27.6.13

La banalidad de los hombres

No pudiendo ser una película sobre la banalidad del mal, Hannah Arendt es una película sobre la banalidad de la crítica. De una cierta crítica, que no es la mejor pero es la más habitual, y que confunde los hechos con las opiniones y el exhibicionismo moral con la virtud. Y que no es la crítica de ninguna tesis como la banalidad del mal, sino de la insensibilidad de afirmar que la colaboración activa de algunos líderes de la comunidad judía facilitó el trabajo de exterminio de las autoridades nacionalsocialistas. El escándalo ante las cuestiones de hecho es siempre un escándalo ridículo, y el gran mérito de Arendt, un mérito que en realidad es un lujo que muy pocos se pueden permitir, es el de haberse negado a rebajarse a una discusión sentimentaloide sobre los hechos. Una decisión que, como evidencia la película, se parece peligrosamente a la de negarse a la discusión pública. Incluso en aquellos Estados Unidos que a Arendt le habían parecido el paraíso, porque el paraíso no es un lugar sin problemas éticos, sino el lugar donde los problemas éticos se muestran con una claridad excepcional, en toda su radicalidad. Y con esta excepcional claridad nos muestra como también a las sociedades más liberales hay verdades incómodas y consideradas dignas de censura moral y como el sentimentalismo público tiende a sustituir el debate público, escondiendo la discusión de las ideas tras la exhibición de las ofensas. Esto mismo ocurre en la película, donde la crítica se muestra mucho más violenta cuanto más alejada está del núcleo de la cuestión, de su "único error verdadero", como dice la película, parafraseando una carta de Arendt a Scholem en la que afirma: "ahora opino que el mal no es nunca 'radical', que sólo es extremo, y que carece de toda profundidad y de cualquier dimensión demoníaca. Puede crecer desmesuradamente y reducir todo el mundo a escombros precisamente porque se extiende como un hongo sobre la superficie. Es un 'desafío al pensamiento', como dije, porque el pensamiento trata de alcanzar una cierta profundidad, ir a las raíces, y en el mismo momento en que se ocupa del mal se siente decepcionado porque no encuentra nada. Esto es la 'banalidad'. Sólo el bien tiene profundidad y puede ser radical".
Arendt se explica ante Scholem, pero no ante los críticos ni ante el público, porque para ellos la cuestión del colaboracionismo judío es más problemática que la cuestión de la banalidad del mal. Y lo también para nosotros. De hecho, la banalidad del mal se ha convertido en un lugar común, que suena exactamente igual que lo que venía a decir Vargas Llosa de que todos somos un Eichmann en potencia. "Lo terrible de Eichmann es que no era un hombre excepcional, sino uno común y corriente. Lo que significa que todo hombre común y corriente, en ciertas circunstancias (una dictadura hitleriana, por ejemplo), puede convertirse en un Eichmann". Pero cuando Arendt considera que el daño que ha hecho Eichmann puede considerarse banal no afirma necesariamente que todos los hombres normales y corrientes seamos, en determinadas circunstancias, capaces de lo peor. Quizás lo único que dice es que sólo en determinadas circunstancias aparecen hombres tan normales y corrientes y capaces de lo peor como Eichmann. Porque en realidad la normalidad de Eichmann es extraordinaria, ya que sólo es común y corriente en un sistema extraordinario. "Sólo la pura y simple irreflexión -que de ninguna manera podemos equiparar a la estupidez- fue lo que predispuso a convertirse en el más grande criminal de su tiempo. Y si bien esto merece ser calificado como 'banalidad', e incluso puede parecer cómico, y ni siquiera con la mejor voluntad es posible atribuir a Eichmann una diabólica profundidad, también es cierto que tampoco podemos decir que sea algo normal o común". No es nada normal o común porque lo que nos parece normal y común en el hombre es el pensar. Mejor o peor, pero pensar. Y desobedecer órdenes. Y es precisamente de esta normalidad de donde surge la eterna dificultad del vivir juntos. Así que esta irreflexión y esta sumisión absoluta a las órdenes de Hitler es extraordinaria, y lo es porque nace en un sistema extraordinario. Un sistema ideológico que, según Arendt, cambia "la libertad inherente en la capacidad de pensar por la camisa de fuerza de la lógica, con la que el hombre puede obligarse a sí mismo de forma casi tan violenta como si fuera forzado por algún poder exterior". El nazismo tampoco fue capaz de crear el hombre nuevo, pero el tipo de ciudadano que convirtió en común y corriente nos recuerda que, por banal que pueda ser, el mal nunca será tan banal como los hombres.

Coda: "A usted le gusta mi libro 'Eichmann en Jerusalén' y dice que lo que allí afirmé es que hay un Eichmann en cada uno de nosotros. ¡Oh, no! ¡No hay ninguno ni en usted ni en mí! Esto no significa que no haya un buen número de Eichmanns. Pero tienen una apariencia bastante distinta. He odiado siempre esta idea de 'Eichmann en cada uno de nosotros'. Sencillamente no es verdad. Y es tan poco verdadera como su opuesta, que Eichmann no está en nadie. En mi opinión, esto es mucho más abstracto que la mayoría de las abstracciones que con frecuencia me permito -si lo que entendemos por abstracto es no pensar a través de la experiencia". Arendt sobre Arendt