chambers había escrito al final de su última carta a Bill Buckley: "Cada época encuentra su propio lenguaje para expresar un sentido eterno". Del mismo modo, continúa diciendo Kristol, "cada época debe encontrar sus propios líderes para un tarea eterna -la defensa y renovación de la civilización. La muerte de Margaret Thatcher es un sano recordatorio a los estudiosos de la política de la dificultad, de la gravedad, y también de la nobleza de esta tarea". Esta tarea pasaba y sigue pasando por un posicionamiento claro y firme en favor de la democracia. Pero esta defensa no puede ser tal y no puede ser digna si nos engañemos sobre las virtudes del consenso. Thatcher era consciente de los "peligros del consenso, que puede ser un intento de satisfacer a gente sin ningún posicionamiento claro sobre nada", y sabía que aquí mismo deriva el mandato de responsabilidad del gobernante. Sabía que a veces hay luchar solo aunque se luche por unos principios que son de todos y así lo hizo y así lo dijo en la Guerra de las Falkland, donde los ingleses lucharon por la justicia internacional pero "también lucharon solos".
Que Thatcher sea recordada por lo que dijo tanto o más que por lo que hizo me parece también una gran noticia y otro de sus éxitos. Ella misma consideró que su tarea política era también y principalmente una tarea moral y así lo dejó claro tras ganar las elecciones generales del 79: "Allí donde hay discordia, debemos llevar armonía. Donde hay error, debemos llevar la verdad. Donde hay duda, tenemos que llevar fe. Y donde no la hay, tenemos que llevar esperanza ". Esta revolución moral es y parece que fue más importante que su revolución económica, sobre todo si es cierto que, como dice R. Senserrich, Thatcher fue más radical en su discurso que en su política. Como así debe ser. Porque, como dijo ella misma y no se cansan de recordarnos, ¡con razón!, los indignados de esta crisis llamada de valores, "la economía es el método, el objetivo es cambiar los corazones y las almas".